Muchos de los que hasta hace nada, hasta ayer mismo, echaban pestes de las bravatas y las chulerías de la sanchosfera, de los “pues eso” y de los “sólo quizá es quizá”, acaban de destaparse: y resulta que no reprobaban esas cosas por aprecio a las buenas formas y a las necesarias cautelas modalicias al tratarse unos a otros en espacios públicos, que es lo que parecía, sino porque se trataba de la sanchosfera: ahora te insultan a ti, sí, a ti mismo, si manifiestas incluso un pequeño desagrado ante la grosería y el matonismo proxenético de Trump y de JD Vance, el cosmopolita. Sólo es posible, vienen a escupirte, no entender a Trump y a su esbirro si compartes y eres cómplice de las corrupciones y la degradación del sanchismo. ¿Y los aranceles? ¿Por qué te molesta? ¡Sólo está luchando por su país!
La verdad es que, si se mira con tranquilidad, cuesta encontrar algo que se parezca más a la extorsión mafiosa clásica, tan bien incorporada y puesta en práctica más adelante por los etarras, por ejemplo. Tú no me has pedido que te proteja, sino que yo vengo a ti a imponerte que te protejo; y me pagas el servicio (resumiendo) comprándome películas que quieres y junto a ellas obligatoriamente muchas otras películas que no quieres pero que así yo consigo vender.
Pero hoy, eso sí, hay que comprender, si no quieres que te llamen sanchista, al hampón que se ha educado y ha heredado todo eso, y encima le ha dado la vueltecita justa para que, hasta en términos actuales, parezca que estábamos nosotros abusando de él. Precisamente estos días España acaba de ganar el Premio Mundial Extorsión con Placer, entregada como ha sido por su presidente de gobierno la soberanía y la decisión de ciudadanía de la nación española al Grupo Mafioso Catalán, que parece que hasta va a pasar exámenes de acento y preposiciones a “los extranjeros” (como dice alguien, de Argelia o de Jaén) para ver si eso. Como dice Mafalda por algún lado, aunque con otros sustantivos (que no quiero que se me querellen por mayores): “Y pensar que en este momento alguien le está dando a otro un par de hostias que no se merece; venga aquí, hombre, y las puede dar aquí con justicia”. ¿Es blandura esto nuestro? ¿Nada más que blandura?
Que nosotros los europeos hemos sido blandos y seguimos siéndolo, y hasta idiotas en algunos aspectos, y seguimos siéndolo, es algo que no se puede dudar; pero es algo que en absoluto se parece a lo que el presidente hampón entiende por ser blando e idiota. El otro día, en la bronca-bisagra a Zelenski, al final o muy cerca del final, el hampón lo profirió con toda claridad: “Así no se puede hacer negocios”. Como si eso de lo que estaban hablando fuera hacer negocios. Claro, sigue vivo por ahí el enjambre, por cierto muy “transversal” desde los extremos podémicos hasta los contrarios, de los que afirman que “la política se debe llevar como una empresa”. Y lo venden como si fuera fruto de una honda reflexión y de una vida cargada de experiencias y conocimiento. Pues ahí tienen: la política como una empresa es el hampón diciéndole a un presidente de un país soberano que se quiere quedar con lo de ese país y que, si no se lo da, deja que la competencia lo arrase. ¡Empresa! O sea: dame tu merienda y dame también las gracias porque no te rompo la nariz.
Me mencionabais ayer la serie Yellowstone, que ya lleva cinco o quizá seis temporadas. Kevin Costner es John Dutton, el patriarca de la familia-empresa de ganaderos con megarrancho en Montana. Es una serie curiosa, que pone como protagonistas a unos personajes que son asquerosos. Nada de empatías ni cuentos. Yo diría que es que no hay ni uno solo bueno. Quizá alguna muchacha caballista tejana y algo bestia, no sé. El personaje de Costner es el que hasta hace poco tendría que tener las características atractivas propias del “bueno”, pero es más malo que la quina, asesinatos incluidos. Lleva la familia con puño de kevlar, muy a menudo para disgusto de todos. En fin, en un momento dado unos californianos van por ahí, se encaprichan de unas hectáreas suyas para hacer un aeropuerto, unos hoteles y unas pistas de esquí, y entonces él decide presentarse a gobernador de Montana para impedirlo. Se presenta en un micrófono público: “Si oís la palabra progreso, ahí no estoy yo. Yo soy lo más contrario que se pueda ser al progreso y al cambio” (y no consta que los guionistas quieran parodiar a Puigdemont). Toda la serie es (la serie no lo propone: se limita a mostrarnos cómo son estos personajes) reniego permanente contra la burocracia y contra los impuestos, y contra las leyes y contra los agentes del orden y contra todo. Todo lo que no sea su libre pastorear vacas y caballos mustang, y venderlos y comprarlos, les parece una degradación de la auténtica vida, de lo verdadero y honesto, de la real thing (es que hay bastante de Cocacola y de anuncio antiguo -claro- de Marlboro). El libre comerciar, el libre cultivar y criar, el levantar libre con las propias manos tu propia casa, todo eso es lo real. Salvo cuando otros lo hacen y te perjudica a ti. Suena tanto a la realidad del día periodístico que casi hasta da dentera.
Quizá aquí deberíamos recuperar algo de lo que nos robaron los políticos catalanes, y ZP, y Rajoy y sus notarios, y los universitarios tolilis polarizadores cuando consiguieron las poltronas hace como diez o doce años. Los lenguaraces, los listillos de la asamblea del instituto tomaron la dirección del mismo y ahí siguen, aunque ya van subiendo de edad los que entonces eran preescolares y empiezan a incordiar. Ya no les aclaman ni les dicen que sí a todo. Ya os habréis fijado en que una de las comunicaciones más potentes de la bronca-bisagra de la Casa Blanca fue que Zelenski era un provocador por no decir que sí a todo lo que se le quería imponer. Me parece que eso lo conocemos todos los que no hemos sido los matones del colegio: si te hubieras dado por vencido a la primera, no habría tenido que pegarte. La versión española es que si no dices que sí a todo eres un fascista. A lo que iba: con muchos defectos, y algunos graves y de urgente reparación a la que no se procedía, los europeos íbamos consiguiendo ese equilibrio que a veces se denomina social-liberal. Es decir, libre empresa pero políticas sociales, y hospitales públicos pero también hospitales privados, todo eso. Los polarizadores han traído muchas desgracias, algunas de las cuales va a costar mucho reparar, pero la primera ha sido una humana: los polarizados. Muchos comentan y comentamos que se está perdiendo esa tolerancia que parecía ya definitivamente arraigada en nuestra sociedad; pero eso no es un asunto académico o meramente intelectual, sino que se trata de algo muy de la praxis, que diría Gustavo Bueno. De quien menos te lo esperarías, recibirás un desprecio y un insulto por expresar tu desagrado hacia algo como Trump: eres un homúnculo manipulable y tal y tal. Lo que sucede es que no por ser un problema personal deja de ser un problema político; principalmente porque no es UN problema sino decenas y decenas de miles de problemas personales.
La relajada y hasta hace poco bienhumorada libertad de expresión cuando se da en su modalidad mediterránea parece a veces que fue un sueño, de lo bien que lo han hecho los locuaces matones de izquierdas y los groseros matones de derechas. ¿Izquierdas, derechas? Pero ¿qué estoy diciendo? ¿Es que me he vuelto loco? Tardaremos años en quitarnos esas referencias: es que ellos mismos las manejan, y nos hacen falta para hablar de ellos, claro. A ver si encontramos un modo de que todos olviden esas coordenadas, porque ya no.
Ese ranchero Dutton de la serie Yellowstone es (y no está claro si proponiéndoselo o no) el Trump de las praderas; por cierto tiene una hija treintañera más mala todavía que su padre, algún hijo tontorrón y algún otro al que las circunstancias han convertido en canalla (demasiadas casualidades, sí). Todo su rollete es a favor de la land of the free siempre que el free sea él; y cuando le dan con su propia receta en las narices se cabrea que no veas, y además pierde. No sé muy bien lo que significa, pero a lo mejor es lo que se tendría que hacer con el matón de la Casa Blanca. Me parece que esa ventana de Overton que algunos opinadores acaban de descubrir, aparte de venirse manejando desde antes de Marco Polo aunque con otros nombres, claro, en la actualidad es la técnica empresarial por excelencia: te achucho, te agobio, te sofoco y te amenazo de expropiarte, para acabar al final comprándote las cosas por 100 y no por 1.000 como tú pedías. A lo mejor no hay más fiera en Trump que la del macarra empresarial farolero: pongámonos todos a anunciar que vamos a comprar en China todo lo que veníamos comprando en Estados Unidos, y a ver qué pasa. Probablemente afloje el temporal.
Pero a mí que me expliquen cómo el gobierno nacional nuestro tiene una filial del mismo partido en el gobierno de una región, pero negocia competencias nuevas para esa región con el otro partido, el rival, el que no tiene el gobierno en la región. Los 7 votos del Congreso nacional son una explicacioncita demasiado parcial. Algo así y con esos asuntos tan serios como la nacionalidad y la inmigración no se pone a la venta si no es que está por detrás, yo qué sé, alguien de la talla de, quién, por ejemplo, no sé, de Trump.
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