El otro día me retaron a un duelo en una cafetería. Le pedí tímidamente al de la mesa de al lado que por favor hablara un poco más bajo por el móvil, que mi comensal y yo no nos oíamos a causa de sus gritos, y el individuo, colera subbito, golpeó su mesa, se puso en pie y gritó: “¡Nos vamos a la calle!” Quizá haya que aclarar a los menores de cierta edad o a alguna lánguida que eso de la calle era una fórmula que empleaban antiguamente los macarras o los señores (macarras) para salir de un local a la vía pública a pegarse. El personal de esa cafetería (en una séptima planta de unos grandes almacenes, lo cual planteaba curiosos retos de suspense y contención para los largos minutos de bajar juntos por las escaleras mecánicas) se movilizó inmediata y eficazmente y neutralizó al idiota, y a mí y a mi comensal nos dieron otra mesa, lejana y tranquila. Cuánto enfadado hay suelto. Pero incluso a los que no se lo merecen, Fernando VI les echa una mano librándolos de una gresca callejera que con toda seguridad va acabar en comisaría.
Vi la relación inmediatamente cuando el bobo engreído intentaba zafarse, ya a lo lejos, de las jóvenes que tan profesionalmente lo habían placado: “¡Tengo derecho a hablar por el móvil al volumen que a mí me dé la gana!” Ajá: tengo derecho. Era una cuestión de MI derecho contra el de todos los demás. Eso apesta a la pedagogía que se ha hecho con el control de las poltronas y los discursos ya desde hace casi cuarenta años. Incluso más que apestar: es que es tal cual aquella revista al principio venerada como un porfín regalado desde el Olimpo a los miserables hombrecillos (y mujercillas): Cuadernos de Pedagogía. Una revista de destrucción de la enseñanza cuyo nacimiento y publicación a lo largo de cuarenta o cincuenta años sólo han sido posibles gracias a Domenico Scarlatti. 250 años después del músico, y gracias a la involuntaria colaboración de este, podría ponerse a aletear y a aullar ese grifo aullador de la cafetería.
Se dice por ahí que Domenico Scarlatti (sí, el del clavecín de delicadas disonancias) fue un músico italiano; pero fue tan español que por su cuenta se cambió el nombre al de Domingo, aunque ni los chupatintas ni los historiadores posteriores le hicieron caso, y han seguido llamándole Domenico. Y eso fue cosa del rey Fernando (ojo, el VI), como ya sabemos. Scarlatti hizo muchas cosas muy interesantes. Entre otras, se trajo de Portugal a la que sería una de las reinas más cultas y políticamente activas de nuestra historia, Bárbara de Braganza, que se casó con Fernando (ojo, el VI). Además, es conocido que el músico se aficionó a la música popular española y que fue uno de los primeros en darle caché, elevándola, digamos, a partitura y pentagrama. Entre otras cosas, el equivalente primitivo de lo que posteriormente acabaría siendo llamado flamenco, le fascinó hasta tal punto que acabó componiendo a menudo en lo que en musicología se llama el modo frigio. No es cosa de liarse ahora con estos asuntos de musicólogos algo evaporados; ya sabéis, la escala en mi y todo eso. Y a partir de ahí, el flamenco, por resumir. El modo frigio.
Aunque la denominación de frigio no es que esté del todo clara, porque tampoco se conoce de verdad cómo se hacía la música en aquella histórica, pero también protohistórica, nación frigia. Se saben cosas, pero no exactamente cómo sonaría su música. Por tener cosas raras los frigios, la mujer de Príamo, el que perdió Troya, era frigia. Y la definitiva denominación de Cibeles también es frigia aunque madridista. Las cosas frigias siempre son algo diferentes: Hécuba, la esposa del rey troyano, tuvo entre otros hijos a Casandra, que era, en consecuencia, medio frigia. Su principal habilidad, como sabemos, es que nadie le hiciera caso. Pero eso está ya muy tratado. Lo del gorro frigio también tiene su guasa, que es la que de verdad nos importa. Todos sabemos que se maneja erróneamente, pero nadie sabe a ciencia cierta quién fue el primero que lo confundió con el píleo romano de los libertos. Hoy diríamos que quizá la equivocación fue aposta, porque este da una imagen muy como de pitufo, mientras que el gorro frigio-frigio, con esa pinta de oso hormiguero depre, parece más hecho a propósito para que un diputado impostor aparente volver cansado del duro sembrado en el que se gana la vida: pega mucho con la postura cheposa de Pablo Iglesias. Pero la equivocación viene por lo menos desde la Revolución Francesa, y por entonces lo de los pitufos no se llevaba. Aunque habría que ser muy valiente para dar por sentado que la Revolución no tiene que ver con los pitufos: la Revolución acabó, por lo menos en sus décadas paroxísticas, tras haber acabado ya unas cuantas veces cuando el Directorio, el Consulado y todo eso, en aquel famoso junio de 1815, precisamente en las suaves colinas de Waterloo, a dos pasos de donde, gracias a que acabó, se constituyó de modo más o menos ortopédico un nuevo reino, llamado Reino de los Belgas, donde poco después (en términos históricos; y si nos ponemos geológicos, al mismo tiempo) a dos amigos dibujantes se les ocurriría eso de los Schtroumpfs que aquí se tradujo por Pitufos. Así dicho, quizá es mejor nombre el de Pitufos. Pero no hay que despistarse: hemos dicho gorro frigio, hemos dicho Waterloo…, así que sólo cabe ser honestos y decirlo sin pudores: un tal Puigdemont, la barretina y la revista catalana por excelencia (aunque muchos crean que es otra): Cuadernos de Pedagogía.
Sin el modo frigio o la música frigia tan querida por Scarlatti se habría muerto el interés por lo frigio; así, ese gorrejo frigio medio fofo, pudo llegar, equivocadamente, pero pudo llegar, a convertirse en estandarte de las revoluciones aquellas que acabaron teniendo como secuela un nuevo reino hoy conocido como Bélgica, en cuyo territorio históricamente más famoso vive el segundo felón más famoso de nuestra historia, además adornado con una especie de avería del gorro frigio que recibe el nombre de barretina; felón que es producto directo de las enseñanzas propugnadas por aquel libelo grueso y mensual, esdrújulo, pedante y soporífero como sólo la prosa humorística catalana puede serlo, y que se constituyó en Sagrada Forma (las mayúsculas no son mías) con la que los paracaidistas de la enseñanza comulgaban y empezaron y terminaron de dictar cómo tenía que ser la enseñanza de los españoles y en consecuencia el ciudadano español del futuro, incluyendo entre estos, mal que le pese, a ese Puigdemont. Tampoco se comenta tanto como merecería, aparte de que ese Puigdemont sea como es, que es simplemente un modelo casi puro de lo que esa pedagogía propugnaba y sigue propugnando: unos modos y unos tiempos verbales que reducen a uno los seis sujetos habituales, ese de dos letras, la primera una y griega y la segunda una o.
Sucede que los Cuadernos de Pedagogía fueron siempre un agente mucho menos encubierto de lo que ellos mismos creían de un catalanotropismo que allá a finales de los setenta, y no digamos en los ochenta, a la bobalicona izquierda española le parecía de maravilla, porque todos sabían que de Cataluña no podía salir nada malo, y que más nos valdría a todos ser como los catalanes y que España dejara de ser España y fuera Cataluña y esto y lo otro y lo de más allá. Ha hecho falta que pasen cuarenta, qué digo, cincuenta años, para que algunos empiecen a reconocer que ya hace tiempo que veían cosas rarillas en las historietas de esos Cuadernos en los que ni una sola vez se habló de dos cosas de las de la escuela y de las de la pedagogía en la escuela: una, los contenidos de estudio; dos, el civismo y todo eso que siempre la escuela ha transmitido mientras hacía todo lo demás. A base de retórica rococó y glotal atascada, con algún problema de régimen y de concordancia (han habido y cosas así), de todo lo cual hablaremos otro día, consiguió imponerse, o que todos los demás imitaran sus propuestas, y la función educativa de los poderes públicos dejó de ser función educativa, y el Derecho del Yo Único se impuso.
Así que yo tan orgulloso, porque ¿quién puede presumir de que le han retado a duelo por la acción, aunque sea a distancia, de todo un rey, y encima de los mejores, como fue aquel nuestro Fernando VI?
Pero que no lo celebren todavía mis deudores, porque el duelo, como he empezado contando, no llegó a celebrarse. El mismo rey que lo facilitó me protegió contra él. Ese sujeto de la cafetería no sabía, evidentemente, que los duelos están legalmente prohibidos en España desde nada menos que 1757, por una pragmática del rey Fernando VI. Los términos de la prohibición son de lo más severo, e incluyen seis meses de prisión (de prisión de hace doscientos años, sin inodoro ni televisión ni economato, por resumir) para cualquiera que sea simplemente espectador y no detenga la acción. No sé si las magníficas empleadas de la cafetería le recitarían la pragmática al acelerado aquel o si, sencillamente, alguna le inyectó ocultamente algún sedante. Pero siempre da gusto saber que tienes de tu parte nada menos que a la corona.
Todo un rey, metido hasta el cuello en estos temas de frenar el enfado ambiente.
Despachos urgentes
-Que me expliquen la diferencia entre cancelar a una chirigota de Cádiz por “negacionista” o cancelarla porque no muestra suficiente adoración a san Servando. ¿Para qué está (o estaba) el carnaval? ¿Está mal y feo y herético eso y no lo está el cantar tanto como han hecho estos años en contra de la energía nuclear? Lo veremos.
-Lo de Karla-Sofía Gascón, en el fondo, no es tan fácil: que la tía es una borde, vale; que se ha metido con todo el mundo, vale también; ahora comprendo que es que todos los candidatos a los Óscar han sido desde hace cien años perfectos e inmaculados, y ninguno ha sido áspero ni borde ni ha opinado por su cuenta, burradas o no burradas raciales y racistas y xenófobas; todavía está por encontrar un/a oscarizable y un/a oscarizado/a de antes de 1980 que no llamara panchitos a los del otro lado de Río Grande, por ejemplo.
-Van a sacar ahora la segunda parte de 1177, el año en que se acabó la civilización: interesantísimo libro que concluye, tras páginas brillantísimas, que no tenemos ni puñetera idea de lo que pasó. (Algo de los frigios sí dice, pero no lo nuestro.) Toda una lección de rigor intelectual: si no sé, no sé.
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