1 Maestros y presidentes y CEOs
¿Va a quedar algún día inscrito y memorizado lo que comemos en alguna memoria de uso posterior tenebroso? Se diría que algunos lo facilitan todo lo que pueden cuando se cubren de wearables, o sea de cacharros para llevar como relojitos, colgantitos y gafitas y pulseritas y camisetitas que registran lo que andas, lo que sudas, lo que palpitas y lo que peristaltas (supongo). No digamos ya lo de las películas que ves o dejas de ver, y eso sin weararlas, sino que ese tío raro y oculto al que llaman “el algoritmo” toma buena nota de lo que eliges en cualquier plataforma o web, y luego te lo demuestra ofreciéndote más cosas de esa familia: supuestamente, claro, porque se equivoca más que un comercial de libros en un colegio. A mí me sienta especialmente mal que ya casi no puedes escuchar música si no es a través del uso de artefactos absurdos como Spotify; y, si no quieres caer en semejante aberración, allá te jodas con tu antiguo giradiscos ya medio cojo y acelerado, o como mucho con tu casi igual de viejo reproductor de DVD, que reproduce los discos de música más o menos a un 110% de su velocidad real, y los barítonos pasan a tenores, y los tenores a tiples, y las sopranos a silbidos de tren. ¿Por qué alguien se tiene que enterar de la música que me pongo? ¿Por qué alguien tiene que meterse donde no le llaman, y luego ofrecerme “otras músicas” (como lo de las películas de las plataformas) que cree que me van a apetecer, pero además lo hace siempre equivocadamente? “Porque has elegido Peer Gynt, te ofrecemos a continuación Sara Montiel Greatest Hits”. Algunos me han apremiado a explicarles mi rechazo a este fisgoneo, y así he aprendido que no lo sé explicar muy bien. Eso de tener deliciosamente perdida una tarde lluviosa y libre y decirse: pues ahora voy a poner el vinilo este de Kind of Blue y me voy a poner un café y unas tostadas, es un placer que yo renuncio a explicar. El que no lo conozca no lo va a conocer porque yo ahora me retuerza las meninges para comunicárselo. A veces a uno le gusta estar solo y sentado en un banco en el paseo de una playa vacía con el mar ahí enfrente y las sombras de las nubes pasando sobre la arena como si fueran lagunas que viajan: por qué es tan fácil encontrar hoy personas que consideran que esa soledad es chunga y que mejor, mira, como te vi tan solo, te he desviado un par de autocares de excursionistas vocingleros que te van a hacer compañía, qué guay, ¿que no?; y eso por no pensar ahora en los megapsicogurús que ven patología en todo, claro. Pero si tienes un giradiscos para tus vinilos más te vale investigar la cosa bien antes de lanzarte a recuperar ese placer, porque ya casi no hay repuestos salvo en lugares exóticos y a precios extravagantes.
Hay quien se pone muy urticante, por otro lado, y achaca todo esto al criptocapitalismo capitalista y a villanos por el estilo; siempre hay que recordarles que tantos como ellos son los otros, que achacan todo esto a una especie de criptocomunismo comunista: qué es eso de actividades, películas, músicas, lecturas y compras y lo que sea en soledad e intimidad, sin compartirlo, sin mostrarlo, sin decirse uno a los demás, menuda aberración y tal y tal.
A lo mejor no es más que un pequeño signo, casi frívolo si nos ponemos estiradillos, del mal cuidado, del pésimo cultivo, de la nefasta educación del yo que ha propiciado la enseñanza comprehensiva. Todos hemos asistido, y casi todos como víctimas alguna vez, a la reivindicación de un matoncete chuleras en una cafetería o en una tienda, o no digamos en el cine, cuando alguien le pide que hable un poco más bajo, o que baje la musiquilla de su teléfono, o que aminore algo las risotadas, que nadie más en ese restaurante puede hacer nada con ese ruido: eso es un problema de lo que se llamaba hasta hace poco (sin perjuicio de que quizá algunos lúcidos lo sigan llamando hoy) demarcación del yo.
La demarcación del yo es, a la chita callando, pero muy callando, lo que verdaderamente se educa cuando se educa. Cuando se educa todo lo demás, parece que se está educando todo lo demás, pero en realidad lo que se está construyendo y trabajando es esa demarcación del yo. La gente alfabetizada reconoce lo que significa en cuanto lee la expresión, ensayos y reflexiones de matiz aparte. Sí, eso es: tú llegas hasta aquí por este lado, y hasta allí por este otro lado, y hasta allá por ese otro lado. Eso de ahí ya no eres tú, ¿pillado? Eso es OTRO o, en el más suave de los casos, el resto del mundo; que tiene estas características (humanidades) y estas normas (ciencias). Esos otros son tanto como tú, y quieren que les invadas tanto como tú quieres que ellos te invadan; etcétera.
Pero este concepto, fundamental y molecular en la educación, a base de ser implícito y tácito como tantas de las cosas verdaderamente importantes, no recibió en su momento (que es difícil de determinar, pero ya lo haremos) atención suficiente por parte de los muy prácticos profesionales de la educación, que con el tiempo ya no hubo dudas de que sabían tanto de esto como de neurología del aprendizaje. ¿Cómo es posible que se hayan dedicado a “educadores” gentes sin conocimientos de neurología del aprendizaje? Pues ni uno. Hoy todavía te acercas a uno con la intención de conversar sobre esta noción de demarcación del yo y saldrás bien librado si no te detiene la policía pedagógica y te lleva a pagar un master obligatorio en una escuela de educación. Y con la neurología lo mismo, claro.
Son problemas de la demarcación del yo los que están en el fondo de todos esos líos de los políticos con vocación autoritaria, por supuesto, en cualquiera de sus versiones: desde que opinar diferente a mí, el jefazo, es “tocarme los cojones” (en lugar de lo que es: opinar diferente) hasta controlar mediante el móvil y la localización los movimientos de la población (y empezó la pandemia, y no se volvió a hablar de ello: es que a buenas horas va a estar la gente cambiando de empadronamiento sin pedirme previamente permiso). Son problemas de demarcación, por supuesto, las intromisiones mediante prohibiciones u obligaciones legales relacionadas con lo que puedes ganar o dejar de ganar con tu tienda de zapatos; o esas carreras aturulladas hacia delante de los sucesivos ministros de Hacienda contra el gremio que esa temporada, o en sus círculos, o en sus locutores favoritos de radio, se haya puesto de moda denostar como ricachos sin escrúpulos: ahora los “titiriteros”, luego los “deportistas”, en ocasiones todos los demás, según el color del gato que acaricien sobre su regazo esos sucesivos ministros. No serán necesarias muchas explicaciones: la cosa es hasta dónde me creo yo que puedo estirar mi persona e imponer mis criterios y mis manías y mis gustos y mis tabúes sobre los demás.
Está claro que el asunto no empieza en zahúrdas de Plutón ni en altos palacios, sino en esa misma acera, sí, la que te lleva al mercado del barrio, en la que tienes que sortear en 200 metros, como si estuvieras haciendo un slalom especial, a 13 quinceañeros enfrascados en su móvil, a 8 veinteañeros ídem, a 5 treintañeros ídem, y eso además de a las conocidas miembras octogenarias del comando Manuela Malasaña del barrio, que van juntas y cada una con su andador a la compra y se descojonan de todo aquel con el que se cruzan, y a menudo de ti, que vienes ya resoplando de tanto viraje y tanto mugido de aviso, “¡Cuidao!” y así.
-Mal lo llevas, hijo; mira este abollón en mi tacataca, me lo hizo uno de estos que ni después de esnafrarse dejó de mirar al telefonillo. Por lo menos no me dio a mí. Hasta que no te hagas con uno de estos…
2 Maestros y delincuentes
Pero no, no empieza en la acera esa, claro. Empieza en los halagos, en la sobreprotección paterna, en los maestros estuporosos. ¿O es que todavía alguien no ha visto el vídeo de hace dos o tres días de ese instituto en el que unas delincuentes de 14 o 15 años la emprenden a patadas y puñetazos contra una que se atrevió el día anterior a defender a un compañero al que insultaban? Lo que hacen las idiotas esas casi es lo de menos: lo que produce náuseas es la actitud de dos profesores que andan ahí al lado: uno, al fondo, tironea de una de las agresoras hacia atrás: de una sola, y sólo tironea; el otro, más en primer término, cargado de papelotes o libros, se limita a poner una mano sobre la espalda de una de las agresoras, yo qué sé, como si fuera una vaca a la que así vas a calmar, o un perro con ansiedad: pero no lo es, porque es una tía de 15 años que junto con otras dos o tres compañeras tiene agarrada a su víctima, en el centro, a la que están friendo a patadas, a arañazos, a rodillazos en la cara, mientras le arrancan pelo… y eso es todo. Por supuesto, algún anormal digno de expulsión del sistema educativo cruza el plano brevemente dando saltitos de alegría ante el espectáculo, pero sólo es uno más de entre todos, varias decenas, que, al estilo telefilm, jalea el espectáculo abriéndole espacio. Los profesores ahí, idiotizados, mientras a su alumna la están forrando, en lugar de entrar, como deberían hacer, como una locomotora a deshacer la melé de agresión. “Venga, oyes, vale, ¿no?, ya habéis dicho lo que querías, ¿verdad?, oyes, vale, dejadlo ya, ¿queréis?” Y al día siguiente un padre de una de las muy salvajes agresoras todavía se encaró con la madre de la agredida por la calle, porque “tu hija le ha roto las gafas a la mía”, porque al parecer la agredida, manoteando en defensa, dio con esas gafas.
Nunca sabe uno, que ha dedicado mucho tiempo a estos asuntos, si los que no los presencian necesitan más información tanto de los hechos materiales como de los sentimientos implicados, porque lo que en general no se encuentra es una reacción que parezca ni siquiera mínimamente proporcionada: bueno, hijo, son burras, toda la vida ha pasado, no hay que ponerse así… Pero es que luego llega una funcionaria encargada por una consejería de educación de establecer un protocolo para afrontar esas agresiones y todo lo que sale de ese parto es un documento de 40 páginas en el que se detalla, paso a paso, el recorrido entre negociados, oficinas, subdirecciones y ventanillas que tiene que hacer la nota que un inspector redacte dando cuenta de que eso sucedió el mes pasado en el centro de tal barrio número tal. Nada, ni una sola palabra en toda la extensión del documento que se quería “definitivo” contra “el bullying”, relacionada con qué deben hacer los profesores para evitarlo o para combatirlo cuando lo presencien. Y eso también es un problema de demarcación del yo. Porque no son sólo problemas los de demasiada extensión, sino también los de demasiada poca: tanto legislar y reglamentar sobre casi todo, desde lo que comes a lo que respiras, pero por ningún lado hay nada que permita a los profesores llegar a imponerse sobre el grupo de agresores de un compañero, ni físicamente ni siquiera, digamos, con la voz: ojo con decirles “parad ya, cabrones”, porque te cae un paquete por insultarlos que te saca de la profesión. Claro que una de las frases hechas más queridas de los docentes estos es esa de “lo que pasa en el centro se queda en el centro”: la extraterritorialidad y todo eso elevada a delincuencia. Si unos tíos, por la calle, empujan a una chica de 16 años escaleras abajo y esta sale con un fémur roto, van al trullo de cabeza; eso sucedió en un instituto madrileño hace unos años (es verdad que la muchacha provocaba: aprobaba demasiado) y los cuatro o cinco empujadores salieron con tres o cuatro días de expulsión del centro, y a seguir viviendo.
3 Qué eficacia y qué recursos y qué eficiencia para conseguir que se vayan dejando atrás los asuntos espinosos: apagón, borrascas, eurovisión…
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