Os habéis librado de una buena, porque tenía preparado un discurso de órdago sobre qué es eso de “ultraderecha”, si es lo mismo que “extrema derecha”, y todos esos asuntos. Sobre la ultraizquierda menos, porque está más claro lo que hay: sus mismos componentes presumen de serlo, y hasta suelen acusar a todos los demás de serlo menos que ellos mismos, por si hiciera falta para ponerles nota. Pero de la ultraderecha, que para algunos es una pardobazanesca “cuestión palpitante” (mi percepción es, como desde hace tiempo, que no lo es tanto), está menos claro, para empezar porque su personal no admite tan fácilmente que lo es o lo sería o lo será. Bueno, ya lo trataremos más adelante, porque lo que importa hoy es que todas esas cosas son tratadas, sabiéndolo o no, en la que es probablemente mejor película española (y me parece que algo más que española) en muchos años: La infiltrada.
Para que os hagáis una idea los que no la habéis visto, si fuera de Mike Leigh ya estaría en los oscars de dentro de dos semanas llevándose casi todos. Empezando por el reparto, parece la perfecta película en la que los astros se han puesto a favor para, a pesar de las dificultades que tantos van a poner, al final la cosa salga niquelada. Ya sabéis: es historia real de la policía que, con veinte años nada más, logró colarse en el mundo abertzale, aguantar, trepar en él, trabajar de camarera y de carnicera como cobertura, y por fin acabar siendo convocada a unirse a la banda criminal. Esto se materializa en su traslado a un piso en el que va a compartir días y noches con un joven etarra más o menos novato e idiota, y poco después, además, con una de las joyitas más acabadas de los pedagogos de almas de ese mundo: Sergio Polo, que ha conseguido destacar, dentro de ese mundo, como uno de los sujetos más psicópatas, crueles y degenerados (que de nuevo le recuerda a uno eso de que te pongan una multa por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis).
La película no se queda en eso, ni muchísimo menos: no es una película “de piso y convivencia”, como si fuera una de esas cosas húngaras pro-partido comunista de los años 70. Es muy la Parte Vieja, la calle Urbieta, el monte Urgull, la arena misma de la playa de la Concha; y es también Pasajes y algunos caseríos, estaciones de tren… Ni va a la postalita turística ni se queda en rollete fassbinder alrededor de una cama; ni es una majaretada de esas de a 20 planos por segundo persiguiéndose por Miraconcha. El equilibrio conseguido entre la demencia, la ideología supurada, la acción policial y, en tres o cuatro ocasiones, una tensión extrema casi insoportable es admirable; se ve un rodaje muy muy bueno, en el que no han faltado los emplazamientos de cámara suficientes y con los tiros adecuados, y un montaje para descubrirse hasta quedarse calvo: no se nota que eso es una película y que ahí había un par de cámaras y los cien tíos habituales haciendo cosas, colgando perchas de micros, preparando el giro de travelling que viene ahora, controlando que ese apaño de costura no se deshaga durante la toma. Es cine del bueno.
Naturalmente, todos sabemos y esperamos que va a haber escenas estremecedoras; aquí, de esas tópicas, pocas o solo una, y además mucho mejor que en otras producciones, porque casi es ella sola y es casi al principio. No desvelamos nada que no se deba, por eso mismo: nadie pronuncia las palabras “greogorio ordóñez” ni “maría san gil”, pero sabemos que asistimos con la protagonista también de espectadora a nuestro lado, a aquel asesinato que desencadenó tantas cosas (entre otras, la definitiva decisión de la infiltrada de seguir adelante con su peligroso trabajo y aumentar su implicación y su trepada). Hay alguna acción más, como la del atentadito a medias que el novato recuerda, mal hecho y en consecuencia cruel y ensañado, y desde luego el comportamiento cotidiano y doméstico de los asesinos, y especialmente del asquerosamente famoso Polo, increíblemente interpretado por Diego Anido, que va a camino de que lo tomen por especialista de estas cosas a causa de As bestas, Rapa, Clanes y otras. Lo que hace Tosar es impecable e indiscutible: ¿no es Tosar en realidad un policía nacional que a veces actúa de otras cosas? Un signo de cómo se maneja el reparto aquí es el hecho de que una primera figura del teatro haga un papel de esos que hasta hace poco se llamaban “secundario”: Víctor Clavijo, que se come el escenario teatral que haga falta, aparece de principio a fin pero siempre dos pasos por detrás de otros tres o cuatro personajes, y con tres o cuatro menos diálogos. Si eso es así, cómo será lo demás, pondría yo en la propaganda de esta película. Y lo de Carolina Yuste se trata de una de esas ocasiones por las que algunos somos locos del trabajo de los actores. Llamadme loco, sí, como dicen ahora los jóvenes, pero a mí me ha recordado a Hilary Swank en Million Dollar Baby o a Jaimie Foxx en Ray. De momento, por reciente, no voy a decir más de esta joven actriz y de este trabajo suyo (algo me saldrá sin que yo lo controle, supongo), pero va a ser inevitable hablar de ella, y mucho, en el futuro.
Impresiona lo mucho que parece que están convencidos todos los que hacen esta película de que, por fin, los malos son los malos y los buenos son los buenos. ¿No es ya una hartura (desde hace tiempo, en realidad) tanta reflexión “para comprender al agresor”, “para ponerse en lugar del proscrito”? Veamos: no nos importa tanto lo que cada actor y cada colaborador de esta película piense, como se decía en la antigüedad, “en su fuero interno”: lo que nos importa, como cinéfilos, es que normalmente no dejan de dar signos, incluso delante de la cámara y en planos incluidos en el montaje, de lo que piensan de verdad: cuando hacen de capitalistas malotes, de policías malotes, de caseros malotes, de padres de familia malotes; o, a la inversa, cuando hacen de camellos enrollados, o de ladrones enrollados, o de destrozadores de mobiliario urbano enrollados, o no digamos de terroristas enrollados. Vamos a asignar provisionalmente, porque creo que luego será definitivo, el mérito de esto a Arantxa Echevarría, la directora, que ha amasado las interpretaciones de todos y su presencia en la acción de un modo admirablemente homogéneo: ha conseguido lo que muy pocos directores consiguen, y es que esta película cuente lo que ella, guionista y directora, quiere que cuente, y no lo que cada uno de los participantes por su cuenta quiere contar.
Y lo que se quiere contar es el terror y el esfuerzo inimaginable en el que han vivido algunos para librarnos a todos de esa plaga del terrorismo, que a los de cierta edad nos hizo tomar como natural durante décadas preguntarnos unos a otros dónde habían puesto hoy la bomba, cuando intentábamos quedar para ir al cine, que no es vivir ni es imaginable para el que no lo ha vivido. La película nos transmite perfectamente que el terror que, porque les dio la gana (a ellos y a los economistas que tenían detrás, recogiendo las nueces), produjeron durante décadas en nuestra sociedad, era la exportación del terror que ese mismo mundo abertzale tenía instaurado en su interior y producía a sus componentes en cascada. Que se aterroricen entre ellos, pues allá ellos, por gilipollas; pero La infiltrada nos lo desvela poniéndonos ante los ojos el terror producido en ese interior a una que no era de ese mundo: los frenazos en seco que hace dar Carolina Yuste a su personaje cada vez que descubre un nuevo escalón, un nuevo dato inesperable de la miseria que le rodea, las caras que congela durante tres o cuatro segundos, nos ponen los pelos de punta y casi le gritamos a la pantalla: “No, tía, aguanta, no te traiciones, aguanta”. En alguna ocasión casi no aguanta, y de nuevo presenciamos el alarido silencioso, como el de Al Pacino en El padrino III, que casi lleva a la policía a su perdición.
La policía es de Logroño (en la historia real y en la de la película): la cuestionan por ello sus compañeros etarras (A: nativismo). La adoctrina su novato colega en la Euskadi como era antes, sin estado español, sin cosas artificiales (B: tradicionalismo). Unos a otros a su alrededor, y a ella sin venir a cuento y con todos los grados, desde la simple instrucción desabrida hasta los gritos mientras la apuntan con una pistola, todos ponen en práctica unas conductas autoritarias insoportables y sin límites, y auguran eso mismo para la sociedad tras su victoria (“cuando esto acabe yo voy a ser ministro, te conviene llevarte bien conmigo desde ya mismo”; C: autoritarismo).
A+B+C: ¿pero no estaba todo el mundo de acuerdo en que la extrema derecha o la ultraderecha (esto no está todavía claro del todo) se definía por su nativismo, su tradicionalismo y su autoritarismo? ¿Y que ETA y el mundo abertzale y toda su compañía, y sus comprensivos en Madrid y en el resto de España, era lo más depurado de la ultraizquierda? Meloni, Le Pen: un juego de niños.
Pedazo de película. Preparad unas tilitas.
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