Democracia fuerte 22

6. Desviación del ejercicio de los valores de tolerancia y de solidaridad

La tolerancia debe ser ejercida como valor democrático cumpliendo muy estrictamente las condiciones de simetría, condicionalidad y publicidad, entre otras. Por su lado, la solidaridad, por encima de la mera filantropía, sólo colabora con la democracia si alcanza a ser una solidaridad de tercer grado, es decir, una solidaridad para la vida democrática, y no meramente para la supervivencia o para la convivencia.

La tolerancia es un valor sin cuyo ejercicio no existe la democracia. Esta misma condición radical facilita su mala interpretación y su desvío muy frecuente hacia la noción de una tolerancia ilimitada o incondicional. Eso es un error: aunque suene simple, la tolerancia democrática hacia quien trabaja para la destrucción de la democracia sólo puede traer la destrucción de la democracia. Y, tal como está más que probado en la historia, no hay un único modo de acabar con una democracia. Por causas diversas, los ciudadanos piensan más frecuentemente en una especie de golpe de estado a la antigua, seguramente cruento, violento y veloz, de breve duración y efecto muy dramático. Pero tenemos ante nuestra vista, al acabar el primer cuarto del siglo XXI, suficientes ejemplos de un país que viene de ser una de las felices democracias de finales del XX y que ha ido girando paulatinamente, y en casi todos los casos por efecto de decretos del poder ocupado en principio más o menos democráticamente, hacia regímenes autoritarios por lo menos, y en algunos casos dictatoriales, y en otros hasta tiránicos. Y sin necesidad de sacar tanques a las calles ni de establecer frentes armados contra ciudadanos resistentes. Simplemente usando los mecanismos democráticos para acabar con los mecanismos democráticos. El primero de estos mecanismos que se podrían llamar, como la tecnología pre-armamentística, «de doble uso», es la tolerancia democrática, a continuación degenerada, o desviada, y convertida en asimétrica e incondicional.

Hasta tal punto la propaganda antidemocrática ha conseguido hacerse con terreno de su propiedad en las democracias avanzadas que hay que tener en cuenta un fenómeno que se da, y muy intenso, incluso cuando simplemente se plantean estas reflexiones. Proponer límites o simplemente discusión sobre la tolerancia a menudo es interpretado como, precisamente, expresión de una intención antidemócrata. De ello toma el modelo la distorsión (visiblemente interesada en sus creadores, pero difundida y asimilada por muchos inocentemente) prácticamente ubicua de las nociones que están convirtiendo en un problema sin solución un asunto tan grave y de potencial tan extenso como el de las inmigraciones en las democracias: proponer organizarlas es inmediatamente tildado de fascista, y por lo menos de xenófobo, cuando en realidad lo que pudiera ser calificado así es precisamente el rechazo a la racionalización de problemas políticos tan complejos como esos, rechazo que sólo tiene como consecuencia el empeoramiento se diría que imparable del asunto. Eso es un caso particular del más amplio problema de la tolerancia indiscutible. Al parecer la reflexión, la observación, el análisis y la adopción de medidas consecuentes para la resolución de problemas sociales complejos no conviene a algunos, que por supuesto no tardan en utilizar el arma de moda con la que ya saben que van a ganarse a la población semiinformada para su causa, que es esa calificación de «ultraderechista» y similares. Una ilustración deslumbrante la proporcionan las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024, en las que las fuerzas que son oficial y verdaderamente de ultraderecha han experimentado un ascenso (hasta el punto de ser las ganadoras en algunos países, incluyendo a Francia) que, al parecer, nadie se esperaba: y esto, por no atender al hecho de que han subido en número de votos principalmente por el reclamo de los problemas de inmigración, creados en realidad y fomentados, se diría que intencionadamente por la tenacidad del error, por las fuerzas oficialmente de ultraizquierda y su inseparable propuesta de tolerancia irracionalista asimétrica, incondicional e ilimitada, y su negativa a aceptar cualquier atisbo de organización y razón. La ultraderecha ha subido gracias a la acción de la ultraizquierda.

Proponer simetría a un suceso de tolerancia significa que el tolerado sea tolerante a su vez con la sociedad a la que llega, es decir, que no pretenda cambiar sus normas democráticas básicas; eso, dentro de las democracias avanzadas actuales, es sencillamente proponer que la democracia lo siga siendo, como hemos explicado por extenso en otros lugares. Aceptar sin más, y con esa frívola alegría de biempensante seguro de ser progresista, la sistemática asimetría que se acepta en tantas situaciones, acciones y problemas de tolerancia, es socavar la funcionalidad del sistema democrático, entre otras cosas porque se da paso libre a la acción propagandística, como mínimo, de los enemigos de la democracia. A esta no le importa (y si le importa, es que hay todavía más problemas en ella) cómo vista alguien, o qué idioma hable, o qué música toque o escuche, o qué coma, o qué piense o lea o diga; pero sí le importa que no se acabe con la libertad de expresión, de circulación, de pensamiento, de lectura y, ya puestos, en efecto, la de vestir como cada uno quiera, incluyendo el nudismo o la variante que cada cual tenga a bien discurrir. No tanto, en este último caso, qué vista o deje de vestir concretamente un ciudadano, como el simple hecho de que esté protegido por las leyes para poder vestir como quiera, es una de las muchas expresiones parciales de la verdadera democracia, que muy a menudo, por ejemplo en el contexto actual, es un hecho atacado y cuya anulación proponen enemigos de la democracia procedentes de culturas se diría que incompatibles con los usos generales de la libertad. No es más trivial, porque es lo mismo, que la propuesta de regular las lecturas o las escrituras, o la de «atar corto» a periodistas y autores, o la de limitar las burlas de unos a otros y de cualquiera a cualquier ideología o religión. Ya hemos comentado algunas de las mejores definiciones de ese ente algo abstracto pero muy tangible que a veces se llama «la Europa democrática», una de las cuales es «ese lugar en el que cualquier libertad está permitida, incluyendo la de burlarse de cualquier dios o cualquier ideología, al precio de que cuando se burlen de tu dios o de tu ideología te tienes que aguantar». Se percibe la multitud de capas de significado, y de consecuencias, que hay en esa fórmula casi humorística pero muy seria. Hacer chistes u obras de teatro o parodias sobre cualquier reverendo concepto o personaje es parte de la realidad central de la idea de Europa, bien que ciertos componentes culturales o geográficos de esta se esfuerzan por hacer pensar a los demás que eso del sentido del humor no va con ellos.

No es en absoluto una banalidad hacer referencia al sentido del humor, porque con el paso de los años se han ido acumulando situaciones y problemas no precisamente menores a propósito del uso del humor o la falta de humor al comentar la realidad social o política, y todo parece indicar que apenas hemos comenzado a ver el comienzo de una trayectoria que se adivina catastrófica, con la irrupción de la en absoluto capaz Inteligencia Artificial (por más que algunos lo han intentado). El humor, como es sabido, no es mero entretenimiento, sino la herramienta definitiva de distanciamiento, objetivación y expresión crítica. La complejidad de su territorio es suficiente, evidentemente, para llenar con su descripción varios tomos; de modo que ahora nos limitaremos a recordar que algunos de los atentados más graves a las vidas personales y a las estructuras democráticas que ha sufrido Europa en las últimas décadas lo han sido como contestación a comentarios humorísticos sobre elementos culturales o religiosos desde ámbitos no exactamente conformes con la libertad de expresión, como mínimo. Y todo ello no es más que expresión del principio de tolerancia cuya práctica defectuosa está debilitando nuestras sociedades.

Si no hay simetría en la tolerancia, y hoy no se exige demasiado claramente, se está permitiendo que circulen por la sociedad agentes de dispersión de la infección, o reservorios ambulantes y en algunos casos muy fortalecidos de proyectos políticos totalitarios y hasta teocráticos. La sociedad democrática exige a cada individuo el cumplimiento de ciertas normas y la aceptación de los derechos de los demás, y eso es independiente de la procedencia de cada individuo. Hayas nacido donde hayas nacido, si quieres vivir aquí estas son las normas. Y sólo su cumplimiento es tu pago por ser tolerado. Pero ese pago a menudo no se exige.

Deja un comentario