Siempre se dijo que la razón de ser del funcionariado fijo-fijo y vitalicio era y sigue siendo la necesidad de un ejército de personas que hagan funcionar la administración pública independientemente de los caprichos o los azares o las tontunas que les dé a los políticos de cada momento por ponerse a hacer. Buena idea. Aunque hay que ser algo simple para creer que eso sigue siendo así: a muy pocos les interesa que nada de la sociedad funcione, concepto sustituido por el que me funcione a mí y a los míos; y sigue habiendo vitalicios, y cada vez más y más, exclusivamente para que los sindicatos y otras asociaciones de fines similarmente poco claros no te monten pollos y te jodan la candidatura en las próximas primarias locales del partido o consigan cerrarte tu bar o tu editorial o lo que sea.
Eso es especialmente cierto y visible, y con intensidades muy especiales, en la enseñanza. El cuerpo público de maestros de primaria siempre, se decía, cumplió con el deber que la sociedad le asignaba, transmitiendo conocimientos e instruyendo en civismo a las sucesivas olas de menores más o menos salvajes que le iban llegando para tratamiento. Salvo esas ocasiones, tampoco demasiadas, en que han sido objeto de depuración y filtrado por agentes de momentos políticos especialmente bestias e incivilizados, como en la inmediata postguerra civil española y en algún otro, se ha entendido que a los maestros había que dejarlos seguir a lo suyo, un poco como a los médicos (pero a estos también se les depuró, claro, en varias ocasiones). De hecho, en eso se basa la confianza que mostraban los autoconsiderados renovadores de la educación allá por los años 80 y definitivamente de los 90 para acá: por raras y diferentes a las anteriores que sean las obligaciones que encomendemos a los maestros, son funcionarios disciplinados, y verás como cumplen con todo. Y así, más o menos, es como se hizo posible un desaguisado del calibre del que padece nuestra enseñanza desde aquella nefasta LOGSE de 1990, que contenía en sí, y en sus disposiciones satélites y sus secuelas, toda la sinrazón (literalmente) que es posible imaginar para la gobernación y para el rumbo y la acción de un sistema global de enseñanza. No nos vamos a detener ahora en el detalle de las cuatro patas del naufragio, que son, sumariamente:
-una legislación de clase teórica universitaria autista de encerado y pizarra contra las necesidades reales de la sociedad, dictada por los duendes de la camarilla pedagógica;
-una invasión de nociones post-68 convertidas gradualmente en lo que hoy se conoce como mundo o cultura woke, que han convertido los colegios (es decir, sobre todo los públicos) en meras catequesis, frente a la realidad de la cultura en la sociedad, que está muy viva y dinámica pero en muy otra dirección, aunque difícilmente eso se deja llegar a las aulas;
-la hegemonía de un emotivismo general, que no es otra cosa que el que ha infectado (pero no indeliberadamente, porque ha sido acción calculada de los grupos interesados) se diría que cualquier aspecto de la sociedad, desde el consumo hasta la política, y sobre todo esta, en la que ya es casi imposible encontrar propuestas de razón y todo se basa en el halago y el cabreo; un emotivismo que, por supuesto, es incompatible y prácticamente ha acabado con su archienemigo, el conocimiento científico y racional, sin asiento ya en los claustros;
-un funcionarismo mediocre, adocenado, medroso, pancista e ignorante opuesto a la antigua (y fijaos: una palabra hoy hasta objeto de burlas y bromas y desprecios; por algo es) vocación; que, si bien ya sabemos que muchos superiores abusaban de los subordinados precisamente con vocación, no por eso esa vocación era ni es condición de ese abuso, entre otras cosas porque ese abuso no siempre se ha dado ni se da, y, sin embargo, sí que ha sido condición y motor de mejora de la práctica docente, y de la comprensión por parte de los maestros de su papel y su responsabilidad dentro del aula y dentro de la sociedad.
¿Ah, sí?
He conocido a bastantes maestros en ejercicio que me han dicho sin eufemismo alguno que lo mejor que se podía hacer con el cuerpo de maestros era inhabilitar a todos y empezar desde cero, poniéndolos a todos en fila para pasar un examen o cosa parecida, y el que saliera con bien pues volvía al cuerpo, y el que suspendiera que se buscara la vida en la construcción del AVE o en la sexación de pollos. Así, con esas palabras en alguna ocasión y con muchas otras de significado parecido en muchas, muchas otras ocasiones. Uno, que nunca ha sido ni querido ni por lo más remoto ser maestro de primaria, antes maestro de EGB, antes maestro de primaria, ha atendido a esas exaltaciones se podría decir que genocidas con cierto estupor al principio pero, andando los años y requiriendo más y más de esos que antes se llamaban datos objetivos, con mayor comprensión poco a poco. He conocido historias que (desgraciadamente, porque siempre está bien hacer frases guay) no se perderán con mi muerte como lágrimas bajo la lluvia, porque también las conocen bastantes personas (entre otras, las que me las han contado): verificado hace como doce o trece años el pésimo resultado en las matemáticas más elementales entre los alumnos de la primaria pública madrileña, se convoca a todos los maestros que quieran a tres días de reciclado y cursillo de matemáticas, ya en días veraniegos sin colegios. Se les recibe en número cercano al de 100 (de los 24.000 en ejercicio: tampoco es que sea una muestra de excesivo interés profesional), y comienzan las jornadas con unos profesores de matemáticas en el estrado que atacan directamente la cuestión: para hacer una división por dos cifras… en ese momento se cortan los ponentes porque un extraño estruendo ha invadido el espacio sonoro de la sala. Pronto se averigua la causa: los maestros-alumnos de ese cursillo han arrojado a la vez, como si estuvieran entrenados, sus bolígrafos sobre la superficie de sus pupitres, decepcionados, o asustados, y uno se destaca y lo explica, con algo más que leve enfado: mire, si empezamos con números a estas horas, mal vamos. Y eso se ocultó al público y a la prensa. Y ahí no pasó nada.
Sólo dos o tres años después, la comunidad de Madrid se propuso (bueno: algunos propusieron; otros de más arriba, acojonados por los sindicatos -claro-, dispusieron cómo hacerlo lo peor posible) incluir inglés obligatorio en todos los centros. Por cosas sindicales tan absurdas y egocéntricas y miserables como suelen ser las cosas sindicales, no se dejó hacer lo que todos (los no sindicaleros) pensaban que era lo único lógico: contratar a profesores que pudieran acreditar nivel para enseñar inglés. No, por dios, eso nunca: tendrían que salir de entre los nuestros. Así que se habilitó una lista de la que nunca se supo muy bien cómo salieron unos cuantos privilegiados voluntarios para tirarse dos meses de verano en Londres recibiendo un intensivo de inglés con todos los gastos pagados, y eso significa con todos los gastos pagados (y no sólo el alojamiento, por ejemplo). Hubo problemas desde el principio, porque muchos de los voluntarios no sabían nada, pero nada nada de inglés; que no es una forma de hablar, es que se enorgullecían y hacían bromas con ellos mismos porque es que ni I am, You are, He is. Bueno. Eso no fue nada comparado con el problema que plantearon los maestros expedicionarios a los dos o tres días: se declararon en huelga y comunicaron su decisión de no acudir a las clases (en algo así como un colegio mayor del centro de Londres, a unas manzanas de otra especie de colegio mayor donde se alojaban) mientras la Comunidad de Madrid no les pagara el bonobús londinense. Faltaron a muchas clases de las alrededor de cuarenta que estaban programadas (otra idea magnífica: en cuarenta clases pones a un ignorante completo en disposición de dar clases de inglés en primaria), volvieron ufanos y atiborrados de regalos, se pusieron a dar clase, la cosa salió como era previsible (o sea como el culo) y a los dos cursos o así (tampoco hubo una reacción muy ágil, que digamos) se negoció con los sindicatos subirles al doble la asignación anual conocida como “por el papo” que la comunidad da a fondo perdido a semejantes asociaciones de equívoca finalidad (esto no es una forma de hablar: fue exactamente así), a cambio de que “dejaran” contratar no ya a profesores, eso nunca, por supuesto, porque sólo podrían salir de oposiciones controladas por ellos, sino a “ayudantes de pronunciación” (o una figura igualmente ridícula), es decir, jóvenes en su mayoría de habla inglesa nativa que estaban al lado del maestro para apuntar de vez en cuando: se dice “tu bi”, no “tobé” y cosas así; jóvenes que, por supuesto, ya lo has adivinado, acabaron dando ellos solos las clases, a pesar de no estar tolerados “sindicalmente” (ni económicamente) para ello.
Y eso se ocultó al público y a la prensa. Y ahí no pasó nada.
Cuántos más graciosos sucedidos podríamos contar; son muy entretenidos y muy edificantes, aunque probablemente ya no queda nada que edificar, por lo menos entre los mayores, porque está todo el mundo harto, y si alguno no lo está acaba diciendo siempre que todo esto son exageraciones, que no es posible que fuera tan chungo el panorama y que seguro que no lo es hoy; entre los jóvenes, con esa educación rara que se les ha dado, “porque no, y punto”.
Con todo, hasta aquí la cosa ha sido festiva como los asesinatos de las películas Viernes 13 o Scream o esas. Lo interesante y lo bonito de verdad sucedió un día, cuando hubo alternancia en el gobierno de la nación y se confeccionó una nueva ley, allá por el cambio de siglo, que venía a corregir (un poco; un poquito nada más) algunos desmanes irracionalistas e ignorantistas de aquella LOGSE: encomiada la incorporación de esos (pequeños, muy pequeños) cambios, que consistían por ejemplo en enseñar a leer a los alumnos de 5 años que mostraran habilidad para ello, y cosas así, y animados los maestros y sobre todo maestras por ciertos buenos funcionarios docentes con alguna capacidad para animar así, la respuesta prácticamente invariable en todos los casos, por parte de esos muy probos y luego disciplinadísimos maestros, que rellenan cualquier impreso gilipollas que la nueva inspección pedagógica les obliga a rellenar, que eliminan en posición de firmes cualquier contenido de la enseñanza que se les ordena eliminar cuando la administración es de los buenos, la respuesta casi invariable, decimos, fue:
-No pienso obedecer a la nueva ley.
Por fin había aflorado el verdadero carácter rebeldote, enérgico, autoafirmativo, qué digo, revolucionario, del cuerpo de maestros; es verdad que al lado y a la vez que cierta sensación de pena, o de tristeza, o incluso de envidia: ¿funcionarios docentes hiperobedientes de la ley cuando la ley les gusta porque es de los suyos, pero que la desobedecen si la han hecho los otros?
Y, por supuesto, eso se ocultó.
En Francia me gustaría veros, funcionarios.
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