Se podría defender sin mucha dificultad la necesidad de que todo aquel que quiera dedicarse profesionalmente a la política pase por una especie de descontaminación, o rehabilitación, o deshabituación, que le haga dejar atrás hábitos y reflejos infantiles de los que con demasiada frecuencia se pueden ver en la actualidad dominando los comportamientos de diputados, ministros y cargos en general. Probablemente se puede defender con igual facilidad que la adolescencia necesita estallar de ilusiones y de ambiciones, y también de decepción y de rabia. Pero la sociedad democrática no necesita entre sus gestores ni esas ilusiones, ni esas ambiciones, ni esas decepciones, ni esas rabias. Necesita conocimientos, programas, horizontes, profesionalidad y madurez. Todo eso de congresos infantiles y senados juveniles puede que a alguien le sirva de algo, pero su imitación por parte de los adultos con sueldo y responsabilidad política es solamente un error, cuando no un delito. No puede caber en ninguna mente y en ningún programa político respetable de tendencia alguna la incorporación de experiencias infantiles y juveniles como directrices de conducta política. Evidentemente, hay quien afirma que sí; no haremos nada, ni en estas páginas ni fuera de ellas, para intentar cambiar esa opinión. La triple alianza de las criptorreligiones woke con la glorificación comercial del joven y la satanización de la virilidad, incluso de la más suave y biológicamente inevitable hasta por las mujeres, es una coalición imbatible en el campo de justas que, por otro lado, ellos mismos han fabricado como si fuera el verdadero y único espacio de la política. Ay del que intente enseñar a sus agentes que el verdadero campo de la acción política es muy otro, porque esa enseñanza, por razones fáciles de deducir, está calificada de antemano como fascismo. La intrusión de los sentimientos en lo político es una de las consecuencias de esa coalición (y el verdadero fascismo vuelve así a ese lugar al que nunca debió volver); el acarreo hasta el presente de experiencias personales vividas o simplemente vistas u oídas es otro efecto de esa especie de beatificación del yo que esa nueva política propugna y en la que se basa. Lo definitivamente asombroso es la soltura y la autoindulgencia con que los mismos agentes políticos infantilizados aceptan esta condición, como si fuera garantía de autenticidad o algo por el estilo. La cultura popular lo tiene recogido hace ya tiempo. En la película Sweet Liberty, dirigida y protagonizada por Alan Alda, se nos muestra el rodaje, a su vez, de una película histórica. Ante ciertas falsedades más o menos «infantiles», el historiador asesor le pregunta al director y este responde contundente: «Mi audiencia es juvenil. ¿Y la juventud qué quiere? Uno, desafío a la autoridad; dos, destrucción de la propiedad; tres, despelote». El historiador ya no puede contestar ante semejante claridad de diagnóstico. Y resulta que, a poco que se afine, ese diagnóstico pudiera ser el inevitable ante muchas de las acciones que, desde la administración, desde el gobierno, o desde la oposición, muchos políticos actuales no dan muestras de saber evitar. Actúan tan a menudo así que parecen siempre como inspirados en la pretensión de hacerse los graciosos «ante los jóvenes» (sean estos «jóvenes» existentes realmente o lo sean sólo en su imaginación), y eso lo intentan conseguir apuntándose o quizá a veces hasta inventando iniciativas que tienen como médula ese desafío a la autoridad (aunque lo sean ellos desde el gobierno, incurriendo en bochornosa contradicción), por ejemplo en su equívoco trato con las fuerzas de seguridad, o esa destrucción de la propiedad (por ejemplo promulgando leyes que protegen a la okupación sin demasiados matices y desprecian la propiedad con menos matices todavía), y ese despelote que hoy, ya superado y absolutamente liberalizado, sigue queriendo pelear aunque ya no haya causa, pero transformado en conflictos LGTBI y afines más o menos forzados.
Todo confluye, al final, en una especie de ansiedad muy visible de amante que se sabe permanentemente a punto de ser despreciado. De modo que hay que entregarse a la acción que haga falta, por absurda, inconveniente, inoportuna o brutal que sea, con tal de que las pretensiones amatorias puedan seguir vivas. Los que basan su presencia y éxito electoral en halagar a cualquiera de los grupos que aún, juvenilistas, persiguen ese desafío, esa destrucción o ese despelote, van a realizar todo tipo de cabriolas para seguir contando con esas caídas de ojos y esos entusiasmos muy de pueblerinos de película de José Luis Cuerda sin los cuales parece que no pueden vivir: por ejemplo, reduciendo presupuestos, material y plantillas de la Guardia Civil encargada de vigilar y perseguir el narcotráfico en el estrecho de Gibraltar, como por casualidad justo en las jornadas inmediatamente anteriores a que estas reciban un ataque mortal; porque ya se sabe que todo lo que pueda venderse ante los entusiastas de ese pueblo de la película de Cuerda, como reducir presupuestos de las fuerzas del orden, es algo guay, y aumentarlos es chungo y (no olvidemos nunca a España) fascista cuando no directamente franquista. Aunque, insistimos, con ese presupuesto reducido, o reducido antes muchas veces, de todos modos esos mismos que lo reducen piden a continuación protección de esas fuerzas para su casa, o hasta encargan vigilancias no del todo democráticamente justificadas de los rivales políticos.
Hay extremos de comportamiento político imposibles de comprender dentro de los parámetros normales, que son aún más perjudiciales para la construcción y el mantenimiento de la sociedad democrática en la medida en que, además de debilitar la seguridad, y por tanto la libertad, sirven de alimento de inmediata metabolización para las conspiranoias, que siempre están interfiriendo en las conversaciones con el efecto de destruirlas. ¿Por qué alguien se permite, en la televisión estatal pública española, en la misma noche del atentado a la sala parisina Bataclán, y cuando no hacia ni una hora que se había confirmado la autoría, como todo comentario, hacer un llamamiento a «evitar conductas islamófobas»? ¿Por qué quien se vende en elecciones como «Feminismo» (sic, junio de 2024), apropiándose de un inmenso patrimonio ajeno, propugna hasta el insulto al discrepante el fortalecimiento de relaciones diplomáticas con los países que o han retirado a las mujeres de cualquier dedicación profesional, o limitan sus estudios o sus posibilidades sociales y políticas hasta los extremos de reglamentos de comportamiento familiar, y junto a ello reclama tolerancia en nuestra sociedad hacia quien se comporta así aquí?
¿Qué combate quien combate así la racionalidad?
No es la única alternativa posible a una policía como la del pasado una policía actual maniatada y en precario; muy al contrario. Esa policía del pasado no se caracterizaba exactamente por la holgura de medios, sino por su arbitrariedad y su sumisión a la arbitrariedad de sus superiores. Las fuerzas de seguridad actuales son, guste a los juvenilistas o no, la máxima garantía de libertad y de ejercicio de los derechos democráticos de los ciudadanos, y eso sólo puede ser así, naturalmente, si se las dota de medios para ejercer la profesión, pero además de recompensas salariales adecuadas. No parece haber informaciones públicas de que se esté cumpliendo con ninguna de estas dos condiciones. Pero es que además se suma una particularidad: ese debilitamiento de las fuerzas de seguridad tiene como reacción automática el fortalecimiento de los rivales, que no por casualidad coinciden con los enemigos del régimen democrático, tanto interiores como del exterior. No se da en modo alguno un caso de merma de las capacidades de las fuerzas de seguridad sin más consecuencias, porque a esa merma ha seguido casi como ley física el avance de los menos filodemócratas, y por supuesto de los en absoluto demócratas de culturas para las que las libertades y la igualdad ante la ley son nociones ajenas y que, sólo siguiendo sus palabras, parecen tener una vocación casi metafísica de algo así como venganza o reposición contra Europa, contra las costumbres libertinas, contra la libertad femenina, contra el topless playero, contra las mujeres médicos y hasta con las pandillas de amigas mayores que meriendan en cafeterías, tal como algunos incidentes recientes han mostrado (si bien se han difundido tan estreñidamente como otros de ese carácter).
La malintencionada escasez de medios de las fuerzas policiales puede que sea por sí sola el 50% de las causas de la debilidad de la democracia; un «divertido» desprestigio guay entre ciertos políticos, y votantes semipolitizados, de las acciones policiales, y una especie de persecución mediática que durante días deja sembrada la calumnia, aunque al final se vea desmentida, siguen alimentando la pelea juvenil contra quien impone el orden adulto. Se puede asegurar que algo tendría que cambiar radicalmente en este ámbito, porque con todo ello las democracias emplean demasiadas energías amparando a quienes trabajan por su destrucción, y eso debe acabar.
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