Un caso práctico
Hay quizá una demasía de actuación y de desgarro alrededor del problema de las pensiones: está causado por el exceso demográfico boomer, como tantas otras cosas (de las que no es que sean los boomers precisamente culpables, como parece que algunos pintan). La cosa no es complicada, y quizá no merece tantas frases como ya van delante: en diez años a contar desde hoy, habremos palmado la mitad de los que hoy somos boomers (pero a algunos todavía no quieren darnos ni pensión ni buenos días); ponle veinte años, y es seguro que todos los boomers estaremos criando malvas, quizá con la excepción de ese 0’001 por ciento que puede que llegue a los 100 años. Merece un tutti orquestal en do mayor la imaginación del alivio para las cuentas públicas que se va a producir prácticamente de un día para otro.
De modo que muchas de las medidas que hoy se proponen y hasta se ponen ya en práctica a lo mejor tienen otros objetivos pero inconfesados, porque no va a ser servidor el único en haber pensado La Solución Natural. La cosa de la pasta, por su lado, no necesita de mucha habilidad: actualmente, el gasto en pensiones es de casi 13.000 millones de euros al mes, para unos 10’4 millones de pensionistas (unos pocos, pero pocos, son por viudos o huérfanos o discapacitados); y ese gasto se va a ver reducido a, digamos, unos 6.000, y más o menos de golpe, pongamos que el año 2032 o 2034. Mientras tanto, los beneficiarios (pero no de las pensiones sino) de las profecías apocalípticas tendrán que resolver el problema que han creado con las medidas que han tomado en la actualidad al decidir como si este problema de las pensiones lo fuera a ser para siempre de todos los siempres; pero ese es otro tema en el que de momento no voy a entrar porque creo que con lo anterior ya me he ganado por hoy suficientes lapidaciones de mujeres disfrazadas de barbudos.
Pero ¿no veníamos hablando de purismos y puristas?
Analicemos con Enfoque de Pureza el párrafo anterior. A primera vista y desde la altura, anotemos lo siguiente: boomer en inglés, boomer en redonda y no en cursiva siendo inglés, palmado en lugar de fallecido (bajonazo estilístico de la modalidad populacho), criando malvas en lugar de en mejor vida (ídem), tutti en redonda y no en cursiva siendo italiano, el calentamiento del planeta mencionado como si fuera un hecho indiscutible y sin cauciones, cáncer cuando todos sabemos que no hay un cáncer sino muchos y diferentes, infartos de qué, porque no se dice de qué órgano o tejido, esas mayúsculas de iletrado en eso de La Solución Natural, cuando en otros lugares sí que tendrían que haberse puesto, ese La cosa que sólo denota pereza mental, en lugar de un sustantivo más ajustado, esa forma de escribir las cifras, o todas en número o todas en letra, por favor, ese sino con tufillo heterodoxo al final de un paréntesis, qué es eso de siempres así, en plural, dónde se ha visto, y qué es eso de las mujeres, y el resto de los géneros, y eso de disfrazadas, por qué disfrazadas, a las mujeres no nos hace falta ir disfrazadas, (aquí nos cruzamos con el normalmente rival Enfoque de Género) y ¡qué es eso de barbudos! (saberlo exige afición o por lo menos tolerancia hacia la comedia y hacia el cine, y los purismos no son precisamente dados a esas aberraciones).
Pero mirémoslo desde Marte
Curiosamente, muchos de los puristas a la savonarola son al mismo tiempo aficionados a la música y no se cortan cuando dicen ese tutti, o cuando dicen da capo o incluso adagio, que es bastante no cortarse. Otros son aficionados a otras cosas, por ejemplo a la comida fina, y dicen con soltura eso de meunier, a la papillote, tournedó y muchas más. Pero ay de ti como te pillen diciendo cosas como “el enemigo a batir”, “mainstream” o, por ejemplo, últimamente, “woke”, que parece ponerles de los nervios. ¡Bueno, hombre, pues en lugar de “las modas woke” diré “las modas despiertas”, por ejemplo, para que no se entere nadie! (aunque tampoco es una traducción de las que diríamos que está atornilladísima). Y en vez de mainstream, por rápida y en confianza que sea la conversación, en la que se hubiera podido suponer que había buen rollo como para hablar un poco en volapuk o en germanía, diremos “en el conjunto de las tendencias culturales, sociales y artísticas que transitoriamente se muestran hegemónicas”, aunque todos los presentes hubiéramos entendido eso tan pecaminoso de mainstream y esta cosa tan pura nos haga a casi todos llegar tarde a nuestro propio entierro. ¿Por qué se enfadan tanto todos esos que se enfadan cuando por sus cercanías se usa un neologismo o un barbarismo, incluso y sobre todo cuando el que lo usa no es alguien evidentemente analfabeto? Un misterio. Ahí hay cosas de esas relacionadas con el enojo de las que decíamos que nos llevaban a pensar en psicología, alimaña espantable. No se puede ir por la vida dando por supuesto que todo el que usa un término de origen extranjero o se inventa palabras lo hace porque es un perezoso mental que necesita que lo regañes o simplemente un idiota colonizado por las modas “extranjerizantes”. Una cosa es desconocer que en castellano existe la exclamación “caramba” (que ya es sustitutiva de alguna otra considerada malsonante, como sabemos), y decir en su lugar ese extraño “wow” pronunciado guau, y otra cosa es decir o escribir, porque el usuario lo decide “en plenitud de facultades”, fútbol en lugar de balompié, y que se te pongan a luchar como un Favila contra ello. No sos vos ni soy yo, sino el mundo de por ahí, el que ha decidido que si hoy dices “balón volea” (junto o separado) no te entienda ni el bachiller Carrasco, y que eso se llame definitivamente “voleyball” o “voleybol” o “voley” o alguna otra variante. Vale, sí, el mundo ha caído en un abismo de degradación y pus.
Creo que somos tantos los damnificados por las conductas agresivas y arrogantes de los puristas que hasta podríamos hacer una Asociación de Víctimas del Purismo. Nunca he conocido a un purista que responda satisfactoriamente a la contrapregunta “¿por qué (no voy a poder decir voley)?
Pero, en general, algunos preferimos entendernos
Aun con todo lo dicho, hasta los victimados por los estirados sentimos y además sabemos que hay un territorio del hablar bien (o de todo lo demás, no sólo del hablar) y otro territorio que es una especie de vertedero en el que algunos parece que eligen al azar entre la chatarra léxica y conceptual las palabras que usan (o los colores, o las formas). ¿Dónde está la frontera entre esos territorios? Las novelas y hasta los reportajes periodísticos nos dan mucha ilustración (por si no bastaran nuestros propios oídos con su limitado alcance) acerca de nuevas jergas (o de lejanas germanías) que sí parecen poner de acuerdo a un mayor número de hablantes en su rechazo. “Vaya day, bro, te posteo un link como explain”: entre eso y que uno, en su humildad, diga un día algo del estilo de “estoy harto de tanto camelo woke” pues yo creo que hay una distancia, me parece.
Pero hay quien no la ve: o se habla como dice la norma, o sólo mereces desprecio y corrección. Pero esa norma cambia con cierta frecuencia, porque los que la confeccionan suelen ser personas mucho más latitudinarias que los agentes de la línea dura autoproclamados ayudantes del sheriff. Pero eso le da igual al que necesita estar enfadado el mayor tiempo posible.
Vaya, ya salió
No, si estaba desde el principio: todo esto es a propósito del enfado, por supuesto. El fenómeno más platónico de todos. Por lo que de momento nos preocupa (que ya veremos más adelante que se extiende como un hongo en el subsuelo), podríamos ir empezando a considerar la posibilidad de que todos los enojos tengan su origen en un modelo ideal, una esencia pura, un recuerdo de un mundo sin corromper ni degradar. “¡El idioma no tendría que ser como es, maldita sea, sino como fue!”, sería la primera expresión; admite las variantes de “como yo me imagino”, “como yo conocí”, o algunas más de la línea definitivamente penosa del estilo de “como hablaba mamá”. A ver, ¿por qué? ¿Por qué es malo un neologismo, si con él nos entendemos en un momento en particular? ¿Por qué es malo un anglicismo o un galicismo o un tagalismo, si el hablante sabe utilizarlo adecuadamente, o graciosamente, o con inventiva y es funcional?
¿Por qué se enfadan siempre los puristas? ¿No se puede ser purista activo sin ser un tío enfadado? Me parece que no.
¿Por qué no pueden pensar que las cosas deberían ser diferentes sin pensarlo enfadados? Todos podemos suponer qué asuntos, y de qué gravedad, es imposible tratar sin enfado (el hambre de tus hijos, la crueldad con el débil, todo eso). Pero ¿es que acaso todo lo que en política se propone tiene esa gravedad? Más aún: aparte de esos asuntos y de otros probablemente dos o tres más, nada del resto de la gestión pública alcanza esa gravedad que demanda la energía, la contundencia y la agresividad de un enfado.
No. Por mucho que se pongan, el reparto de las horas de trasvase del Tajo al Segura (o de las aguas de las acequias del valle o de la comarca), no tiene la gravedad del hambre de tus hijos. En cuanto se dice eso, salta alguien por las cercanías en plan listillo de instituto, como venimos diciendo, imponiendo su voz picajosa: pero es que con el agua que desvían hacia allá, dejan caer en la pobreza a los de acá, y eso incluye a los niños a los que se les hace pasar hambre. Y quedamos todos impresionados, una vez más, por esa luz que nos guía, por esa perspicacia, por ese ser excepcional que ve lo que los demás no vemos, o eso es lo que cree esa voz, más bien, que es de lo que va principalmente este asunto: ya hemos dicho que se hace difícil evitar la psicocosa. Ahí empiezan los enfados.
Ahí empiezan, porque resulta que esto es por comparación: comparación con un mundo ideal (literalmente: ideal), o con un mundo soñado, o diseñado.
Las señoras aquellas de las paradas de autobús de hace cincuenta años estaban siempre enfadadas. Lo estaban antes de tener delante un motivo para estarlo. En cuanto dos jóvenes coincidían ahí y se cruzaban la mirada, empezaban con sus exclamaciones.
Las señoras aquellas de las paradas de autobús.
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