Actores, agro, elegía hillbilly

1 Es irritante el odio agrio y alveolar que muestran tantos opinadores, pagados y no pagados, hacia el oficio de actor. Alguno de los pagados puso en circulación en la era moderna, para insultarlos, una palabra de desprecio que venía de desprecios muy antiguos: titiriteros. Los seguidores de ese, y de otros seguidores suyos con seguidores, aprovechan para decirlo en voz alta en cuanto pueden, que parece que da como mucho gustito despectivo, con esos múltiples acentos que te permite hincar la palabra si la profieres despacito, y además escupiendo. Se suele decir cuando el contexto es alguna opinión o algún comportamiento más o menos político que alguno de los actores ha mostrado en público. A los que nos parece mal que se les insulte tan a bulto, eso nos suena a todo lo malo a lo que puede sonar un exabrupto así: a terrateniente reaccionario del agro más putrefacto, a burguesía de aquella a la que los burgueses actuales nos ocupamos mucho de no parecernos ni un infinitésimo, a fuerzas vivas pueblerinas “de antes de la guerra” (pero muchas también “de después”) para las que todo lo que no fuera marcial o eclesiástico no merecía ni vivir ni cementerio.

2 Y suele coincidir que los que más insultan a los actores son los que menos actores conocen. Manejan como si fuera una verdad galáctica que los actores españoles son todos unos tontos de las izquierdas idiotas que sólo buscan pasta pública expresando esas cosas que creen del gusto del poder, que les va a retribuir. Pues oye, los habrá. Pero más que eso, lo que hay entre los pelotas es simple ignorancia, y cuidado de la propia hacienda en medidas y términos que pudiéramos llamar simplemente humanos: lo mismo que cualquiera de los agrios hacen cuando entran en su asquerosa oficina con un jefe cabrón y no saludan diciendo hola, jefe cabrón, vaya oficina asquerosa. Quiero decir que puede que la cosa no sea perfectamente moral, o mejor moralmente perfecta, pero es que moralmente perfectos sólo lo son unos pocos, a un lado y al otro, y además no sé yo si es bueno que los haya; y no, agrios, no sois vosotros, que os tenemos muy conocidos y podríamos recitar en endecasílabos cuáles son las cojeras de vuestros múltiples pies. Pero es que, oh, sorpresa, hay (concedamos algo) por lo menos tantos actores razonables como actores pelotas; digamos más (concedamos menos): hay por lo menos tantos actores de derechas como de izquierdas. ¿Cóooooomooooo? ¡Eso es mentira! ¡A ver! ¡Pruebas! No, majete: date tú el paseo ese de las pruebas, que yo llevo dándomelo más de cuarenta años por esos gremios, y entonces me discutes. Es más: hay un montón de actores de izquierdas que son perfectamente razonables y sensatos. De verdad, tíos agrios: que no se puede ser tan fanático.

3 Se llega a extremos de pedir que los actores expresen ciertas motivaciones (loables) o, bueno, las contrarias, qué se le va a hacer (reprobables), para haber aceptado un trabajo en particular, este papel de atracador o de santo o de etarra o de infiltrada o de torero o de profesor. Un actor no puede aceptar un trabajo, si quiere nuestra aprobación, por motivos que no sean de nuestro agrado. Es que luego, en la promoción de la serie, dijo en entrevistas que lo que más le gustaba de su personaje es su tozudez; ¡y no, no, y mil veces no, pardiez! ¡Con eso ha tirado por tierra la excelencia de su trabajo en esa película! ¡Lo que más tenía que gustarle de ese personaje era su rechazo personal a la discutible moralidad de su vida!

4 Sin ponernos de repente místicos, sino todo lo contrario, podemos decir que el oficio de actor tiene algo raro. Muchos han estudiado esa cosa rara muy extensamente pero, como era de esperar, apenas coinciden unos con otros. Se puede resumir lo poco de acuerdo que hay en que es un oficio que toca cierta parte del cerebro del espectador que ningún otro oficio toca: por eso sabemos (porque lo sabemos, déjate de pruebas) que los niños de hace 20.000 años salían corriendo espantados del círculo alrededor del fuego cuando el tío abuelo medio tullido, relegado a esa tarea, les asustaba representando un oso al ataque tras un párrafo relajante de la muy compleja historia de caza con la que entretenía la cena del clan. Nadie sale espantado, y luego se troncha de risa, al contemplar el gran trabajo de otro abuelo sobre los bifaces o con los telares: los elogia o no, los usa o no, pero eso de tener ahí la propia vida en juego ante un oso… pues no lo consigue cualquiera.

5 Todavía no hace mucho que muchos padres de familia despreciaban a sus hijos/as que comenzaban a dedicarse profesionalmente al deporte, o al teatro, o al cine, con expresiones cercanas a esa de “titiriteros”. Luego, resulta que algunos de esos padres eran despreciados a su vez por otros coetáneos suyos a causa de su oficio, “porque cualquiera rellena unos formularios”, o “porque cualquiera pone un ladrillo sobre otro”, o “porque cualquier cosa que hagáis los arquitectos la podemos hacer cualquiera de los ingenieros”, y así sucesivamente, sin límite ni por arriba, ni por abajo, ni por los lados. Así que cuidadito, que unos lo llaman karma, otros justicia poética, o de muchas otras formas, pero en el centro de Madrid lo llamábamos simplemente “si jodes, te joden”.

6 ¿Y por qué será que no desaparece el tufo a dehesa en los insultos estos de brocha gorda contra los actores? Cuanto más te informas, más conoces que no se trata de un fenómeno especialmente español, pero aquí había ciertos datos y hay cierta historia que invitan a pensar en la (falsa) españolidad de la cosa: yo qué sé, las Guerras Carlistas, si las estudias bien, se te muestran como un caso muy puro de la calcolítica guerra campo-ciudad. No hay que pensar que la guerra se acabó cuando el Bronce, claro, porque ya decimos que hasta las carlistas; pero tampoco se acabó con estas. La última de estas fue la de 1936-39, ¿no?, y también tenía una peste multicapa, muy en el fondo de la cual podías oler a los párrocos de Los pazos de Ulloa, las burradas del patriarca de Peñas arriba, toda esa jara y esa mierda de ciervo. ¿Y hoy?

7 Cualquiera que sepa algo del mundo de los actores sabe que no puede decir eso de titiriteros significando algo que sea mínimamente justo, o que, si no dice exactamente esa palabra, sea verdad que entre los actores se maneje esa irreductibilidad moral o pseudomoral que maneja tanto listillo contra ellos, sobre todo el listillo que viene de la izquierda pero ya no está ahí. Es sabido que no hay peor totalitario de derechas que el que lo fue de izquierdas antaño (y quizá viceversa, aunque mucho, mucho menos: Verstrynge, Fallarás, algunos militares que entraron a la carrera allá por el 75, algunas sotanas y poco más). Igual de intransigentes y extremosos como lo fueron en su día, día que la mayoría ahora oculta u oscurece porque se avergüenza, son intransigentes y extremosos hoy en la dirección contraria. Esto nos llevaría a pensar que no son tanto sujetos de ideología como sujetos de psicología, que las circunstancias y las coyunturas se irán encargando de retorizar de una manera o de otra (antes con retórica de izquierdas, hoy de derechas; o lo que en cada caso ha sustituido a lo que antes se llamaba así). Se ha convertido casi en una autoafirmación de derechas, o de las más modernas derechas más desorejadas, lo de hablar mal de los actores (españoles). 

8 No deja de ser un misterio por qué les importan tanto los actores. Como si fueran los únicos que dicen bobadas o se dejan seducir por gurús idiotas o utilizan frases hechas. ¿Por qué exigen con tanta intensidad que ese actor que hace de Dantón en la clásica de Büchner se pronuncie en la prensa local, cuando va de gira, en contra de los asesinatos cometidos a la guillotina en aquellos entonces retratados, y, si no lo hace, ese actor pasa a ser objeto de vituperios y hasta la función es despreciada y escupida en los butacones del casino (o de la radio) local? Parte del misterio se ilumina cuando se conoce la cultura teatral -es decir, actoral- de los agrios: es siempre casi nula. De los actores conocen el faranduleo, las fotos en revistas, las cosas publicitarias y el oropel que hoy llaman glamur. Me parece que nunca he conocido un caso de agrios (y he conocido muchos) que hayan vivido por lo menos una única vez la vida profesional de un actor desde que se compromete con un papel y una función hasta que la estrena; y esto vale para su equivalente cinematográfico. Es que a los agrios hasta les suena insultante cuando haces un tímido intento de hacerles comprender la cantidad de trabajo, de seriedad, de conocimientos y de disciplina que invierten los actores. ¿Qué hay alguno caradura, golfo y oportunista? ¡Naturalmente! Como entre los agrios, o muchos menos que entre los agrios.

9 Que no se extrañe nadie. Esto del campo contra la ciudad no es mío, por supuesto, ni es nuevo, aunque se menciona tan poco que cuando se hace resulta extravagante. Aunque se utiliza mucho más de lo que se suele pensar, pero se diría que algo así como inconscientemente, entre otras cosas porque es real que está por detrás de muchas de las broncas de hoy y porque muchos lo perciben, aunque sucede algo así como que no se atreven a ser claros al respecto. Estamos casi todos los urbanitas alfabetizados muy condicionados para no insultar al que no es urbanita; pero esto no es insultarlo. Hay follones y líos y nociones y modos de hablar y tendencias y broncas que salen directamente de la oposición que ese mundo idealizado por los urbanitas ignorantes, y autodeificado por los presos de él, alza contra el progreso, la tolerancia y la razón. ¿O alguien cree que es casualidad que todos los extremos políticos coincidan en rezar a la vida en el campo, al vaquero, y en España además a la tauromaquia de dehesa y al olor a cuero y al comer con navaja, y desde luego coincidan en rebuznar indignados cuando un interlocutor apela a la calma de la lógica, al cálculo de lo posible y a la contemplación de la realidad tal y como es y no como dice el manual? La serie de televisión Yellowstone le pone teléfonos móviles a los que muchos, para soportar la insoportable realidad, se esforzaban en pensar que eran dramas rurales de 1890: ¿de dónde salía, entonces, en sus ensoñaciones, JD Vance, de dónde Trump, de dónde la política en jaca que galopa y corta el viento, de dónde dedicar un ministerio a intentar castigar que la gente coma vacuno?

Deja un comentario