
Benozzo Gozzoli, El cortejo de los Reyes Magos (frag.), 1459
Cuando te detienes un rato a contemplar detalles de estas obras del Cuatrocento, acabas algo aturdido por la certeza de que, contra lo que solemos manejar, aquellas personas eran como nosotros. Por causas relacionadas, creo, con nuestro cinismo postmoderno de doble feedback más retranca, hace tiempo que dimos por sentado que la humanidad de, no sé, quizá después de las Guerras Mundiales, o quizá otros momentos y referencias según gustos particulares, es diferente a todas las anteriores hasta el extremo de ser casi especies diferentes. No se nos hace tan raro en el mundo en el que los mejores arqueólogos nos han enseñado que entre el homo antecessor y el neandertal no sólo hubo diferencias sino eso mismo: saltos de familia, de clase, y casi de filo. Pero ante retratos como estos, el cinismo se hace a un lado y yo diría que salta a la vista que ahí hay pensamientos, recuerdos, proyectos, dolores, ilusiones y alegrías y tristezas iguales que los nuestros.
Me parece que hemos exagerado aquello que algunos llaman la relación dialéctica y otros llaman el hombre de su tiempo y otros de otros modos. Claro que ahora nos meten en una máquina del tiempo y nos trasladan a 1450 y no sabríamos ni saludar; pero eso no nos hace especies diferentes, como no nos hace especies diferentes de nuestros abuelos o bisabuelos, y plántate entre ellos, digamos en 1930 o en 1900 con un «¿qué pasa, hombre?», y ya verás los cursillos a los que te someten. Supongo que lo opuesto es similar: no sé muy bien cómo saludarían mis bisabuelos, pero seguro seguro que si los pones hoy y aquí entrando en un bar a la hora del aperitivo, no le iban a entender muchos: a veces no me entienden ni a mí cuando pido algo por favor, y no digamos cuando doy las gracias. Más de una vez alguno ha estado a punto de mosquearse en serio cuando yo le he dado las gracias por el café que me había puesto, o por cosas parecidas, pensando que lo mío era retintín o mofa o algo así. De modo que vale, cuidemos algunas cosillas cuando nos metamos en ese cortejo de Gozzoli antes de ponernos a comentar el suceso con los de alrededor. Pero esas caras, esas miradas, algunos gestos de los labios y hasta de las manos, están gritándonos que son como nosotros. No sé si nos están pidiendo que les saquemos de ahí, como si estuvieran en una jaula, o, muy al contrario, que nos unamos a ellos.

Hay tanto en este fresco que el pasado se acumula con el presente, y las narraciones mitológicas con las realidades domésticas y callejeras de aquella Florencia. Por añadir no se sabe si consuelo o dolor, pero, en todo caso, verdad, Gozzoli nos retrata a un rey Baltasar con las facciones y el aspecto de Juan VIII Paleólogo: si hay un personaje europeo que cargó sobre sus hombros toda la historia pasada y futura del continente fue este último emperador de Constantinopla, derrotado apenas seis años antes de este retrato. ¿Fue el fin del último Imperio Romano? ¿O Gozzoli nos está sugiriendo una especie de cesión de testigo a sus patrones los Medici?
Ortega y Gasset nos comunica su observación, y a lo mejor su preocupación, por el rumbo que ha tomado el arte más o menos desde el impresionismo, pero desde luego con toda claridad desde el dadaísmo y el cubismo: se trata, dice, siguiendo a Hegel (que por supuesto no llegó a conocer casi ni la pintura romántica de un siglo antes, pero ya enuncio la tesis), de un arte que ya no es arte, porque es un arte que no le habla al ser humano de los seres humanos. ¿Es una idea exagerada? Los de un siglo después de aquella afirmación orteguiana hemos visto tanto más, tantas variantes y desviaciones y alianzas artísticas, que a menudo no podemos ni poner en crítica los discursos a favor o en contra de aquellas vanguardias (verdaderas o sólo aparentes) que parecieron ser los enterradores de lo que hasta el momento se consideraba «arte». Ya veremos, más adelante, qué es eso; o no llegaremos a verlo, pero lo perseguiremos. Lo que sí parece claro es que si en otros momentos de la pintura hubo discusión entre paisaje y retrato, o todas las variantes de esto, en El cortejo de los reyes Magos lo que hay, por encima de todo, son seres humanos.
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