Democracia fuerte 15

La pérdida de objetivos en la izquierda ha hecho que esta, para seguir proponiéndose como poder, busque y encuentre causitas más o menos vendibles a la sociedad occidental ya disneyficada desde algunas generaciones anteriores. La caída de las religiones institucionalizadas, que está llegando casi al abandono en muchos casos, ha producido por su parte un desvío de energías, por decirlo rápidamente, hacia sucedáneos de religión que al principio son sectas claramente salvíficas, místicas o metafísicas, la mayoría de las cuales al poco tiempo van girando hacia un territorio, un mensaje y unas prácticas más bien materiales y sociales como la alimentación (y se reactivan las herencias de los tabúes alimentarios de todas las anteriores religiones, por ejemplo), desde luego la salud, las prácticas deportivas y hasta cosméticas y por supuesto una especie de pseudopsiquiatría que se diría más propia de una mecánica ondulatoria confeccionada por los hermanos Marx. ¿Y adónde va todo eso? A lo que esas antiguas asociaciones políticas ya sin causa siguen deseando, que es, por supuesto, el poder: para lo cual tiene que introducir, como en los cables de la antena de televisión en zonas de débil emisión, un potenciador de señal, o un amplificador-ecualizador de sonido que se pueda manejar según las circunstancias, aumentando mucho las frecuencias graves o las medias o las altas. De las preocupaciones por la propia salud y la entrega a comer solamente colifor cruda y afines, se llega pronto, por cierto recorrido, a las manifestaciones contra el uso de la energía nuclear; quizá no es necesario exponer aquí todo el camino, que es visible en nuestra sociedad casi cada día. Ah, entonces utilicemos la energía «generada» (?) en las centrales hidroeléctricas, que es limpia y no produce cánceres (?). No, tampoco, porque embalsar el agua es contra natura, aparte de las contaminaciones planetarias producidas para la construcción de los embalses. Ah, entonces pensemos en grandes molinos de viento… Tampoco, porque los pájaros se chocan contra esas aspas… Y de este modo, de llanto en llanto, se genera para cada caso prácticamente una ciencia o una ciencita, porque en el fondo el único motivo es seguir siendo el más listo de la asamblea del instituto, el que siempre encuentra eso que en castizo se llama «pega» a todo. Y, al final, se consigue una especie de catálogo de «pegas» que se pueden poner a todo lo que no sea el petróleo árabe.

Pero los gobiernos democráticos son muy amigos del marketing político, que incluye un cuidado exquisito y minucioso para no ofender a sus votantes, especialmente a las minorías (que son las que se han hecho con el control en la última década, sacrificando a las mayorías), y de entre estas minorías especialmente a las minorías sonoras, las preocupadas por su salud, por su alimentación, por su carrera casi profesional como runners, o por el lexicón apropiado para designar, mencionar y reflexionar sobre el fenómeno de lo que hasta hace poco se llamaba cambio de sexo, por ejemplo. Neurolingüística, dianética, vudú, Kalahari full-minding, antitransfusiones, anticirugía, terraplanismo, antivacunas, psicofonística, culto al sol, son sólo unas pocas de las que se proponen a sí mismas como alternativa a las algo así como corrompidas o ciegas o interesadas ciencias «tradicionales», y a todo ello se unen, en la atención gubernamental y social, como en un puesto más alto y mejor iluminado del escenario, la economía y la pedagogía, pseudociencias modelo de todas las demás; muchos de sus practicantes o líderes reciben, por cierto, más atención, apoyos y hasta respaldo económico que los doctorados en Químicas o en Físicas o en Biología o en cualquier otra ciencia de las ciencias rancias, esas que nos curan el cáncer o las isquemias o nos proporcionan fuentes de energía nunca soñadas antes, o nuevos materiales para la vida.

Los gobiernos democráticos deben, por supuesto, no entrometerse en lo que cada cual quiera sentir o rezar o jugar; en justa simetría, los sentimientos, los rezos o los juegos de ninguna persona deberían ser aupados al papel de ideología rectora de parcela alguna de la administración de lo público. Si, quizá, la crítica más suave que se puede hacer, por ejemplo, a la Pedagogía actualmente hegemónica, es que así como la investigación biológica fundamental no debe meterse en la habitación ni en el quirófano de un enfermo (y hay que dejar que desde aquella investigación se generen las siguientes etapas de progreso de esas nociones hasta llegar a una práctica clínica concreta), del mismo modo la Pedagogía no debería haberse metido en las aulas, porque todo lo que ha conseguido ha sido confundir, aturdir, despistar, desorientar y al final apartar al profesor de su tarea como enseñante y de su contacto con los alumnos, igual que el biólogo fundamental enredaría al médico con conjeturas moleculares y reactivos y catálisis cuando lo que el médico tiene delante es un paciente con apendicitis y la barriga abierta, y lo que tendría que hacer es simplemente operarle del mejor modo posible. Pero las pseudociencias están ahí precisamente para que los profesionales de todas las áreas, y hasta la ciudadanía en su papel de ciudadanía, y no digamos los administradores, tengan más dificultades para caminar.

IV. La destrucción de la enseñanza

Siempre se ha dicho que se exagera cuando se intenta describir el exagerado poder de la enseñanza en la vida de las democracias. También se suele decir que un panorama, histórico y presente, algo sombrío como el expuesto no es más que, también, exageraciones de mentalidades anticuadas y reaccionarias. Pero cabe pensar que sea lo contrario. Se puede pensar que el futuro y el progreso estará en devolver los contenidos científicos y humanísticos a la enseñanza, y no en profundizar y extender todavía más el vaciado de conocimientos, frecuentemente tildados (esto viene de muy antiguo) de «malos», y el apego a simples técnicas de manejo de tecnologías o de asambleas y «dinámicas de grupo».

Se necesitaba una reforma de la enseñanza, por supuesto, que significara progreso tanto en contenidos como en actitudes y horizontes. La que se puso en práctica, aun presentándose más o menos con esas palabras, fue la reforma contraria. Ninguno de los afectados por esas reformas de la Pedagogía onanista sabe ni las capitales ni los ríos del mundo, ni la distancia entre Juan del Encina y Quevedo y mucho menos cómo nos afectan ambos, ni por supuesto esa diferencia entre un isótopo y un ión que mencionábamos hace poco. Pero tampoco saben circular por una acera respetando la norma de compartir el espacio con otros ciudadanos (y levantando la vista de su móvil para no chocar con todos), ni aguantar sin arrancar en el semáforo ya verde porque hay una persona que está terminando de cruzar, ni bajar el volumen de su voz en un bar. Ni mucho menos apartar de sus reflejos la decisión de elegir a un candidato o a otro, un programa u otro, de los presentados en las elecciones democráticas, que hará, casi sin excepción, sobre la base del carisma y la confianza irracional en cualquiera de sus versiones.

Los padres, al contrario de lo que se suele, decir, hace ya varias generaciones que hacen en casa lo que los maestros les dicen que hagan. La propia ignorancia general de los padres les hace tenderse en el suelo ante los igualmente ignorantes maestros. Nadie enseña en el colegio con suficiencia, salvo el héroe. Y nadie hace en casa lo correcto, porque siguen las órdenes del colegio. Todo esto es la pedagogía. Y la destrucción de la enseñanza, a cuyo gobierno esa pedagogía se siente llamada sin que se entienda muy bien por qué, es la consecuencia de ello. Y las democracias se lo han tragado, y así se está consiguiendo una ciudadanía prácticamente opuesta a la que las democracias necesitan. ¿Acaso no valía la enseñanza de antes del cataclismo? ¿Qué defectos tenía?

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