Igualdad, izquierda, estorninos

No hay tanta diferencia entre un alunado como Elon Musk y otros como Pablo Iglesias o Monedero o sus colegas: todo es poner a la sociedad al servicio del propio delirio o del propio placer o simplemente de la locura personal y de la necesidad que uno tiene de compensar las hostias que le dieron de pequeño. Ahora se bromea con que Elon Musk es prácticamente clavado el malo de Moonraker, la película de James Bond; pero la verdad es que aquí hemos tenido ya desde hace diez o doce años bastantes aprendices de eso.

¿Qué van a dejar tras su cabalgada sobre la sociedad española los personajes estos de la extrema izquierda jovial? Varias cosas: en primer lugar, bastante legislación nefasta y lesiva. Se pongan como se pongan, lo que han hecho al final ha sido como aquel patadón que le dio Goikoetxea a Maradona por detrás y con los tacos, y solo para beneficio de su equipo, y en absoluto para beneficio ni del fútbol ni de ese partido ni mucho menos de la sociedad. Claro que esto de trabajar sólo para el propio partido es, se diría, algo en lo que ha degenerado por completo cualquier modalidad de las existentes de las sociedades democráticas occidentales. Ahora ni con un candil, ni con dos, encuentras una persona de partido que tenga clara la idea de que los partidos se fabricaron para construir leyes y sociedad, porque todos parecen admitir con la más amplia de las sonrisas (y la más babosa estupidez, por cierto) que si eres de un partido estás en primer lugar para trabajar para el beneficio del partido, y lo demás ya se irá viendo. Esto, en el caso de los grupos de extrema izquierda, e incluso hoy en día habría que decir también de izquierda sencillamente, presenta sus peculiaridades: la primera de ellas es que acusan a todos los demás de hacer eso mismo que ellos mismos también hacen. La derecha scoobydoo que tenemos no percibe que ese es un combate en el que habría que entrar bien remangado y bien entrenado, y lo deja pasar, de modo que muy pronto se olvidan las corrupciones de tipejos como aquel Ximo Puig valenciano sobre cuyo hermano, por cierto, estos días se están publicando cosas que ya querrían ellos para poder echarle a Ayuso en la cabeza; y nadie está diciendo nada del calibre, de la extensión y de la intensidad que todos sabemos que se estarían empleando si las flechas fueran en la dirección opuesta a la que están yendo. Aparte, hay momentos ahora mismo en que se tiene la impresión de que, desde luego la extrema izquierda, y quizá la izquierda en su conjunto,  incluyendo la (por así llamarla) moderada, están en sus últimos estertores y con más de pierna y media metida ya en la fosa. No tienen mensaje, no tienen proyecto, no tienen horizonte, no tienen más diseño para la sociedad que el proteger con medidas demenciales a cada una de sus pequeñas pandillas, pandillas que probablemente por eso mismo se han sumado a ese espacio que antes ocupaba la ideología considerada de izquierdas y ahora han sustituido.  Son ahora los que, sin saber demasiado, están muy preocupados (y eso es muy loable, claro) por el medio ambiente y por el futuro del planeta y de las nubes, y sueltan lo primero que se les ocurre: la culpa de esto la tienen los estorninos de Alcázar de San Juan y cómo la malvada población humana de dicha ciudad los contempla inocentemente y permite que aniden en sus árboles; por ejemplo. Cualquier cosa es válida; y estas pandillas que, casi inexplicablemente si no recurriéramos a la psiquiatría, se han hecho con el control del ejecutivo y del legislativo, inmediatamente se ponen a legislar cosas raras acerca de los estorninos y de los alcazareños y de los franquistas. Cualquier día de éstos nos enteraremos de que los protectores de estorninos son todos fascistas y alguien sacará una cita por ahí de Gramsci o de, probablemente, Lenin, avalándolo, como en las discusiones medievales universitarias se sacaban las citas de autoridad, que es un vicio que se le ha quedado puesto a la izquierda se diría que irremediable. 

Si lo que pasa es que una está muy agobiada porque no soporta los borricos de fulanos varones que tiene por el barrio, alguno de los cuales incluso ha llegado a la animalada de echarle una mano súbita al culo al montarse en el metro o cosa así, pues lo que tenemos inmediatamente es legislación que rápidamente llamarán feminista sin serlo, que entre otras cosas (como todos sabemos y no me voy a extender) incluye la inversión de la carga de la prueba penal, la inclusión en listas que dejan convertido en papel mojado cualquier objetivo de reinserción, porque en las listas te quedas para siempre, y una propaganda general que se puede verificar en las encuestas que se hacen al respecto entre las jóvenes de adolescencia tardía de 15 a 20 años, que tiene como consecuencia una modalidad amplia de noción del varón humano muy cercana a la del bonobo, ahora que casi hasta se disculpan las burradas que se hacen unos chimpancés a otros incluso de orden sexual, pero no las del bonobo. Y así podríamos seguir con cada una de las pandillas, que no sé si alegremente o como antiguos bárbaros de las leyendas de las invasiones bárbaras, o casi como la pandilla esa que, de pronto, al final de la película El guateque, invade la casa en la que se ha celebrado ese guateque y lo convierte, elefante mediante, en otra cosa. Han invadido la izquierda y la han  convertido en otra cosa. Indudablemente, gracias a aquella antiquísima izquierda se dejó de tratar a los trabajadores como a cucarachas a las que se podía pisotear sin consecuencia alguna, y, mucho más, gracias a aquella antiquísima izquierda acabó instaurándose esa famosa y hoy en día casi legendaria seguridad social europea, así como la enseñanza pública universal y tantas otras cosas que todos conocemos. Pero ¿qué tiene que ver la izquierda actual con aquella que de verdad hizo avanzar a nuestras sociedades, concentrada en estorninos y en ignorar 2.000 años de derecho y en glorificar la manía personal o la de su señora madre, o la de sus amigas de pandilla, para hacer de ello una ley orgánica? Nadie ha comentado lo suficiente el síntoma tan grave que supone el hecho en realidad ridículo, novelero (aquí tendría que ponerme una medallita por futurólogo: lo tengo publicado hace ya muchos años) de que los componentes del Gobierno se manifiesten contra ellos mismos, contra medidas del Gobierno, contra leyes promulgadas por el Gobierno, contra otros personajes del Gobierno. Eso se puede quedar en broma o casi en parodia si no fuera porque lo están haciendo ellos mismos; pero en realidad es algo mucho más grave, como síntoma en primer lugar de la falta de solidez y de cimientos intelectuales e ideológicos de los fulanos que lo perpetran. En segundo lugar, está poniendo de manifiesto (para el que no quiera verlo, no, claro) que las medidas propuestas y adoptadas por ellos mismos ni siquiera para ellos mismos son suficientes, y cuando parece que han llevado hasta el final una cosa como las listas negras de demandados en causas “feministas”, y que desde ahí no se puede llegar más lejos, entonces los mismos que han implantado esa aberración a continuación hacen una manifestación para protestar contra lo corta que se queda esa aberración que ellos mismos han implantado. No sé vosotros, pero yo desde luego no quiero políticos con esta evidente falta de solvencia y nula fundamentación.

Claro que para manifestarse contra ellos mismos a causa de su misma autoinsaciabilidad en la España actual tenemos maestros de mucha más potencia didáctica que estos izquierdistas extremos medio de salón medio de facultad medio de café, y en todo caso inexpertos, frívolos y además hipócritas (de modo que el resultado tangible de su acción ejecutiva y legislativa acaba importándoles una mierda porque lo que empieza ya a quedar claro es que solo querían pasárselo bien unos cuantos años); los maestros contundentes esos que digo son, ya lo habéis adivinado, esos catalanes. Ya hemos comentado en varias ocasiones que un catedrático de economía de la Universidad de Barcelona, y él mismo catalán de nacimiento, acabó dando voces en la tele porque no le entendían sus entrevistadores titulares del programa; no eran voces de insulto, pero eran voces de de desgañitarse por incomprensión de los oyentes: gritaba el hombre que no, que nada que se les dé a los independentistas será nunca suficiente para ellos porque son insaciables, son insaciables, repetía una y otra vez, que él los conoce muy bien porque se ha criado junto a ellos. Efectivamente, son insaciables,  como es insaciable aquella frivolidad juvenil de algo así como extrema izquierda que acaba manifestándose contra sí misma porque ni lo que ella misma hace le parece suficiente. Esa reciente declaración de la fina estilista de la política representante de Puigdemont en el Congreso nacional, dejó bien sentado el concepto de igualdad que se maneja en esas ciénagas de la gestión pública: la pensión y el salario mínimo tienen que ser mayores en su región, que es la más rica de España, porque por ser la más rica allí las cosas son más caras. El problema de una declaración así es que es una invitación casi insuperable a perder los modales (y, a pesar de lo que dicen algunos, a veces con buenos motivos, los modales son fundamentales en política, porque la política, especialmente la democrática, es una cuestión sobre todo de formas, y pertenece a la discusión de modales si alguien negocia con buenas maneras y ofreciendo algo a cambio, que es una cosa de modales, una nueva ley, o se la impone con groserías, insultos y aquímandoyos), de forma que cuando alguien dice animaladas como esa de que mayor pensión para la región más rica, lo peor quizá es que están consiguiendo casi que todo lo que estropea la democracia actual nos contamine a los demás y acabemos siendo también como ellos: groseros, burros, gañanes, rústicos, avariciosos y todas esas cosas que para qué seguir listando. De modo que nos tenemos que plantear muy seriamente, después de tantos años de hacerlo con un poco de broma, si vamos a tener que poner a los biólogos a fabricar vacunas contra la tontuna o contra la soberbia, o si vamos a tener que decretar encerronas en las casas ,o si vamos a tener que hacer algo especial que hasta ahora no se ha hecho, porque vivimos en la sociedad que a la postre ha sido el éxito de aquella antigua izquierda, pero como hay que seguir gestionando esas sanidades, esas enseñanzas y esas infraestructuras y esa justicia y esa seguridad que en su forma actual consiguió aquella antigua izquierda, a muchos “nuevos” de la izquierda les parece que son objetivos no conseguidos, porque en los sueños beodos más o menos delirantes conseguir esos objetivos parece ser que traía consigo el que ya funcionara todo solo, lo cual es una noción como mínimo infantil y puede que algo más que infantil. Así, los esperables y habituales problemas de cualquier acción humana y mucho más si es colectiva, y mucho más si es tan extremadamente compleja como un sistema sanitario, por ejemplo, son situaciones inmediatamente interpretadas como “territorio aún por conquistar”, en lugar de lo que son en realidad: sociedad por gestionar. Pero no: “en la sociedad utópica no hay nada que gestionar;  todo funcionará solo”, parecen decir estos, y si hay algo que gestionar es que todavía queda lucha por hacer. Todo eso no es más que la decepción del adolescente llegando a la edad adulta, que es lo que después de tantas décadas de qué grande es ser joven han acabado consiguiendo.

Y, al final, ¿es que no se ve? Tanto rollete y tanta proclama y tanta “alerta antifascista” y tanto heroísmo a toro pasado, y el puchero a la lumbre con agua sola: vencido y desarmado el pueblo, o lo que sea eso, por estos alborotadores esquemáticos pero retorcidos, sus aliadas las derechas económicas regionalistas (como si fueran aquellas familias gobernadoras de comarcas de Felipe Trigo, por ejemplo) se pasean por el campo despejado desollándonos a los que no somos ni una ni otra cosa, es decir, a los casi 50 millones que estamos a punto de ser. 

No es cosa de abogar, ni aquí abogo, por la recuperación o la reconstrucción de la izquierda: más valdría que consideraran sus agentes la posibilidad de retirarse a sus locales, más o menos como en su día hicieron otras fuerzas que en su día habían sido políticas, como los apostólicos de mediados del XIX, tan parecidos a estos de hoy, y elaborar bonitos programas y cursillos de maquetismo, de encaje de bolillos y de papel maché. Y que dejen en paz de una vez a la política. Aquí, en esta época, sólo han pasado por ella para ensuciarla y entorpecerla y fastidiarnos y perjudicarnos a todos.

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