Democracia fuerte. Y 24.

Y por el camino, en el tiempo presente, el resultado inmediato y consolidado es una modalidad de desprestigio de las democracias occidentales entre las mentalidades enemigas de estas, democracias que son vistas como frágiles, volátiles y corrompidas, a menudo como si eso fuera connatural a su propio ser. Y eso, por supuesto, sólo trae como consecuencia un aumento de la presión por parte de cada nuevo agente antidemocrático, al estilo de ese político catalán que sentenció en su momento, y desde entonces repite: «España no es lo suficientemente fuerte como para frenarnos». Resulta, de momento, que sí lo es; y, en conjunto, las democracias todavía no han caído del todo y no han rendido por completo su posición ante los fascismos de derecha o de izquierda, laicos o teocráticos, que parecen haber tomado como hábito atacarlas en cada asunto y a cada ocasión por importante o por pequeña que sea. Muchos se emplean al trabajo de insultar y erosionar las democracias porque creen que estas son débiles; luego no se explican lo que sucede cuando se ven en un furgón de la Guardia Civil camino de la prisión de Estremera, y achacan los baches de la autovía a un especial maltrato que se les tiene reservado. Es mucho lo que se juega en esas batallas, porque no por casualidad los Estados democráticos avanzados y los Estados más prósperos del mundo coinciden, salvo en el caso de China (en el que la prosperidad, por otra parte, no significa ni tiene como consecuencia los mismos beneficios que la prosperidad europea). Por otro lado, nada más erróneo que esa especie de torcida y antigua conclusión de que el capitalismo trae democracia o viceversa: ¿y la España de Franco, por muy INI que hubiera? ¿Y el Chile de Pinochet? Podrían ser cientos los ejemplos de que capitalismo y democracia ni se generan el uno al otro ni, se diría, se necesitan. Lo fundamental es el hecho de que hay sociedades en las que las libertades están garantizadas para todos; lo problemático es el listado de las actividades que no deben ser libres por ser nocivas, dañinas para las libertades de los demás o directamente atentatorias contra los fundamentos de la sociedad de libertades. Con su problemática siempre viva, la sociedad democrática es un botín atractivo, y tanto Estados ajenos y no democráticos (y en general bajo el camuflaje de diversas fes religiosas) como grupos internos (bajo el camuflaje de partidos políticos, siempre alardeando de mayor pureza que los demás, es decir, de los extremos) no es previsible que vayan a cesar por su cuenta en la actitud de achacar «poca democracia» a las democracias avanzadas, y de proponerse a sí mismos como el remedio «democrático» (a pesar de consistir ese remedio en recortes de libertades, propuestas de condenas penales por opinión, restricción de circulación y de actividades en espacios públicos, etcétera).

Es muy visible que todo eso es posible a causa de una práctica errónea de la tolerancia democrática. Las democracias ganarían solidez si se decidieran a reconocer que no son menos democracia, sino más, si se atreven a plantear límites a la tolerancia, como apenas nadie discute hoy que la libertad de expresión tiene que tenerlos (y así no confundirse y debilitarse con la libertad de insulto y de calumnia), y la libertad sexual (y no imponer la propia a ajenos), y así sucesivamente.

En cuanto a la solidaridad,

por lo que le interesa a la construcción democrática, no acaba en el simple dar de comer a alguien para que sobreviva, o de vestir, o dar un techo: eso es común incluso con organizaciones del Estado autoritarias y antidemocráticas, y tiene como consecuencia la mera supervivencia, que, en cierto modo, es algo así como el rival de la solidaridad democrática. Porque a veces parece que con esa dotación de supervivencia ya se ha hecho todo, y ahí acaban las acciones de solidaridad; pero, evidentemente, una democracia necesita más que simples humanos vivos alimentados y abrigados. Lo que hemos llamado solidaridad para la convivencia y solidaridad para la vida democrática, o solidaridades de segundo grado y de tercer grado, son aquellas cuyo ejercicio es el que verdaderamente consigue que una sociedad despegue desde la mera condición de subsistencia. Y esto no es tan esquemático como parece, porque en esta supervivencia se basan la mayoría de los discursos populistas de los dictadores, como aquellas carnes argentinas de los años 40 españoles, o precisamente ese «primer colchón» que al parecer, según confesiones propias, tantos peronistas consiguió. Así parece que con la solidaridad de primer grado ya está todo hecho; pero lo cierto es que aunque es fundamental y necesario no dejar a persona alguna por el camino (nadie que pasa hambre o frío los pasa porque quiere, a diferencia de lo que mugen las proclamas ignorantes de los tarados aspirantes a plutócratas), con eso no se consigue nada que se parezca a la sociedad democrática, que es de lo que estamos hablando. Pero esta sociedad democrática tiene una de sus cuatro patas precisamente en la solidaridad: la que se ejerce y se hace real a partir y después de ahí: alfabetización, información, comunicación de normas, estabilidad de sanciones si se transgreden y de beneficios si se cumplen, y seguridad personal son lo que se pudiera considerar el programa de la solidaridad de segundo grado. Con eso se puede convivir. Con eso, cada ciudadano que nace en la sociedad va accediendo paulatinamente, a medida que se le proporciona, a la condición de ciudadano apto para la convivencia. Y cuando decimos nacer lo decimos literalmente y también figuradamente, por el proceso de acceder, ya adulto, como resultado de los diferentes procesos de emigración, a la sociedad en la que se aspira a vivir. En ambos casos no hay en realidad diferencias salvo las relacionadas con la dosificación y los ritmos de instrucción. Un adulto consciente y en buen estado no necesitará, para adquirir todo eso, el tiempo de los catorce o quince cursos escolares que se le dan a un nativo desde que ingresa en su primera infancia en el sistema escolar. Otro asunto y, como hemos visto, de la máxima gravedad, es que en la actualidad no es fácil encontrar indicios de que el sistema escolar, en cualquiera de sus versiones, esté cumpliendo con esa misión; pero ya lo hemos tratado más arriba. Debería cumplirla, como los mecanismos y las organizaciones de solidaridad pública deberían dar al inmigrante o al simplemente nativo carente por la causa que sea toda esa información y todo ese entrenamiento para hacer de él un ciudadano que convive con los demás de modo no problemático.

¿Las organizaciones de solidaridad cumplen con ello? Algunas podría decirse que a satisfacción, y otras da la impresión de que en absoluto. También se diría que las más cercanas a los partidos políticos son las que menos cumplen, quizá más absorbidas sus energías en los asuntos publicitarios y partidistas de marketing electoral permanente; pudiera ser que alguna sí estuviera cumpliendo. Desde hace décadas ha habido intensos debates acerca de si era legítimo enseñar a leer y a escribir con cartillas «sandinistas» o con cartillas «de devoción mariana», en las que, junto a las letras y la ortografía se enseñaba desde el primer momento dónde están los buenos y dónde los malos. Al fin y al cabo, qué más da: es enseñar a leer y a escribir, decían muchos. ¿O no es tan inocente?

En cuanto a la solidaridad de tercer grado, es decir, la solidaridad para la vida democrática, ¿quién la ejerce? ¿Quién se molesta de verdad en instruir tanto a los nativos de una sociedad, cuando ya se han graduado de las enseñanzas obligatorias, como a los inmigrados en esa sociedad, cuando su situación de supervivencia y de convivencia ya se ha consolidado, en las necesarias habilidades para convertirse en un ciudadano democrático que participa de la vida democrática de su sociedad? Parece que no muchos, cuando todo ello está sustituido por vacuidades pedagógicas escolares puestas en práctica por los ya para siempre estupefactos maestros ignorantes, y a continuación por las redes sociales y sus dictadores, entre los que es imposible encontrar, con candil o con emisión de positrones, la mínima actividad cerebral.

Reflexionar sobre los valores fundamentales de la democracia y sobre su puesta en práctica es algo que debería constituir el núcleo de las enseñanzas civiles tanto en la escuela infantil y juvenil como en la preparación para la ciudadanía de los inmigrantes. No es esperable que se dé alguna iniciativa institucional al respecto, ocupadas como están las instituciones, y la primera de ellas la enseñanza, por sujetos a los que sólo les importa la victoria de sus amiguetes y su partidito, y nunca, que se haya visto por lo menos en los últimos años, la materia que se diría que se les ha encomendado administrar.

Por otros caminos cercanos a este, pero ya no en este, discutiremos la recapitulación que se puede hacer de todo lo dicho, y puede que hasta veamos al otro lado del valle los planos, no tan complicados de interpretar, de una democracia fuerte.

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