Postfacio: Cuatro miradas

Intenté por todos los medios de coacción y de extorsión a mi alcance que el juez me dejara poner a mi primera hija el nombre de doña Inés Francisca de Zúñiga y Fonseca Novena Condesa de Monterrey, pero no lo conseguí; había supuesto que en el colegio, primero, y en la empresa, después, le iría mejor con una cosa así en vez de con un nombre, pero nunca lo sabremos, porque el juez cabreado no me dejó. Sin embargo, sí que dejaron a esta muchacha, o más bien a sus papás, ponerse eso en los encabezamientos de los exámenes de la ESO.

Juan Carreño de Miranda: Doña Inés Francisca de Zúñiga y Fonseca, IX Condesa de Monterrey (h. 1660-70)

El Museo Lázaro Galdiano de Madrid siempre proporciona, y ahora también me proporcionó, explicaciones suficientes. El caso es que se trata de un retrato que Carreño de Miranda hizo a esta joven allá por mediados del siglo XVII, y os puedo asegurar que en cuanto os pongáis frente a él, que además lo tienen colgado un poco en elevación, no os vais a poder mover ni vais a poder apartar los ojos durante varias medias horas. Doña Inés tiene una historia familiar muy interesante, pero ahora no cabe aquí. Me interesa en particular esa mirada: la joven sabe lo que es, cree en lo que es y en que las cosas son como tienen que ser. Hay una especie de confianza, que en algunos momentos podría tildarse de excesiva, y que muchos no dudarían en calificar de ingenua. Por supuesto, de pronto se me conectó con otro retrato que acababa de ver dos salas más allá:

Sofonisba Anguissola: Retrato de Eleonora de Medici (h.1580)

Otra joven, aunque algo menos joven, que mira. Pero vaya mirada: dan ganas de ponerse detrás de una barricada. Es de un siglo antes, como se ve, pero también se ve que representa a alguien que ha dejado atrás esas conjeturadas ingenuidades de la condesa de Monterrey. Menuda familia la suya; lo que ya tendría visto esta mujer a esos escasos 20 años que representa. Como mínimo, en arte y política, todo lo imaginable. ¿No hay algo de amenaza en esos ojos, en ese gesto de la boca? ¿Cómo se puede pintar con tanta precisión?

Este museo es una reunión de cosas, no sólo de pinturas, que nos golpea con la historia cultural europea de seis siglos o más. Es imposible no quedarse mudo cuando se recorre, porque Lázaro Galdiano sabía muy bien (lo sabía muy muy bien) lo que hacía, y te lleva de la impresionante copa del emperador Rodolfo II hasta un Goya como quien no quiere la cosa, o desde esos retablos góticos hasta un Sánchez Coello en plan suavecito. En este apabullante museo da la impresión de que todas las cosas están conectadas con las demás, y que todas juntas nos dicen algo serio, importante, pero sobre todo bonito.

Por fin, en su sala 12, una mirada más hecha, más sabia, nos va a confirmar todo esto:

Federico de Madrazo: Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1857

Tenía que ser de Federico Madrazo: ¿le quedó a este hombre alguna mirada por pintar? ¿Le quedó a Doña Gertrudis algún dolor por vivir? Nosotros todavía podemos dolernos en su nombre por el hecho de que siempre se hable del vacío literario previo a Benito Pérez Galdós y más o menos desde José Cadalso o quizá Leandro Fernández de Moratín, y se la olvide a ella: ella por sí sola niega ese vacío, con su producción poética (y nada rutinaria, por cierto) y dramática, además de novelística: ¿por qué no se enteran? Aparte de su biografía tremebunda, debe bastarnos su obra para asombrarnos y reclamar su persona como nuestra. Por cierto, una gran abogada suya fue Emilia Pardo Bazán, a pesar de su distancia de edad (pero es que vaya dos talentos, ahí no importan los años), y no hace mucho me di de nuevo con algunas líneas suyas que de pronto se me han agrupado con estos tres retratos, porque parecen la continuidad de Carreño de Miranda  a Sofonisba y a Federico de Madrazo y a Emilia Pardo Bazán; porque también son una mirada, la de doña Emilia. Las líneas son estas:

“Las Cardeñosas  eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, a pesar de sus cincuenta y pico, de la eterna infancia femenina; hablaban mucho de novenas, y comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero exteriores, ocurridos en la familia Andrade y en las demás que componían su círculo de relaciones; para las bodas tenían aparejada una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser siempre las mismas, sonaban a indiferencia.” (Insolación, capítulo X.)

Esto es vida.

Deja un comentario