Muchos me habéis tomado por bromista cuando os hablaba hace poco de san Andrés el Necio, pero consultad el anuario que queráis, el Año Cristiano, la Wikipedia o lo que sea y veréis que no os tomaba el pelo. Además no es tan raro eso de hacerse pasar por tonto por diferentes causas. Si empieza uno a recordar, casi se pierde en ese bosque de aparentes tontos, de lo denso que es. Yo qué sé: así como se dice que Roma nació de un fratricidio y de una violación colectiva, se dice que la república romana nació también de una violación lucreciana, pero vengada esta por el que fue el primero de los cónsules, cuñado de la víctima, que atendía por Lucio Juno Bruto, y que de verdad que se había tirado décadas haciéndose pasar por memo, incluyendo el acto más fundacional de todos, por decirlo así, que fue cuando simuló que de puro tonto se caía al suelo, pero lo hizo para besar la tierra, beso que el oráculo acababa de poner como condición para heredar el trono romano; pero como los oráculos en general son bastante sádicos, no lo dijo a las claras sino que lo retorció lo justito, estilo concejal, y se limitó a decir “el que primero bese a su madre”, y sólo el aparente Bruto lo entendió, y por eso todo lo demás. Todos conocemos mil historias, empezando por la más o menos fabulada o sólo medio cierta (los historiadores, como era de esperar, no se ponen de acuerdo) del emperador Claudio; más o menos en esas fechas, las mismas tres negaciones de Pedro (san, no sánchez) son una modalidad también de hacerse el tonto y, en fin, casi cualquier gran personaje de la historia política y militar ha tenido sus oportunidades de simular que no sabía, con lo que en realidad conseguía victorias, o que le atacaran las murallas por donde parecía que no había defensas, o que los conspiradores enemigos se delataran a sus infiltrados porque supuestamente él no sabía nada de esa conspiración; o todos esos reyes, sin quitar de entre estos a algunos presidentes de repúblicas o de gobiernos que, más o menos disfrazados de personal normalete, se iban de picos pardos o simplemente a tomar vinos o más recientemente al cine, que son todas variantes de ese rebajarse cuya expresión más extrema es probablemente la de aquel pobre san Andrés.
Lo que ninguno me habéis soltado es que existe, paralela a la anterior (si la hubiéramos hecho completa, que esto ha sido sólo, como se ve, un sumario), una lista por lo menos igual de extensa de fulanos más o menos importantes, o conocidos, o simplemente poderosos, que se han hecho pasar por listos siendo, como a algunos ya les ha parecido en cada momento, pero sobre todo se ha visto más adelante, tontos de capirote.
Aunque ya veo que se os están poniendo los colmillos enhiestos, no creo que a estas horas de la madrugada vaya a ponerme a hacer la lista completa de tontos que se han hecho pasar por listos. Hoy podríamos dejarlo en unas primeras discusiones digamos del tono, del timbre y de la mala leche de esos estudios y esas listas resultantes; y ya veremos en el futuro si acabamos dando premios anuales o trimestrales o qué. Quizá premios al que mejor se ha hecho pasar por listo. O al que lo ha intentado con más pundonor aunque no lo ha conseguido (y ha llevado al mayor número de espectadores al médico por los calambres de la risa). O al que más esdrújulas ha usado en un mismo párrafo. O al que ha hecho las citas de los santos previsibles, pero dadas la vuelta y más malinterpretadas.
No hay que disimular, que es un vicio feo de gente mala: todos tenemos ahora mismo en la mollera la imagen y el sonido del que, si hubiera valor y coraje (adelanto que por aquí no lo hay), nombraríamos santo patrón de nuestro club; atrevámonos a decirlo de una vez; sí, ese: José Luis Rodríguez Zapatero. El tonto solemne más tonto y más solemne que hemos conocido en los últimos no sé cuántos años por aquí, maestro de la vacuidad, guía y faro de la puerilidad poética inapropiada y fuera de lugar, oyente de campanas lejanas, lejanísimas, y creyente de ser su transcripción lugareña sólo con repetir tolón tolón, seguro de estar dejando a las masas epatadas a sus pies. Pero un momento: ¿no oís, más allá de la brisa que trae el mar (y etcétera), que cuando se habla de solemnidad hubo también un rival del anterior que casi hasta puede ser que le diera la pauta de ese caminar algo anadeante de puro lento, ese mirar hacia arriba como si mirara hacia el palio bajo el que siempre se sentía, esa bradilalia enervante (saben lo que hacen, vaya si lo saben: como la imagen borrosa del asesino de Psicosis más allá de la cortina de ducha, sin definir rasgos ni dibujar facciones para solicitar así deseo), llamado José María Aznar? ¿No son ambos un par muy como Rómulo y Remo, o quizá como los pares de cónsules romanos, o como la mula y el buey, como las hermanas Kessler? Ya tenemos nombre para dos premios.
Tontos que se han hecho pasar por listos para perjuicio de todos los ha habido a montones, claro. No tanto entre los reyes, como pensamos por reflejo comprensible: a casi todos los reyes que conocemos -se entiende que por los libros- les ha importado un pimiento, incluso antes de que se conocieran los pimientos por Europa, lo que parecieran o dejaran de parecer, lo que los demás pensaran de ellos o dejaran de pensar. (A propósito, tontos que se las dan de listos hay muchos, muchos entre los guionistas: estableceremos otro premio en este instante para el que localice en menos de 1.000 días en qué película sobre la cosa medieval europea sale uno dicendo “me importa un pimiento”, y un accésit para el que pille en qué película de la antigua Roma salen tomates en un mercadillo callejero.) En realidad, casi todos los concejales son poco más que eso: se ven empujados, a menudo a su pesar, pero para regocijo de sus cónyuges y suegros, a abandonar esa peluquería en la que tan bien y con tanto cariño dominaban técnicas y oficios, o ese taller de frenos del automóvil que llevaban con éxito, o ese puestito de profe de química al que ya le tenía cogido el tranquillo, y de un día para otro tienen que empezar a practicar el “évidentemente”, el “prógramatico”, el “ínexcusablemente” y el “alguien tiene que dímitir” y otras mil piezas de casquería fonético-retórica. Es decir, tienen que practicar eso de hacerse pasar por lo que en esos medios se considera listos: cuando, a lo mejor, resulta que antes no se hacían pasar por ello porque, bien situados en su mundo y en su sociedad, ejerciendo sus oficios, simplemente eran listos y lo hacían bien y no tenían nada que simular. ¿Habremos dado con una de las claves de este sobrenatural fenómeno de simular listeza? ¿De verdad de verdad cuesta tanto encontrar simuladores de listeza en ámbitos que no sean los de la política y sus satélites? ¿Acaso se exige ser-tonto-y-simular-ser-listo para ejercer la política? Bueno, quizá no solamente en la política: es fácil reconocer a bote pronto lo que sucede en el mundo actual del cine de por aquí, entre otros mundos actuales, en el que los mejores han acabado yéndose a la tele, claro, porque si aspiras a la pantalla grande parece obligado discursear con lugares comunes (de hace treinta o cuarenta años) y tópicos (de hace cincuenta años) y acusar a todos alrededor de microira, microgula, microsoberbia, microlujuria, micropereza, microenvidia, microavaricia o, lo que es mejor, porque apunta menos preciso, micromachismo, claro. Recorreremos en próximos capítulos este fértil territorio de los tontos que se hacen pasar por listos (en la cosa pública, que en la privada nos importa una de esas solanáceas, de Padrón o no, frecuentes en las películas medievales).
2 No voy a hablar del apagón. Pero eso no tenía que pasar, supuestamente no podía pasar, no tenía que haber pasado, no iba a pasar nunca.
3 Sin hablar de lo que acabo de decir que no voy a hablar, sí procede un comentario acerca de unos comentarios que han echado a volar por ahí a propósito de lo que no voy a hablar. Existe esa especie que se ve impelida a comentar la realidad. Esta especie se divide en varias subespecies, cada una de las cuales se ve dividida en varias familias y así. Una de estas es la que (por sus resultados) se ve que no sabe comentar la realidad a) si no es más que en sus aspectos penosos o desastrosos o catastróficos, y b) sólo comenzando o concluyendo cada parrafada con la muletilla “en este país”. También tienen zumo estos que sólo saben hablar con ese comienzo, y algún día seguro que lo sacaremos entre todos; de momento nos quedaremos en decir que sólo se exige, para empezar diciendo esa frasecita, no conocer otro país o, como mucho, no conocer más que otros dos o tres países. A menudo, también, se exige incurrir en hiperplásica sinécdoque, achacando a “este país” en general lo que acaba de ser su experiencia de viajero, por ejemplo, en un pueblín de la sierra de Cazalla, en cuyo camino vecinal 3-ao-76 hay un bache intolerable que no es más que signo de nuestra decadente condición, nuestra degenerada naturaleza y nuestra asquerosa realidad (pero del país entero, no del camino ese). Muy de argentino de viaje por España, por ejemplo, pero también muy de la historiografía antifranquista, desgraciadamente muy consolidada y hormigonada, con inquilinos hasta el día de hoy porque no termina de desmigarse ese edificio. Y también (algunos dirían que paradójicamente, pero) muy del discurso actual anti-España actual, sea por anti-PSOE, por anti-Sánchez, por lo que sea. Muy frecuentemente, el que empezó siendo de cierta modalidad de antisistema o de contracultura o simplemente de “joven rebelde” lo fue en una de esas modalidades que parecen obligar a hacerse fanático del signo contrario cuando por fin empiezan a cumplir años (es que a algunos se les retrasa eso de cumplir durante doce o catorce o dieciséis años). Anda que no hay de los que fueron jóvenes maoístas, por ejemplo, que era lo más de lo más en ciertos ambientes y en cierta época, que luego, al volver a cumplir años, acabaron, y a veces muy pronto, siendo extremosos anti-izquierdistas, entendiendo por izquierdistas desde Adolfo Suárez hacia el más allá; y luego, algunos, líderes de una pelea casi casi pro-franquismo en muchas ocasiones, y desde luego acusadores intensos de corriente continua a cualquiera que se les cruce de estar vendidos al “camelo de la izquierda española” y etcétera. Habréis visto que estos utilizan ese cansino “en este país” tanto como los que no han renegado de sus anteriores posiciones y siguen siendo hoy antifranquistas (por decirlo como ellos, no es cosa mía, ojo, a mí que me registren).
Ahora ha salido un preparacionista de por Granada o eso que dice que cuando el apagón todo fue extrañamente bien, pero que les reivindicó (a los preparacionistas): “para que vean que teníamos razón” y tal. Pero que no alegrarse tanto, que fue más o menos bien, sin saqueos y con civismo, pero que “si se hubiera llegado a la falta de agua habría sido la ley de la selva en este país”. Es que es eso, y menos mal que nos iluminan. Hasta de lo que no ha sucedido se pueden sacar lecciones de lo malos que somos en este país.
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