El relativismo cultural… ¿es relativo? ¿O es sólo mala educación?
¿O es un relativismo absoluto? ¿O es absolutamente relativo? Sería, entonces, su propia negación. ¿O se puede ser parcialmente absoluto? La vida colectiva es en algunos aspectos no otra cosa que la composición de experiencias individuales proyectadas; y en la práctica de los cuatro valores eso se pone de manifiesto muy visiblemente. Ese problema del tan traído y llevado relativismo cultural no es algo que sólo se dé en las alturas de la vida de la república, porque empieza, y con toda su intensidad, en la vida de la domus; y lo que en esta se aprende o se practica o se consolida es lo que luego se lleva y se practica en el foro. Los problemas de tolerancia comienzan en los ámbitos más personales y domésticos, pero no son al final algo personal ni doméstico. En realidad, la experiencia acumulada en los actos de tolerancia individuales es la que luego se quiere racionalizar, ampliando los sujetos y llevándolos al plural. Por decirlo gráficamente, a menudo son los simples problemas que convencionalmente se denominan de educación los que proporcionan el territorio y la práctica para las posteriores convicciones y conductas de tolerancia. Y ahí es donde se introduce en tromba la noción de relativismo cultural, concretamente en esos de sus capítulos que invitan a tolerar todo lo que sea diferente de lo propio, o incluso incompatible. Da la impresión de que hay una especie de competición que sólo ganará el que tolere o proponga que se tolere o incluso que proponga que se adopte una norma o una conducta que eche por tierra el mayor número posible de normas o conductas de las tenidas hasta el momento por convenientes o consolidadas o consensuadas. Y todo esto se apoya sobre esa idea simple y primera de tolerar lo que se considera de modo estadísticamente normal y modal la mala educación en un momento dado. Y hablar de mala educación, de tolerancia y de normas es hablar de relativismo cultural, por supuesto. ¿Será necesario aclarar que podemos dar por momificadas las discusiones, inútiles incluso antaño, acerca de que no estamos hablando de la idea burguesa rancia de buena o mala educación?
Es necesario, naturalmente, romper con las nociones absolutas que en muchos casos parecían inamovibles en el pasado de nuestras sociedades. Es decir, algo de relativismo cultural parece que es apropiado adoptar; por lo menos, ese que nos obliga a no expulsar de la democracia a aquel que es dado a comer alimentos diferentes y puede que hasta alimentos que son tabú en la sociedad de llegada (suena más duro de lo que en realidad es, porque no es otra cosa que lo que han experimentado todas las sociedades, y casi todas las personas, concretamente con las gastronomías de otros lugares, y con otros asuntos de similar -poca- gravedad en los últimos cuarenta años). Es deseable, incluso, casi como prueba de solidez o de madurez de la democracia, el admitir a trámite, de momento, y quizá a continuación asumir, cuando se examinan suficientemente, propuestas que modifiquen usos consolidados que resultan ser mejorables, y que se descubre que lo son precisamente porque alguien lo propone por primera vez. Pero hay otro extremo: nadie va a casa de otro, por ejemplo, a corregirle la posición de los muebles. Eso es una transgresión ni siquiera cultural, sino simplemente de las normas elementales del respeto al espacio ajeno, es decir, las normas generales de educación (y no precisamente, repetimos, los protocolos mentirosos y puritanos de la burguesía en escabeche de hace cien años). Ese espacio ajeno parece que es uno de los límites del relativismo cultural; cualquier caso que podamos contemplar de intrusión en él o de carencia de respeto nos informa inmediatamente de que no hay excusas para tolerar esa ruptura.
Ni el origen cultural, ni el origen sociocultural, ni el nivel económico, ni el nivel educativo: un adulto de una sociedad democrática, venga de donde venga, tiene que saber que esas normas que, por básicas, se agrupan en la denominación aparentemente más trivial de «buena educación», está obligado a conocerlas y a respetarlas. Ni siquiera estamos hablando de dar la vuelta a cuadros de desnudos que alguien pueda tener en su vivienda para que la visita idiota y pudibunda no se ofenda (se podría decir en general que si esa persona se va a ofender no debería hacer esa visita, porque ya está modificando el orden ajeno según su gusto personal). Nos vamos a esa ilustración aparentemente muy menor pero en realidad muy radical: cada uno ordena su espacio íntimo como decide, y nadie tiene derecho a corregírselo, con buenos o con malos modales, con suavidad o con aspereza. Y no hay excepciones ni excusas ad hominem, porque ahí es exactamente donde empieza la práctica de la tolerancia. ¿Por qué se toleran agresiones al espacio privado si quien las comete procede de un nivel sociocultural menor o de un pasado de mayor escasez o, por el contrario, de una supuesta élite o de un grupo próspero de la sociedad? Las normas básicas son para todos, y lo son, entre otras cosas, porque todos las pueden entender sea cual sea su situación intelectual o su recorrido académico o su tejido emocional. Y si se da el caso de que alguien no las entiende, entonces estamos ante una obligación de rehabilitación o de educación compensatoria. Lo que hasta hace poco se denominaba «extracción social» de un individuo ni excusa ni debe excusar ni debe plantearse como posible excusa remota de un comportamiento incívico, maleducado o intrusivo; y el que lo proponga o se lo plantee estará colaborando al debilitamiento de la sociedad democrática, porque esta se basa en no menor medida que en otras conductas en esa necesaria «hipocresía democrática» que ya hemos mencionado en otras ocasiones. En una democracia es necesario no expresar siempre lo que el impulso individual lleva a expresar, porque hay impulsos cuya expresión llevaría a la disolución de la sociedad y más todavía a la disolución de la sociedad democrática: para que eso no suceda está la ley; y no más para el ciudadano que para el gobernante, por supuesto, cuando introducimos el recuerdo histórico de que, muy principalmente, la ley se creó para proteger a los ciudadanos de los posibles abusos del poder, y en absoluto para proteger al poder frente a las obligaciones «hipócritas» a que le obliga la primacía de la ley, ni menos todavía para otorgar impunidad al poder cuando transgrede la ley, momento en el cual ese poder crea una nueva ley para perdonarse.
La superación, por la vía del denominado relativismo cultural, de las antiguas consideraciones de la primacía de una moral sobre las demás (sin excepción, la nuestra, se trate de la cultura de la que se trate) fue un gran avance para las nuevas concepciones democráticas que, no por casualidad, creció y se extendió al mismo tiempo que los grandes procesos de descolonización de postguerra. Pero no todo ha sido feliz en esa mejoría: algunos no han sabido acotar la noción en sus justos términos, y han pasado a considerar la propia como la peor de todas las morales, y desde luego por lo menos una de las ajenas como la «mejor»: y con ello, como es evidente, simplemente se le ha dado la vuelta al garrote, pero sigue siendo garrote. Y no sólo al considerar esa especie de «cambio de liderazgo», porque sigue siendo un garrote cuando, aunque no se adopte, sí se permite que esa «otra» moral ajena, o nueva, imponga aunque sólo sea parcialmente sus normas (o su falta de ellas) a otros que no la comparten. Como es el caso que comienza a cultivarse cuando se permite que alguien sea «maleducado» sin sancionarle por serlo. Igual que el respeto a la libertad de expresión o de movimiento (o de opción sexual, etcétera), lo que podríamos llamar en la analogía «el respeto a la casa ajena» es el origen de todo; y no ejercerlo, o no exigirlo al que no lo ejerce, es vivir en el malentendido del relativismo cultural, que dice haber destronado al rey cuando en realidad ha colocado varios tronos juntos y ahora rinde culto y obliga a todos a rendir culto a muchos más reyes que antaño.
En lo doméstico y en lo político hay normas básicas que son de obligada exigencia para todos, sin distinción de origen, de clase, de nivel cultural o de procedencia cultural; normas cuyo incumplimiento no se puede tolerar salvo que se esté dispuesto a pagar el precio de la expropiación de la propia casa o de la expropiación de la propia sociedad, siempre por quien se permite expropiar, que, por definición, y mientras no medie una reeducación, no tiene más objetivo que modificar esa casa o modificar esa democracia. Y eso nunca sucede para bien.
Deja un comentario