Historias de la severidad

1 La sonrisa moral. Un animalista o cosa parecida se queja de la caza en un reportaje de la tele; normal. A continuación, admite que los descastes y las regulaciones de población (de búfalos y eso, no de humanos) son necesarios, y por supuesto no se para en el detalle de que desde los creo que 1.000 euros de un avestruz hasta los 50.000 de un rinoceronte, que son las cantidades que tienen que pagar los cazadores por abatir esas piezas, con estas cazas no sólo mejoran las poblaciones, sino que se están financiando los parques naturales y el cuidado de las especies. Entonces yo qué sé. Lo que sí toca asuntos que me importan más es el final del párrafo animalista: con esa sonrisa arrogante que medio se muerde a sí misma por no querer mostrarse, esa sonrisa moral que aquí hemos comentado tantas veces de tantos otros, de pronto cambia la entonación: lo que no se puede tolerar es que esos descastes lo hagan individuos privados que cazan por diversión: los tiene que hacer personal público, funcionarios encargados para ello. Lo que no añade el animalista, y no parece que es que se lo hayan quitado en edición, es por qué. Por qué es malo eso de “privados cazando por diversión” cuando todos los demás requisitos y santidades se están cumpliendo. Será que somos burros, que tras verlo tantas veces seguimos sin comprender qué les pasa a tantos con esto de que los demás disfruten de la vida.

Esto viene pasando en espacios abiertos (no en las oscuridades de las religiones, digo) desde que el luteranismo más rancio se hizo con el control de la idea laborista, que es de donde parte la escuela comprehensiva en los mediados de los años 60 en Inglaterra. Desde ahí para arriba (y para los lados, y para abajo), se extendió la infección de la culpa por el mundo civil y especialmente por el mundo de la izquierda, esa culpa hasta entonces más bien confinada a los personajes de Ordet y cosas similares. No por casualidad coincidió en el tiempo con las descolonizaciones, la mayoría sesenteras, y con el pop, y con el metacrilato naranja, y con los Beach Boys (a los que la izquierda más adusta tildó siempre de “hijoputas”, como se decía hasta hace poco). Ese tiempo, por su lado, fue también el del progresivo despelote occidental (más bien europeo, Blow Up, Vanessa Redgrave et al.; en EEUU se lo siguen pensando 60 años después) en materia de sexo; despelote que se preveía y se confirmó al final imparable, por lo cual las rutinas sermonéicas de culpa y control se vieron obligadas a ir cambiando de objeto y de víctimas.

Lo primero y principal en todo esto es que hay una modalidad de humanos que no saben vivir sin soltar sermones de culpa y control: las señoras esas de las paradas de autobús que tanto nos gustan; que luego no me vengan sus herederos quejándose de la policía de la moral iraní. En fin, que había que encontrar nuevas causas sermogénicas, porque eso del antisexo ya se veía que iba un poco de capa caída (en España tardó algo más, claro); y lo del decoro de vestimentas, y con unas cuantas de las manifestaciones de criptovicio, o criptopecado o criptosexo.

Bueno, pues en los sesenta teníamos lo de las descolonias. Burradas hasta llenar el barril, por supuesto; aunque siempre tendrá que seguir discutiéndose si se hace pagar por ello a quien realmente fue culpable, porque lo normal es que se insulte y se cobre a quien tampoco tuvo nada que ver. Mi abuela ni pinchó ni cortó nada de nada en colonia alguna, pero tuvo que aguantar ya muy anciana en aquellos sesenta ser incluida en la categoría de mujeres blancas europeas burguesas (etcétera etcétera) beneficiadas por la explotación colonial de otros. Por supuesto, eso ha llegado hasta hoy, pero no tal cual sino muy intensificado. Hay momentos en que apetece formar grupo con Terry Gilliam y decir aquello de “acabo de decidir dejar de ser culpable de todo como varón blanco occidental; a partir de este momento, me declaro Loretta”. 

2 Aquella capa de ozono, qué recuerdos… Por ejemplo: han sacado hace poco en prensa algo que en medios menos divulgativos se conoce y se maneja desde hace más que unos cuantos años: que “las medidas contra la disminución de la capa de ozono” que se impusieron en los ochenta, a saber, la eliminación de los CFC de los sprays y no sólo eso sino el fomento de otras alternativas a los sprays aunque estos ya no llevaran CFCs (?), no han tenido efecto alguno sobre esa disminución; ni sobre su aumento; ni sobre nada. Que aquella “disminución” se achacó demasiado rápidamente a la “acción humana”, y que decir que quizá no era así le convertía a uno en un “negacionista” (sí, ahí se envió la palabreja por primera vez fuera de la negación del Holocausto) y un inhumano, despreocupado del daño que estabas haciendo al planeta y a los demás y sobre todo a mi sobrinita de seis meses, so monstruo. Pues nada de eso. Por fin se publica, vaya usted a saber por qué, que con los datos acumulados en cuarenta años no hay forma de afirmar que haya relación alguna entre la acción humana y esa capa de ozono, clorofluorocarbonos implicados o no implicados. Pero…

Pero es que ese luteranismo más rancio, impuesto desde algo más de esos cuarenta años en el conjunto del ruido social occidental, y en más sitios que sólo los de ruido (instituciones académicas y todo eso) no puede tolerar que exista el mal en el mundo si no es porque un humano lo ha producido. Eso ya lo sabemos; pero a veces es necesario traerlo a sonido para caer en la influencia que semejante noción tan abstracta, tan teológica, en realidad tan superchera, tiene en la inmensidad de fechorías ideológicas y políticas (sí, además woke) que estamos viviendo hoy. De todo lo malo tiene la culpa alguien con nombres y apellidos, que se diría en Vitoria.

En realidad, es la nocioncilla que anda por detrás del spanish ubiquitous “Alguien tiene que dimitir”. Una lluvia mal traída y dañina, un viento cabrón que empuja un tiovivo, un cocinero guarro que intoxica a los de una boda, unas turbulencias en un avión… y eso es intolerable, y alguien tiene que dimitir: se entiende que siempre alguien de la administración lo más arriba posible, siempre y cuando sea del otro partido. Eso es lo mismo que hay bajo las brujas de Salem, o entre las líneas de aquellas revistas ecologistas que te decían minuto a minuto, hasta el extremo más ridículo e imposible, cómo tenías que hacer en tu vida cotidiana para no ser antiecológico. O más recientemente con el artefacto capcioso ese del micromachismo, jesuitismo de la peor especie al que si te has expuesto medio segundo ya no puedes decirle adiós: es que no te he dicho lo guapa que venías por si era micromachismo; pues ¿lo ves?, esa duda también es micromachismo; ay, perdón; y no me pidas perdón, que suena a sarcasmo micromachista (se vio en un programa de entrevistas en directo en tv). El caso es, en realidad, una encarnación o, como dicen los papelotes absurdos de la pedagogía, una “concreción” de toda esa historia de la “superioridad moral”. Pero en mi opinión se debería ampliar un poco más el campo, porque se suele hablar de la superioridad moral de la izquierda, cuando esta es sólo un caso parcial de un problema más amplio de superioridad moral de cierto linaje de entre los linajes humanos.

3 El resbalón hacia la moral. Que la izquierda ha dejado de ser lo que durante décadas (pongamos que casi un siglo) había venido siendo, y que lo ha dejado de ser casi casi de golpe, de un día para otro, es una realidad tan visible como la gentileza, el decoro y la buena voluntad en el trato de Trump; ay, que me he liado, quería decir lo contrario. El que no lo vea es que está mirando para otro lado: cómo afirmar que inventar y defender las vacaciones anuales de los trabajadores o las 40 horas semanales o la asistencia sanitaria pública es lo mismo que hace hoy, que es más bien destituir de sus cargos a los médicos o a los profesores que expresen ciertas dudas sobre las rotundidades simplonas y vocingleras acerca del cambio de sexo a los 16 años, o suspender a esa nena de 6 años que dice en la función del cole que ella va con los leñadores y no con los árboles. Precisamente sucede que se está poniendo de manifiesto que hace un cierto tiempo la izquierda abandonó su sistema de coordenadas políticas, y pasó a situarse en otras no políticas: y lo que lo saca a la luz es que las causas actuales de los que ocupan esos espacios de la izquierda no son realmente políticas, sino lo que algunos llaman (o llamarían, si se atrevieran) “morales”. ¿Por qué tantas y tan diferentes y hasta incompatibles causas se han subido al autobús de “la izquierda” para poder circular con él por la sociedad? Porque no son políticas, y ese autobús ya no era político desde hacía tiempo. Son causas “morales”, y ese vehículo de muchos permitía que se subieran a él porque es un vehículo de la moralidad. 

No hay nada en la derecha política, por sí sola y como fuerza puramente política, incompatible con el hipotético hecho de que la hubieran elegido los ecologistas de los setenta y ochenta para situar en ella sus tiendas de campaña del campamento base del ascenso a la política; pero es que lo que hacían aquellos ecologistas no era política, sino moral, y resulta que la política de derechas no hacía moral, sino política, y las causas morales le interesaban (y le interesan a día de hoy) más bien poco o nada. El ecologismo setentero dio en realidad el modelo y la técnica de casi todas las causas disneyficadas que a continuación se han ido acumulando a su lado: cosas ni de derechas ni de izquierdas, pero morales, irracionalistas y obvias, van a congregar a más votantes que propuestas complicadas de economía pública sanitaria o nociones filosóficas sobre el sistema educativo. La izquierda anda, a esas alturas, dando vueltas con su autobús ahora vacío de pasajeros, y tentando a los nuevos turistas, hasta que estos ofrecen su contenido nuevo a cambio de impulso hacia la nómina pública; y se materializa el cambio. A partir de ahora, llamaremos “izquierda” a todo lo que a primera vista (y a veces siéndolo, pero a veces no siéndolo) resulte emotivo, defendiblemente bondadoso, o simplemente de sentido común general: ¿quién prefiere matar a un conejito o quemar un bosque o cargarse el planeta a lo contrario? Pues si usted es de los que no lo prefiere, es que usted es de los nuestros, Vote Suintila (es que el candidato de izquierdas se llama Suintila). Si usted no vota Suintila, es decir, es de derechas, nos está diciendo a todos que usted prefiere matar conejitos, quemar bosques y cargarse el planeta (y todos los demás horrores, se entiende). Ah, pero cuidado: para qué quieren el voto esos pandilleros.

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