Un problema muy principal de esto del enojo político es que hace casi imposible no caer en las hediondas simas del psicologismo, como ya hemos comentado en otros lugares. Pero hay que intentarlo. Luego, es cierto que hay ocasiones históricas que es imposible pensar que se hayan dado en la realidad, como se han dado de hecho, sin introducir entre sus explicaciones unas gotitas del láudano de la psicología; viene a la mollera inmediatamente el caso generalmente admitido, incluso entre los más materialistas dialéctico-chulitos, de aquella Primera Guerra Mundial de la que podemos recitar hasta las cifras de las cosechas de los años anteriores, las emisiones estimadas de carbono desde 1905 hasta Sarajevo, todo lo que quieras, pero además es obligatorio añadir la maldición de que se juntaran los más borricos y zopencos en los gobiernos de casi todos los países; o, dicho más presentable, que coincidieron en los gobiernos de muchos países los gobernantes de peor calidad en mucho tiempo.
El enojo elevado a categoría política no es ninguna tontería. Comprendamos un extremo fundamental: la literatura europea comenzó con el enojo. El primer capítulo de la primera obra de la literatura se titula “Cólera”, que es la primera palabra de la primera frase, como en aquella tradición era frecuente: “La cólera del Pelida Aquiles cuéntanos, musa…” empieza el poeta. Esto no es ninguna casualidad (y, entre otras cosas, ese enojo y algún otro a su lado acabaron con la Edad de o del -siguen peleándose, enojados, en la universidad- Bronce). Nada en la literatura arcaica es una casualidad, y cuanto más lo miras más ves que no hay puntada sin hilo.
Es decir: vale, sí, incontestable: reconocemos desde el principio del principio que el enojo mueve montañas. Que es un motor muy principal de la conducta humana y también, con las correcciones y las cauciones y hasta los remilgos catedráticos que haya que introducir a continuación, del comportamiento de los pueblos. Lo que empuja y desencadena y trae arrastrado a su espalda toda la literatura europea (por lo menos) es el enfado. No fue lo primero un beso de amor, una levitación de compasión, un impulso colaborador ni nada aceptable por la blandura del siglo XXI (por lo menos de su primer cuarto). Un cabreo, y además violento y sangriento, pone en marcha todo lo demás. A los educados o re-educados (que son peores) en las blanduras XXI habrá que advertirles de que no vayan ahora por la línea de que esa Iliada, ese cabreo de Aquiles y el de Menelao previo, y todos los otros cabreos que en los 24 cantos se suceden como una respiración a otra, son simple mitología: serán todo lo mitológicos que se quiera, pero son, por encima de todo, verosímiles. No son una propuesta, no son un programa, no son una ideología, no son una contaminación. Son una descripción de lo que somos.
Somos, naturalmente, más cosas que entes cabreados. Pero algunos no son más que eso o se diría, más bien, que no quieren ser más que eso. La mayoría intentamos despegarnos de esa condición, que quizá es la del neonato, jodido y defraudado y cabreado como una mona porque le han hecho nacer a este sitio de fríos y hambres y sed y dolores. Estos dolores, encima, son a menudo provocados por otros que han nacido igual que tú, de modo que no queda más remedio que decir: ¿pero qué derecho crees tener para herirme, para condenarme al hambre, para causarme dolor? ¿A que me voy a cagar en tus muertos? Y ya la tenemos liada. Porque uno de los empujones que tienen como consecuencia la existencia de eso que casi todos llamamos sociedad, y ley, y derecho, y organización, y política, es precisamente la comprensión, primero, y el intento, a continuación, de evitar que sea el cabreo el que rija el mundo.
No todos somos ens irae, pero entre los que lo son hay por lo menos dos subespecies:
-los que aceptan y viven cada segundo de su vida cabreados, y
-los que quizá no lo aceptan del todo, pero aceptan tomar medidas de cabreo aún mayor para aplastar los cabreos de casi todos: por ejemplo, Hobbes.
Podría verse sin mucho esfuerzo que las personas tenemos un natural enojable, pero que no es tan imposible domarlo para hacer posible esa salvajada del convivir, porque tenemos además otros naturales aparte del ofendible, que nos llevan a preferir el bienestar al malestar, la conversación al gruñido, lo fluido a lo abrupto, la caricia al golpe. La simplificación semianalfabeta retorizada que lleva a algunos a proponer el uso continuo de la fuerza delata como mínimo una ceguera misóloga. Ese uso continuo puede ser más hobbesiano, como decimos, que otorga el famoso monopolio de la violencia a lo que luego algunos llaman Estado, o corona, o príncipe, y supone que sin una bota por encima aplastándonos bien aplastados estaríamos todos liados a mamporros, para perjuicio de ese Estado o de ese príncipe. Hay otra propuesta enojogénica hoy en día extendidísima y casi hegemónica en ciertos sectores, que desdeña precisamente la existencia y el oficio de una autoridad general, violencia incluida, y afirma simplonamente que esta vida, esta existencia, este mundo y esta sociedad no son más que matar o que te maten, comer tú o que coman otros, llegar tú antes a la silla o que llegue otro, y así todo. Hasta han hecho, como es sabido, programa político de ello. Además sucede que, de nuevo, los aparentes extremos del espectro político coinciden una vez más: en el rincón ultraliberal pseudodarwinista, el individualismo ácrata de matas o te matan; en el rincón marxista pseudodialéctico, el socialismo del enfrentamiento y de la sobreinterpretación.
Los primeros, se diría que fascinados por el look FoxNews de Kellyanne Conway viven entregados al alternative fact o quizá a las fake news de que todo en nuestras vidas es suma cero, así que no obedecen a escrúpulos contra la avaricia, la codicia, el desprecio, la lesión ajena.
Los segundos, los sobreintérpretes, ya sabemos que vienen de una era geológica de certezas “científicas” sobre la sociedad y la historia y, mitad porque sus luchas culminaron en victoria, mitad porque se inhabilitaron a sí mismos para ejercer cualquier otro oficio que el de, precisamente, indignado, ahí se han quedado, ocupando esa parte del escenario, representando ese papel, y no en busca de un autor sino en busca de un texto. Aunque tienen una interesante peculiaridad: son los únicos vencedores que se niegan a reconocer que lo son: si admitimos que los beneficios sociales de hoy eran los futuribles de ayer, tenemos que cerrar el kiosco. De ahí su conversión de “obreros” (o así) en “indignados” a lo largo de esa primera década del siglo XXI: indignados, claro, ante lo que a cualquier persona le indigna, pero también ante cosas que empiezan a inventar y a construir como si las iniciativas sociales fueran piezas intercambiables de lego o de meccano con las que van construyendo sucesivos monstruitos. Ahora estamos indignados (o sea cabreados) porque a los gordos se les discrimina, luego lo estamos porque se discrimina a los de Getafe, y después lo que nos indigna es un nuevo indignable que ha aparecido en una merindad de allá por el norte de Burgos, en la que uno se ha herniado por reírse de otro que se pedorrea libremente en el bar sin poder contenerse, lo cual es un auténtico delito de pedorrofobia, y, entre otras cosas, ha llevado a crear una asociación de protección y encomio de la pedorrofilia, con inscripción en el ministerio del interior y subvención anual garantizada como expresión objetiva del aprecio que las autoridades tienen hacia la diversidad y los modos alternativos de (aquí siguen otras ochocientas palabras).
Puede cualquiera darse cuenta sin demasiado esfuerzo: eso no hay modo de pararlo. Porque sucede, además (ay, el psicologismo) que el cabreo ofrece tantos beneficios personales como endorfinas el ejercicio; y vicia; y no lo puedes soltar (y lo mismo se podría decir de las subvenciones).
No nos olvidamos del resto de la constelación, compuesta por las estrellas del purismo y del puritanismo (que están cerca, sí, y parecen una estrella, pero son un sistema binario); el muy severo adiestramiento escolar en el desprecio a los conocimientos, que metamorfosea en irritación adulta hacia el conocimiento; y otros avatares que van apareciendo en escena, aunque no tantos como los de Shiva, pero con igual mala leche que los más fieros. Se trata de mostrar enfado y, para eso, lo mejor es estar enfadado. Esto no acaba aquí.
Vida Social
-Me niego absolutamente a ser clasificado y puesto en columbario en modo alguno por mis opiniones sobre la cosa de Trump. A menudo, por aquí, si hace frío, y tú dices que hace frío, y Trump dice que hace frío, salta alguien y te llama trumpista, fachosférico (o sólo si señalas cuántas fotos hay de Trump con el puño en alto y bromeas sobre su condición izquierdista); y viceversa, si no te gustan sus indultos y lo dices, siempre saltará alguien por ahí que te va a llamar puto progre, memo woke y hasta sanchista. Algunos nos hemos reunido para pensar un modo proporcionado y eficaz de acabar con eso, pero de momento sólo hemos encontrado una frase a medias: vas a acusar de pack thinking a tu puta madre.
-La serie de televisión Los pacientes del doctor García muestra, siguiendo la novela de Almudena Grandes, descubrimientos historiográficos abrumadores como que Madrid fue cruelmente bombardeado durante la Guerra Civil, que había individuos que haciéndose pasar por probos ciudadanos no eran más que agentes de la quinta columna, y que se pasaba un hambre horrible. Además, nos descubre que en los días posteriores a la entrada en Madrid de las tropas de Franco, había grupos de falangistas achulados que abofeteaban a algunos por la calle por no saberse el Cara al sol, que había sacas de los domicilios y detenciones silvestres a mansalva y que ya hacia mediados de los 40 por aquí se refugiaron unos cuantos nazis. Nos hemos quedado estupefactos por tamaños descubrimientos. También por descubrir que en ese Madrid de la Guerra no había paseos ni ejecuciones arbitrarias diarias por motivos camuflados, y que se podía ir tranquilamente a pasear y hasta en coche por la Casa de Campo en pleno frente de la Casa de Campo, y sobre todo que no existían chekas: en los primeros 6 capítulos se nombran una sola vez: después de parir, el médico le pregunta a ella (mala y derechista): “¿Cómo te encuentras?”; ella responde: “Molida, como si me hubieran apaleado en una cheka”; y el médico (y la serie, no sé si la novela) sólo tiene una respuesta: “Qué obsesión” (pero es la primera vez que se menciona). Hay informaciones que afirman que no sólo un ciudadano, sino un número mayor que uno, están en la actualidad, a causa de la serie, muy enfadados con esos falangistas y con esos nazis y con esa parturienta, y que van a tomar medidas en consecuencia.
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