Era Pedro Sánchez, de José María de Pereda

Resulta que los malabares, las aventuras y los sinsabores de nuestro actual presidente de gobierno están más o menos predichos nada menos que por José María de Pereda, cosa que cuesta recordar hasta que se recuerda: de qué me suena esto que está pasando; de qué me suena esto que está pasando. Y tras siete años de búsqueda y mosqueo, que ya es poca pericia, zas, por fin, ¡era esto! Y se aprecia todavía más la poca pericia cuando, además, la cosa no puede estar más clara, porque sucede precisamente en su novela Pedro Sánchez. Hay que ser burro para no caer antes. Es verdad que desde que lo localicé en los corredores más antiguos y oscuros de la memoria, allá junto a, por supuesto, Peñas arriba y Sotileza, pero también en las cercanías de Doña Perfecta y de algún episodio de la tercera serie, o del casi archiantónimo Pepita Jiménez y algunos otros que ya no traigo porque no pararía, lo he comentado por aquí y por allí y todos me lo han tomado como si me estuviera pitorreando, porque hay que reconocer que parece como demasiada casualidad. Es verdad que Pedro Sánchez no es de las novelas más conocidas y pintonas de Pereda, pero sale en todos los catálogos y además tiene su gracia, e incluso su gracia casi galdosiana aunque este autor y el canario fueran tan opuestos de convicciones, si bien amigos respetuosos (cuesta creer que vivieran en nuestro mismo país). Lo repasas página por página, y sólo puedes acabar diciéndote: pero cómo es posible que nuestro actual presidente no haya tenido la preocupación, aunque sólo sea por estética, de detenerse a revisar estas cosillas para que luego no vayan a sacar cachondeítos. No sé, será un remilgo urbanita sofisticado-politizado, pero si te llamas Felipe González, cosa muy probable, salvo en los postres beodos de las bodas o así nunca emplearás la expresión “por consiguiente”; o si tu nombre es Adolfo y tu apellido Suárez, que no son cosas precisamente difíciles, te cuidarás mucho de soltar alguna vez eso de “puedo prometer y prometo”. Pues hay una novela de uno de los principales titulada exactamente como tu nombre, y no te has preocupado ni de echarle un ojo en diagonal, por lo visto, para cuidarte de dar alimento al satírico o, por lo menos, de no repetir los errores que con tu nombre otro ha cometido antes. Ahora os contaré lo que pasa, que quizá lo sabéis ya, pero hasta llegar a ello hay que ponerse un par de vendas.

Hace ya varias eras, uno de los principales apoyos para no meterse a yonqui fue siempre observar cómo eran los yonquis de insoportables, arrogantes y faltones: por si no te era suficiente conocer lo que ya entonces se conocía del efecto de la heroína en tu sesera (y en tu hígado, y en tu páncreas, y en tus arterias y etcétera), si la heroína por su cuenta no fuera así de destructiva, sólo con contemplar el comportamiento de superioridad moral que sin excepción mostraban los adictos ya bastaba para no acercarse a ese abismo. Casi todos los de cierta edad hemos perdido amigos o por lo menos conocidos, muertos en aquellas hogueras; muy rara vez habían seguido siendo amigos desde bastante antes de acabar, porque su mismo problema les impedía seguir siendo amigos de nadie. Que descansen en paz los que se lo merecen, por supuesto, pero hay que ver cómo amargaban la vida a los de su alrededor.

Otrosí: muchos de los que hoy en día han estudiado algunas cosas de alimentación parece que lo han hecho sólo para poder ponerse a largar como aquellos yonquis de antaño (no sé los de hogaño, hace tiempo que no veo uno). Llegan a tu casa a recoger a su hijo tras el cumpleaños del tuyo y guipan de lejos la mesa de la cocina donde ya están desparramados los restos mortales de los sándwiches y de las patatas fritas y de los ganchitos y, sin pedir permiso ni salvoconducto, cruzan tu pasillo de un extremo al otro se diría que con efecto túnel en su visión, y se lanzan sobre los envoltorios patateros y se concentran en las leyendas de composición, caducidad, recomendaciones y todo eso. Ummm, bueno, esto puede pasar; esteeee, este otro no lo veo, cómo dejan vender estos gusanitos con tanta galactosa-3-butilpropileno-7-fenólico, es un escándalo, dice en voz alta (pero te consta con toda constatación que ese tío no tiene ni idea de lo que es la química orgánica). Algunos de los otros niños invitados, que todavía andan por ahí al carroñeo de migas y sobras comestibles, no conocen a ese señor que parece hablar en klingon y que ahora se dirige a ellos, casi desatando el pánico en algunos: ¿y de esto habéis comido mucho? Luego están los otros dietómanos, que no tienen reparo en avinagrar tu entusiástica narración de tu viaje por Cantabria cuando llegas a la calidad de las rabas de ese bar de Noja: y te sueltan y sueltan a todos los de la tertulia que si empezamos a hablar bien de los rebozados vamos a acabar aceptando que comer plutonio está bien, que a ver si nos preocupamos un poco más por la salud, que estamos cometiendo un crimen, que existiendo las hojas de pandan cómo nos atrevemos a envenenarnos con nuestras verduras ibéricas tercermundistas (los dietómanos son de las sectas que más insultan con lo de tercermundista pero más permanentemente nos quieren hacer comer como “tercermundistas”; y pedirles explicación de ello es arriesgarse a que te rompan la crisma con una bolsa de 50 kilos de quinoa o con una receta de su invención para la quinoa, que es casi peor). Y tampoco está tan difícil: yo, sin ir más lejos, me abastezco de pandan en la mejor tienda de España, la de Cabo de Gata, a la que bajo semanalmente, no me digáis que vosotros no podéis hacer lo mismo (pero la tertulia se celebra en mi casa de Barco de Valdeorras).

Otrosí: leo por ahí que unos se han montado un bisnes para sajar a alcohólicos que desean dejar de serlo y que, empleando de entrada el reclamo de los AA, se han montado locales o sectillas o escuelillas aparte, en algunas de las cuales se maltrata al que busca ayuda, se le humilla y se le grita, por supuesto, y además se le saca la pasta y hasta se le aísla en plan secuestro. Eso es ya la arrogancia del yonqui elevada a otro exponente.

Porque estamos hablando de eso, como se ve: de arrogancias. 

¿Vamos a emplear esa misma arrogancia que aborrecemos en otros para decirle al presidente de gobierno: a ver si lees algo más, chaval, que se te nota que ni al oprobioso Pereda, pero es que casi a ningún otro les has pasado tu mirada ni en páginas alternas? ¿Vamos a ser tan despectivos como los yonquis, como los dietólogos, como los deportistas esos que, sin más oraciones que copulativas en sus entendederas, van proclamando la superioridad de su aprendizaje ético sobre todos los que no hacen deporte (en general, sólo porque consiguen reprimirse las ganas de poner una zancadillita al corredor rival, gran logro de su desarrollo personal y de la humanidad en su conjunto)? Debemos cuidarnos mucho de caer en esas arrogancias de lectores. Los adictos a leer es muy posible que sean casi todos tan insoportables como los adictos al zumo de agave con liquen de Batavia para desayunar: siempre están proclamando, siempre están publicitando, o, lo que es más grave, siempre están sintiendo su superioridad sobre los que no leen. 

Aunque los hay que se intoxican precisamente por su sacerdocio dietolátrico, es verdad que a veces alguno se ha intoxicado en el bando opuesto por no comer con un sentido mínimo de lo saludable. También es cierto que los hay que han conseguido por fin desarrollar un cierto sentido de la existencia del otro humano gracias a su afición a algún deporte de equipo, que le ha acabado obligando a pasar la pelota a un compañero o cosa parecida; y que algún refractario al deporte es además mala persona y que a veces se ve que algún deportito puede que le viniera bien. Con lo del leer pues sucede algo más o menos igual: desde luego que algunos de los que leen son mejores gracias a que leen, pero es imposible no ver a aquellos que aun leyendo, y algunos incluso por leer, son peores personas que si se hubieran quedado, pastoriles y abobados, contemplando un valle solitario desde la sombre de un olivo, a ser posible tocando un caramillo. Pero quién puede dudar de la existencia, visible y a menudo ostentosa y estentórea, de esos que son chungos, y muy claramente, por no leer. Aquellas sentencias tópicas de “eso se le pasaba con un buen par de bofetadas” y similares se pueden reproducir, retocadas, en muchas ocasiones casi irreprimibles: “Eso se le pasaba si se pusiera a leer” o, en el menor de los casos, “eso se le pasaba leyendo este o aquel libro”.

Todo esto te sofoca las mientes cuando en la revisita al Pedro Sánchez de Pereda se vuelve a iluminar el episodio crucial: el pobre tipo, apenas estudiado (aunque lector obsesivo, ojo) y más bien lanzado por otros y sus conveniencias a la carrera política tras la Vicalvarada, acaba de “gobernador de una provincia del Levante”. Y allá se van con él la borde marmórea de su mujer y la no menos borde y además estúpida de su suegra (que se lleva algunos de los mejores párrafos de descripción adjetiva destructiva para consuelo y regodeo de los yernos maltratados de ayer y de hoy), a los que se añade un cuñado lánguido y llorica de perfil pre-Proust. Pues lo que sucede casi se veía venir, aunque el pringao de P. Sánchez no lo ve: en esa “provincia del Levante” se lían, a espaldas del gobernador, a vender influencias, a comprar a crédito, a fifti-fiftis de todas las versiones, y a redecorar el vetusto palacio y a dar fiestorros para epatación de la aristocracia local, todo ello de acuerdo con el secretario más o menos fijo de ese destino y con el que se sugiere comprado silencio o por lo menos ceguera del jefe de policía. El gobernador Sánchez se entera, por fin, y es muy consciente de que en su posición no vale proclamarse ignorante ni inocente, porque para eso es gobernador: al castigo si es que no ha sabido enterarse; y al castigo también si es que se había enterado, por supuesto. ¿Y qué es lo que hace? Cesa al secretario, cesa al jefe de policía local, dicta unas cuantas disposiciones de reparación y… ¡dimite!

A veces la literatura te consuela; a veces te desvela; a veces te propone.

Y lo que sucede aquí es que ni coincidiendo en el nombre. Pero igual se le pasaba leyendo este libro.

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