Machos alfa pudiera ser la serie más retorcida y perversa de los últimos doscientos años de televisión. O ser un descontrol total, que ni sus mismos creadores comprendan. Parece que no es esto último. Además, he hecho una encuesta y todos coinciden conmigo: es la guasa más sulfúrica puesta en pie contra los excesos insulteros de este feminismo raro de cuarta ola que nos insulta, y probablemente su publicidad es deliberadamente engañosa cuando da la impresión de que es lo contrario (empezando por el título). Puede que se trate de la ficción/no ficción más absolutamente igualitaria de la historia. Claro que después de aquel reciente estudio del mismísimo y excelentísimo MinIgual, que no tenía más remedio que rebajar del 90% y pico al 24% la esclavitud prostitucional, puede que algunos palos del sombrajo empiecen a temblar y haya que redefinir eso de la igualitariedad. Repito, un estudio del mismísimo MinIgual, no de unos enemigos “con gónadas externas”, como dicen algunos telefilms y algunas de las parodiadas en esta serie. Queda para otro día la cuantificación de la metralla repartida a un lado y a otro por esta serie; adelantaré que sí, los tíos interpretados por esos cuatro actores soberbios son, si bien profesionales competentes, tontos de capirote en lo demás, locos a sus 45 años por una consola de videojuegos y rabiosos como quinceañeros cuando pierden un tanto al pádel; enfrente, las tías interpretadas por esas excelentes actrices son inteligentes y además listas, profesionales de lo suyo e independientes: el problema, pues, no es “la mujer y el hombre” sino “la ideología” que quiere hacer de ellas y ellos lo que no son ni les interesa ser (no es que a mí me lo parezca, intento transcribir lo que creo que está en la serie).
Asura, el extremo de la japonesidad, es probablemente la serie que hubiera hecho Yasujiro Ozu de haber llegado hasta el día de hoy. Hay Ozu por todas partes salvo por una: los tiros de cámara se han atrevido a lo que Ozu nunca quiso, que fue bajarse a ras de suelo o casi de suelo, a la altura de una persona comiendo ante un chabudai, la mesa esa bajita de un palmo de alto. Muchas cosas recuerdan a Cuentos de Tokio (de la que se ha hecho un remake en largometraje hace no mucho) y a otras cosas de Ozu, que en el fondo era un poco el Howard Hawks de Matsusaka (o más bien Hawks era el Ozu de Indiana): las películas no son historias, sino situaciones. La lucha por el decoro: vale lo que sea, pero nunca perder el decoro. Cuánto Japón se podría resumir en eso; y cuánto occidente se podría resumir en la derrota de eso. Las cuatro hermanas -las dos mayores nacidas todavía durante la II Guerra Mundial, nada menos- luchan, llegando a sus cuarenta años, por no descontrolarse al descubrir que su padre tiene otro hijo de otra mujer; pero las mismas hermanas no son ya aquel Japón en el que eso bastaría para acuchillarse las propias tripas (el colmo del decoro japonés de antaño), porque en 1979 quizá Japón ha dejado de ser Japón. En su generación, eso de las cosas extramaritales es casi normal o frecuente: una de ellas, de hecho, es la otra de un hombre casado. Pero al deshacer los armarios de la madre recién muerta descubren que esta también tenía una vida oculta. Y paso a paso el decoro va quedando atrás, y la furia va apoderándose con diferentes excusas de una y de otra y de otra… y aquellos ángeles risueños y pudorosos, incapaces de reír sin taparse la boca con los deditos estirados, o de comer una gyoza entera sino sólo a cachitos, se van convirtiendo en asuras, que es en lo que nunca se quiere convertir uno porque no lleva a ninguna parte: seres enfurecidos de progreso imposible y condena no revisable, y obligación de volver atrás y recomenzar y volver a las fatigas ya vividas si es que quieres salir de ahí. Una especie de variante de estas erinias en las que los últimos tiempos están tratando de convertirnos a todos los ciudadanos occidentales los muy estúpidos políticos occidentales; todos cabreados a todas horas con motivos desde muy gordos a nimios, pero sin graduación ni dosis de cabreo. Pensaremos con más calma acerca de si lo que propone la serie nos sirve de algo a los mozárabes de por aquí.
Y Quijote, II, 3
Oye, que cualquiera que siga esto sabe que no me apeo de esta idea: si de algo sirve Europa es de último fortín de la libre opinión; y a mucha honra. Que esta democracia nuestra algunos dicen que está en sus últimos estertores (pues no la matéis, cabrones, porque los que más lo dicen son los mismos que la matan), que es una cosa ya de viejos y todo eso, y que pensarla o defenderla es algo parecido a defender y pensar los piropos por la calle, el periódico en papel o hasta (ya el acabose) la conversación cara a cara.
-¿Por qué me preguntas cómo se llega a ese pueblo, si lo puedes consultar en CiberMaps?
-Yo qué sé, es una excusa para conversar un rato, ¿no?
-¿Conversar? ¿Para qué?
Pero es que Europa, según las reuniones más divertidas de la filosofía política, lo que no va a poder dejar de ser nunca mientras siga siendo Europa (que podría dejar de serlo, claro, no dejamos de tener bastante de mozárabes, como digo), es ese lugar donde tienes garantizado que te vas a poder reír de cualquier opinión o creencia sin que te pase nada, pero con la condición de que luego, cuando se rían de las tuyas, te aguantes. Así que no entiendo muy bien todo ese vinagre que se suelta por las calles si alguien dice “¡coño!” cuando le pisan un pie en el autobús (visión machista) o no digamos “coñazo” cuando comenta las declaraciones de un ministro (enfoque cispatriarcal, y no te digo ya si es ministra), y menos todavía cuando para encomiar la bondad de algo se dice que ese algo es “cojonudo” (esto es el colmo, definitivamente una agresión heteronormativa femenilítica). Mira, en esa serie Machos Alfa hay un personaje masculino que, converso reciente, no hace más que corregir a todos y continuamente su habla. Ya hemos dejado dicho en muchas ocasiones que observamos indicios de que la pedagogía, por ejemplo, y algunas otras pseudociencias parásitas de la política, no tienen más sustancia que la de ser vigilantes del lenguaje.
-Y de mí -dijo Sancho-, que también dicen que soy yo uno de los principales presonajes della.
-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansón.
-¿Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ándense a eso, y no acabaremos en toda la vida.
Y en efecto, no se avanza cuando está todo el mundo enfangado en corregir a los demás cómo se dice y lo que se dice. Ahora prolongan la pseudobronca con unas estampitas de un san Sebastián más o menos, dicen, “porno”; la cosa es algo rara, o forzada, porque a su lado hay una especie de santa Sebastiana más o menos en igual actitud y calificación: pero es que de toda la vida el legionario Sebastián ha sido admirado y remirado como ídolo gay masculino, y eso de la aparición simétrica de género pues no se ve muy bien a qué viene. Recuerde el alma dormida que venimos de lo de Nochevieja y la estampita del Sagrado Corazón con la cara de la vaca del Gran Prix de TVE, y de sus consecuentes “gorda” (con marejada de condenas e insultos y hasta artículos del infatuado albigense Jordi Gracia en El País y toda la izquierda movilizada contra ese neofranquismo), y luego “gordo y bizco” (silencio por parte de esa misma tropa), y así casi cada vez que alguien abre la boca si no es para alabar sin medida a los narcisos de la autoridad competente. A lo que vamos: que si puedes hacer la burla de la vaca, te tienes que aguantar si luego te hacen la burla de que eso de curvy es un eufemismo, y que si te lías a llamar maricón por ahí, luego te aguantas si te contestan con un san Sebastián sicalíptico (o lo que los más jovencitos consideran sicalíptico hoy en día, ejem), y que si haces lo del san Sebastián y lo panfleteas, luego te callas si te llaman maricón; y así en helicoide (que no espiral) hasta el futuro. Pero no: “¿habéis visto qué bueno está ese tío?/¿habéis visto qué buena está esa tía?” es algo que, por fin, han conseguido que traiga tantas incongruencias al discurso público como las que trae el hecho real y probado diariamente de que hoy y aquí un chaval negro puede llamar “blanquito” a un chaval blanco, y como mucho hay una comprensiva (y condescendiente) risilla del entrevistador, pero un chaval blanco no puede llamar “negrito” a un chaval negro (sin que el entrevistador le reproche el voquible y le proponga corrección inmediata del estilo de “subsahariano”, “afroespañol” o así, pongamos, sacando un caso al azar del cesto de los casos).
Nos preguntamos, atentos y estudiando sin descanso los últimos 47 años españoles, qué se fizo y dónde quedó todo aquello del “sin ira”, y no digamos todo lo demás de una derecha y una izquierda equilibrándose recíprocamente. Hoy no hay ninguna de las dos: ambas se limitan a reprocharse mutuamente sus voquibles. (Pero, última hora, el oráculo de la cosa, también conocido como diario El País, echa hoy -una expresión antigua que lo dice todo, eso de echar- un editorial en el que entre vaselinas y azahares critica la oportunidad, que ya es algo, de la que empieza a llamarse “ley begoña”: la alarma cunde por los ministerios y las delegaciones del gobierno; los subsecretarios y los directores generales corren de un lado a otro despeinados, ya ha empezado la quema de papeles en las chimeneas: porque así han empezado anteriormente los finales de los gobiernos afines. A ver si se va a poner interesante la cosa.)
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