Cine y tv y cosas
Alguna ha comentado que esta serie no le llega ni a la suela del zapato a Downton Abbey por producción, escenarios y aspecto. ¡Ya quisiera Downton Abbey haber sido rodada en el Palacio Real de Madrid, en La Granja, en Aranjuez, en el Palacio de la Magdalena y en tantos exteriores auténticos de nuestro Patrimonio Nacional y de la historia real que aquí se representa! La producción del muy atrevido y muy experto Javier Olivares no puede ser ni comprendida por esos enfoques frívolos e ignorantes propios de programas de cotilleos. Es cierto que desde el principio la serie ha gozado, o más bien sufrido, de la enemiga del Comité de las Palabras y los Pensamientos Apropiados y Progresistas, que ha hecho todo lo posible para desgraciarla. Y prácticamente lo ha conseguido.
El casting no puede ser más acertado. La joven Kimberley Tell, ya protagonista en la anterior serie Hierro, traduce con acierto a través de su presencia lo que ha entendido de la vida de la desgraciada Victoria Eugenia. Además, al ser la actriz bilingüe por familia, saca adelante los breves momentos de decir en inglés con perfecta naturalidad (y hasta se pagó de su bolsillo un entrenador de acento escocés, para dar un acabado todavía mejor). Frente a ella, y contra ella, el joven Joan Amargós nos ofrece un Alfonso XIII que encarna con mucha precisión lo que cualquiera puede suponer al estudiar al personaje verdadero: un tío antipático salvo para sus amigotes de francachelas, un vividor malcriado sin la más mínima idea de lo que es un Estado a principios del siglo XX, un egocéntrico muy cumpliendo con ese estereotipo del varoncito criado por un número excesivo de mujeres y entregado súbitamente, sin mayores ajustes, al mundo al llegar a cierta edad. Muy bien ambos actores. Elvira Mínguez nos ofrece una híspida María Cristina, la segunda, esa que casi reeditó la corte de los milagros de su suegra y del padre de su suegra; es agria, tiesa, inexpresiva, y nos recuerda mucho a esas señoras que presumen de ser “de provincias” para permitirse ser maleducadas hurtándote la mirada al saludar y cerrando los labios en U invertida hasta cuando comentan lo rica que está la loncha de chopped que te acaban de quitar de tu bocadillo. Su versión de esa suegra real mola; pero produce cierta ansiedad la certeza de que es el quinto o sexto papel que le hemos visto a Mínguez interpretar del mismo modo. Es verdad que muy probablemente la llaman porque a estas alturas es casi una especialidad suya, como el chuleta guaperas era la especialidad de Sancho Gracia. Igual lo modula en próximos capítulos.
Pero.
En contra de la petición expresa y pública del mismo productor, TVE decidió doblar los pocos fragmentos que hay de diálogo en inglés; además, doblarlos con una voz diferente a la del personaje (la de la actriz) del resto de los diálogos en español; además, eliminando los subtítulos en español justo y solamente en esos momentos; además, haciendo que los personajes hablen en ese doblaje como guiris semichungos más o menos escoceses malpidiendo una cerveza en un bar de playa español. Y sin tener en cuenta el choque para el espectador (analizable y analizado muy profusamente entre los estudiosos del cine, pero que aquí no cabe) de experimentar una súbita interrupción de la fluida sincronía labial: los primeros dos o tres segundos de diálogo te los pierdes, claro, porque simplemente te preguntas si se ha estropeado algo. ¿Por qué iba a hablar la escocesa Victoria Eugenia a su institutriz escocesa de la infancia o a su hermana escocesa en un español de anglosajona playera quemada por el sol?
Una chapuza de las más gordas que se han visto últimamente en TVE. Y eso no es poco decir.
La serie es de muy alta calidad en un 85%; aparte de esa zancadilla del doblaje, y de un bloque absolutamente impertinente de la vida de los obreros en una fábrica barcelonesa (ese catalán no se ha doblado, a propósito), desmerecen del resto ciertas secuencias, dos de ellas por lo menos de la máxima importancia para la trama: el atentado de Mateo Morral y la boda misma. Hoy no puedes poner en escena un atentado callejero como se hacía hace veinte o treinta años, en los tiempos en los que no había dinero para estas cosas: planos y planos de zapatos corriendo, más planos estáticos de un tío medio destripado en la acera, humo y confusión y más allá un caballo haciendo empinadas y cabriolas. Hoy no cuela. Y tampoco cuela una boda real, precisamente esa boda, resuelta en 4 planos cortos de gestos y detalle. Que ya no es época para grandes boatos estilo Luis César Amadori, pues claro, por supuesto. Pero sabemos de fuentes generalmente bien informadas que la mitad de la audiencia se tiró la siguiente media hora preguntando a sus cercanos: ¿Y la boda, cuándo viene? Que no por contar bien las cosas te van a tomar por una monárquica de la fachosfera, tía.
Una pena. O quizá mucha mala leche.
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