Desde que alguien insulta así, se hace difícil ver cualquier obra suya con ecuanimidad; pero se procura, por supuesto. No sé cuánto me habrá influido la ofensa, pero el caso es que Emilia Pérez, qué se le va a hacer, no me ha gustado.
Hay que ser francés de los anticuados (o anglo-sueco-argentino, claro, que es la otra orilla del asunto) para atreverse a decir eso del idioma español. Quiero decir que hay que ser un plasta de francés de esos de cuando la nouvelle vague, que se creían un cruce de Minerva y de Voltaire, y eso sin contar con los Lacan, los Foucault y los Derrida de a continuación, que se creían directamente atlantes, y que dejaron su aroma hasta en Chirac, que se atrevió también a soltar cuando los fastos del 92 eso de “lo de llenar América de universidades y hospitales y ciudades en damero y alcantarillas y calzadas no fue para tanto, seulement une chose très banal, mais les espagnols, tu sais, chauvinistes exagérés”, poco más o menos. Son como catalanistas, siempre comparando su último puesto de coger puntos a las medias con los de “Madrid”. Así que da la impresión de que Jacques Audiard, el director de esta película, hace esfuerzos como un cineasta español para caer bien a los político-banqueros de la izquierda, sólo que ahí en Francia para caer bien a los chauvinistas, eso sí, no exagerados, del chauvinismo francés. ¿O qué?
¿A qué viene hacer toda esta cosa rara de película toda en español pero en la gira de presentación soltar ese insulto? Es más: ¿a qué viene hacer esta película?
Es cierto que la crítica que nunca se debe hacer es “por qué este tío/esta tía/este tíe no ha metido tal contenido o no habla de tal cosa en su película”. Esa es una queja infantil, egocéntrica, preocupada sólo por lo que a uno mismo le preocupa y no por lo que las obras de los demás ofrecen, y siempre síntoma de desconocimiento no sólo de cómo se hacen las películas sino de qué es eso de inventar, o discurrir, o, si se quiere decir así, crear. Es verdad que no por casualidad eso de crear una obra es algo de lo que los profesores de Estética se ocupan tanto en sus clases en las facultades de filosofía como de comentar recetas de buñuelos de bacalao (quizá de estos más, incluso). También es verdad que no habría que esperar a que todos hubieran pasado por las zarpas de la Estética de la filosofía académica para que desarrollaran un poco de sentido común al respecto, se entiende que por contraste. Pero nada de eso nos libra de preguntarnos, casi a cada minuto de esta película, por qué este tío se habrá metido a hacer esto.
La historia de la película, o sea el argumento, contra todos los atambores que sonaban antes de su estreno o en su travesía desde Cannes hacia el Oscar, resulta que esa sí que es banal (pronúnciese en francés), o por lo menos trivial, o puede que parezca eso porque es casi inexistente; creo que la conoce todo el mundo. Un jefazo narco mexicano decide acabar con esa vida convirtiéndose en mujer una vez colocada la petarda de su esposa y colocados los lloricas de sus hijos en tópico retiro (en Suiza de las Nieves, por joderles todavía un poco más su naturaleza cactácea de jaliscienses -o eso-). Una abogada más pringada que el palo de una piruleta le ayuda, se diría que cantando, como Salomé en Eurovisión. Cantan bastante, pero composiciones que hacen echar de menos, para descansar, el sonido de las radiales del taller de debajo de la casa en la que me crié. Está muy bien lo de apuntarse a lo último de lo último, quizá, pero a veces a lo mejor no está tan bien: ese rap no ya solo sin compás reconocible, sino sin ritmo reconocible, pero además sin medida reconocible, con cada verso yéndose adonde quiere entre el alejandrino y el heroico antiguo, da la impresión de que es una mera traducción de una ocurrencia en francés (idioma de ricos, quizá) sin cuidado de medida ni nada más que la testimonialidad contenidista, como dijo alguien, creyendo que con ello hacía la revolución en el arte. Y cuando digo ese rap no quiero decir que haya sólo uno, sino que hay muchos pero todos son así, son como un nuevo estilo de rap que se diría que la película esta quiere imponer. Luego pasa lo previsible y, para que no me llamen destripador, no entraré en detalles (pero está claro que si lo digo así es que lo previsible es chungo, ¿no?) Admitamos que si una historia es inverosímil e increíble, a veces es precisamente en eso en lo que tiene su gracia; lo de esta no sé yo. Además, no sé si es una originalada simplemente por recibir risotadas de los amigotes, cómo te has pasao, Jacques, qué morro le echas, qué gracia tienes, o es pura arrogancia de diva que ya se cree, como le salió bien su primera película, que está en condiciones de “dictar la moda”.
Lo que pasa es que la incomprensiblemente discutida (en lo actoral; en lo demás no nos metemos) Karla Sofía Gascón lo borda. Y a lo mejor casi lo borda también Zoe Saldaña (a la que ahora le ponen por fin la virgulilla, tras años de aparecer como Saldana para desesperación de los montañeses palentinos). Y a lo mejor lo hace muy bien también algún otro actor y alguna otra actriz que hay por ahí, eso sí, hablando en ocasiones en huichol o quizá en mixteco, que no los distingo bien todavía aunque parece que el sexador de idiomas Audiard sí. Quizá lo que hacen las actrices es suficiente para ver la película. Gascón parece haber llegado a un punto de su oficio en el que afronta con calma y empaque lo que se le ponga por delante, tan natural resulta todo con ella en cuanto está en plano; y eso siempre da gusto a los cinéfilos no aleccionados previamente en los briefings ideológicos de los críticos o los políticos. De Saldaña no se entiende tan bien que haya aceptado un papelico como el que le asignan, por más que le permita bailar y canturrear como nunca la habíamos visto hacerlo, y que quizá ella considera un paso adelante; se verá en sus posteriores trabajos, hay que suponer.
Lo otro, todo lo de fuera de la película, pues qué sé yo: ya hemos visto que, hoy, usar poco después del 11M un sintagma como “putos moros” puede mandar a alguien al infierno de Dante; y a mí me parece que eso no es síntoma de nada de quien ha usado ese sintagma, salvo de que es un español normal en ese momento (aparte de que sintagmas de ese estilo los manejan todos los idiomas y todas las culturas desde el Paleolítico Penedés, más o menos). ¿Y esa tipa universitaria canadiense que destapó la trama (ya quisiera ella), qué dijo y qué decía, y qué exabruptos soltaba y soltó hace veinte años? Digamos que no me pondré tan acérrimamente del lado de Gascón como en general parece pedirse por aquí que alguien se ponga en cuanto hay una discusión más o menos binaria; pues no acepto que sea binaria. Visto algo desde la lejanía, pero oyendo los ecos y viendo los reflejos, probablemente Gascón es una borde y una “ordinaria”, y probablemente ha echado su cuarto a espadas del aprovechateguismo, y probablemente todo lo que se quiera; pero decir en un whatsapp o algo así de hace veinte años eso de los moros pues yo no sé cómo hay que estar de la mollera para quedarse tan tranquilo después de condenarla, y más conociendo el español coloquial y los niveles de argot y de germanías (esa canadiense ni flores, por supuesto). Y condenarla, hoy, y en ciertos medios profesionales más, como ya sabemos, significa mandar a alguien a volver a la FP a los cincuenta años para ver si consigue hacerse con un nuevo oficio. Quizá sea bonito que todo este tiempo quede atrás, y dentro de veinte años podamos ir cogiendo a todos los que en esta época denunciaron y denunciaron y acabaron con carreras y con prestigios y con familias, y denunciarlos a ellos por haber hecho esto. Pero no se podrá, claro, como no se ha podido con los cientos y cientos, y miles de denunciantes y de testigos y de abogados y de jueces que, sabiéndolo, mentían contra el vecino durante las purgas soviéticas para salvarse ellos.
Qué coño: y que no somos como ellos.
Ves la película y, aparte de lo que esta te pueda parecer, con lo que de verdad sí que te quedas es con el trabajo de Gascón y, como digo, puede que también con el de Saldaña y algún otro. Es que nada más. ¿Alimentó eso la cacería contra la actriz? ¿Hubo celos y codazos y caderazos al estilo de lo que empieza a verse en Los Mundos de Ábalos? Porque sabemos muy bien que los ha habido exactamente así en otros casos, algunos muy sonados (por ejemplo, el caso de Morgan Freeman, al borde de la ejecución y salvado por “la llamada del gobernador” en el último instante). La película la he discurrido yo y la he levantado yo, y a buenas horas te vas a quedar tú con los laureles y los triunfos, puede que pensara alguien. Además, si alguien lo pensó así, es imposible que no pensara a la vez: joder con Chirac; será poca cosa esto que hicieron los sales brunettes du sud aquí en Guadalajara-en-un-llano, pero ojalá lo hubiéramos hecho nosotros, que ahora, por lo menos, podríamos hacer todo esto con esos giros idiomáticos fonéticos supercalifragilistiques lacanianos y sartrianos y derridianos, dónde va a parar, sería mucho más película, güey.
O sea que si dices putos moros la has cagado, pero si dices que un idioma como el español es “un idioma de pobres” eres un intelectual exquisito y no te pasa nada. No es que haya que reclamar que a este segundo “le pase algo”, claro. Salvo, quizá, que le hagan notar su estupidez; y en los modos de hacérselo notar ya no vamos a entrar.
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