En la entrega de los premios Goya de anteayer se pusieron de manifiesto algunos de los problemas de la derecha española, de la izquierda española y del cine español. Y eso a pesar de que, o quizá a causa de que, se trató de una de las ceremonias de los Goya que podríamos decir que está entre las tres o cuatro más soportables de los últimos cien años. Salvo dos o tres personas, comprensibles en algún caso pero no en todos, que se pasaron algo a la hora de los agradecimientos, en conjunto los premiados se portaron decentemente al ponerse ante el micrófono. Las presentadoras estuvieron educadas y respetuosas y hasta se las entendió; tuvieron un problema en el guión de ciertos tramos, que no había quien sacara adelante con gracia; pero no sólo no insultaron al espectador que no es del gremio, sino que resultaron agradables. En conjunto, la ceremonia fue muchísimo más larga de lo que es soportable (y más a esas horas: si te la ponen un lluvioso sábado de 18 a 21 horas, todavía), pero más pulida de aristas y chinchetas que otros años, porque en general todo el mundo fue al grano y sermones hubo quizá incluso menos que cualquier otra vez (salvo los Goya de Banderas, en plena pandemia, que son el listón que hay que superar). Las estúpidas basuras woke ya no marcaban el compás ni el acorde salvo en las fauces de tres o cuatro idiotas, y las regañinas habituales a los espectadores, a los cinéfilos honrados, a la población (a la que le cuesta ir a un cine a que le saqueen la cartera, la deslumbren con los móviles los de las filas delanteras, le impidan oír los habladores universales maleducados por los maestros de su colegio, o le pongan los zapatos con barro en sus hombreras, como creen su derecho, los pandilleros de la fila de detrás) esas bronquitas, se redujeron, creo, a dos, una estentórea y ostentosa, y otra esquemática pero no por ello menos arrogante, la de los distribuidores españoles de Emilia Pérez, uno de los cuales nos dio la orden seca y sobria, con estilo de autoritario cura antiguo, de “hay que ir al cine”. Saliendo del detalle, una de las mejores ceremonias goyísticas recordables.
Siendo así, ¿por qué la ceremonia no llegó a ser digerible sin antiácido? Creo, en primer lugar, que porque se dan demasiados premios. No sé si se dan otros antes o después, en privado, como hacen los Óscar, que luego te lo cuentan con un cortito de tres minutos. Veamos: hay 28 premios. A 2 minutos de presentación de cada premio hay que sumar los aleluyas y luego los agradecimientos, que no bajan de 5 minutos en el mejor de los casos. Siete minutos por 28 veces son 196 minutos, o sea 3 horas y 16 minutos. Más la introducción, más tres o cuatro números musicales, más dos o tres desparrames, 3 horas 30 minutos fácil.
Están muy bien las óperas largas, e incluso alguna Muerte de Dantón que alguien montó llegando casi a esa duración. Pero admitamos que son espectáculos diferentes que el de ver durante unos doscientos minutos cómo el personal se acuerda de su madre y llora por algún ausente. Convendría encontrar el modo de que la ceremonia no pasara de dos horas. No sé si se pueden pasar a ceremonia privada, por ejemplo, los tres premios que se dan a cortometraje: ficción, documental y animación. Tres por siete, 21 minutos menos. Los premios a la mejor película europea y a la mejor película iberoamericana quizá también se pueden dar en la misma academia unos días antes: 14 minutos menos, y ya van 35. Oiga, que uno ha sido cortista y no tiene más que respeto para los cortos, que no es eso; y las otras dos, pues es que tienen cierto tufillo a compadreo coproduccional aprovechante que no acaba de convencer. Todo ello podría quedar conveniente y alelúyicamente incluido en la ceremonia en un reportajito de tres minutos: recuperamos a 32 minutos menos que en la actualidad. No se hace fácil prescindir del directo de otros premios: quizá, si una sonidista se comporta tan bochornosamente mal, tan incívica, tan maleducada, como la del otro día, que tras recibir el premio pasó de sus dos compañeros y nos echó una bronca tifoidea por no ser todos trotskistas catalanes o lanzadores palestinos de misiles, y eso durante 9 minutos, se podría castigar no dando el Goya al sonido los siguientes dos o tres años. O, pensándolo mejor, ese podría ser un castigo general: especialidad que se pasa en minutado de agradecimiento, castigada y, como mucho, en los años siguientes recibe el premio en privado. Quizá se podría bajar de cinco números musicales a dos; y no son de tres minutos, sino de cinco: 15 minutos menos, y ya vamos por 47 minutos menos. Los interludios de rollete de los presentadores se pueden reducir a dos, y en el escenario, en lugar de cuatro y paseando por el patio de butacas y tropezándose: diez minutos menos, y ya vamos por 57 minutos menos. Sí, quizá se podría hacer.
Antes de entrar en la (breve) materia protagonista de esta nota, tenemos que felicitarnos y felicitaros y proponer fiestas generales a la romana, no sé, la mitad de los días del año o algo así, desde que en estas ceremonias decidieron prescindir de la extremadamente deprimente antifanfarria en acordes menores descendentes. A base de no querer ser un yanki opresor o un triunfalista o simplemente un ser asquerosa y repugnantemente alegre (o algo así, cada cual con sus manías), pues como el himno de la Comunidad de Madrid: todo es malo, todo es absurdo, no nos merecemos vivir, qué malo es el mal y lo peor es que no hay otra cosa, y música cuaresmal de viento metal en aire ni adagio ni largo ni triste, sino bietola caduta (o sea acelga decaída). Joder, qué depre. Que no te digo que te pongas a cantar la de Heidi o Banderita tú eres roja o Mi carro, pero mira, lo que tocaron en estos Goya debía de ser adecuado, porque ni lo podría reproducir ahora ni me molestó ni aumenté mis dosis diversas de ayudas químicas.
BREVE MATERIA PROTAGONISTA DE ESTA NOTA
- No hubo sermones porque estaba la autoridad civil. Y esa autoridad civil era Pedro S. Cuando la autoridad civil es del PP, la madre que les parió, cómo se olvidan de sus madres y dan la brasa reivindicativa, en los últimos veinte años, lo siento por repetir, de tufo woke: identidades, yoes ofendidos, derechos de horda, todo eso. Pero mejor así, sin sermones. Problema de la izquierda: el culto a la personalidad. ¿Es miedo, es adoración, es hipnosis? Si están sus jefes, como si no hubiera problemas en el mundo que gobiernan. Problema de la derecha: no aprovechar ella y sus representantes en el gremio cinero, que los hay pero callados, para soltar entonces ella sus sermones correspondientes y simétricos. Problema del cine: que en él se puede mostrar uno como de izquierdas y no pasa nada, pero no se puede mostrar uno como de derechas, porque cuidadín.
- Aun sin sermones, se podría, como en tres o cuatro ocasiones se pudo, mostrar adecuada y proporcionalmente que el gremio cinero está en el mismo mundo que nosotros: fue oportuno y justo recordar la tragedia de Valencia y alguna otra cosa. Pero el lector y yo sabemos que si la autoridad civil no hubiera sido del espacio anteriormente considerado de izquierdas, sino un tío del PP, no se habrían limitado a mostrarlo, sino que habría habido brazos en jarra, acusaciones de asesinato, sarcasmos cómplices, heroísmo verbal desde el escenario contra una víctima cautiva en las butacas y miradas de inteligencia entre unos cuantos de los candidatos o candidables: esa asimetría de todo todo todo de la sociedad, dicen que no sólo española. No sé, puestos a decir ese “la guerra es mala” que dijo S. Gijón, por qué dejarlo ahí y no atreverse a llegar hasta donde es imposible no llegar por ese camino, porque ahora lo que quieras, pero Hamas, que secuestra y mata gente, o los talibanes, que son la autoridad “civil” de un país más o menos soberano en guerra permanente contra la vida de las mujeres, quizá merecerían una mencioncita (sí que hay de vez en cuando mencioncitas a los “imperialistas sionistas”, por ejemplo la maleducada sonidista antisionista de esta gala). Claro que en los más o menos veinte años que los Goya coincidieron en tiempo y geografía con ETA no hubo ni palabra sobre ETA. Sólo hubo rechifla a propósito del lío que quisieron montar aquellos del PP al afirmar antes de tiempo que el 11M había sido cosa de ETA. (Pero no ha terminado de aclararse, veinte años después, si toda aquella actitud del gremio goyesco que se desató y duró años y años era a) alegría porque no había sido ETA; b) alegría porque habían sido islamistas; c) indignación porque se había acusado de algo a ETA; d) simple frivolidad rubalcabesca porque lo único que importa es conservar el poder y mantener al personal tenso para ello.) Problema de la izquierda: que no tiene causas en el mundo más que esas frases convencionales de concurso de Miss acerca de la paz en el mundo y de liberar a Willy y de solidaridad con los okupas -salvo que okupen una de mis casas-que ha decidido abrazar para que parezca que tiene algo donde antes tenía ideas o por lo menos ideología, y no se note tanto la oquedad. Problema de la derecha: que parece a menudo que le da todo igual salvo la libertad de empresa y de elección de colegio. Problema del cine: que no debería dedicarse a nada de esto, pero sí dejar que comentarios humanos de pasada habitaran en él de modo natural, como en el resto de la sociedad.
- La cosa de Karla-Sofía Gascón y la película Emilia Pérez. ¿No os fijasteis en el reflejo de aplauso y hasta de aullido que se desató brevemente al proclamar que era la película ganadora de las europeas, y lo velocísimamente que se cortó y desapareció ese aplauso, y que sólo hubo una cosa menos que tibia y ocre en las primeras filas pero el resto del patio de butacas mostraba tanta indiferencia como ante un limpiador del escenario durante los descansos? Había, podría jurarlo, cien o doscientas miradas por el rabillo del ojo hacia la autoridad civil number one, y a la number two seguro que también entre bostezo y bostezo de esta (el realizador le pilló y nos lo ofreció hurgándose muy concentrado la fosa izquierda de la nariz), buscando si estas autoridades aplaudían y aullaban, o sólo aullaban, o qué, o nada de nada: no fuera a ser que el exceso expresivo no coincidente fuera a acarrear en el futuro un descrédito o hasta una cancel… ¿qué? ¿Que no se lo cree usted? Lo mismito sería que a Gascón. Oigan, que ni entro ni salgo, pero que una canadiense saque lo de “putos moros” es como esa estudiante ¡californiana! que comentábamos el otro día, que se sentía molesta en Madrid porque se le hacía inapropiado y racista llamar “el chino de la esquina” al chino del barrio (le molestaba por lo de chino, no por lo de esquina, aclaro para los más daltónicos). Veníamos sabiendo lo de no poder llamar negro a un negro que nos llama blancos a los blancos; pues vale. Lo del chino ya es un pasito (californiano, digamos) más allá. Lo de publicar que Floyd era camello es, por supuesto, el extremo de lo imperdonable; pero ¿por qué ha parecido que es más extremo todavía lo de haber dicho hace veinte años “putos moros”? Problema del cine: que se ha hecho un problema de lo que antes no era problema del cine (¿o nos tenemos que poner a repasar ideologías y borderíos de los cineros desde 1930?). Problema de la derecha: que no sabe qué opinar de los trans, de los “putos moros” y de la policía norteamericana que balea como los reyes magos de Alcázar de san Juan reparten caramelos, y de los jóvenes negros que resultan ser, además de víctimas baleadas, camellos. Problema de la izquierda: que las causas con las que ha sustituido su ideología son contradictorias.
A ver cómo salimos de esto.
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