Con Trump al mando de las patrulleras o quizá cañoneras de la actualidad, suceden fenómenos que, como mínimo, son curiosos o a veces son directamente temibles. Ha sido tal el pasado reciente de nuestras sociedades tomadas al asalto por los grupos herederos de una izquierda con el cráneo ya vacío (muchas muchas lecturas de santos y de sus obras no son relleno útil a tal efecto), que en la actualidad cualquier cosa que no sea eso se considera benéfica. Ya sabéis que me refiero a los rebotes que nos han traído eso que algunos llaman populismos un poco sumariamente, y desde luego actitudes e ideas en el conjunto de la población que hasta hace poco se hubieran dicho desterradas. Claro: tan desterradas como eso que se venía llamando “la ultraderecha del pasado”, que ahora, de repente, parece que, según algunos, sobrevive con la misma fuerza que en los años 30. Desterrado el antiabortismo, cuando la interrupción voluntaria del embarazo es un procedimiento ya indiscutido en las democracias occidentales. Desterrado el nacionalismo, cuando se suponía una especie de aberración del pensamiento político o prepolítico contra la que estábamos suficientemente vacunados desde las guerras mundiales y vitaminados suficientemente con organismos como la Unión Europea. Desterrado también cualquier modo de racismo (que muchos creen que es xenofobia, así como se da el error inverso: muchas xenofobias son tomadas por racismos) después del éxtasis racista de la Europa del siglo XX, por no hablar de los racismos todavía vivos en otros continentes “democráticos”. Hete aquí que de pronto los electorados occidentales contemplan en la oferta que reciben en sus buzones, junto a las de los supermercados, que hay algunos productos que aúnan el nacionalismo, el nativismo, el antiabortismo, el racismo y la xenofobia en cualquiera de sus modos. Y ya sabemos lo que está pasando: que sólo con que sea lo que más rabia les dé a los tontos que han tenido la hegemonía estos años pasados, mucha gente se apunta.
¿Por qué? Por eso que, al parecer, los análisis más sesudos o simplemente tertuliescos ignoran, perdidos como están en sus nubes retóricas: porque a la gente le han tocado las pelotas, que se dice en politología.
El panorama de la actualidad inmediata sería penoso y deprimente (si no nos salvaran otros factores, que miraremos más adelante), porque tampoco se puede decir que “unas grandes masas” ni cosa parecida hayan “tomado conciencia” (o eso) y por fin se nos vaya a arreglar la cosa. Claro: simplemente que los alunados universitarios estos que llevamos padeciendo desde la “Indignación” del 15M (por tomar un punto de referencia para entendernos; podría ser otro), y sus viejitos adjuntos intentando revivir a boqueadas su juventud después de toda una vida en la milicia o en la banca o en la cátedra seria y formal, cualquier pequeña cosa con la que se reduzca el poder que hasta ahora tienen, nos va a sentar muy bien a todos. Pero eso es un rebote, como sabemos y decimos. No es exactamente un programa ni una política: la misma ferocidad con la que se suele expresar ahora mismo la oposición a la idiotez hegemónica resulta ya a primera vista algo sospechosa, o inoportuna, o propia de otros problemas y de otros momentos; quizá es simple y directamente furia del converso. Y con furias de conversos pocas cosas se pueden hacer.
Ahora resulta que el que nunca se había planteado nada acerca del nativismo versión Athletic de Bilbao es un teórico del copón sobre las virtudes de que aumente la natalidad y que esa natalidad sea siempre de aborígenes. Y que los hijos de los que sufrieron insultos por su piel morena en Alemania o en Francia hace cincuenta años se tiran ahora unos rollos elevadísimos y abstractísimos sobre los males de las pieles (más) morenas (que las nuestras) que nos invaden. Y, lo que es peor, que han preparado una lista de insultos y menosprecios a cualquiera que se acerque aunque sea de espaldas a discrepar de su nueva radicalidad.
Esto sí que es viejo y apolillado. La suspicacia hacia el que no está del todo y absolutamente de acuerdo en todo lo que dicen se ha convertido en algo tan extendido que está empezando a resultar normal. Y estamos volviendo a callarnos, como pasaba antes de la Transición. Ya hemos comentado que un fenómeno a primera vista menos político y más individual fue el ir descubriendo en aquellos años transicionales que no hacía falta enojarse por discrepar, y que podías ir a cenar y hasta tener amigos que opinaban diferente; cosa que, viniendo del franquismo y del antifranquismo (ambos eran iguales en bastantes cosas, por ejemplo en esta), suponía toda una revolución. Da la impresión de que hoy se ha perdido eso: ha triunfado el proyecto de la polarización, de la radicalización. Una vez más, si no eres un radical eres un pringado, un tonto, un vendido, o más frecuentemente un comprado.
Con la cosa de Trump todo esto se nos ha acelerado. Parece que si no te parece bien, en cualquiera de sus grados, el mundo de la actualmente autodenominada izquierda, también esta en cualquiera de sus grados, tienes que estar ¡a muerte, a muerte, a muerte! con cualquier gilipollas que aparezca por aquí diciendo que es contrario a ese mundo de la actualmente autodenominada izquierda. Y que si no te apuntas, entonces es que eres un colaboracionista o eso, un comprado. Cualquiera es sospechoso de ser beneficiario del régimen nefando en cuanto observa o aprecia que un enemigo (supongamos) del mismo no es del todo perfecto, o también tiene algún, digamos, problema en su discurso o en sus propuestas. “Ya estás comprado por la hegemonía”, te dicen algunos sin recato. Desde luego, qué vuelta al pasado tan tediosa.
Ahí puede que esté una de las claves: me parece que si nos pusiéramos a estudiarlo, encontraríamos que casi todos los radicales de hoy son novatos en la radicalidad; que, como algunos dicen, anteayer mismo estaban echando pestes de los que se manifestaban por la calle o expresaban cualquier desacuerdo, y simplemente estaban refugiados en su bienestar inmediato, en sus cosillas, y temiendo la incomodidad de que vinieran a proponerle movimientos o cambios. Pero no hay nada como diez años de propaganda polarizadora, claro. Y hoy son incontables las lanzadas a moro muerto que hay que ir esquivando por la calle; porque los furiosos lo son sobre todo a favor de causas o ya derrotadas o simplemente pasadas y aletargadas o, en una mínima pero interesante proporción, vivas pero de oposición bien vista.
Por ejemplo la causa Trump.
Y es tal la radicalidad inoculada que hasta los que dirías más ejercitados y experimentados usuarios del cerebro están cayendo como moscas a su alrededor. Quiero decir, como moscas a su favor. Porque oponerse a Trump es woke, por lo visto. Porque si quieres mostrar que no eres un idiota indigenista, animalista, feminista, diversidista, etcétera, tienes que estar a favor de las gililpolleces de Trump. Y si expresas una pequeña objeción es que eres… un comprado.
Hemos vuelto a aquellos tiempos en los que todo el mundo era sospechoso de tener la cabeza comida por el enemigo en cuanto no manifestara adhesión total a lo que el líder de esa conversación dijera. Muy batasúnico, sí. Y ahora muy antibatasúnico también. Hablando de lanzadas a moro muerto y de batasuneces, las que ha traído como cola la tan glosada película La infiltrada son antológicas. ¿Por qué ha triunfado no ya en los premios, sino en cines y en plataformas, y sigue triunfando, si para los entendidos es un bluf total, un fracaso completo desde el punto de vista ideológico, político, histórico, español y todo lo demás que se te ocurra? Inexplicable.
Pero habla con unos y con otros de los radicalizados y verás cómo hemos vuelto a los años 70: las mismas escenas, pero las mismas las mismas, son puestas como ejemplo de la insidiosa operación que hay tras la película a favor de las tesis pro-etarras y a favor de las tesis pro-españolistas (cojo adjetivos no diré que al azar del todo, pero sí un poco con brocha gorda, tal como los manejan estos críticos). Teniendo una película implicada, recuerdo no menos de quince o veinte ocasiones de cuando entonces en que las cosas fueron iguales (y sin película, por supuesto, muchas más): desde El árbol de los zuecos, que mostraba, más o menos, el punto de vista cristiano de los líos de los campesinos italianos del finales del XIX, pero que “en el fondo en el fondo no es más que un vehículo criptocomunista de captación de ingenuos”, pasando desde luego por Novecento, de punto de vista comunista pero que no era más que “un mensaje subliminal anticomunista de posibilismo y pactismo procapitalista”, los niveles de suspicacia pseudopolítica satisfechos con microscopio encontraban alimento hasta en el hecho de que en Un hombre para la eternidad no se alzara Cromwell (el primero, no el republicano de un siglo después, aclaro para los wikipedistas) exponiendo las tesis de Engels sobre el feudalismo ya en decadencia o casi, lo cual convertía a la película en lo mismo que a La infiltrada: una ocasión perdida, una estafa, una operación de manipulación de los enemigos (los de un lado y los del otro, claro), alimentos para bobos manipulables como tú.
Así que si no te tragas todo lo que el extremoso Trump está soltando estos días, que está dejando la basura de la retórica política habitual convertida en joyas de Cartier, es que eres un podemita, un ecologista, un manipulado. Del mismo modo que si propones racionalizar el lío de la inmigración o acabar con la okupación eres un fascista, un ultraderechista, un… trumpista.
La verdad es que todos estos furiosos a toro pasado (¿dónde estaban cuando los problemas no eran tan… de papel como hoy?) están metidos hasta las cejas en buenos problemas. Las contradicciones “insalvables” que expresan en el más corto de sus párrafos son insoportables cuando no cómicas (si no fuera por el destrozo social que están causando).
Sólo nos faltaba que después de las idioteces de Harvard (y de la Complutense y del MinIgual y de esos) vinieran las burradas ignorantes de Trump y de los trumpistas.
Si digo, con la primera ministra de Dinamarca, que tendremos que reforzar has el 1.000% nuestro presupuesto de defensa (literal y metafórica), ¿qué seré? ¿Un antitrumpista woke imbécil, un fascista pro-Trump (pero Groenlandia) y pro-Abascal, o qué?
Me parece que hay más posibilidades que esas dos, pero “los polarizados” no son capaces. Están muy ocupados en mentir y en ocultar.
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