1 Proliferan los inventores de la pólvora en 2025. Ahora todos descubren y hasta glosan los males de la educación, y lo hacen con indignación paralela a la de los que glosan los males de ETA una vez que esta ya no mata: siempre parece que los culpables somos los demás, que somos tontos y torpes como para no haber visto antes lo que ellos nos señalan ahora. Aunque entre estos que ahora señalan haya bastantes de aquellos que antes nos insultaban a los que hace tiempo ya decíamos lo que pasaba. Se podrá imaginar que lo más suave que nos llamaban era franquistas, claro.
Se publican mil y un libros, la mayoría (no diré plagiando, que ya tengo puesto aquí que se quedó agotado mi presupuesto para abogados, sino) inspirados en aquellos primeros, precursores, pioneros, absolutamente dementes, solitarios, desesperados y atinados de la editorial Unisón, por ejemplo el primero de todos, Los límites de la educación, o el tercero, La secta pedagógica. Tienen ya 26 y 25 años, pero reto a cualquiera a que me encuentre en los de reciente publicación una sola idea o una sola observación crítica que no esté contenida ya en ellos. Algún autor ha conseguido subirse incluso a un escaño regional-autonómico, y al contrato subsiguiente de columnista en medios periodísticos importantes, sobre los lomos de sus (no diré frases copiadas ni fusilamientos, sino) párrafos crítico-pedagógicos bien inspirados.
Es una pena, pero es que ser un crítico de la pedagogía se ha puesto tan de moda últimamente como pose que la verdadera crítica está siendo desoída. De hecho, se ha puesto tan de moda que todavía siguen publicando entrevistitas y comentarios en periódicos importantes con personajes cuya lucha crítica es precisamente la contraria. Ayer mismo, uno (y hace cinco días, otro, y hace diez días, otro más) decía que “no podemos seguir enseñando en la escuela como hace un siglo”. Pero ¿de qué hablas, tío? Todos los que tienen las gafas bien graduadas están de acuerdo en que los problemas de la escuela son en la actualidad los contrarios: ni como hace un siglo, ni como hace dos ni comparación alguna resiste la retórica problemática, porque lo que pasa es que si en alguna escuela se enseña algo es en contra de la ley, en contra de casi todos los administradores, desde luego en contra de la inspección alta o baja, y en contra, por supuesto, de casi todos los jefes de estudios, que a buenas horas van a dejar que sus rebaños les busquen problemas con la mencionada inspección o con los otros de más arriba. Profesores heroicos, eso es lo que hay detrás de esos pocos quinceañeros y hasta veinteañeros que saben juntar dos palabras simplemente al hablar (ni esperar que lo hagan al escribir: hay algunos, pero son todavía menos). Y todo lo que hicimos casi todos a lo largo de nuestra vida cuando había contacto con el mundo de la enseñanza estaba dirigido a que no fuera necesario el heroísmo de los profesores ni de los padres ni mucho menos de los alumnos.
A veces parece que nunca se va a conseguir regenerar la política no ya, como se decía antes en plan un poco grandilocuente y desde luego abstracto, “sin crear un hombre nuevo”, sino baste con empezar por crear una “nueva enseñanza”. Mientras sigamos teniendo las directrices legales, por un lado, y los usos y las nociones pedagógicas, por otro, con las que nos manejamos desde hace veinte o veinticinco años en el mundo de la enseñanza, aquí no se arregla ni el Tato (quizá, atentos a las tropelías de la cosa de la asignación de sedes del mundial de fútbol de 2030, habría que cambiar esto por LA Tato), y lo de Ábalos y los ERE y los congresos de CCOO en O Grove y las leyes Begoña y los hermanísimos y la inversión de la carga de la prueba y la condena por denuncia y todo lo demás van a seguir creciendo y creciendo y llevándonos a nuevas cotas de idiotez y de miseria: vamos a rearmarnos pero sin llamarlo rearme, que a estas idiotas de mi gobierno no les gusta la palabrita.
Convengamos en que nadie por sí solo va a tener la solución a este vertedero de la enseñanza actual, y tampoco este que escribe. Lo más que puede hacer cada uno es ir señalando ladrillitos en la medida en que los ve, los detecta, los localiza y los sitúa. De momento, muchos observamos que convendría corregir el autismo solipsista de los planificadores de la enseñanza, que no ven ni miran ni oyen ni escuchan a la sociedad, de la que tienen perfecta noción de que está compuesta por memos que no alcanzamos a comprender sus altas miras y sus altas abstracciones (y por eso hace tiempo, mucho tiempo, que ni descienden a explicar nada de lo que hacen: simplemente, lo hacen y allá nosotros); son como esas escuelas de pintores o de músicos que de tanto en tanto prevalecen y que se dedican no a hacer pintura sino a investigar pigmentos, y a poner su investigación en un lienzo y a cobrar por él, o no a hacer música sino a profundizar en el empaste de frecuencias recíprocochirriantes para gozo de sus colegas con medidores electrónicos finísimos que les dicen las centésimas y hasta las milésimas de frecuencia que han conseguido torturar en ese nuevo acorde (y los del público, quizá, del concierto, mirándose unos a otros y repartiéndose por sorteo las últimas gotas de Otogén). Casi todos los pedagogos no silenciosos, porque se dividen en los silenciosos y en los verbosos, presumen de mucha fundamentación: son gente con sueldo universitario, y parece que eso garantiza referencias, pero resulta que están en un mismo estrato que los ufólogos o los de las piedras psíquicas y esos, y tienen la misma puñetera idea que estos de lo que es “metodología”, “fundamentación” o “ciencias positivas”, y no digamos ya “filosofía”, que es de lo que más presumen. Están blindados, como algunas otras psicodisciplinas que les precedieron, porque si se parte de que no puedes discutir lo que yo he decidido porque no eres capaz de entender lo que yo he entendido para llegar a decidir lo que he decidido, pues no hay nada que hacer. Pero no les preguntes nada sobre su querido Hegel, ni sobre Marcuse, ni sobre Adorno ni sobre cualquiera de sus otros pseudotótems, porque te vas a llevar un bochorno insoportable, porque creen que saber es lo que ellos saben. A propósito, puede que por aquí anide una de las causas directas de lo que han hecho con el resto de los conocimientos a suministrar en el sistema de enseñanza: la ignorancia es arrasadora, y el que no sabe no sabe que tiene que dar a saber eso que no sabe. Anda, menuda definición de pedagogo me ha salido.
2 A veces hay cosas que, aunque se pongan de moda, hay que aceptar que coincide con que son de calidad; y digo de ese estilo de moda que es la moda transitoria, tan norteamericana y tan importada, de algo universal, definitivo, apocalíptico… de sólo dos o tres días. Y la prueba es que no se quedan sólo esos dos o tres días. Hay, mientras tanto personas antimodas, que a veces se pierden cosas buenas sólo porque están de moda; y acusan mucho a los demás de hacer cosas sólo porque están de moda, de modo que no quieren ellos ser acusados de eso mismo. Qué-fo-llón. O sea, la serie Adolescencia: en su capítulo 2, en sus minutos 28 y siguientes nos da a todos los mayores de cierta (no muy alta) edad un pedazo de lección como para tomar nota y retirarse una temporada a un buen ashram a darle vueltas. Lo que voy a reventarte ahora de la serie es muy breve y momentáneo, a pesar de que desborda las pantallas y los altavoces y el medio audiovisual por su importancia, que todavía, como digo, ni puedo expresar ajustadamente porque no he tenido tiempo de ese ashram: el hijo quinceañero de un buen policía que investiga en su mismo colegio y entre sus alumnos y entre sus redes sociales el asesinato de una niña, coge a su padre y en privado le suelta por fin: papá no te enteras, es que ni tú ni los tuyos pilláis ni media. ¿Por qué dices eso?, dice el pacífico padre. ¿Qué sabes, continúa el hijo, de lo que significa un cartucho de dinamita en Instagram? Pues no sé…, no se me había ocurrido pensar en eso… ¿Y los corazones? Pues digo yo que gusto, que cariño… ¿Lo ves? ¿Sabes si un corazón rojo significa lo mismo que uno amarillo o uno morado? Yo… nunca he pensado en eso, no me había dado cuenta. ¡No os enteráis de nada! Verás, que te cuento. Y en menos de dos minutos nos ha descrito a todos, y a su estupefacto y policiaco padre la cordillera insalvable que se alza entre esas generaciones nacidas después del, digamos, 2000 y todos los de antes. En efecto, cualquiera puede ver que hablan, miran, ¿ven?, ¿oyen?, se mueven, sonríen, se enfadan, piensan cosas que los mayores que ellos no pillamos ni lejanamente, y menos cuando en alguna rara ocasión podemos preguntar a algún sobrino o a algún compañero de hijo acerca de estas cosas. Se diría que es toda una nueva sociedad con otros códigos tanto de comunicación como, desde luego, éticos, que no tienen siquiera la mínima compatibilidad semántica con los nuestros como para intentar esbozar una traducción.
3 ¿No es el populismo de la política un fuego que se acaba quemando a sí mismo? Unos cuantos discursos, al comienzo de la era, puede que fueran atendidos por las masas (amplias o menos amplias); me parece que muy pronto la audiencia bajó a niveles subterráneos. Hoy, ¿es más cierto o no es más cierto que en cuanto sale un político en la tele la gente cambia de canal? Ah, claro, los militantes no. ¿Pero de verdad hay gentes que dirías sensatas y de trato normal que cuando uno de estos insultantes políticos sale a mentir ante un micrófono y a insultar como con chincha chincha escolar bochornosamente pueril a los enemigos, se quedan a verlo todo y se ríen y se sienten representados? Bueno, algunos habrá, claro. A los mítines de fines de semana siempre se llevan a algunos, y supongo que no será a punta de pistola.

(Las amplias masas españolas, y puede que también las de alguna otra confederación desequilibrada, atendiendo entusiasmadas a los discursos políticos de finde.)
¿Qué hace falta para que hasta esos militantes -podríamos dejarlo en solamente votantes, que ya es mucho- se den cuenta de quién se beneficia de su aplauso o de su voto? ¿Y qué hace falta para que los padres comprendan que no por pedir buen trato para sus hijos deben permitir que los maestros eliminen los conocimientos de las aulas? ¿Es salvable ese Himalaya que ya se ha alzado entre las generaciones Insta y las anteriores?
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