Anoche soñé que volvía a ver Rebeca. Y que, tras atravesar las curvas y la maleza del camino, por fin llegaba a la explanada donde estaban iluminados por la luna todos los que el otro día se mostraron ante el Congreso de los Diputados, pero esta vez en la Plaza Roja de Moscú, gritando el “No A La Guerra” a la cónyuge y al hermanísimo de Putin y leyendo manifiestos en cadena en los que, además, se afirmaba sin matices que “en España no hay tradición teatral”, como sostiene por su parte el que ante el Congreso de Madrid lo leyó; ah, que no hay tradición: todos en contra de la enseñanza privada, además, salvo de esa escuela privada de teatro famosa de los papás del lector de manifiestos pro-Manderley cuyo nombre mis abogados me dicen que deje a buen entendedor. ¿Si esa escuela que es la única privada buena y no fascista está en Madrid es que Ayuso la apoya también y también es culpable de ella y entonces no es fascista? ¿O justo de esa no es culpable?
El caso es que en esa Rebeca todos éramos malos menos unos pocos, que eran los que repartían los certificados, como ya se sabe. Tanto los certificados de fascista como los simples de licenciatura o de grado universitario, certificados privados, y facultades y universidades privadas en el caso de unos cuantos ministros y del mismo presidente; pero para qué meterse en esos líos, ¿no?, que luego le confunden a uno con milady De Winter o incluso con la señora Danvers; y cuando les arda la casa, porque les arderá, le acusarán a uno, pero por ahí no paso. Al otro lado de Manderley, tras san Basilio, y antes de la bajadita esa cutre que hay hasta el río, estaba la Marichús mostrándose tal como vino al mundo: sin cultura ni inteligencia.
Oye, pero estaba la película llena de Gorges Sanders (el plural es plural, no errata): la cosa esa de las universidades, o dale que te pego con que Ayuso esto o lo otro, o lo de Paiporta como si fuera el primer día en cuanto la actualidad afloja un poco, o no digamos lo de Dani Alves: pero no, bobos, puede que a vosotros os funcionen esos trucos, pero a nosotros no. No se nos olvida lo que no se nos tiene que olvidar; porque además no hace falta recordarlo, porque es presente y lo vemos bien claro ante nuestros oídos.
Nos andamos todos con mil prudencias a la hora de calificar estas cosas que ya llevan unos cuantos años escupiéndonos a la cara. Pero no me pondré ahora en plan heroico llamando a las barricadas; me limitaré a decir que estamos dando un trato a estos tíos que no se corresponde con el que ellos nos dan. Ya sé que gran parte de la población española no sabe mucho ni de constitución ni de estado de derecho ni de política, pero, en primer lugar, otra gran parte sí; en segundo lugar, precisamente, si no sabe, hay que tener mucho más cuidado con lo que se le dice. Mira que han dicho cosas estrafalarias, cuando no sencillamente mentirosas, horribles y antidemocráticas. Mira que han maleducado al personal mitin a mitin, propaganda tras propaganda. Y que han vulnerado leyes, y además y aparte sencillamente principios de comportamiento social y político que ni siquiera con un palurdo como Zapatero y sus aprovechados de alrededor se vulneraron más allá de cierto punto. Ahora no parece haber límite. Cuando parece que han llegado al extremo, resulta siempre que se podía ir más allá. Y no parece haber árbitro que les pite falta cuando nos tienen ya pateados y tronchados en el suelo, y aun así siguen escupiéndonos y cagándose en nuestros muertos, y riéndose de nuestros hijos.
Espeluzna ver a esos militantes idiotizados del fondo del escenario del otro día, cuando Marichús soltó su insulto contra la sociedad y la historia, asentir con sonrisa de rapero fumado cuando aplaude mientras asiente con la cabeza. ¿De verdad los nuevos militantes modelo -los que se llevan al escenario- asienten y sonríen ante tal monstruosidad? ¿Y qué pasará cuando no se les aplique a ellos la presunción de inocencia? ¿Sonreirán también? ¿De verdad ninguno se da cuenta de que estaba quedando como una mierda, al nivel de los que pudiéramos ver en un reportaje jaleando y aplaudiendo una paliza a un gay?
Marichús es una ignorante de las nociones más elementales. No sólo no debería ser ministra nada menos que de Hacienda, sino que no debería tener cargo alguno en política, ni siquiera en su podrido PSOE andaluz. En realidad, lo que ha dicho es más grave que lo que dicen, y se pide cárcel para ellos, los que dicen que Franco molaba. O que no les gusta el aborto (y se pide linchamiento para los que lo dicen, y hasta pena de código penal, como si los gustos fueran obligatorios). ¡Y no digamos si alguien se manifiesta en contra de que las trans corran los 100 metros lisos contra mujeres! Todos los guardianes del Manderley de sus recuerdos salen en tromba, sin vergüenza alguna de ser detectados como paniaguados, ni de saber que están repitiendo en un medio las mismas frases que han dicho otros colegas suyos en otros medios cinco minutos antes, consigna infantil para todos, desprestigio personal de cada uno fuera de su propio círculo. ¡Esa habitación es intocable! ¡Ese armario no se puede abrir! ¡En esa cama no se puede sentar! ¡Por aquí paseaba la antigua señora, no se atreva a hollar esta alfombra con sus modernos pies!
Y la muy desenfadada e inexplicable ministra todavía tiene el morro de contra-contraatacar diciendo que se la malinterpreta aposta, que lo que quiso decir fue… otras palabras diferentes de las que dijo. Sí, claro, la señora Danvers no ha hecho ni dicho nada objetable; sólo guarda las esencias de… Manderley
Quizá hagan falta en el futuro seminarios para dilucidar qué Manderley estaban protegiendo todos estos. Porque protegiendo su propia fortuna… unos pocos. Protegiendo su sueldazo, algunos más, pero eso ya se sabe que tiene un plazo. La mayoría, la inmensa mayoría, está protegiendo un Manderley de la llegada de la nueva señora de Winter porque esta no trae más que la vida normal y democrática del resto del mundo. La gente no tiene por ahí fondos sin límite, y menos públicos, para poner picaderos a aprovechadas polvoronas; ni maneja “contactos” en petroleras en plan película; ni coge un mega-ático de Muface para alquilarlo a trocitos, mientras echa sermoncetes al hostelero que ha trampeado dos recibos del proveedor de Casera de su bar. No dejan de manifestar en cuanto pueden, y aunque no puedan, su nostalgia por una república que no vivieron, su nostalgia hasta de una guerra que tampoco vivieron ni se atreverían a vivir: ese palacio de la antigua señora de Winter que ¡a buenas horas! vamos a dejar que una arribista ocupe con sus tonterías modernas de presunción de inocencia, de transparencia de la acción institucional, de libertad de expresión y de publicación, de igualdad ante la ley, de solidaridad entre regiones. Gilipolleces.
¿Qué ha hecho Marichús Montero, vicepresidenta del gobierno y ministra de Hacienda, cuando ha proclamado la inferioridad de la presunción de inocencia ante “el testimonio de una joven”?
En realidad, si hubiera algo de sentido común en su partido se vería que eso no es otra cosa que prenderle fuego al caserón. Otra cosa es que queramos seguir jugando un rato en él, engañados por la luz de la luna que se refleja en una ventana, como si hubiera alguien dentro. Pero no: su partido y su gobierno, y gran parte de la sociedad española, son ya ruinas calcinadas. Su partido me da igual. Su gobierno me da igual. Pero cuando toda esta panda se vaya de donde está, la sociedad dañada va a seguir ahí; pero muy dañada, muy maltrecha, muy muy jodida, más de lo que el frívolo periodismo parlamentario, y político en general, es capaz de ver; y va a necesitar una rehabilitación muy costosa.
En realidad, es un caso más de matonismo: siempre los matones saben, y nunca dudan ni por un segundo, que su bocadillo no está en peligro. Marichús Montero, y su jefe Sánchez, y los demás ministros responsables (no entra, pues, Yolanda Díaz, con el cerebro exclusivamente ocupado en no morderse la lengua cuando pronuncia una c), y muchos, muchos cargos altos y bajos, saben que a ellos se les va a aplicar, aunque moralmente no han hecho méritos para ello, la presunción de inocencia que es obligado aplicar en la justicia. O, con un poco de suerte, igual eligen una alternativa: ser parte de los restos calcinados.
Al final había sido un suicidio.
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