Todos impuros, todos enfadados

Es ya un lugar común eso de que el Islam anda entorpecido porque no ha experimentado una Ilustración como el cristianismo europeo. Ojo con eso: para empezar, ese arrogante eurocentrismo que refulge en esa fórmula (como ese oro que dicen que no es tanto, sino que lo cagó, precisamente, el moro), no es algo demasiado defendible a día de hoy. Y no lo digo por modas ni mucho menos por moditas, sino porque ya tenemos más que claro que si en la actualidad algo tenemos de bueno no ha sido tan directa y sencillamente por haber vivido esa Ilustración, sino que lo tenemos de milagro, porque esa Ilustración claro que contenía en sí el germen de eso bueno de lo que hoy nos felicitamos, pero también el germen de cosas horribles que muy bien pudieran haber acabado con todo y con todos (y hasta lo pintó Goya). Por contener, contenía (y aceptemos, porque algo resuena por ahí, que se conjugue en presente: contiene) las semillas de su propia destrucción, desde guillotinas descontroladas a tribunales populares, pasando por los posteriores aunque no muy diferentes marxismos denigradores de sí mismos (o sea de la Ilustración en cuyo linaje nacieron aunque lo nieguen). Además, recicló la argumentación también descontrolada a favor de la explotación de millones de obreros industriales que empezaban a ser, y de la avaricia comercial racista, seca y agria de modales británicos. Como besamel de toda esa croqueta, de la Ilustración procede la justificación de la inexpresividad y la antipatía del puritanismo más bien burgués pero apocado de las restauraciones del siglo XIX tras cada bronca revolucionaria; inexpresividad, antipatía y puritanismo en los que, curiosamente, podemos encontrar el nacimiento de mil y una de las expresiones tanto verbales como no verbales de los puritanismos descaradamente burgueses de la actualidad, tan empeñados en hacerse pasar por izquierdistas y avanzados; que no son sólo las expresiones, sino también los contenidos, cuidado. (Joder, pues menos mal que, con todo, a mí me insultan de “ilustrado” hasta algunos familiares; qué dirán entonces de la Ilustración sus enemigos.)

Podríamos enrollarnos ahora con Bizancio, que apetece por su continuidad (frente a las discontinuidades del ex-Imperio Romano de Occidente) y su superposición sin olvidos, y por tanto sin renacimientos, y por tanto sin Ilustración, con los territorios ya islamizados; que ni en esa Constantinopla ni en su realquilado Islam (más o menos como las familias de realquilados de Mingote, viviendo en un armario de sus caseros) tuvieron nada que recuperar porque nada perdieron en esos más de mil años del uno y como unos ochocientos del otro, durante los cuales todo se seguía y se siguió haciendo exactamente igual que al principio, y así no hay olvido ni luego recuperación renacentista que valga, claro. Pero algunos de los miembros con derecho a voz de nuestra asamblea intracraneal nos desaconsejan desarrollar el asunto. Nos quedaremos en que cuanto más se piensa en ello, más se ve que todos los puritanismos son el mismo puritanismo, sea este de sacristana de Vetusta, de lector excesivo del Romancero con adherencias, de aquel Bizancio igual a sí mismo porque sí durante mil años, de sus contagiados vecinos o huéspedes islámicos o mahometanos (que decía el capitán Trueno cuando no decía sarracenos), o musical, o cualquier otro; y, sobre todos ellos, el que en la actualidad dicta leyes y costumbres, que es algo así como el puritanismo progresista. ¡Si hasta los políticos conservadores venden sus propuestas como progresistas! Ah, pero esto, ¿por qué nos importa? Pues más que nada porque ese sí que es el sembrado donde crecen todas las especies de la verdadera peste de la actualidad: el enfado.

Es mayoría el personal que parece necesitar de formas enojadas para expresar que sí que cree en lo que dice o que sí apoya a Fulano o, sobre todo, que sí que rechaza a Mengano. Avive el seso el que pueda y dese cuenta de que uno de los mayores méritos de aquella Transición nunca suficientemente elogiada, y así lo vivimos en directo, fue que de pronto podíamos conversar y hasta salir a cenar con gentes que no opinaban lo mismo que nosotros, ¡incluso de política! Ahora mismo insisten algunos en esa idea de que nunca, cuando se vive algo histórico, las gentes que lo viven se dan cuenta de que es histórico. Vale, a menudo es verdad; pero cuando aquello de la Transición nos dábamos mucha mucha cuenta de lo que estaba pasando. Además, cada día duraba una semana y cada semana un mes mientras se debatía en ponencia la Constitución, o mientras los grises nos zumbaban en descampado o a cubierto, o cuando iban saliendo a los escaparates esos libros que, como mucho, sólo habíamos podido comprar en Hendaya; o tantas minihistorias de esas que hasta el corrector de Word se opone a que queden escritas por irrelevantes. Irrelevantes para la brocha gorda de hoy, y para el que está instalado en ese enojo: porque en realidad fueron, una a una, la urdimbre misma de la nueva sociedad que se iba tramando en el telar. Despreciable cada hilo para algunos, sí: pero prueba a quitar todos los despreciables hilos de una tela y verás en qué te quedas. Lo que me ocupa es que un día nos dimos cuenta de que cenábamos con esos amigos que se habían traído a otros amigos y que cuando resumíamos resultaba que cada uno prefería o se identificaba o luego fue votando a diferentes partidos y gentes, y que ahí no pasaba nada. Así que era posible y que nosotros también éramos capaces, y que no era sólo cosa de daneses, hay que ver.

Nos interesa que aquella España de la inmediata pre-Transición era una sociedad mucho más complicada de lo que ahora estos papanatas intentan propagar. Aquí no se toleraban los partidos, claro, pero se informaba con casi total soltura de lo que hacían los partidos de los otros países europeos; en una discusión de aficiones futbolísticas enfrentadas no saltaban chispas sino obuses, pero todos los españoles, todos, conocían, convivían y compartían acera, cafetería, colegio de los hijos, cola del cine y del médico con los que en la Guerra Civil habían estado en “el otro bando”; y, lo que es más, todos hacían lo posible por dejar aquello atrás pero, cuando salía inevitablemente en la conversación algún asunto relacionado con la Guerra, todos lo hablaban con tranquilidad, algunos con lacónicos eufemismos, otros con realismo de la generación literaria de los 50, pero ninguno lloriqueando ni, en el extremo opuesto (o no tan opuesto, que ahí está la cosa) liándose a tiros desde lo alto de un tanque que súbitamente aparecía en el café o en el salón de la conversación, como hoy sí aparece. Claro que aquí y allá había algún bruto de un bando y del otro, pero es que se le consideraba así: bruto. Y no se le consideraba modelo, ejemplo, honra y prez de la ciudadanía o de los diputados o concejales, como hoy sí se le considera. El tono era, sabiéndolo algunos y no sabiéndolo la mayoría, la expresión de la idea más salvaje de la filosofía política (recojo el adjetivo de Safransky, gracias): hay que convivir. Se diría que en la actualidad, probablemente como fruto de las idioteces que les han soltado los maestros post-años 80 en los colegios, eso de que “hay que” se experimenta como una vulneración de los derechos propios, y lo del “convivir”, por supuesto, es una vulneración de los artículos del 145 al 7.893 del Nuevo Código Penal Progresista Antifascista, que exige, como es natural, que cuanto más enfrentamiento y bronca y mala hostia y distancia entre unos y otros, mejor. Luego, no se sabe muy bien para quién mejor, pero de momento se dice así. Aquello de la tesis-antítesis y de la oposición dialéctica es que se ha leído muy mal.

Como los acontecimientos están en pleno desarrollo, y no hemos hecho más que empezar a describirlos, no dudéis de que “seguiremos informando”.

ÚLTIMA HORA

Hace un par de días se rompió y se descolgó un telesilla en la estación de Astún, provocando muchos heridos y mandando a dos pobres muchachas de 18 años a la UCI. En el diario El Mundo, el comentario número 1 de lectores (se refiere al orden de llegada nada más) era de un fulano que se limitaba a decir: “Cayetanos”. Un triunfo de ese Nuevo Código Penal que a todos se nos hace de lo más normalito y frecuente. Y de esos colegios post-80 y su universalización de la ignorancia y de la hiel (tanto educar en valores): cualquier entrada de cualquier concierto guay vale por lo menos el doble de lo que cuesta alquiler de esquís con forfait para un día en una estación. En el otro lado, las autoridades concejiles y autonómacas lucieron torso y gesto ante las teles recitando y hasta enseñando de cuerpo presente los impresos de las inspecciones realizadas, y alguno hasta recitó los artículos del BOE o del equivalente autonomizado con el adecuado tono monocorde narcótico (me pareció ver en alguna de esas imágenes unos heridos por el fondo gritando “¡Socorro! ¡Socorro!”, pero lo importante era, ya se sabe, cumplir con La Ley y Los Impresos).

Otrosí, claro: Juan Carlos Monedero ha dado una conferencia sobre derechos humanos en un salón de actos del edificio conocido como el Helicoide, en Caracas. ¿Le llevarían sus anfitriones, a continuación, de visita por el edificio? ¿O le habían llevado antes?

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