Democracia fuerte 17

El Invisible Arturito

Por miedo a parecer autoritarios, o por miedo al qué dirán, o por miedo a sí mismos, muchos maestros de primaria pusieron en funcionamiento hace dos o tres décadas cierto mecanismo digamos dramatúrgico que, ante la completa falta de argumentos y de capacidad para dirigir una clase con veinte o veinticinco alumnos, al parecer les permitió durante un cierto tiempo llamar al orden cuando se desataba el caos entre los alumnos, o pedir su atención para algún sermón moral en particular, o simplemente conseguir silencio cuando la pesada tarde lluviosa traía consigo un molesto dolor de cabeza. El Invisible Arturito, que estaba al lado del maestro aunque ningún alumno lo viera, se iba a enfadar como no se callaran, o como no volvieran a sus asientos, o como no terminaran de repartir los folios para dibujar alguna sugerencia de solidaridad con causas lejanas según la consigna de ese trimestre. De modo que los cobardes maestros que lo usaban conseguían, y en el fondo hacían, lo mismo que los antiguos y ahora execrados maestros «autoritarios», que era simplemente amenazar con un cabreo con consecuencias en caso de no ser obedecidos; pero el cabreo no sería el suyo, sino el de ese tal Invisible Arturito, así que el maestro quedaba libre de todo mal sentimiento. No hará falta comentar las muñecas rusas de estupidez y de indecencia que hay en ese truco; quizá será necesario, eso sí, ser minuciosos más adelante al examinar qué circunstancias se reunieron para que eso se considera una conducta loable.

Y este miedo es algo consolidado en la actualidad, porque ya no se experimenta como miedo.

Multiplicar, para qué

Quizá como secuela inesperable por los desavisados de la existencia del I.Arturito, lo primero que empezó a desaparecer de las aulas de primaria (y, repetimos, ni sólo ni en primer lugar ni principalmente en España, sino en prácticamente todas las escuelas ortodoxas de las democracias occidentales) fue la enseñanza, el entrenamiento, la práctica y no digamos el disfrute de la aritmética elemental. Posiblemente es necesario exteriorizar manifestaciones de autoridad al imponer que 7 por 8 son 56, y lo son siempre y en todo momento, te parezca a ti bien o no, te encuentres mal o te encuentres bien, y estés de acuerdo o no lo estés. Quizá la causa de esta aniquilación didáctica sea alguna otra, o quizá lo sea esta en compañía de otras; en todo caso, implantar las tablas de multiplicar empezó a ser calificado de conducta tiránica que, por definición, impedía la realización de la consigna de una enseñanza activa y participativa:

            – ¿Y a ti qué te parece, Paqui? ¿7 por 8 cuánto debería ser?

            – Pues no sé, yo creo que 22, a mi padre le gusta mucho el número 22.

            – ¡Muy bien, Paqui! Ponemos de momento 22 aquí en la pizarra electrónica. Paqui quiere que sean 22, pues ahora son 22. ¡Ya veremos luego si otros compañeros dicen otras cosas, y votaremos!

El miedo a parecer autoritario al ejercer simplemente la autoridad necesaria y fundamental para dirigir un grupo hacia un fin preestablecido conocido sólo por uno de los miembros, ese concepto tan absolutamente elemental de la más esquemática dinámica de grupos, ha sido desde el principio, a mediados de los años setenta, pieza fundamental del deterioro educativo. Lo que es preferible en primer lugar es quedar bien con los compañeros maestros y sobre todo pedagogos orientadores e inspectores, y que estos le califiquen a uno de camarada igualitario y solidario; lo que hay que evitar a toda costa es que puedan confundirte con un personaje fascista que impone su criterio a los demás (incluyendo en ello el resultado de 7 por 8, pero también el de 8 por 9). Sea lo que sea, pase lo que pase, que venga el diluvio o el volcán, pero que de ninguna manera y en ninguna circunstancia pueda suceder que los sanedrines progresistas empiecen a dudar de ti.

Y esto es algo consolidado en la actualidad.

El mejunje didáctico

Los maestros de primaria ya venían siendo desde los años ochenta un grupo de profesionales de altísima fragilidad y fiabilidad imposible. Junto a los magníficos maestros ya veteranos, que no sólo sabían de todo sino que sabían, además, cómo transmitirlo y cómo superar las dificultades de los alumnos para aprenderlo, se encontraba ya un grupo creciente de graduados de las escuelas de Magisterio que empezaban a no ser inteligibles cuando proferían la más elemental y breve de las sentencias que de pronto habían tenido a bien proferir, en general sin que nadie se lo hubiera pedido. Y eso era así, principalmente, porque en esas escuelas donde los preparaban (y que, por mera presión sindical y del sofocante narcisismo propio de la casa, empezaron a cambiar su nombre al de «facultades de educación») habían procedido a batir en la misma salsera los estudios de maestro y los de pedagogía y, por supuesto, esta, con su retórica y su vanilocuencia acobardada, se había impuesto a la verdadera preparación práctica para enfrentarse a aulas con veinte o treinta fieros muchachos de diez o doce años. Para los ajenos y lejanos al mundo escolar no es fácil hacerse una idea del extremo de absurdo y de misología que desde entonces se impuso y ha ido creciendo con las décadas y es hoy, al final, el emperador se diría que eterno de ese mundo; habría que recurrir a comparaciones casi cómicas para darlo a entender, como la de esa investigación de Biología fundamental cuyos agentes se empeñan en meterse en la habitación del hospital o en el quirófano donde un paciente simplemente quiere solución para ser curado, y no experimentalismos y conjeturas y sobre todo sermones y sermones inacabables sobre el progresismo o el antiprogresismo de emplear tales técnicas o medicamentos; los pedagogos empezaron a hacerlo pero, al comprobar que las aulas de Primaria, a partir de cierta hora de la jornada, no suelen ser un lugar agradable de moquetas y sillones y mucho menos de sensaciones olfativas agradables, lo que hicieron fue (porque la presa no la iban a soltar, ellos mismos o por vicarios interpuestos) pedagogizar (que es como suelen llamarlo los rebeldes en la enseñanza) a los maestros. Se consiguió así una especie de tontos útiles, o agentes sacrificables, o peones sumisos, enviados a experimentar con los alumnos todo tipo de ocurrencias, ideas felices, raptos mentales, y concursos de extravagancias, pero solamente si alguien había conseguido con anterioridad retorizar la ocurrencia o la extravagancia para hacerla defendible como progresista, elemento imprescindible de todo este circo nefasto de vanidades. Y esto es algo consolidado en la actualidad.

…y todo lo demás

Castigo colectivo en círculo al alumno de siete años que ha dicho que le parece bonito un árbol cortado, proceso popular a la alumna de ocho años que no ha querido prestar su estuche de lápices de colores el día que lo estrenaba, retención en la ignorancia lectora como mínimo hasta los siete años, y en algunos casos hasta los nueve… Casi no hay un elemento de la vida escolar que en la actualidad no esté infectado de estupidez política o de rabieta adolescente; casi no hay un maestro de primaria que supere los niveles básicos de alfabetización y aun con ello se cree convencido de estar facultado para ironizar contra los que proponen enseñar más o simplemente enseñar algo.

Si se supera la náusea de la pedagogía (que es, lamentablemente, evitable, como lo sería si nos la produjera una práctica médica que se hubiera dedicado por entero a la oración mariana en lugar de a la aplicación de resultados científicos), no cabe más remedio que reconocer el paisaje al que se llega, para denominar el cual no hay escapatoria (y por eso su mención se constituyó en tabú desde el principio): la idiotización de los maestros es la causa inmediata y general de que los alumnos se gradúen en primaria sin los conocimientos ni las habilidades ni las técnicas mínimas para afrontar la enseñanza secundaria, ni para comprender la finalidad de la escolarización, ni la necesidad de incorporar progresivamente normas de socialización, modales y protocolos.

Ni para leer literatura ni para ver cine ni documentales, ni para oír música anterior, ni para escuchar conversaciones ni para intervenir en conversaciones y tertulias.

Quien todavía no se lo cree, que pregunte a esos pocos jóvenes brillantes que, en efecto, los hay, pero siempre hijos del heroísmo familiar o de algún docente, y se preparen a oír relatos dantescos de la apatía intelectual, la desconcentración permanente, y la incomprensión de cualquier norma o comentario o referencia cultural o ética que ellos mismos observan en sus coetáneos.

Con todo eso, no es de extrañar que, en casi todos los países democráticos, los menores de cierta edad no estén interesados en absoluto en mantener un régimen democrático, y apoyarían sin problemas políticas autoritarias si estas les tren lo que en las encuestas llaman «prosperidad personal»: simplemente, porque no saben. Es curioso que esta carga de profundidad contra la supervivencia de la democracia esté absolutamente libre de observación y mención por parte de las agencias conspiranoicas habituales, cuando se diría que es alimento perfecto para ellas: empieza poco a poco a hacer esto en la enseñanza y en la escuela y en la educación familiar, y en treinta o cuarenta años te habrás cargado la democracia.

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