Loor y revocación de un libro y de nuestras vidas

Javier Cercas escribió Anatomía de un instante en 2009, antes de lo que algunos han llamado su “caída del caballo”. Teniendo en cuenta que, de ser cierta esta, se están refiriendo a su descubrimiento de que el presidente de gobierno Sánchez es un frívolo ambicioso en permanente ego-tour que no merece nuestro apoyo, y que esto lo descubrió hace un par de años, casi todo lo de Cercas es de antes, claro. No es baladí esta nota temporal, porque sólo así, desde aquella mentalidad, se explican ciertos tonos y ciertos sabores que se perciben casi en cada página de esta Anatomía. Esta ha sido alabada hasta los altares (el Premio Nacional de Literatura que se llevó pretende eso) como “novela”, pero conozco a más de un profesor de narrativa y afines que considerarían que esto es más bien un ensayo o, como mucho, un “transgénero”, con perdón, de esos que hoy se llevan tanto (y afortunadamente, en mi opinión). Tiene momentos de esos brillantes muy marca de la casa:

“(…) no hay nada más abyecto que practicar una ética que sólo busca tener razón y que, en vez de dedicarse a construir un futuro justo y libre, obliga a ocuparse en discutir los errores de un pasado injusto y esclavo con el fin de sacar ventajas morales y materiales de la confesión de culpa ajena.” (pág. 181 de Anatomía de un instante, de Javier Cercas, 2009, 2ª ed. DeBolsillo, 2024).

¿Habla de lo que se le iba a quedar incordiando en la sesera durante 14 o 15 años, que por fin culminó en esa caída ecuestre? La idea del párrafo es de Max Weber, y de momento, en ese lugar del texto, Cercas la supone o la conjetura proceso mental de Carrillo por sus cesiones a la Transición y a Suárez. Pero es que parece perfectamente un comentario de los que muchas, muchas personas alfabetizadas y perspicaces no pueden evitar expresar sobre muchos, muchos de los actuales cargos políticos, especialmente aquellos que están “en el bando”, como quieren ellos, o “en el lado del muro” del gobierno. Porque parece perfectamente un comentario a la actitud primero del, por ejemplo, PCE (m-l) (o cualquiera de ese enjambre que se instaló a sobrevolar y zumbar alrededor de aquellos cadáveres del pasado, por la izquierda, por supuesto); luego, a la de cualquier grupín a la izquierda del PCE; a continuación, del mismo PCE; y, saltándonos varias etapas, a la de casi todos los ministros actuales tanto del PSOE como de grupines más o menos egolátricos, desorientados y agrios de la izquierda que querrían ser el PSOE pero no se atreven a ser “tan de derechas”. Ventajas morales, pasado injusto, etcétera: todos los sintagmas del parrafito parecen ser, cada uno, un epígrafe de los programas máximos, y de los mínimos, y de los medianos de todo el nuevo enjambre confluyente en esa izquierda extrema que la verdad es que ya no se sabe dónde empieza a ser extrema, si en Sira Rego o en Óscar Lópezpuente o probablemente en Silvia Intxaurrondo. En fin, un párrafo brillante por lo conceptista acerca de aquellos tiempos, y por lo premonitorio de lo que en 2025 se hace inevitable pensar como descripción de la actualidad.

Pero llega la escritura definitivamente entregada a lo que se diría tesis central de la novela, o del ensayo, o del translibro: las similitudes y, cuando no, los paralelismos entre Suárez y Carrillo. Queda muy bien subrayada la circunstancia de que los dos más “extremos” de aquel reparto fueron los que de verdad, al final, sacaron adelante con sus actitudes y su generosidad esa Transición: el exfalangista con un montón de cargos oficiales ejercidos desde los 23 años y el comunista con otro montón de cargos del partido ejercidos también desde esa edad, y alguno más oficial en los lejanos años treinta. Vale todo eso. Dedica Cercas páginas y páginas a regodearse en las conexiones profundas que pudiera haber entre esas dos personalidades aparentemente tan lejanas a propósito de que fueron ellos dos los únicos que no se escondieron cuando el tiroteo del 23F en el hemiciclo del Congreso. Y casi ese es el libro. Parece haber estudiado con mucha extensión a cada uno de ellos, como correspondería a este trabajo. Y llegamos a la página185 de esta edición:

“Los paralelismos no terminan ahí: ambos cultivaban una visión personalista de la política, épica y estética a la vez, como si, antes que el trabajo lento, colectivo y laborioso de doblegar la resistencia de lo real, la política fuese una aventura solitaria punteada de episodios dramáticos y decisiones intrépidas; ambos se habían educado en la calle, carecían de formación universitaria y desconfiaban de los intelectuales (…).”

Quizá, si se pregunta a Cercas, este responda que tiene todo el derecho del mundo, como autor, a quitarle a ese personaje el título de licenciado en derecho por Salamanca (y los que llaman, creo que por incompletos, “estudios de doctorado” en la Complutense); pero es que hasta ese momento todo nos ha dicho que no estaba fabulando sino retratando la realidad histórica, y con control de enfoque muy fino. No nos queda más remedio que entender que Cercas, por la causa que sea, quizá llevado en volandas por su entusiasmo comparativo al haber dado con ese bipolo humano que explicaría por sí solo toda una colección de Episodios Nacionales de la Transición, ha corrido demasiado y ha hecho que se le empezaran a caer papeles de su carpeta. No es fácil suponer qué ha pasado ahí. Pero creo que todos entenderán que eso envía de golpe al lector, como de una patada, a kilómetros del libro. Podríamos esperar que en ediciones posteriores quedara corregido este que hubiera sido típico error, aunque enorme, de biógrafo; pero es que estoy manejando la edición de 2024, quince años después de la primera. Si ese dato tan fundamental en esa biografía es erróneo, ¿de qué Suárez nos ha estado hablando desde el principio? Da la impresión de que es esa noción errónea del casi analfabetismo de Suárez la causa por la cual desde el principio, y sin descanso, cada vez que aparece su nombre en el texto lo hace adherido a una rara arrogancia casi clasista o “intelectualista” por parte del narrador: lo que continuamente tenemos es un Suárez que “supone que cree” en esto o en aquello y completamente falto de capacidad de análisis, incluso de autoanálisis, y que a menudo está “convencido, o cree que convencido” de algo: ¿reflejo de los desprecios universitarios -tanto de derecha como de izquierda- con que siempre fue insultado en aquel entonces, que han sobrevivido a las décadas? Arrogancias e insinuaciones, por ejemplo, por “no haberse leído el Anti-Dühring de Engels”, como por entonces se exigía en los medios comme il faut  (entre muchas otras cosas de obligada lectura y recitación para aspirar a no ser arrojado al estercolero político por esos presumidillos verbosos de exclusiva alimentación marxista), o por no saber encajar los bolillos verbales necesarios para ligar la inflación de los productos textiles de Manchester de hace dos siglos con las negociaciones de los nuevos convenios colectivos de cuando los Pactos de la Moncloa.

Mucha gente decidió allá por los setenta que el cantante Don McLean era un cabrón y cosas peores, porque su más que famosa canción American Pie no podía ser otra cosa que “propaganda yanki”, y para propagandas estábamos, con Breznev dictando y Honecker segando, y el eurocomunismo por nacer y Vietnam y todo eso. Pero las décadas pasaron, y lo que permanece permanece y normalmente, salvo excepciones, permanece por alguna causa (no la llamaremos “suficiente”, que viene Leibniz), y lo que ha permanecido ha sido esa canción y además crecientemente admirada, y hoy todo el mundo que está interesado en el asunto te dirá que esa canción le gusta o no le gusta, pero nada más: no se meterá ya en esas zarandajas idiotas de aquella mohosa propaganda de infiltradillos, y hasta algunos de los insultores han corregido y ya se han entendido a sí mismos y han sido capaces de pronunciar esas medicinales palabras: entonces estábamos empujados por aquel contexto, que nos hizo equivocarnos, pero luego hemos visto nuestro error y hemos sabido corregir y reparar lo que dijimos. Todos tenemos presente en este instante qué larguísima lista de personajes y sucesos y obras y objetos hemos juzgado entonces de un modo y hoy juzgamos de otro, o del opuesto (y también la lista de las personas que se quedaron atornilladas a juicios y condenas turulatas del pasado y siguen promoviéndolas hoy contra toda razón). Te gustará o no esa canción, pero en cualquiera de los dos casos es posible reconocer lo que tiene de síntesis cultural, de expresión de una época, de energía y de significado. Lo peor es no plantearse siquiera que es necesario revisarse a uno mismo con regularidad.

No sé muy bien qué hay que hacer con todo aquello tan espantoso que tantos dijeron de Suárez en su momento, o de Don McLean, o de los Beatles, o de los Fórmula V ya puestos, por no remontarnos a las burradas con armadura que desde muy al principio dijeron las señoras (y unos cuantos señores) sobre Leopoldo Alas y que, sin haber leído La regenta por juramentación contra el Maligno, sostuvieron hasta cien años después de la muerte del autor que esa novela era una herejía, y el autor un hereje y además un antiespañol. No es fácil averiguar cómo se sabe cuándo hay que parar estas idioteces y cortarlas secamente, o cuándo no importan y dejar que se desahoguen con ellas, si recordamos que las cosas llegaron en este último caso nada menos que al fusilamiento de su hijo mayor.

De Suárez en aquel entonces se dijo todo lo peor que se puede decir no ya de un político sino de un hombre; a muchos se les quedó por completo hasta hoy; a otros no del todo, pero sí una especie de rara lealtad a sí mismos que les impide hoy liberarse del todo de sus errores y, aunque no repiten aquellas lejanas palabras, emplean otras quizá más suaves pero todas sazonadas de aquel desprecio que en el fondo lo era de ese peculiar clasismo que no lo es del todo de clase o de dinero, ni de título nobiliario, sino de profesión, de “amigos” más o menos campanudos, de invitaciones a los salones de nivel o, en lugar de ello, a jugar un mus en el bar. Nunca se dirá demasiadas veces que en aquel tardofranquismo y en aquel primer postfranquismo convivieron dos establishments, el franquista y el antifranquista; y ante este último, como tus credenciales no fueran las de moda en el momento, te podías dar por excomulgado (que se lo pregunten a José Luis Borau, que está en los cielos).

Esa arrogancia disimulada sólo un poquito con una virutilla de sonrisa (que, oh, fracaso de disimulo, ya es signo precisamente de esa arrogancia misma) ha sido desde siempre una característica de lo que, muy en guasa, en la misma Complutense se llamaba entonces (y creo que en muchos otros tiempos) “ingenieritis”; no hará falta explicar por qué. Pero parece que sí hay que señalar, aunque sólo sea por prevención, que había cierta injusticia en eso, porque sus infectados y practicantes no eran sólo esos pesados presumidos de Caminos o de Teleco, sino que, poco a poco, lo fueron siendo todos en cuanto el interlocutor, o el sujeto criticado aunque no estuviera presente, no podía enarbolar sobre su mástil un titulazo, o incluso con titulazo cuando este no era tanto como el mío, o incluso con un título como el mío cuando el sujeto acababa de mostrar, además, un extravagante y algo vulgar gusto por el fútbol, o por el rock, o por el cine policiaco, o por lo que fuera que el canon del momento (semipolitizado, académico, editorial, periodístico) había mandado a la calificación de chusma.

No es fácil saber qué está detrás de esas insultantes suposiciones de Cercas hacia Suárez, si no es algo como lo dicho. Pero un dato biográfico erróneo de ese calibre parece tener que ver. Por supuesto, cada cual es como es y como quiere ser y, lo que es más serio, como tiene que ser. Si alguien quiere seguir siendo displicente y desdeñoso con quien lo fue en un pasado lejano aunque luego la contemplación de la realidad haya gritado que no se merecía esos desdenes, qué le vamos a hacer. 

Nos toca a nosotros hacer el esfuerzo de no hacer lo mismo con él en el futuro.

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