A ver qué sacamos pa nosotros

1 No cuesta mucho admitir que en todas partes hay paletos: es una simple cuestión de viajar con los ojos abiertos y, sobre todo, de tenerlos también abiertos en tu propio terruño, que es lo más difícil. En cualquier lugar del mundo (y quiero decir del mundo) vas a encontrar gentes que lo ven todo tras las gafas polarizadoras del “aquí” o del “nosotros”: sólo nos sacan en los telediarios para hablar de las cosas malas; pues “allí” también pasan estas cosas; nos tienen manía; como aquí en ningún sitio, etcétera.

Algunos de los que creemos con toda convicción que una de las reparaciones más necesarias en la España actual es la del desaguisado autonómico, lo creemos por tres o cuatro motivos, entre los cuales a lo mejor no es el último el del fomento del paleto que ha traído esa religión autonómica. ¿Será necesario repetir, una vez más, tras nuestra Teoría del Paleto y todo lo escrito al respecto, que no estamos hablando de la persona simple, directa y limpiamente rústica, que además hoy presenta variantes antaño desconocidas que van desde la casi analfabeta hasta la muy titulada académicamente, pero ceñidas en todo caso a sus vidas, en general en contacto con un mundo no muy amplio de intereses locales? No, eso no es un paleto. Un paleto es el que, no sabiendo cómo funciona el mundo, pontifica sobre el mundo sin sacar los pies del corral donde desarrolla toda su vida. Ya lo hemos dicho: mueve un pie por el mundo pero sólo pivotando, porque el otro pie no lo saca del redil en el que ha sido criado. No es tan complicado: es el que conduce un Ferrari (o, en fin, para no ponerlo tan difícil dejémoslo en un Hyunday Kona o un Seat Ateca) como si fuera un cámbrico Renault 7; es el que no puede apartar de su mollera el chorizo de su pueblo cuando prueba y en consecuencia descalifica el chorizo en Vanuatu; es el que sólo sabe hacer juegos de palabras risibles y a menudo despectivos y en español vulgar con los sonidos del idioma, extraño a sus oídos, del país que (quién sabe por qué) está visitando.

Ya hemos comentado la estupefacción que nos causó a algunos hace años ver a Artur Mas en la tele glosando su épico viaje por las Españas con un comentario de resumen: lo que he visto por todo el territorio del estado ha sido mucha catalanofobia. Y eso, en los momentos de mayor admiración (luego se vio que espejismítica, pero entonces no) y entrega indubitada a cualquier consideración que hasta el último ratón de Ibáñez (de esos que andaban en todas sus viñetas fumando y jugando a las cartas por una esquina) hiciera, positiva siempre, ganadora siempre, sobre cualquier cosa que viniera de Cataluña. Cataluña, tras los zootropos del 92, que hoy hay que pensar que quizá tuvieran al mago David Copperfield como tejedor, se había quedado en las retinas y en las oraciones de casi todos los españoles ocupando un lugar muy similar a aquel (paleto, precisamente) que en los años 50 y 60 y 70 y hasta 80 ocupaba “lo americano”: todo lo que viniera “de América” era “de garantía”, de calidad, seguro, fiable, y todas las demás calificaciones siempre que fueran buenas. Oye, que con las mascletás del 92 ese lugar pasó a ser Cataluña, y no como desodorante de un día, sino bien atornillado al suelo. Como mínimo, cuando ese sicario Mas dijo aquello, que algún lector más preciso que yo recordará si fue en 2010 o antes o después, seguía siendo así.

¿Qué había también en esas fechas? Lo normal y natural: bromas, chistes, burlas sobre Cataluña y sobre lo catalán. Y sobre lo salmantino. Y sobre lo cántabro. Y sobre lo jiennense, no te digo. Ah, claro: y sobre Madrid y lo madrileño. Y sobre lo turolense. Y además y por encima de todo, guasas y pitorreos sobre todo lo habido y por haber, no referidas a santos lugares ni a santos territorios regionales ni provinciales ni locales (qué podrían decir -seguramente lo dijeron- los machacados ciudadanos de Lepe tras aquellos años en que a no sé quién le dio por empezar a coger a Lepe como escenario y víctima de sus burlas).

Oye, pues ahora van a sacar una serie sobre la familia Pujol, sí, la de Jordi, titulada de momento Parenostre; la dirige, y ahora responde a las entrevistas promocionales, el director, Manuel Huerga, de currículum meritoriamente catalánico, menor en lo cinero (pero con Salvador, esa sobre la ejecución de Puig Antich, que enfoca como ataque a lo catalán y no como lo que fue de verdad), algo mayor en lo televisivo, y definitivamente más nutrido en lo teatral o por lo menos, digamos, “presencial” (mira qué casualidad: por ejemplo, mucho del espectáculo del 92). Llevamos ya tantos años de cinismo hipócrita victimista del onanismo catalán que quizá podríamos suponer que ya nada nos sorprendería; pues me ha sorprendido, sí, que a estas alturas este Huerga sea capaz de meterse en el lío de la familia Pujol y, por lo menos en sus declaraciones, cargue las tintas sobre lo malos que fueron los hijos, que no papá Pujol; es un admirable ejercicio de retórica rocalla lo que hace el agobiado hombre para salir de esa; ¡y llega a abrazar el más acrítico tópico de comparar, excusando, el apoyo a Pujol con el voto a Ayuso de los madrileños!  Pero eso quizá es lo de menos. Lo más divertido y sorprendente es, aparte (menos sorpresa) de que no deja de subrayar que “los catalanes nos hemos habituado a ser la diana de todos los ataques” y que “contra los catalanes siempre ha salido barato disparar” (manda cojones), que dice y dice y vuelve a decir que sí, que “en las redes he encontrado mucha catalanofobia”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué solamente, de entre todos los objetos de escritura y comentario del universo, Cataluña tendría que estar exenta de comentarios pitorréicos y peyorativos? ¿Es que sólo “los sacan en el telediario para hablar mal de ellos”? Cualquiera puede fisgar un poco en “las redes” (que en realidad es algo tan vago como decir “fisgar en la producción editorial” o “en la producción audiovisual mundial”) y verá que es imposible no encontrar, junto a cualquier comentario “catalanofóbico”, un comentario catalanofílico. A lo mejor esto no es más que otra manifestación de la delicadeza versallesca de esta época y esos sectores de izquierda herederos políticos de una izquierda sin herencia: como en España hay tres o cuatro agresiones a homosexuales al año en tal o cual pueblo, “España es homofóbica”, y así sucesivamente. Todo esto podría darnos igual, porque la densidad de esas personalidades es tan baja que hasta flotan en el aire; pero no podemos quedarnos ahí, porque siguen cumpliendo, y muy eficazmente, la función social publicitaria: y si ellos, hoy, no llegan a más y no alcanzan más lejos, como mínimo están manteniendo viva esa garrapata hasta que encuentre un nuevo huésped que, maldita sea su sombra, vuelva a tener potencia y poderío para joder la sociedad democrática que tanto ha costado construir. 

2 Pero es que en la política de la Transición se coló algo muy similar a lo que se acaba de colar, hace apenas un par de años, en el fútbol: de pronto, agarrar y derribar y empujar y zancadillear y golpear no es falta si (creo) se hace disputando el balón: pero a veces el balón todavía no ha llegado, o acaba de irse de esos pies, o qué sé yo, y la cosa queda a criterio del árbitro y de la prensa y la TV y la afición culés; el resultado es claro y distinto: esta reformilla no ha venido más que a favorecer y casi a entregar las llaves del castillo a los más brutos, a los equipos más navajeros, a los más toscos, pegones, matones, empujadores y agarradores, de modo que el fútbol bonito, el de estilo, el de técnica, está de retirada y casi amedrentado. A buenas horas los regateadores y romarios de antaño y de hace poco antaño iban a poder tocar balón hoy. Han regalado el fútbol a los arteches, a los goikoecheas, y el césped global se va convirtiendo, hostia impune a hostia impune, en un polvoriento patio de colegio en el que dos o tres van a la vez a por los tobillos, el tórax y los riñones de un incauto rival que cree que puede conducir el balón más o menos legalmente hasta una posición de pase a su rematador. Pero algunos me decís que mi analogía es oscura; pues la ilumino: en la Transición se cedió al paleto lo que nunca se tendría que haber cedido a paleto alguno. Y casi todos los problemas políticos de hoy, y cuando digo casi todos quiero decir casi todos, se deben a la preponderancia del paleto en la política nacional. Sí, ese paleto no tanto al estilo Labordeta (que directamente nos hubiera llevado a las guerras de los bagaudas) como al estilo Turull, por coger uno al azar de entre los de ese grupo que cuando se fotografían juntos parecen la última cena de Viridiana. O sea que volvemos a lo primero: que los paletos no son los que saben dónde están, por mucho que estén en un sembrado; son los que, aun viviendo en el Paseo de Gracia o en la calle Modolell o incluso en el Carrer de la Diputació, no saben pensar con más elevación que la de si en número de pizzerías ganamos o no a Madrid. O, por decirlo de otro modo, los que no aprueban el alcoholímetro ese de distinguir (el nombre de Ximo Puig se le viene a uno al reflujo gástrico; y eso que fíjate lo que, además, ha ido saliendo de él y de su familia en cuanto ha dejado el sillón) entre el Gobierno-de-la-nación-con-su -palacio-de-la-Moncloa, y la ciudad y los habitantes de Madrid. Esa es una de entre las mil posibilidades de caracterizarlo. ¿No es el clásico paletón ese cuñao que viene de una oscura comarca y aplasta cualquier conversación con su trueno de “esto lo arreglaba yo haciendo lo que en el pueblo: dos excavadoras y ya veríais”? ¿Y no es más o menos eso lo que están haciendo los autonómicos con la política nacional?

3 ¿Y cómo se arregla esto? Pues no seré yo el que regale la receta, claro. Yo lo que sé, y no sé si alguien tiene derecho a exigirme más, es que mi coche no funciona, aunque yo no sepa arreglarlo, y que nos están obligando a viajar en él. ¿O es que esos de la facultad ya han sacado otra leyezuela que dice que  sólo puedes decir que está averiado si sabes cómo repararlo y que si no que te calles? Tampoco sé cómo arreglar la pasada trayectoria escolar de algunos programadores de TV que esta Semana Santa han vuelto a programar, como si creyeran que proceden, cosas como Troya, Medieval (que sí, que va de la Edad Media), Los Diez Mandamientos y no sé qué otras burradas: se ve que el año pasado me leyeron y por lo menos no han vuelto a poner la película menos cristiana y menos cuaresmal de todas: Espartaco. Algo es algo. Para que luego digan que escribir no sirve. Mira, esto me hace pensar en que hacer una lista de las películas cuaresmales, que saldría sin mucha dificultad, nos llevaría a hacer una lista parecida de las cosas generales de la nación sobre las cuales los paletos chitón. O, dicho de otro modo, una contralista de las cosas en la que los paletos deben concentrarse, dejando lo importante y lo general para los mayores. Ahora mismo escribo a los diputados, que seguro que me hacen mucho caso.

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