Hola de nuevo, tras estos seis o siete meses de trabajos, de siestas, de tiritas y de desconciertos.
Quizá vuelva a este tajo regularmente; hoy estoy solamente intentando recordar cómo se llegaba hasta aquí para saludaros agradecido de nuevo. Y no estoy muy seguro, aunque sí algo más que hace unas cuantas semanas, de que vaya a poder evitar ese enojo que desde el comienzo proclamo proscrito en este lugar. Lo que empezó como web quincenal de trece partes con intención de distraer un poco la preocupación sofocante de aquella pandemia, de facilitar algunos ratos pensando y discutiendo otras cosas, desde filosofía hasta arquitectura pasando por libros, músicas y películas, se transformó parcialmente en asuntos editoriales (quiero decir de los de papel); luego, aliviados todos del miedo y de las encerronas domésticas, y liberados en cierta medida los medios de comunicación del monotema obsesivo, surgió de ello este blog, más compacto de volumen y más breve de atención.
El problema, me parece, es que en este medio año último las cosas se han extremado en el espacio público y especialmente en el tutelado por autoridades y administradores. Esas maniobras de polarización interesada están dando sus frutos, como no podía ser de otra manera, y casi todo parece discurrir a favor de que todos estemos cabreados, enfrentados, jodidos e infantilizados. Y, repito, aquí eso no. O no en la medida en que podamos detectárnoslo y eliminárnoslo, claro, que no somos supermanes: y si algo apreciamos y perseguimos, desde luego, es estar al loro, sintiendo, notando, entendiendo lo que pasa a nuestro alrededor y a las personas de por aquí, porque es a esas entendederas y a esas sentideras a las que podemos aportar algo. Que cada uno ponga lo que pueda de su parte para ayudarnos unos a otros en esta desorientación y en esta incertidumbre, nos dijimos muchos allá en lo más profundo de la pandemia y los aislamientos (bendito internet, que nos permitió hasta conversar y sonreír a nuestros hijos distantes en aquellos momentos). Este blog, como he dicho, es secuela de aquello y sigue animado por la misma intención, aunque ya no son aquellos sofocos víricos los que nos tienen «tensos». Precisamente, por abrir las propias entrañas al ambiente, el riesgo que se corre es que no te quedes sólo en entenderlo, sino que se te contagie el cabreo, la mala leche, el esquematismo y las memorias deformadas. En evitarlo estará lo entretenido.
¿Nos meteremos ya ahora mismo, en esta primera entrega tras la convalecencia, a pormenores como el comentario sobre la serie japonesa de televisión Asura, que como a lo tonto a lo tonto nos habla de nosotros mismos y de estos cabreos con una acción de cuatro hermanas tokiotas situada en el Japón de 1979? Todavía no; ya en el siguiente.
Saludos.
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