ELEGÍA PALURDA

1 Menos mal que nos aclaró el otro día el ínclito JD Vance que “es posible que estados Unidos no tenga que llegar a usar la fuerza” para anexionarse por el papo Groenlandia. Lo vimos muchos en directo, y sé que muchos de entre los muchos tuvimos la sensación (o el recuerdo) de ver un colegio, una especie de asamblea, y el Matón General, jefe de los matoncillos sectoriales, anunciando: “es posible que no os tengamos que pegar este curso para quitaros los bocadillos”.

Siempre resulta fascinante cómo los matones se permiten ser matones. Me parece que muchos no se dan cuenta de que ahí estamos contemplando un fenómeno de la familia de la sordera de frecuencias, de la anosmia o hiposmia para los olores, del daltonismo o algo así. Todo el mundo ve lo inapropiado y lo ridículo y lo asqueroso que es un matón y lo que hace y cómo se comporta, menos el matón. “Sí que lo ve, pero le da igual”, se suele contestar; pero eso es así sólo en el enfoque corto. Si lo ves más de lejos, te das cuenta de que de verdad de verdad repasan su biografía de matonismos y de amenazas y de robos con extorsión y no ven nada malo en ella, quiero decir que de verdad no lo ven. Claro, se hace inevitable hablar de ese rollo, normalmente tratado pésimamente, de “los valores”. En el documental de cuatro capítulos sobre la vida de Trump que tiene Netflix ahora en distribución (que se podría titular algo así como “La forja de un canalla”, dado lo que cuenta y lo que muestra) salen amigos y enemigos diciendo cosas sobre el César; es decir, que no es que sea del todo un documental militante. Lo que pasa es que hay sucesos y acciones que no hay modo de contar más que como fueron, y cómo fueron es algo espeluznante que da la impresión de que su autor quería y luchaba por parecerse lo más posible a Lex Luthor, pero claro, no con las bromas de granguiñol de este, sino con gentes de verdad. Uno de los que acabó trabajando durante algún tiempo en las cercanías del entonces simplemente inmobiliario Trump hijo comienza hablando a cámara casi entusiasta y energético: Esos meses a su lado me dieron la oportunidad de conocer los valores del personaje Trump: ninguno; no tiene.

A mí me da igual si Trump o Vance o Rubio tienen valores o no; con ellos o sin ellos, como groenlandés lo único que quiero es que me dejen en paz, que no los hemos invitado, y que no vayan a coger el castillo de la comarca para ellos y nos organicen como se organizan ellos, a lo The Winner Gets All, a lo Life is a Challenge, sin seguridad social digna de tal nombre y ahora incluso sin administración educativa y tantas otras cosas. Decir a estas alturas cosas del estilo antiguo como “¿Con qué derecho se creen que…?” pues probablemente ya no procede. ¿Qué dijeron los que de verdad importaba que dijeran algo cuando lo de los Sudetes, por empezar por algún sitio? Ya sé que ha salido inmediatamente, hace muy pocos días, que basta de comparar estos asuntos y personajes zumbados de hoy con los de 1938 y 1939. Pues no me da la gana de seguir esa orden: los comparo porque están pasando cosas muy parecidas, como vemos y sabemos todos los que venimos estudiando bien y a fondo la Historia desde hace décadas. Que si la inflación es otra, que si la situación del proletariado es diferente (sí: el de hoy celebra sus congresos en el Balneario de La Toja)…, pues eso me da igual también, porque estamos hablando de que la nieve en aquella época tenía la misma temperatura que la que se ha puesto a caer en esta: un matón se autolegitima con la humillación de pasarse por las urnas y, como le sale casi bien, se autolegitima más diciendo eso de “cualquier cosa que yo quiera es lo que la gente quiere, y por tanto tengo que hacerlo” (por ejemplo, un chalet en Galapagar, digamos, que hasta se presenta, colmo del narcisismo, en referéndum): si “la correlación de fuerzas” internacionales y los soviéticos creciendo y el fascismo abundando alrededor de los años 30 influyeron en la temperatura de la nieve, que me lo demuestren; porque estamos hablando de un fenómeno independiente que recorre “transversal” las épocas: el tirano, el déspota, el narcisista (“de vía estrecha” se decía antaño para significar su escaso empaque), el matón avaricioso o hambrón, anal que dirían los freudianos, que parece que ha nacido sólo para crear a su alrededor división, dolor, pérdida y lesiones.

Hasta el innombrable creyó, y muchos en el mundo creyeron sobre él, que todo le iba inmejorablemente y que no habría quien lo parara; pero eso fue, de sus doce años de dictadura, sólo en los primeros seis años. Los segundos seis años, ¿cómo fueron? Es interesante contemplar que no ha habido un solo caso de matón al que al final le haya ido bien. Pero siguen jodiendo a unos y a otros. 

Quizá, así como a veces da la impresión de que estos 15 o 20 años últimos insoportables puede que al final resulte que han sido una vacuna contra futuros excesos buenistas, identitaristas, y toda esa basura woke, esto que está despegando estos días, este matonismo grosero de vaqueros imbéciles desde Moscú hasta Washington D.C. sea al final una vacuna para que en el futuro muchos comprendan que no hay que prestar los propios ahorros a tipejos así, igual que tras 1945 hubo mucho, pero mucho tiempo en el que ni por lo más remoto se hizo posible que volviera a aparecer un pintorcete fracasado de las montañas austriacas postulándose a diputado “y más allá”. De momento, el mayor ejército del mundo tiene como jefe supremo a un empresario fracasado repetidamente que no acepta serlo y vive en permanente compensación de ese hecho, que se ha postulado a presidente “y más allá”. ¿Hace falta que nos jodamos del todo para empezar a desjodernos? A ver si ese diosecillo que por lo que sea se nos ha atravesado nos deja en paz de una vez.

2 Es verdad que ya se ha quedado en el nivel de lo ingenuo decir lo siguiente, pero lo digo: a ver si los tertulianos radiofónicos, televisivos y periodísticos en general, y no digamos las políticas divinas de la muerte, repasan su bachillerato, o lo que en su caso lo sustituyera, y dejan de confundir al personal con sus alaridos: lo de Dani Alvés es ni más ni menos que un recurso judicial estándar de los que se interponen y se fallan todos los días en los tribunales de justicia. A qué viene que ahora hagan como que descubren que puede haber dos sentencias contradictorias, que les hace suspirar pasmados: “Esta, esta, esta es la coherencia de nuestra justicia, que aquí puede decir una cosa y allí la contraria, qué decepción, así quién va a creer en nuestros jueces” (casi sic). ¿Pero es que es la primera historia de recurso judicial que conocen? Pero, eso sí, el pueblo llano no tertuliano que no sólo les oye sino que les escucha, a punto de encender las antorchas, claro (por supuesto, casi todos sabemos que si los sexos de los litigantes hubieran sido los opuestos, hoy en lugar de jeremiadas analfabetas habría albricias por las calles con la tele en directo).

3 Aquella mili, esta mili

Cada día sube un puntito la frecuencia del zumbido que anuncia la restauración de la mili. Bueno, probablemente es necesario recuperarla, pero no aquella que hicimos los que ya superamos las edades centenarias. Salvo excepciones absolutamente fuera de órbita (similares a aquellos que dicen eso de menudas palizas me pegaba mi padre, y qué bien me vinieron), aquello fue siempre un mal rollo mal organizado con consecuencias por completo ajenas y lejanas a las proclamadas: cientos de tenientes coroneles y coroneles se hacían así con mano de obra gratis (los soldados, por si alguna no lo entiende) para sus gestiones burocráticas, para las reformitas de sus cuartos de baño, para las reparaciones de sus coches y para sus mudanzas; un grupo social de casi desaforados a menudo marginales encontraba en ese extraño ejército casi un puesto en la sociedad, ascendiendo de puto recluta a soldado y a cabo, y a cabo primero, y luego, cursillito mediante, a sargentito gritón, ineducado, reprimido y sádico en consecuencia, muy a menudo simples bestias pueblerinas de las que en sus permisos tiraban cabras desde los campanarios y emborrachaban hasta el coma a los novios capitalinos de sus chicas del pueblo, que luego, de vuelta al cuartel, tenían que modular algo más sus pulsiones, pero sólo algo más; un recital de insolidaridad que empezaba antes de ir a la mili y continúa aun a día de hoy que, por causa de unos pocos locuaces acerca de sus experiencias horrendas, hacía que todas las novias o cuasinovias o prenovias e incluso el resto de las que nunca tendrían que ir a sufrir esos secuestros y malos tratos se reían ya de antemano y despreciaban y desoían cualquier súplica de solidaridad o consuelo de sus varones cercanos quizá, en muchas ocasiones, maltratados de modo similar a como lo hubieran sido, no sé, en manos de la Social o simplemente de los grises que le habían pillado con un par de libros bajo el brazo. Ay, qué lata, se ponen a contar batallitas de la mili y no hay quien les aguante… ¿Tan difícil era distinguir a los que contaban “batallitas” de los que no contaban nada parecido a batallitas pero sí necesitaban simplemente la conversación y el compañerismo de quienes antes de sufrir ellos esos malos tratos y esas humillaciones los habían ofrecido? Pero esto no se remediará nunca: el orgullo defensivo de todos “los excedentes de cupo” (un 10% de los tíos, y todas las tías) a día de hoy ya se ha consolidado y nunca se oirá una palabra de comprensión o de compañía. El fenómeno fue uno de los más luminosos y productivos momentos en la construcción de la personalidad: no la mili, sino el descubrimiento, a la vuelta de la mili, de que esas cosas en las que uno se había criado del compañerismo y del calor entre amigos era una puta patraña, y ya para siempre. Y encima, salvo unos pocos no sé si privilegiados, nadie había aprendido nada útil en la mili (sí, una cosa: la sensación de poder que produce disparar un fusil).

Si la mili que se propone es, como hay indicios de que sea, con profesionales militares de verdad y no como lo que había entonces, es técnica, breve (digamos tres meses, por ejemplo), y, por muy necesaria y hasta conveniente que sea la disciplina nadie confunde esta con arbitrariedad cruel de torturadores paletos, a lo mejor hasta votamos a su favor. El surf de la  geopolítica está virando sobre la cresta de la ola en una dirección inquietante, y estaría muy bien una población preparada y sin remilgos analfabetos para defender nuestra sociedad, nuestras ciudades y nuestras gentes.

Y además esa mili podría sustituir como un regalo del cielo a las inútiles memeces pedagógicas que da toda la impresión de que ya no hay quien repare y que han conseguido la hegemonía tanto en los colegios y los institutos como en el conjunto de las nociones educativas sobre las que chapotea nuestra sociedad.

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