Gritos radicales, cómplices necesarios

1 Honrado sólo yo. Todo el que no esté de acuerdo conmigo es que está comprado. O mejor todavía: todo aquel con el que yo no esté de acuerdo es que está comprado. Pero ¿comprado por quién?, que podría gritar el emérito desde su coche encabritado. Da igual, comprado por alguien que, si sólo por comprar ya es un villano, por lo menos podría comprarnos a nosotros por ser como somos; pero lo de comprar a los que opinan diferente a mí sólo por opinar diferente, eso ya no, eso es que es un malo-malote, un enemigo del bien y de la verdad y a veces hasta de la belleza.

Hay quien lo tiene así de claro. Lo mío y lo que yo pienso y creo es tan evidente que sólo puedes discrepar si alguien te forra de pasta.

Más aún: alguien puede estar ahora opinando lo que le dé la gana acerca de un asunto que yo ni conozco. Si más adelante accedo a conocer ese asunto y me hago una opinión, y esta es diferente de la de ese que ya lo conocía desde antes, también será que a este le han comprado, quizá ahora, quizá desde hace tiempo, porque lo que desde luego no puede pasar es que se discrepe de lo que yo opino incluso desde antes de que yo lo opine. 

2 Sí, provincianismo. Todo eso queda como muy de enteraos, de tíos que controlan y que saben cómo y dónde se corta el bacalao; o eso es lo que algunos dicen y hasta se creen que quedan como tales. Pero en realidad ese es uno de los signos más incontestables de eso que hace mucho tiempo venimos trabajando para conseguir que se le otorgue un nuevo significado: el provincianismo. Quien venga por aquí a menudo, ya sabrá que con eso ni por asomo nos referimos al hecho material y, digamos, biológico de haber nacido o vivir ahora en provincias, sino que intentamos que se adopte una de sus acepciones, quizá de las más cercanas a sus sentidos figurados o quizá hasta metafóricos. Se trata de esa incomodidad inconfesable pero intensa relacionada con el hecho de sentirse lejos de donde se cree que se cuecen las cosas que a uno le importan; es la consecuente frustración y puede que hasta rabia, compensada automáticamente con contraataque desmedido e infundamentado hacia todo lo que se crea que es ese centro de decisiones o todo lo que se asocie con él. 

Desde siempre ha habido cierta personalidad espinosa, peptídica, ulcerada, que no ha sabido contemplar, ni mucho menos luego comentar, la realidad si no es a través de la noción “a mí me pasa todo lo malo”, que casi siempre va acompañada de la idea de que “todo lo bueno les pasa a ellos”; y eso se convierte, en cuanto no se arregla (y no se arregla casi nunca), en que a mí no me pasa nada de lo bueno porque no estoy dispuesto a pagar lo que esos otros pagan para conseguirlo. Se adivina fácilmente lo que viene en cadena inevitable, con unos u otros ritmos, a continuación: lo mío es honor, los demás son unos “sinvergüenzas” (insulto favorito de estas personalidades); hay que ser listo y sospechar de todo y de todos, desde el dentista que es buen tipo y cobra un poco más barato (qué te sacará por otro lado, el sinvergüenza) hasta el periodista que no hace en esa entrevista la pregunta exacta que tú querrías hacer (cómo se nota que le pagan al sinvergüenza), pasando por el que comenta, moderado y pacífico, la actualidad política aceptando transitoriamente muchos de los términos que usualmente se emplean para entenderse (qué ganará aceptando esas denominaciones, el sinvergüenza).

3 El reduccionismo, nunca un sport. Hasta aquí el asunto podría ser solamente una más de esas incomodidades de la vida en sociedad que hay que aguantar, porque si se erradican todas las incomodidades lo que tenemos al final es una no-sociedad, puede que con forma de hordas en combate al estilo del tópico telefilm apocalíptico thatcheriano norteamericano. Pero sucede que sí que es más que una simple incomodidad y que a lo mejor sí se podría intentar erradicar porque, salvo alguna excepción extrañísima, esta personalidad, puesta ya en escena y practicando en el mundo de las relaciones, va a acabar engrosando las filas de los ejércitos celestiales de la radicalidad. Radicalidad política pero, con ella, de todo lo demás y de todos los demás aspectos de la vida.

Quizá no es más que una versión particular de lo que ha venido pasando desde que tenemos conocimiento de la Historia de las ideas: que en cuanto alguien ha sentido que encontraba la noción que explicaba a todas las demás, ha convertido esa noción en un dogma, se ha dedicado a insultar al que no cumplía con él, y en general ha conseguido que algunos, quizá por miedo a ese insulto y para evitarlo, se sumen a las arcangélicas fuerzas de ejercicio, divulgación, fomento y expansión de la idea. Esto lo conocemos con las sucesivas pequeñas herejías o variantes del cristianismo (y antes, del judaísmo y de otros). Lo cierto es que se ha dado casi en todas las disciplinas, incluyendo las científicas, y desde luego en las artísticas. Y, por supuesto, en las escuelas filosóficas y de otras gastronomías intelectuales: el marxismo es eso, y el ultraliberalismo, y ambos con sus subdivisiones, todas acusándose unas a otras de heréticas o impuras o revisionistas o pactistas. Ahora pasa con especial intensidad, por ejemplo, con el antisanchismo: por mucho que te creas antisanchista, siempre te saltará detrás de la siguiente esquina alguien que te va a insultar de sanchista. Por supuesto, esto es consecuencia de lo que venía sucediendo antes: por mucho que te hubieras podido creer lejano al fascismo, en cuanto no firmaras todas y cada una de las líneas del BOE del gobierno Sánchez-Puigdemont acababas acusado de fascista. Y lo de la lucha contra ETA de hoy en día, para qué hablar. Si simplemente no te muestras partidario del griterío y de acusar a todos de ser pro-eta, y afirmas que no todos lo son, prepárate a recibir pedradas. Y así sucesivamente. Intransigencia combatiendo contra los intransigentes.

Un enemigo de las hogueras quema en la hoguera a un partidario de las hogueras

4 Radicalidad, esa inútil. Lo que nos importa ahora es que eso es precisamente lo que acabamos de llamar el camino a la radicalidad, y que hay que estar ciego para no ver en la misma mirada y en el mismo segundo que es el suelo sobre el que se apoya esa polarización que lo cierto es que hasta ahora nadie ha argumentado suficientemente que le hiciera falta alguna a nuestra sociedad, ni para “progresar” a lo “izquierdista”, ni para “conservar” a lo “derechista”. Se podría comprobar, si se quisiera, con una sencilla mirada alrededor: en los más o menos 10 años que llevamos de objetos y víctimas de ese experimento polarizador de unos cuantos listillos de facultad muy del dogma marx-lenin-extremar-las-contradicciones (y de sus más radicales oponentes del otro extremo supuesto del arco político, que les siguen el juego), ¿en qué ha mejorado nuestra sociedad? ¿Qué progreso ha recorrido? ¿Qué beneficios de los llamados sociales se han implantado que antes no hubiera, o cuales de los que ya existían se han consolidado? ¿En qué ha mejorado la actividad política, la discusión ciudadana, la productividad social, que se decía antaño? Lo único que de momento podemos decir que es un efecto comprobable de ese ejercicio de polarización es esta nueva radicalidad encabronada: negar el saludo al rival político o al que simplemente crees que debe de serlo, insultar en lo personal al disidente intelectual, silenciar al discrepante en la tertulia enterrándolo en horrorizadas exclamaciones de antigua tertulia de esas burguesas idiotas que eran el tormento de Ortega y Gasset, editar los acontecimientos sociales con la misma limpieza que aquellos faltosos de árbitros editaron ipso facto el video futbolero de una que así parecía agresión de Vinicius, cuando no era más que la respuesta refleja cubriéndose con el brazo del golpe que le estaban dando en ese instante por detrás, golpe que quedaba fuera de la edición: ¿por qué la risa estúpida del pícaro tramposo ha conseguido esta hegemonía y este prestigio, y hacer las cosas correcta y honradamente ha caído en el desprestigio de lo vergonzoso?

5 Horizonte mafioso. ¿Al final todo esto no va a ser más que la comedia de una mafia para su propia diversión? No hace falta gritar, ni siquiera hace falta impostar indignación (o impostarla ante uno mismo y creérselo) para expresar lo que llega a nuestros ojos: que estamos viviendo en España quizá los peores años de polarización, radicalidad, trampas, narraciones viciadas y triunfo del provinciano incompetente armado. Es imposible no ver que desde el Gobierno y desde otras instituciones que hasta ahora habían sido intocables y deberían seguir siéndolo siempre en una democracia, porque es su existencia la que precisamente hace de esto una democracia, se está haciendo burla de la legalidad; eso ya sería suficiente para exigir el fin de la actual situación. Pero es que, además, se ha atentado con éxito contra esa especie de intangible, pero absolutamente operativo, que es la confianza política de las personas. Desde aquel “¿Y quién nombra al fiscal general? Pues eso.” hasta hoy, hemos presenciado cómo se ha deteriorado y se ha ido averiando todo lo que creíamos protegido contra el deterioro y la avería. Muchos comentan que sólo queda una institución en la que se puede creer a ojos cerrados, que es la Guardia Civil: por eso, porque también lo oyen los mafiosos, van hoy en día a por ella, a por sus mandos o a por este o a por aquel grupo de trabajo. Eso puede ser el final, porque no hay mucho territorio más allá. Y además es muy probable que eso no lo acepte una gran mayoría de la población, esa que hoy parece dormitar (aunque quizá no dormita tanto: es que no sólo gritar es discrepar), que a lo mejor acaba encontrando un modo de reaccionar.

6 Políticos locales. En ellos está gran parte del motor que nos ha traído hasta esta descomposición institucional y política. Son los que controlan las partidas de la porra, a menudo metafóricas, aunque en ocasiones literales, en las localidades menores de cierto tamaño (aunque está el paradójico Valladolid), y ay del dueño de bar que se haya manifestado en contra de lo que no debe, o del tractor del que discute, o de su escaparate o de su kiosco o simplemente de su portal. La llamada “prensa general” o “nacional” (aunque esto algo menos por sus lejanísimas y oscuras resonancias a oídos de los obsesivos) se fija en lo que se fija, se hace casi toda en las dos o tres grandes capitales, en las que se desconoce este problema, y lo refiere todo a las grandes medidas legislativas, a los discursos de los peces gordos de los partidos y a los congresos nacionales: pero donde toda esta pútrida desencolada comenzó, y no se puede afirmar que no fuera deliberado, antes de que aparecieran las grandes proclamas de ámbito nacional, fue en la política local y en las secciones o agrupaciones locales de los partidos y, en la actual España, en particular de uno de los partidos, si bien ayudado por los pequeños socios regionales de la coalición, que da la casualidad de que desde siempre se habían especializado en coacciones, matonismos y clientelizaciones, y desde luego en algún caso en asuntos mucho más graves y criminales. 

Puede que, quién sabe por qué casualidades, la situación actual se resuelva por las vías tranquilas de lo institucional; no parece fácil, pero pertenecer a la UE es una circunstancia más potente de lo que se suele pensar, junto a alguna otra. Pero no es en absoluto seguro. Los radicales, los gritones, los exaltados, caen cotidianamente en la trampa y le hacen el juego a los oscarpuentes y a los pabloiglesias y a los oteguis, y no digamos a los puigdemones, y lo único que consiguen es que aumente el ruido y suba la polvareda. 

El aire está por fin tan sucio que no se acierta a ver por dónde está el camino de salida.

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