Uno de los santos más intrigantes de la tradición cristiana es san Andrés el Necio. Eso de necio ha dejado de ser ahí un adjetivo y se podría decir que se ha soldado al nombre propio; pero quién le va a poner a su hijo “Andrés Necio” de nombre. Bueno, sí, los hay que sí, muy preocupados por no ser gordófobos ni artopodófobos ni mucho menos neciófobos; y que lo pague el hijo en el cole y aprenda a ser solidario con los que le van a zumbar por semejante nombre.
Lo que importa es que, si lo miras con calma, verás que hay una especie de triángulo misterioso que une al mítico Andrés, hermano de san Pedro, con ese pobre desgraciao del Necio y, lo que es más mosqueante, con el no menos ni más mítico san Ictícola de la Mar; pero esto para más adelante.
El problema ese de tu hijo en el patio del cole es real y verdadero, y no es ninguna broma: san Andrés el Necio vivió en Constantinopla más o menos a la vez que Alfonso III el Magno (el de Asturias), es decir, a medias entre el siglo IX y el X. No era necio en absoluto, sino que se impuso parecerlo por humildad; y lo hizo tan bien que hasta lo expulsaron de conventos y refugios y vagó por las calles hecho polvo. A todo esto, un gran teólogo de la época era el único que estaba en su secreto, y ambos celebraban tertulias místicas parece que de gran elevación; y hasta tuvo un alumno que llegó a ser obispo erudito y tal, el predicador Epifanio (hubo bastantes Epifanios en aquella temporada por esa región). Así que sí, fobofóbicos (o a ver, cómo se llaman los que tienen fobia a ser considerados fóbicos): podéis poner, como buenos cristianos, ese nombre a vuestro comollaméis en vuestra jerigonza a lo que todos llamamos hijo.
Los que vemos estas cosas con la misma curiosidad con la que contemplamos los documentales sobre el este de Senegal, es decir, con mucha, pero no logramos implicarnos tanto como para darnos un paseo por ahí, lo que sí notamos es el gran desperdicio de oportunidades en que siempre se incurre. Porque ahí tenemos algo que susurra por lo bajinis, pero no acaba de estar claro qué podemos hacer con ello: san Andrés el Necio, haznos a todos seguir tus pasos y bendícenos con tu sabiduría para no parecer sabios; o no es eso, no sé, lo mismo es una invocación errónea.
Como aquel pueblillo del sur de Italia que, según Les Luthiers, apenas conseguía vivir de la pesca. Cada campaña pesquera la comenzaba haciendo una romería a su ermita dedicada a san Ictícola de la Mar. Pero las capturas eran cada año peores y peores. Un día, el cura del pueblo superó por fin su pereza y leyó entera la historia de su patrón, y entonces se explicó todo: su nombre completo era san Ictícola de la Mar y de los Peces: ¡era el santo protector de los peces! Con esas romerías, lo que hacían los del pueblo era avisarle de que se iban a pescar, y el santo procedía a apartar los peces del camino de los pescadores. Por fin se explicaba la ruina. A partir de ahora vivirían mejor, dedicados a las turistas noruegas, dice la historia.
(La conexión misteriosa viene ahora: el hermano de san Pedro, el gran Andrés, el santo considerado como “el primer seguidor”, nada menos, resulta que, como muchos no saben, es el patrón, lógicamente, de la pesca y de los pescadores. ¿Este sí? ¿De verdad que de los pescadores y no de los pescados? Bueno, más bien sí. Pero ojo y cuidao: que no del todo, porque los españoles, que son muy suyos y se tragan Logses como quien se traga gambas a la plancha, tuvieron a bien nombrarle además una cosa tan sofisticada como patrón de la acuicultura. ¿Esto es sólo de los acuicultores, o de las instalaciones, o del Ministerio de Pesca y Carnavales, o también de las truchas acuicultas? Me parece que ahí hay algo por aclarar. De momento, parece que la acuicultura funciona y da mucho de comer, pero hay que estudiarlo todo antes de que los cultores se pongan a hacer rogativas a san Andrés, yo qué sé, en la próxima sequía, o cuando los lobos crecientes descubran las piscinas llenas de pececillos sabrosos como preparadas para ellos. Pero he ahí a dos Andrés con un negociado de peticiones tan poco claro como el de san Ictícola; lecciones inagotables de la comedia.)
A lo que vamos: dados los resultados entre catastróficos y ruinosos en todas las medidas y según todos los baremos, menos uno, de nuestro sistema educativo, ¿es posible que quizá sus responsables estén rogando diariamente, en lo que llaman hacia fuera “briefing sectorial cotidiano”, pero del que informan que no es más que la antigua reunión para echar un rosario aunque camuflada, al santo equivocado? Porque se diría que, mezclando sus palabras y sus cornetazos con lo que viene siendo luego la realidad real, ahí lo que tenemos es un monumental andréselnecio: tonto por fuera pero listo por dentro, digamos; porque insisten en que, a pesar de las apariencias, las víctimas son listas y preparadas de pelotas. Más en llano: cuando ya todos los interesados en el asunto empezaban a tener perlesías y chungos de todas las modalidades a la vista de lo que estaba empezando a producir la nueva legislación educativa “revolucionaria” allá hacia finales de los 90, rompe la cuarta pared de ese sainete la ministra que lo fue entonces de vivienda y luego de defensa, y antes secretaria de educación de su partido, luego fallecida, y suelta en el Congreso aquella solemne mentira de “tenemos hoy la generación de escolares mejor preparada de nuestra historia”. Nada menos. Un pedazo de frase como para que no fuera reproducida una y otra vez, y una y otra vez, por cualquier partidista con intereses y sin información veraz: si hasta ya se habían empezado a cambiar por órdenes ministeriales los chistes de Jaimito, y este protestaba con lo de “Me tiene manía” no ya cuando le preguntaban su nombre, sino cuando le preguntaban cuál es (y era también, en aquel entonces) la capital de España. ¡Y eso que aún no habían aparecido los smartphones!
No, de verdad que no: qué habrá que tener en la mollera a día de hoy para negar el fracaso completo y global de ese sistema de primaria que hace que los chicos lleguen a la ESO sin haber leído un libro, ni casi escrito un folio a mano, y la mayoría sin habilidades elementales de cálculo mental, y prácticamente todos ignorantes de casi todo lo que se considera conocimientos necesarios para un ciudadano y un profesional en una sociedad democrática, y además ignorantes de algo más general y simple pero definitivamente global, porque todos y cada uno, antes o después, preguntarán con tono de protesta eso de “¿y para qué sirve saber?”
Pues resulta que hasta el tropezao de Andrés el Necio sabía para qué, porque lo que es saber, saber, al parecer sabía, y mucho. ¿No será que nuestros pobres escolares/víctimas en el fondo saben, pero lo están ocultando? Según todos los indicios y todas las informaciones, no. Pero no nos cerremos puertas.
¡Ya lo tengo! Hagamos al Necio santo patrón de nuestro sistema educativo, de modo que todos los pedagogos estarán satisfechos y su zumbido bajará de frecuencia, porque todas sus víctimas parecerán lo necias que ellos quieren que sean, pero lo mismo se consigue que sean por fin gentes con conocimientos, de esos que no se acaban chocando contra un muro de ladrillos por mirar, cuando están al volante, más al GoogleRoads que a la realidad que hay delante de su parachoques.
Aunque esto traerá sus nuevos problemillas: con san Andrés el Necio de patrón, ¿qué habrá que hacer con tanto profesor de “escuela o facultad” de educación ensoberbecido, sobradete, estadístico, repleto de citas de autores con fecha, todos con esa camiseta estampada con las palabras “O como yo o franquista”? Porque, lo que es estos, saber no mucho, pero parecer que saben, los que más.
Eso a nuestro nuevo patrón no le gusta.
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