Ahora resulta que uno de los más conocidos exiliados del País Vasco, y no de los de ahora sino de los de verdad, Fernando Aramburu, es acusado de ser aspirante “al Príncipe de Asturias del abracito”. Un autor hoy columnista, hijo de columnista, al parecer, lo ha metido en su libro, de ahora y no de los de verdad, junto a Bollaín, Medem y Évole (y también junto a Cobeaga, otro tiro al bulto). J.M. Albert de Paco, en The Objective, lo acepta y tira para delante con ello. Eso del abracito, se entiende, incluye y supone que se trata de personas miserablemente templadas, “neutrales”, “equidistantes”, por utilizar dos adjetivos que no hoy sino ya entonces usábamos con valor muy peyorativo, y que no los implicados de verdad, sino los de hoy, han heredado y manejan con soltura digamos algo descuidada en ocasiones. Porque lo achacan simplemente a aquel que no conocen o que simplemente, en su opinión, debería decir las mismas cosas que ellos dicen (ahora que se pueden decir sin riesgo, claro). Es verdad que en su autopresentación el mismo Albert dice “me fogueé en los 90” en la revista tal y tal, o sea ayer por la tarde. Así cualquiera.
Me parece que España está padeciendo un momento agudo de recienllegadismo, y además epidémico y desparramado. Surgen como setas tras la lluvia las firmas que reclaman más furor contra los malos, más firmeza en las denuncias, más extensión en las pesquisas…, incluso a quienes han sido mucho más furiosos, firmes y extensos que ellos hoy, y además lo han sido en un pasado en el que serlo tenía un coste mucho más alto. Pero el deporte de tener enemigos, que quizá es uno de los más practicados, ofrece la particularidad de que se pude autoalimentar, porque basta con elegir a uno cualquiera y empeñarse en que piensa y hace y dice lo que a ti no te acomoda, y ya tienes el enemigo contra el que arremeter. No basta con los inicuos post-eta, con los aprovechateguis en general y muy reales, y con los estafadores por ejemplo de la política (pero no sólo). Si puedes meter a más, pues metes a más: aunque su pasado y su realidad vital de entonces y de hoy pudieran tirar por tierra, si te desperezaras y te atrevieras a investigar mejor, tus pretensiones de hacer de él un enemigo. A veces, es verdad, se impone el antiquísimo y conocidísimo fenómeno de haber oído campanas y simplemente bailar a su son. No importa si hay compás o no, si están templadas o no, o incluso si ni siquiera son campanas reales o meros acúfenos del indignado: tú baila e insulta e infama, que es de lo que se trata y de lo que se vive.
Por presentarlo algo esquemáticamente, encontraremos varios grupos de recién llegados tocacojones:
- Los recién llegados a la Guerra Civil española, en general nacidos alrededor de 1980, con un nuevo brote alrededor del 2000. Nos descubren con entusiasmo lo malo que era Gil Robles, incluso Alcalá Zamora, y lo necesario que fue Largo Caballero y no digamos lo imprescindible que fue José Díaz. Sacan su indignación hirviente a escupir a cualquier interlocutor, aunque este no lo sea pero ha tenido la mala suerte de caer por ahí cerca, al que acusan de templado, pactista, posiblemente colaboracionista y desde luego de esqueje del fascismo franquista; y sólo por colar en un momento de la catarata algo como “yo es que iba por aquí camino del supermercado”.
- Los recién llegados a la épica lucha actual contra ETA y afines. Esta lucha, la de verdad, viene de muy lejos, tiene muchos flancos, muchos altibajos y ha sido una agonía de 40 años con todo tipo de vaivenes, vicisitudes, y hasta traiciones, zancadillas y sabotajes. Pero estos recién llegados se han especializado en la radicalidad de los inexistentes esféricos: ni matices ni hostias, en nuestro (¿) lado sólo hubo bien, belleza y bondad, poner en narración y circunstancias cualquier aspecto es hacer el caldo gordo a los abertzales, y no digamos admitir que alguna vez se habló, y menos que hoy se pudiera hablar el euskera con naturalidad, y ay de ti como digas euskera en lugar de vasco. Este grupo suele ser de talludos, al contrario que el anterior. Pero cuando de verdad era peligroso hasta decir la hora, no se sabía de ellos, e incluso muchos constituyeron ese extraño humus español más bien de izquierdas que fuera del País Vasco comprendía, toleraba, entendía; pasados los años, quizá es furia del converso.
- Los recién llegados al liberalismo económico, muy recientemente cuajados en la misma sartén donde se fríen las patatas del trumpismo. Ayer votantes del socialdemócrata PSOE (tampoco de la cosa actual, aunque alguno sí que votaba más allá del PSOE), la necesidad de abrir un barcito con el cuñao le hizo comprender un poco más los sinsabores del capitalista no siempre explotador de clase obrera, y dos o tres pasitos más en esa dirección y acabó abdicando de cualquier consideración social. Cuidado en la actualidad con ellos, que sólo con que muestres un mínimo desagrado hacia las groserías, las idioteces y la mala educación de ese Trump saltarán como Savonarolas a sentenciarte como reo de manipulación mediática, idiota con el coco comido por la extrema izquierda reinante, fofo mental, lánguido, ignorante y analfabeto político comestible por cualquier dentición de leche del último Antonio Maestre o Ignacio Escolar.
De momento hagamos porque sólo estos tres capítulos nos basten. Así se explican muchas de las parafilias sociales que, si lo vas a ver con calma, pintan mucho o pintan casi todo en los líos en los que parece que estamos metidos sin solución. Como mínimo, esa condición de recién llegados es la que explica ese tiro por elevación y a ciegas, sin pararse a mirar pieza por pieza la máquina a la que disparan, y en la que suponen que están, de entrada, todos los que no son uno mismo: y luego ya irán viendo si perdonan a algunos. Hay aficiones compartidas, por supuesto: así como ese C.Tangana (candidato muy firme a la categoría 1 de las anteriores) tiene claro, en su cortedad, que todos los que estuvieron vivos durante el franquismo fueron franquistas, “porque si no de qué” iba a haber aguantado Franco tanto, hoy los recién llegados tienen igualmente claro que los que vivieron en el País Vasco o con contactos en él durante los años de ETA tuvieron que ser en alguna medida colaboradores o colaboracionistas o por lo menos tolerantes, equidistantes, cobardes, cooperadores al fin; y si algún apellido tuyo suena a posiblemente vasco, las sospechas se elevan como un estratocúmulo. Mientras aquello e independientemente de que cualquiera procurara en su pequeño ámbito vital poner lo que pudiera de su parte, ellos, los hoy combatientes (como Girón de Velasco en el 78, digamos), estaban tan ricamente haciendo sus oposiciones, viviendo seguros a centenares de kilómetros, preparando las fiestas de su pueblo, perorando acerca de la obra Las criadas, o planeando minuciosamente cómo multiplicar muchas veces por sí misma la cantidad de pasta que iban a recibir en herencia dentro de poco en la forma de esa casita de la playa. Parece que hoy, con adherirse a alguno de los que entonces sí se la jugó, también se la juega uno por esa adhesión. Pero es que no, y no hay forma de que entiendan este no.
Ya se ha dicho lo del converso: seguramente se trata de un fenómeno tan antiguo y extendido como antiguos y extendidos conocemos conversos furiosos en la Historia. Quizá no nos queda más que aguantarnos. Y sea por simple decoro, por civismo o porque no se debe decir, tengamos que callar mucho de lo que sabemos y no dar la plasta inversa a la que ellos dan. Pero se han convertido en los nuevos predicadores florentinos, que es casi imposible no cruzarse a cada hora y en cada esquina; y ay de ti como te detengas, porque te señalarán con sus huesudos dedos y a lo mejor te ponen en la situación incómoda de remangarte y empezar a decir lo que por decoro, por civismo o por deber estás callando.
Que alguien discurra algo, por favor. Porque si llegamos a extremos de poner a Fernando Aramburu como colaboracionista, es que las cosas han derrapado.
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