Lo que va de ayer a hoy: relativismo, animalitos, vaticanos

1 Es imposible permitirse ser simplón cuando se tratan asuntos relacionados con la afirmación cultural o el relativismo cultural. Un día de estos veía una maravilla de película sueca de 1929, titulada El más fuerte, muda o sorda total aunque perfectamente restaurada en lo visual, que no permite al espectador quedarse pasivo y abobado sólo con la belleza de sus imágenes: desde el minuto 35 más o menos, nos mete en un viaje marítimo “más allá del Cabo Norte”, a la caza de focas y osos polares. Impresiona que, sabiendo un mínimo del asunto cinematográfico, no hay duda de que todo eso está rodado de verdad allí, sin trampa ni cartón ni postproducciones ni pantallas verdes. Aquellos tiempos heroicos del cine, dirán algunos; otros pueden responder: estaban como una cabra, menudo fregao de rodaje y de producción. Cogieron un verano polar y se liaron a rodar idas y venidas de un precioso barco algo mugriento con motores de gasoil y dos mástiles de esos de por si acaso, pero en singladuras auténticas entre témpanos tampoco de esos superespectaculares y enormes, que alguno hay, sino, sobre todo, y eso es mucho más peligroso, en esas zonas de la banquisa que (por lo menos hasta hace unos años) en los veranos se fracturaban y se hacían añicos, pero añicos a nivel digamos planetario, de unos cien metros por cien, y a veces de cincuenta por cincuenta. Ahí y en esos suelos está rodado el 70% de esta película. Esos añicos, oh, maldición, tienen la particularidad, que ya sabemos porque lo leemos a menudo, de que son flotantes: pero una cosa es leerlo y otra trasladarnos a ellos, con los actores y con la cámara, y ver cómo el horizonte sube y baja y tampoco muy en línea vertical que digamos, sino haciendo unos bonitos alabeos como de filá alcoyana desfilando, ahora que estamos en las fechas.

Y lo que sucede es que todo eso está en la película porque es donde está rodada, pero nadie, ni en el guión, ni en la dirección, ni en las interpretaciones por unos pedazo de actores clarísimos antecedentes de Max von Sydow, le da la menor importancia.

Y sucede, además, que hay una trama principal, con alguna pequeña subtrama, y que esa principal es que hay que estar chalado para meterse al trabajo de cazador de focas y de osos polares. Y que los actores hacen lo que el guión y el director les dicen que hagan: cazarlos delante de nuestros ojos. Lo que hacen los actores, y vemos cómo lo hacen, es cazar con fusil unas cuantas focas, la mayoría de las veces reunidas en asamblea sobre un témpano, y en tres o cuatro ocasiones lo que cazan es un pedazo de oso polar. Hay unos planos increíbles, por difíciles de tomar y preciosos de resultado, de uno oso nadando apenas a tres o cuatro metros de la chalupa que lo persigue, en la que va montada la cámara; ese oso parece no querer enfrentarse, y de momento, lo que es en el agua no van a cazarlo. Pero luego cazan, vaya si cazan de verdad. Hasta se aprecia, aun con esa fotografía de 1929 (que no es que fuera cosa mala; es que no se había inventado la alta sensibilidad para jugar con las otras variables de profundidad de campo y de teleobjetivos) el impacto de la bala sobre los animales a cuarenta o cincuenta metros. Una hazaña, y me refiero solamente a la cinematográfica, claro. Podemos suponer y suponemos que en el contracampo habría tres o quizá cinco buenos barcos, no mugrientos como el protagonista, para alojamientos del equipo y de los actores y de las cosas técnicas; pero los actores se fajan de verdad con el hielo a veces más duro y a veces gelatinoso, y en alguna ocasión hasta se tropiezan o se resbalan y meten medio cuerpo en el agua, que no es precisamente la de un lago frío sino la del océano ártico, y se sacan ellos mismos agarrando la nieve de la orilla. Y encima actúan.

Ah, pero… cazan focas y osos.

Nadie conseguiría hoy una licencia para rodar eso; de hecho, tampoco para cazar focas u osos. Supongo que habrá descastes científicamente ponderados, pero tampoco se les da publicidad: lo que circula por el circuito del aire no acondicionado de la sociedad de hoy es que eso de cazar focas y osos es algo horrendo y feo y prohibido.

Pero cuando se rodó esta película no lo era. Ni siquiera hace treinta años, o quizá veinte (la memoria de las distancias en el tiempo es la más traidora de todas, claro). La mayoría hemos llegado a ver en revistas y hasta en telediarios, más o menos a los días de sucedidas, esas cacerías de bebés foca a garrotazos para no dañar su piel (si no recuerdo mal, en el norte de Canadá). No ya con la sensibilidad de hoy, que se ha ido quizá a un extremo del espectro, sino con la de aquel entonces, en los noventa o en los dos mil, que ya era mucho más alta de lo que los adanes de hoy suponen y deciden, nos parecía a todos algo horrible e inaceptable. Pero, en todo caso, ver esa película hoy, en 2025, incluso aunque no se sea nada simpatizante de las exageraciones, desde luego que produce un cierto choque. A lo mejor es sólo por deshabituación.

En general, la sensibilidad hacia el asunto animal ya sabemos todos que es muy otra a la que era general hace dos décadas, y no digamos un siglo. Quizá los taurinos o taurófilos pueden ver esta película sin que les impresione nada; no lo sé, pero sí sé que en el mundo taurino no se juega a sentir lo que pudiera sentir el animal, y se me ocurre que quizá eso es extensible a otros animales. Pero incluso sin ser taurófilos o taurinos, los que estamos por encima de cierta edad hemos visto a nuestro alrededor, en nuestra infancia, que en los pueblos era lo normal ahogar en el río dentro de un saco a todos los perrillos neonatos de una camada que el dueño no quería alimentar con gasto, y no digamos ahorcamientos de perros ya viejos para la caza, y barbaridades similares: pero es que las llamamos barbaridades los que no hemos hecho esas cosas; muchos lo veían tan normal como inevitable, y lo que no entendían era que alguien se doliera de ello. Así que a lo que vamos: ¿hay que disculpar, y entender, y no penalizar, que en 1929 se cazaran así focas y osos, y se cazaran verdaderamente para el rodaje de una película? ¿No sería eso ese relativismo cultural que, por otros conceptos y con otras nociones, es probablemente el arquitecto de las mayores burradas y asquerosidades suicidas del occidente democrático y científico? ¿“No es nuestra forma de pensar, e incluso es la contraria, pero te la aceptamos porque sí es tu forma de pensar”?

Pero ¿en qué consistiría que no lo aceptáramos ni lo entendiéramos? ¿En buscar a los herederos de esos actores y directores y pedirles multa y reparación por lo que hicieron sus bisabuelos? ¿En prohibir hoy el visionado de esta película? ¿En modificar esos planos por otros que cuelen en los que los personajes en lugar de cazar hacen un safari fotográfico polar, o les cantan a los osos y a las focas, con música de la de Zeffirelli, “Brooother osoooo, Siiiisteeer focaaaa” mientras se dejan amputar (los humanos, no los bichos) colmillazo a colmillazo?

Hay quien propone, para comprender aquella guerra del pueblo de Saúl (David incluido) contra los filistini el mismo enfoque que hoy propone para la guerra de Israel y los palestinos de Gaza. ¿En qué dirección está mal encaminado ese vehículo? ¿No debemos juzgar lo de ayer con criterios de hoy, o no debemos juzgar el hoy con criterios de ayer? Para que no se diga que yo eso y tal y tal, adelanto que yo no creo que alguien esté legitimado para condenar aquel pasado con aquellos valores (o vacíos de valores en zonas de la espectrografía moral que hoy se han ultrarrellenado), entre otras cosas porque uno tiene que jugar con las cartas que le han tocado, y hoy jugamos con las de hoy y vete a saber si en cien años todo lo que hoy nos parece indiscutible a ellos les parece aberrante y desentierran nuestros cadáveres y los queman en plaza pública (que es lo que muchos de hoy hacen con los que vivieron decentemente según la noción de decencia de ayer). Pero eso no obliga a hacer lo mismo con los que, compartiendo el tiempo presente pretenden, propugnan, luchan y en muchas ocasiones se pasan mucho agrediendo a los que no piensan o no viven como a ellos alguna autoridad normalmente divina, aunque no siempre, les ha dicho que todos debemos vivir. Bueno, eso, que no se diga que me escurro. Pero que los demás digan, que me encantará que alguien me dé argumentos aceptables en contra de mi opinión.

2 Hablando de cine, nada superior a los protocolos vaticanos cuando la cosa se pone solemne. Lo de estos días con los pre-funerales y los funerales, y ya veremos en un par de semanas con el cónclave y actos adjuntos, parece dirigido por una coalición de los mejores directores artísticos presididos por Milena Canonero, por ejemplo. Pero, y aquí está la lección que humildemente tenemos que aceptar, no hay un director: sólo tienen guión y motivos para seguirlo; o sea, un protocolo digamos que bastante “testado” y mejorado durante, qué sé yo, un par de decenas de siglos. A lo mejor con eso basta para que una película se dirija sola; podríamos probar. Obligatorio ponerse unos bocatas y unos cafés y pegarse a la tele.

3 Y nunca es bonito hacer leña del árbol caído, por supuesto. Me limitaré a seguir preguntándome: ¿qué les dio a estos, aparte de la fabulosa autopropaganda argentina, que nunca se habían parado ni a leer una tímida y benévola pastoral diocesana pero ya la criticaban con exclamaciones depurativas de los años 30, a favor de este reaccionario de papa (al cual le deseamos, por supuesto, que esté tanto en su gloria como quiera)? Hoy ponen en El mundo una entrevista de Maite Rico con Loris Zanatta, profesor italiano de historia latinoamericana, que dice las cosas con toda claridad, incluyendo entre ellas todas esas que habíamos escrito aquí pero que nos hemos apresurado a quitar para que no se diga que copiamos. Mejor leerse la entrevista. Recuerdo que una gran actriz española, protagonista de uno de los mayores éxitos internacionales y nacionales de la historia del cine español, decía: “Lorca está bien; pero a los lorquianos no hay quien los aguante.” (Claro que, por genealogía, la actriz estaba implicada, sin culpa alguna, en lo más sórdido del asunto lorquiano.) No es igual-igual, porque aquí no está claro quién es mejor (o peor): si el papa Bergoglio o los bergoglianos -casi todos en un lado o más bien en un extremo izquierdo del espectro político-. Es verdad que alguna de las frases más lúcidas que se han oído estos días la ha pronunciado un madurito de no sé si el obispado de Madrid: a lo mejor conviene comprender que eso de izquierda y derecha en la Iglesia católica «no funciona exactamente así». Ojo. 

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