Me parece que esta no va a ser la primera vez que escriba de este asunto, pero el momento merece que vuelva a él: no hay mucho cine que haya sido tan incomprendido o tan malinterpretado o tan tergiversado como el llamado “de destape”, que a menudo tiene zonas de intersección con el llamado “landismo” y por supuesto con el que produjo, escribió y dirigió el recién fallecido Mariano Ozores. Se acaba de morir Mariano Ozores, que probablemente ha hecho a lo largo de su vida más por el cine español que cualquier otro productor o director. No lo digo ya por el número de las películas que dirigió, nada menos que 99, o de las que hizo el guión, nada menos que 118 (otros dicen más); lo digo más bien por su actitud hacia el cine mismo, de cuya historia sabía más que nadie, y hacia el oficio de director, que no abandonaba ni durmiendo, y desde luego por su actitud hacia el público, al que respetaba como ningún otro productor o director han respetado.
Lo intentó con todos los géneros, incluyendo el dramón y el negro; pero lo que al final le salió, me parece que porque era su natural (familiar) fue la comedia. La época le determinó en alguna medida a que sus comedias fueran eso que se llama “comedia popular” o “comedia ligera”, tan despreciada por la gauche. Además, coincidió su máximo laboral cuando por fin se autodisolvió la censura y cierta confusión de normas favoreció el desmadre y el despelote, dicho sea en sentidos metafórico y literal: eso del cine que luego, despectivamente casi siempre, se ha llamado “de destape”, da la casualidad de que era algo por lo que, con otras palabras por supuesto, se venía clamando desde hacía muchos años. A ver cuándo se conseguiría, por fin, que España fuera tan avanzada como Francia, y no tuviéramos que ir a Perpignan o a Biarritz a ver películas con desnudos o con sicalipsis diversas; ¿ah, sí?: pues toma, lo tuvimos de golpe; y de golpe, los mismos que clamaron sobre el atraso español clamaban ahora contra la vulgaridad española.
Ese cine era calificado de vulgaridad solamente a causa de que esas comedias a menudo, como decimos, “sicalípticas”, y ahora españolas, no solían contener (ojo: que a veces sí, eso se les olvida a los/las vinagretas) mensajes relacionados con la bondad de los grupos políticos de izquierda.
Así de claro y de simple, y a lo mejor es buen momento para dejarnos de remilgos al respecto. El mundo de la cultura estaba ya dominado en España por esos agentes “culturales” que eran menos culturales que agentes puramente partidistas en el mundo de la cultura. Estos trabajaban, habían trabajado, seguían trabajando, siguieron trabajando y han venido trabajando y hoy todavía trabajan con enorme eficacia a favor de la influencia que las obras culturales puedan ejercer sobre la gente con el objeto de promocionar y engordar las opiniones, las movilizaciones, hasta las costumbres propagandísticas y desde luego el voto de la izquierda. Así que no vamos a aceptar que en la actualidad nos salga nadie, y menos desde la máxima institución de gobierno, dándonos lecciones, que encima son equivocadas, sobre el carácter político, o no, o imposiblemente neutral, o sí, de “la cultura”. ¿A estas alturas nos sales con esas? ¿Qué pasa, le estás viendo las orejas a ese lobo que lleva décadas sometido a tus partidos cercanos y ahora parece que empieza a despertarse y a decir cosas de sentido común y de, ahora sí, cultura no partidista? ¿Por qué aceptamos como normal que una pequeña, pobretona y nueva compañía de teatro compuesta por cuatro buenos actores, presente su primera producción casi sin excepción con palabras del estilo de “ofrecemos una propuesta revolucionaria…”, por ejemplo? Esas cosas del acostumbramiento del lenguaje, esas en el fondo sencillas observaciones que ahora se han puesto de moda del estilo de lo de ventana de Overton y cosas similares. Tú vete llamando centrista a ese izquierdista, que después de mil veces la gente ya lo considerará centrista y a la izquierda extrema la empezará a llamar izquierda moderada; y así en dominó. Puede que no sea este triste momento el oportuno para relacionar con extensión los elementos que hacen inevitable aceptar que el mundo cultural occidental europeo, en general, y algunos muy intensamente dentro de él, y el español en particular, beben de las fuentes terminológicas, conceptuales, publicitarias, desde luego emotivas y emotivistas y por supuesto partidistas de la izquierda. En ese mundo, claro, qué pinta el Mortadelo y Filemón de Javier Fesser; qué pinta esa excelente joven actriz que sufre un ictus (del que luego se ha recuperado por completo) pero que confiesa que en los peores momentos de susto inicial rezó, como consecuencia de lo cual casi nadie la aplaudió cuando salió a presentar un Goya recién recuperada; qué pintan los tres Guardianes Invisibles, y menos todavía su protagonista Marta Etura que se dice intransigente con la barbarie etarra, ¡pero si es donostiarra!; y dejémoslo de momento ahí como simple entradilla de lo que algún día habrá que escribir, que no necesitará demasiada investigación entonces, porque cualquiera que conozca algo los medios culturales y en especial el cine y el teatro ya sabe en la actualidad lo que hay: susto y miedo de unos cuantos, ostracismos con diferentes graduaciones mucho antes de las cancelaciones woke, rumores, cotilleos y maledicencias sólo porque alguien no es “de los nuestros”. En este charco, Mariano Ozores, vilipendiado por los que apenas veían ni vieron ni ven y siguen hoy sin ver sus películas, resistió, fue a lo suyo, fue a lo de tantos millones de espectadores, y además se ganó la que probablemente es la mejor fama personal de todo el gremio: quiero decir que, salvo por ser considerado “conservador” (pero, ¿en qué quedamos? ¿No eran esas picardías y esos desnudos cosas contrarias a las de los conservadores?), todo el mundo coincidió en apreciar en él a un hombre culto (de la cultura de verdad), amable, paciente y buenísima persona. ¿Cóooomoooo? ¿Y así dirigió 99 películas? ¿Pero no es un requisito indispensable para dirigir el ser un activista de algo, o por lo menos un depresivo, un enfadao, y a ser posible agarrarse unos ataques de cólera antitodo que dejen temblando desde el actor al último eléctrico de un rodaje?
Al parecer, la sal gorda sólo es admisible cuando la esparce alguien “no conservador”(¿) o, en jerigonza de hoy, “de izquierda”; y si es alguien “de derecha-y-extrema-derecha”, entonces es franquismo y machismo. Allá cada quién, que dicen en la Mancha: se puede luchar contra la idiotez, pero sólo hasta cierto punto, y esto está más allá. Sí, muchas de las comedias de Mariano Ozores tenían como condimento principal eso que se llama sal gorda: ¿y qué? Aparte de lo ya dicho (que muchas de las películas-signo de progreso, sobre todo francesas, eran eso, sal gorda, pero al hacerse las españolas así, eso de pronto era despreciable), quién se cree tanto como para condenar la sal gorda como la condenaban las petardas decimonónicas de las ligas antialcohólicas y afines, o las cofrades de no sé qué asociación contra el sexo feliz, o simplemente los empingorotados (y las empingorotadas, perdón) que sólo admitían que se hiciera un chiste sobre el argot hegeliano pero, eso sí, con salvedades, cauciones y los respetos debidos al filósofo, y retractación posterior, desde luego. Ponte como quieras, sufre, puto, lo que te dé la gana, porque nos va a dar igual: comedia popular, comedia ligera, comedia a veces vulgar, sales gordas, ha habido siempre en el mundo y siempre las va a haber, y además, sin saberlo tú, han colaborado como muy pocas otras cosas al progreso de las culturas, de los pueblos y de las civilizaciones. No te voy a decir cómo: estudia algo de una vez.
Lo que definitivamente se ha entendido mal de este cine es la peliaguda cuestión de su didáctica: esos personajes interpretados muchas veces por Landa, pero en otras ocasiones por otros (menuda lista: Sacristán, Saza, Ferrandis, Bódalo…) nos deslumbran a menudo con su estupidez de tiparracos rutinarios, ligones más que torpes, zoquetes, ostentosos, casi siempre ridículos o muy ridículos o más bien ridículos en extremo. ¿Por qué tantos progresistas entendieron, entendían, han seguido entendiendo y hasta entienden en la actualidad que eso tenía carácter de propuesta? Sí, así las criticaban y las critican siempre: pues menuda mierda, enseñando cómo ser un macho, cómo maltratar a las mujeres, cómo ser un asqueroso machirulo.
Que no.
Que siguen sin enterarse.
Que se vean de una vez unas cuantas películas enteras de principio a fin.
¿Qué verán? ¿Qué les costará tanto decir que han visto?
Así es: sátiras.
Sátiras que ridiculizan, precisamente, los comportamientos simplones, idiotas, abusones, ignorantes e inaceptables de esos personajes: que en cierta medida eran un retrato de algo que todavía pervivía en nuestra sociedad (y en casi todas las demás: véase Benny Hill o cualquier comedia ligera de las alemanas que acababan sin excepción con unos tíos en Lederhose corriendo detrás de unas rollizas señoritas con trenzas por prados bávaros de estilo Heidi), y que precisamente se atacaba y se empujaba con estas películas a considerar indigno, risible, despreciable. Casi todas, a propósito, contienen en su arco dramático la evolución del protagonista hacia un modo de ser más civilizado, sin machadas ni jactancias, y ahora comprendiendo con humildad (previa humillación, y superándola) algunas cosas más.
Eso es una sátira.
Aunque muchos todavía no vean que estas películas lo son: porque no son sermones cejijuntos, ni homilías morales, sino algo mucho mejor y más eficaz: simples sátiras.
De eso era, fue y será para siempre un maestro Mariano Ozores.
Deja un comentario