Democracia fuerte 18

Para concluir con la enseñanza, volvemos al principio y caminamos sobre ese esquema de ataque que se empleó como arma de destrucción de los errores de la enseñanza heredada y acabó siéndolo de toda enseñanza posible:

– Contra el autoritarismo excesivo y arbitrario, se simuló la muerte completa y definitiva de toda autoridad, como si sólo fuera posible (y al parecer lo era en las inteligencias de la Pedagogía) o autoridad omnímoda o ninguna; pero lo principal es que se simuló, porque la realidad se impuso desde el primer segundo. De modo que el juego viró a una especie de simulacro cómico en el que los maestros no se manifestaban acerca de lo verdaderamente importante para la enseñanza, muy abanderados de un igualitarismo imposible, pero acerca de aspectos marginales (o marginales al principio, y luego centrales) de esa nueva enseñanza repartían (y reparten hoy) sanciones crueles y discriminación inmatizada, con una autoridad agria basada en dogmas y prejuicios: lo mismo que se quería superar, pero simplemente cambiado de colores. El halago inoportuno al alumno, para conseguir de él el aprobado, es la consigna; la intolerancia hacia la opinión individual cuando esta no coincide con la canción pedagógica o política más de moda es la norma; hablar de deber es calificado de fascista y nadie quiere ser calificado así, pero se impone como deber ineludible participar en las fiestas, manifestaciones colectivas y proclamas que la moda del momento impone, a cambio de no ser objeto de ostracismo y denuesto. Se ha conseguido que hasta muchas asociaciones de padres, que incluyen desde analfabetos funcionales hasta presumidos graduados en universidades de relumbrón, clamen contra el estudio en casa, el repaso, la lectura, la constancia y la reflexión fuera de las aulas, eso que sumariamente recibe el nombre de «deberes» (algo que, quizá, no tendrían tan mala prensa de calcar el inglés «homework»; pero al llamarse así entran de lleno en esa especie de suma cero idiota entre «deberes» y «derechos» en los oídos de los superprotectores). En conjunto, prácticamente sólo se enseña que no hay legitimidad alguna para autoridad alguna salvo la que parece no serlo camuflada de aparentes buenos sentimientos, que puede que sea una de las formas de definir ese movimiento de opinión que viene llamándose woke, del que nada en limpio se puede sacar ni se va a sacar en próximos años ni décadas.

– En cuanto a acabar con el excesivo recurso a la memorización de contenidos aunque estos no se hayan entendido, en lugar de explicar los contenidos que es necesario posteriormente memorizar para poder conducirse como un ciudadano con agilidad de recursos intelectuales y culturales (y en consecuencia productivo y colaborativo), ya hemos visto, y es visible en cualquier momento y lugar de nuestra sociedad y de la sociedad educativa, que se optó, y esa opción sigue perfectamente viva hoy, por el recurso a la eliminación de esos contenidos y, a continuación, casi de todos los demás, menos los considerados de obligada inserción (en las mentes de los alumnos) por los principios, los dogmas, los objetivos y las ambiciones woke. ¿Qué es, si no, en sus grados y versiones más altos, retirar a los grandes filósofos ilustrados de los programas universitarios de ciertos centros norteamericanos, por ser «varones, europeos, blancos, burgueses»? En realidad y en el fondo es solamente un aligerarse los exámenes de más adelante sin haber tenido que hacer el esfuerzo de entender a Hume, a Kant o a Hegel, pero con una bonita excusa a la que se van a sumar muchas ONGs de las indignadas a priori. Y eso, bajando al nivel de las escuelas de primaria, es lo mismo que negar la enseñanza de la lectura a los menores de ocho años, o de siete, según manías de cada maestro o de cada jefe de estudios, o prescindir de la enseñanza de rudimentos de Historia o de Literatura o de cualquier otra disciplina en su nivel inicial, tal como se prescinde. Sin conocimiento alguno de las realizaciones de las personas anteriores a uno mismo, se pretende luego obtener graduados en bachillerato que entiendan conceptos como el de compartir el espacio público con los demás ciudadanos (por ejemplo no chocándose sistemáticamente con ellos por las aceras al no levantar la vista del móvil); y así no se consigue, como es patente. De modo que para acabar con la excesiva memorización de contenidos no comprendidos, se procedió a eliminar los contenidos en lugar de buscar nuevas técnicas y nuevos valores y enfoques del uso de la memoria. Naturalmente, el resultado es una grieta en la continuidad cultural entre las generaciones anteriores a los años 80 y las posteriores que no sólo va a tener una reparación más que difícil, sino que ha traído consigo un desprecio de la convivencia democrática que está empezando a poner en peligro al conjunto mismo de los regímenes democráticos. Los niños educados en un supuesto antiautoritarismo, gracias, por otro lado, a la desaparición de los contenidos en esa misma educación, están llegando a ser adultos que se manifiestan indiferentes al régimen político o partidarios de regímenes autoritarios «si en ellos uno puede prosperar». ¿Es posible que sea precisamente esto lo que quisieran los que diseñaron este naufragio educativo hace ya cincuenta años?

– Se exageraba el comentario moral en las enseñanzas de cualquier materia, especialmente en la Europa y en los Estados Unidos cristianos aun con sus diferentes iglesias y sectas; eso entorpecía cualquier enseñanza y sesgaba cualquier valoración de novedades aunque estas fueran evidentemente útiles y mejores, pero a menudo rechazadas sólo por su aroma moral «heterodoxo». ¿Es posible que alguien no vea que en la actualidad se produce exactamente lo mismo? ¿Quizá sólo no lo ven los que desconocen de verdad el interior de las escuelas?

– Los principios políticos ya superados que sobrevivieron todavía unos años a las postguerras europeas, aunque agonizantes, siguieron conformando y contaminando los programas de enseñanza con las reliquias decimonónicas que ya de puro absurdas resultaban ridículas; las proclamas patrióticas se sucedían casi al tratar cualquier materia pero mucho más, por supuesto, en las humanísticas. Fueron acumulándose los casos de estudiantes ya maduros, de doctorado, que al acudir a una universidad extranjera no comprendían nada al principio: porque lo más básico (por ejemplo, de Historia) se lo habían enseñado exactamente al revés de como en el nuevo país se enseñaba; o habían ignorado por completo cualquier aspecto o mérito del nuevo país, así como en el nuevo nadie sabía nada del país de procedencia del estudiante, salvo, quizá, algunos tópicos despectivos, como solía ser lo habitual. Y contra esa estupidez los nuevos horizontes pedagógicos entregaron la enseñanza a la conveniencia de los partidos regionales, nacionalistas, localistas, y a la inmersión lingüística, casi siempre con desprecio de la lengua materna de los alumnos, y a unas ceremonias de glorificación del terruño que han dejado convertidas en miniaturas las anteriores y entonces odiosas de glorificaciones nacionales de la nación amplia.

¿Qué se ha ganado con todo ello? Que la enseñanza no funcione. De modo habitualmente tácito, pero ocasionalmente explícito, la sociedad ya muy madura de siglos pide a sus instituciones de enseñanza que cumpla con ciertas funciones: transmisión de conocimientos y de valores para que los jóvenes se puedan incorporar a la sociedad de todos, y para encontrar una dedicación y las técnicas para contribuir con una profesión, y por fin y con todo ello una comprensión de los valores superiores que permiten a cada ciudadano ser un colaborador activo en el mantenimiento y la supervivencia de las sociedades que hoy se quieren democráticas, y que exigen como ninguna otra que sus ciudadanos estén en posesión de esos conocimientos y sean duchos en la práctica de esos valores. Las instituciones educativas actuales no cumplen en absoluto, y son ya muchas las promociones de alumnos entregadas a la sociedad sin preparación alguna, de lo cual se valen a la vista de todos los poderes interesados en acabar con las democracias occidentales y sus valores, convocando su desinformado voto, o conjurando su irreflexiva ira de inmadurez contrariada infantilmente por el más mínimo problema. No será necesario señalar quiénes son esos enemigos, unos interiores y otros exteriores, de nuestras democracias, y de qué técnicas de flautista se valen para ir aumentando sus cotizantes.

Nada de lo expuesto está libre de tratamiento y análisis por parte de la neurobiología del aprendizaje, que, a pesar de su rigor, parece condenada a ser ignorada por quien más debería admitir sus investigaciones y sus conclusiones: esa pedagogía que parece, por proceder así, empeñada en agruparse junto a las otras pseudociencias. Y en eso se apoyan los diseños escolares de los países democráticos de la actualidad.

V. Debilitamiento de la seguridad

Seguridad y libertad sólo son rivales en las mentes más desinformadas y esquemáticas, tal como proponen los publicistas de algunas causas antipolíticas. El enrevesado cruce de vectores que hemos sufrido desde el 11 de septiembre de 2001 parece sacado de una perversa saga novelera de anticipación en la que los perjudicados son los mismos causantes ignorantes de su perjuicio.

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