Algunos amigos me señalan que parece que estoy evitando actualidades casi inevitables, y que no resulta del todo natural que, dado que doy mi opinión de todo lo opinable y hasta de lo no opinable, que qué pasa con lo más combustible del día de hoy. Yo creo que sí que digo cosas, aunque a lo mejor los temas que más me ocupan no son estos o aquellos, sino aquellos otros, pero de acuerdo, cedo por una vez, porque son amigos, y lo suelto. Pero advierto que más adelante seguiré a lo mío.
Me parece que casi todo el mundo hubiera entendido una razzia, por dura que fuera, con la clásica precisión quirúrgica (aunque no siempre respetada por ellos mismos) de las fuerzas armadas israelíes: lo de aquel 7 de octubre ya ha quedado desdibujado por todo lo sucedido posteriormente, pero no debería, porque fue una animalada sin perdón posible, y puede que de las más extremas que se han vivido en la zona por lo menos desde la Nakba, que dicen ellos, hasta hoy. Que Israel se hubiera liado a mamporros contra Hamás y sus amigos es algo que todo el mundo hubiera entendido, muchos aplaudido, y de lo que todos nos habríamos beneficiado. No hace falta ponerse ahora a ponderar la bestialidad de mundo y de sociedad propuesta por los de Hamas y sus cercanos, y además llevada a cabo y a la práctica en lugares como Gaza. Dado que son varios los que se reclaman padres y madres de Hamás, hay que caminar por este lodo con cuidado, y quedarse en que ya son ganas de fastidiar por parte de cierto emirato del Golfo dar a luz un engendro semejante como ese Hamas para luego pasar de él y entregarlo generosamente al mundo para que no ande jodiendo en casa y sean otros los que lo aguanten: por supuesto, inmediatamente ven en ello una buena herramienta los iraníes y lo controlan a través de su Hezbolá, y por supuesto eso acaba mal. Acaba, por ejemplo, en esa debilidad política a la que sólo ve por fin remiendo haciendo una salvajada como la de irrumpir matando y secuestrando en ese festival de música joven, lanzar los 7.000 misiles de los que nadie parece acordarse ya, destripar a tiros y con cuchillo a unos cuantos niños y violar a mansalva en número que la torpeza publicitaria tradicional de los israelíes no ha permitido conocer.
A veces uno se extraña, pero otras veces no (dependiendo del momento de la digestión, supongo, o alguna cosa así) de que las que más gritan por aquí contra Israel se refieran a las salvajadas del ejército israelí pero ni una sola vez, desde el principio hasta el día de hoy, hayan hablado ni dicho media palabra acerca de la salvajada de las violaciones y los asesinatos del 7 de octubre perpetrados cuando ni siquiera eran aquellos momentos de tensión entre ambos bandos, sino más bien de un aparente anticlímax de esos que se daban con regularidad entre follón y follón, y que llegaban a durar más de un año. En estos anticlímax, por ejemplo, el paso de territorio israelí a Cisjordania se realizaba a través de unos puestos más o menos fronterizos en los que los soldados de uno y otro lado se conocían, se intercambiaban cigarrillos y revistas y parecía que hasta les molestabas en su partida de cartas cuando pedías por favor, oiga, me da usted su permiso para pasar. Ya quisiera la frontera hispano-francesa de los sesenta y los setenta haber tenido alguna vez esa relajación. A pesar de que las diferencias entre ambos territorios eran abrumadoras en estilo de vida, en calidad de espacios e infraestructuras y hasta en el mismo modo de comportarse de las gentes (hay algo como pasar de golpe, en sólo un paso, del mejor Copenhague de hoy al más duro documental del colonialismo decimonónico en Maharastra), si no había bronca no había bronca, y eso incluía esas partidas de cartas, bromas de aduanero a conductor y viceversa, y desde luego el paso diario de miles y miles de trabajadores cisjordanos (cosa que aquí, sorprendentemente, se ignora y nunca se mete en la ecuación) a Israel para su jornada laboral: de taxista, de hostelero, de comerciante, y de casi todos los oficios. Es decir, lo primero que se observa en los gritos de por aquí es la ignorancia de aquella realidad: ¿pero ignoran también la publicitadísima desigualdad “de género”? No parece posible. ¿O el acceso más que restringido a la prensa, a la imprenta libre, a las ideas diferentes, a los modos de vida diferentes? Allá ellas (y unos pocos ellos, curiosamente).
Pero estamos en España: en cuanto dices que te gusta la tortilla con cebolla te van a insultar sin piedad ni límite los otros, sin darte tiempo siquiera a decir que también te gusta sin cebolla (y viceversa, claro). Lo de Gaza, en la actualidad, es insoportable; como también fue insoportable lo del 7 de octubre. Parece que el presidente del gobierno de Israel se ha vuelto loco, quizá junto a algunos de sus más cercanos y elevados colaboradores. Pero no se puede olvidar que los dirigentes de Hamás, y aquellos a quienes estos encubrían, estaban también locos y nunca movieron un dedo para hacer nada que no fuera una locura criminal: sobre su propia población, para empezar: ese manufacturado “pueblo palestino” traído a agente político solamente por la conveniencia y el beneficio de Arafat en sus maniobras de extorsión a gobiernos sucesivos como traficante de armas. Luego, tras varias décadas desplazándose como plaga de langosta de unos países a otros, tras varias décadas de reclamar ese estatuto de “pueblo” que al final sólo ha servido para que una coalición de caciques lo aceptara como tal con el propósito de tener carne de cañón, muchos, allí y aquí, sólo han conocido esa denominación de “pueblo palestino” y se la han creído y es con lo que hoy hay que manejarse, por lo visto. No sé por qué hay que estudiar formalmente Historia para descubrir que hasta más o menos 1947 no hubo nada parecido a ese “pueblo”, sino que se trató al principio de un grupo de kuwaitíes desarraigados (entre otras cosas, cuando Kuwait todavía no había accedido a su independencia) a los que el traficante prometió cosillas si le seguían y le ayudaban. Es como si sólo estudiando Historia se pudiera conocer hoy que España tuvo un dictador que se apellidaba Franco. Ah, es verdad, sí, muchos ni lo saben. Pero este es el momento en el que tantos despectan que no hay que perderse en cuestioncillas académicas. Vale, no nos perdemos, pero entonces que no se pongan tan metafísicos los otros.
Y, bueno, guerras de miles contra miles, la mayoría al final destripados y muertos, sólo para beneficio de esos socios de una empresa minera, o naviera, o negrera, ha habido unas cuantas; algunos más cínicos dicen que casi todas las guerras lo han sido. Los españoles deberían saber de esto, con la historia en el Rif. Ah, ya, eso de estudiar, es verdad. Lo digo porque ahora se cruza en el lío el anormal de Trump que, honrando a la que se ve que ha sido su educación y su trayectoria, no tiene el más mínimo corte en proponerse como promotor de una especie de ciudad de vacaciones playera en donde hasta hoy estaba Gaza. De momento, la demolición se la están haciendo más o menos gratis las bombas israelíes (lo que Estados Unidos haya adelantado a Israel para esto ya se lo cobrará en un futuro próximo, por ejemplo en terrenos en la costa, claro). Así pintado, está claro que el asunto tiene mal apaño, y que no va a haber quien lo pare, porque estas operaciones industriales, una vez lanzadas, llegan hasta donde haga falta. La inmoralidad, la desfachatez macarra, la codicia criminal no tienen límites, como ya sabíamos.
Pero quedan por aclarar algunos asuntos que, a base de no ser mencionados, se diría que están alcanzando el estatuto de tabúes: ¿por qué ningún país de la Liga Árabe ha accedido a alojar, e incluso ha negado activamente cualquier ayuda a ese “pueblo palestino”? ¿Consideraciones políticas también? ¿Eso de “es que si los alojamos estaríamos concediendo la victoria al diablo sionista”? ¿Y eso, frente a los cientos de miles sin vivienda ni alimentos, no es tan vil como lo del anormal inmobiliario norteamericano? ¿Y por qué aquí nadie se para a examinar lo que hay tras esa actitud árabe? ¿O la oportunidad, apenas mencionada, de que ese ataque brutal del 7 de octubre se diera de pronto cuando mejor iban las cosas para un acercamiento de Israel y algunos emiratos (árabes, claro) del Golfo, acercamiento intolerable para algunos, porque, entre otras cosas, podría haber constituido no un paso sino unas zancadas firmes hacia un cambio?
No recuerdo un momento de mi vida en el que no haya habido una guerra por el fondo. En realidad, a menudo muchos hacemos chistes sobre nuestra propia generación, la que se crió en la Guerra Fría tardía, con el añadido robaplanos de un Gadafi que había amenazado con “cubrir Madrid de misiles” si Francia o Estados Unidos o alguien no le concedía no recuerdo qué: y nosotros seguíamos cogiendo al autobús a la universidad como si tal cosa, qué vas a hacer si no. Algo más tarde, pasados los mediados de los 80, los aviones despegaban cada dos minutos de la base de Torrejón y ponían proa al Golfo de Sirte, precisamente en Libia; pero ni mucho menos era lo único ni lo siguiente a aquella amenaza de los misiles de diez años antes. No voy a hacer la lista de guerras celebradas en los últimos sesenta o setenta años: no cabe en dos folios. Me parece que esta actual de Gaza no es nueva ni especial ni diferente; ni siquiera son nuevas ni originales esas que aquí claman y se permiten decir lo de “Palestina libre desde el río hasta el mar”: si ellas supieran cuánto más arriesgaban los que en aquel entonces gritaban contra la Guerra de Vietnam (pero no hablaban del extermino de nación alguna). Lo que me agarrota y ya me agarrotaba en todas las ocasiones es la dificultad de tantos para entender que casi nunca, casi nunca, se puede reprobar una guerra aprobando a uno de los bandos. El caso actual de Gaza se me hace todavía más agrio, teniendo en cuenta lo que el bando aprobado supone y propone para la vida digamos coránica de sus súbditos, pero quizá eso podría encontrarse en todas las ocasiones anteriores (no estaba bien esa invasión encubierta y excusada que EEUU estaba realizando en el sudeste asiático, pero ¿sí lo estaba el comunismo agrarista que quería imponer el Norte, de lo que luego hubo visualización incontestable en Camboya?)
Esta es una circunstancia más que nos invita a pensar en que podríamos reflexionar sobre las cosas y valorarlas y hablar de ellas lejos, lo más lejos posible, de las consignas de la política de partidos y sus intereses siempre ocultos y avergonzados; para mandar a los partidos a la mierda, vamos.
Deja un comentario