Expropiados o insaciables

Han conseguido un éxito incomparable prolongando hasta la actualidad la Guerra Civil española. Y parece, acto seguido, que continuándola, aunque sin los sinsabores de las trincheras de Teruel o de Brunete o de las calles de Madrid bombardeadas al azar. Puede que alguien llegue a pensar que lo que estos días están cosechando era desde el principio el objetivo de toda esta re-memoria histórica: ahora se lanzan los insaciables catalanes a pedir “más de 700 edificios” que en su día, según ellos, fueron incautados, requisados y expropiados a lo bestia por el régimen franquista salido de aquella Guerra. 

La envidia es que es muy cochina, y eso del palacete de París para el PNV les ha puesto el culo a hervir de gusanos.

En primer lugar, ¿por qué no pedimos todos lo que “se nos expropió” cuando las anteriores guerras carlistas? En todas ellas hubo de todo, pero especialmente y por encima de todas las demás especies, una superpoblación de hijosdeputa; en la cuarta carlista, o sea la de 1936-39 también, digo. A ver quién es el guapo que se atreve a sentarlo de una vez con documentos “fehacientes” que por fin coincidan con lo que todos sabemos por nuestras narraciones familiares que fue la verdad. Porque hay una especie de cosa no sé si chic o cursi o exquisita o complutense o simplemente mema (vaya, qué cinco sinónimos me han salido sin quererlo) que evita que en la Historia, la que se pone en los libros, se hable y conste lo que les hicieron a dos mujeres, algo así como madre e hija, cuando la portera de enfrente, y no te vayas a creer que en La Moraleja, sino en la Cava de san Miguel de Madrid, las denunció porque a menudo salían juntas del bracete y encogidillas como al parecer eran. A la portera le dio en la nariz que iban a misas clandestinas de esas que clandestinamente algunos celebraban en pisos particulares; denunciadas, detenidas ambas a punta de fusil a causa de su peligrosidad por los seis machotes de uno de esos coches llenos de pintadas fieras, y… desaparecidas hasta el día de hoy. Sabemos mucho mucho lo que hicieron los matones de un bando; llevamos 48 años oyendo sólo eso; los casi 40 anteriores sólo se oyó lo del otro lado. Pues de esto, al parecer, no se puede hablar. Y muy poco, muy poco, se puede hablar del PNV y Santoña (a más de uno le acaba de dar un paralés: “hombre, tampoco es necesario mencionar eso…”, que suelen decir) ni de otras miles de materias que todos los de cierta edad conocemos de sobra, porque así como la historia familiar de nuestros hijos y nietos echa ramas y hojas alrededor de la Transición y de la movida y del primer concierto de los Rolling en España y del socialismo de los 80, la nuestra, trasladados atrás en el tiempo pero con la misma escala, tiene como tiesto y tutor, mal que nos pese, aquella Guerra e incluso la República en la que se fraguó, y el primer franquismo cruel, frío y militar. El que por encima de cincuenta y no digamos de sesenta años no sepa cientos de historias reales y verdaderas de aquella Guerra, como mínimo por sucedidas en su familia, y de los males de ambos bandos, es que es un zote o está ya aventado en las marejadas de Levante del estrecho.

En aquella Guerra fuimos todos expropiados, de algo o de mucho o de casi todo. Incluso los que todavía no habíamos nacido. Esperábamos que con nuestra interposición eso no pasara a nuestros descendientes (así como fuimos barrera final para las normalizadas bofetadas paternas, para los pudores idiotas de la España eclesiástica asexuada, para otras cuantas cosas). Pero resulta que la realidad estaba siendo tunelada en silencio por los que sólo esperaban una nueva impunidad para imponerse: ¡los partidos políticos! Pocas cosas hay más distintas entre lo que los libros dicen de ellas y lo que ellas son en realidad.

En segundo lugar, cuidado cuidado, que a ver si los Insaciables os vais a creer que sois los únicos insaciables. Al hacer como estáis haciendo, estáis llegando a ese lugar, que deberíais conocer muy bien porque vosotros nunca habéis habitado otro, en el que la avaricia os iguala a tantos otros. Avariciosos hay muchos, no sólo vosotros, y a lo mejor con cosas como estas de los mil y un palacetes habéis puesto un pie más allá del láser que dispara todas las alarmas horrísonas. Estoy seguro de que en próximos días veremos respuestas y réplicas como las sísmicas con nuevas y más amplias exigencias de peticionarios quizá inesperables. 

¿Cuándo acaba esto? ¿Quién os ha dado derecho a afirmar que sois los herederos de aquellos expropiados? Por cierto que mucho de lo expropiado había sido, a su vez, con anterioridad, expropiado a otros anteriores de, digamos, signo político opuesto. ¿Y ahora unos pueden fundar un partido que se diga heredero del partido franquista llamado Movimiento, y este partido se puede poner a exigir (y a liarla en la política española) por ejemplo, el edificio ese de al lado de Bellas Artes, en la calle Alcalá de Madrid, donde durante años y años tuvimos que ver todos los que vivíamos por aquí un enorme yugo y unas enormes flechas de seis o siete pisos de altura? Porque esa fue su sede y cuando esas cosas de la Transición se les expropió.

Tanta maniobra, tanto edificio, tanto banco, tanta Iberdrola y tanta leche ponen muy fácil pensar que toda la ideología que decís tener, tanta misión histórica o de clase o de pueblo o de genes, no son más que excusas para tontos, para haceros con carne de cañón que luche por vosotros.  A lo mejor no os dais cuenta de que os comportáis como esas repugnantes abuelas tacañas que nunca han querido salir de su sembrado. Vosotros, ni saliendo aprenderíais, como ya hemos comprobado. Pero seguid jugando a resucitar la Guerra Civil cuando ya estaba muerta, cuando todos los que tenemos ancestros en los dos bandos y dañados por los dos bandos habíamos decidido darla por acabada. Seguid jugando a la memoria y seguid creyendo que sois capaces de ocultar lo que no os conviene que se recuerde: a lo mejor conseguís por fin (casi lo estáis consiguiendo ya) que algunos os sigan el juego, pero no exactamente a favor de vuestros intereses. ¿Eso os vendría bien también?

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