Los demócratas negligentes deberían cuidar mucho su actitud. Se ha comentado a menudo que, para empezar, son aquellos que, según Platón, constituyen la tercera generación de nacidos ya en democracia: como los peces del chiste, ni siquiera notan que viven en una cosa diferente a otras posibles que se llama agua. Aunque probablemente eso es algo injusto si miramos al día de hoy, porque descuidados y frívolos con las cosas de la polis los hay de todas las edades, si bien con diferentes modalidades de desatención. Por lo que respecta a los más jóvenes (lo cual incluye a todos aquellos que nacieron en España después de 1975 o 1980), probablemente es entre ellos entre quienes encontramos personas con más sólido sentido común y más energía para organizar la vida colectiva, pero, al mismo tiempo, es donde llegan al máximo los descuidos y el desinterés por los trabajos que una democracia necesita para seguir siéndolo. Es cierto que en la mayoría de las ocasiones ese desinterés es mera continuación de la última propuesta idiota de algún mayor quizá ya idiotizado, o simplemente quemado, o simplemente aburrido y jugando a killer para divertirse a costa de todos. Pero ahí se pone de manifiesto el problema: ya hace muchas promociones que no hay formación suficiente en los ciudadanos que van llegando a la mayoría de edad para ser proporcional y oportunamente críticos hacia ese tipo de discursos públicos que se manejan en política (y no digamos en publicidad de objetos de consumo; aunque la política va siendo cada vez más uno de estos). Ya hemos comentado, y es visible hasta con los ojos cerrados, que es común confundir actitud crítica con rechazo caprichoso. Pero todo esto, ¿de dónde sale? Todos los niños intentan imponer su capricho, y depende de la educación que se les proporcione el que sepan admitir que no pueden imponerlo, por resumirlo en esta síntesis. Pero ¿quién proporciona hoy esa educación?
No se puede dudar, si se tiene un mínimo conocimiento de la materia, de que la enseñanza, la educación y la escuela heredadas necesitaban, superando la mitad del siglo XX, una profunda y extensa reforma. Sólo los muy anclados en los hábitos paramilitares, o los cazurros vocacionales, o los que sacaban rentabilidad, permanecían ciegos a esa necesidad.
La enseñanza que se practicaba a mediados del siglo XX, arrastrada por pura inercia hacia el último cuarto de ese siglo, necesitaba ciertamente mejora.
Ya entonces, y en primer vistazo, podía establecerse un primer programa de reforma que revisara y reparara esos problemas que saltaban a la vista:
– Autoritarismo excesivo y arbitrario.
– Desinterés por la comprensión de los contenidos y exceso de memorización.
– Imposición de criterios religiosos o, en su lugar, camufladamente moralistas.
– Sesgo chauvinista universal y su consecuente falseamiento de la Historia.
Valga la breve relación como primer índice, que ya en aquella misma época se planteaba, de los problemas que casi asfixiaban la vida escolar, sin perjuicio de posteriores observaciones.
Qué buen material para un diagnóstico afinado, y para una prescripción reparadora. Era obligado, y en consecuencia apenas se cumplió, ser muy precisos en cuanto a las personas y las escuelas en las que estos problemas agarrotaban la enseñanza, porque, aunque hoy se ha olvidado, esos criterios generales no se daban de modo universal. Se ha ocultado hasta tal punto que casi se hace difícil en la actualidad decir que muchos maestros y profesores y muchos colegios eran modelos de equilibrio entre el ejercicio de la autoridad y el de la tolerancia, y que luchaban verdaderamente por facilitar el acceso de los alumnos a los conocimientos de modo razonado, y manifestaban en todo estar en posesión de un saludable sentido común y no imponían prácticas religiosas ni sectarias, ni hacían propaganda nacionalista y antihistórica. Nada de todo lo anterior se ha inventado recientemente, aunque fue ignorado en los momentos de las reformas. Los males, por su lado, eran reales y extendidos, y eso oscureció lo demás.
Pero el autoritarismo arbitrario fue sustituido por un autoritarismo sistemático y reglamentario de un escalón superior y que, en realidad, acabó bifurcado: autoritarismo sobre los profesores ejercido por las inspecciones pedagógico-administrativas y autoritarismo sobre los alumnos ejercido por los profesores apremiados y ansiosos por obtener ciertos resultados reglamentarios de esos alumnos.
El desinterés de ciertas metodologías escolares por la comprensión de los contenidos por parte de los alumnos fue sustituido no por mejores técnicas y narraciones, sino por la eliminación de los contenidos, en jugada típicamente pedagógica, que se puede resumir en la propuesta ubicua de que los problemas de las poblaciones sin alimento se arreglan dando una pastilla que elimine la sensación de hambre.
La imposición o, como mínimo, el falso sobreentendido religioso o moral, que en efecto manchaba y entorpecía cualquier aspecto de la vida escolar, no fue reformado para obtener en su lugar una especie de laicización a la francesa, sino directa y abiertamente sustituido por la imposición de otra religiosidad y otra moral tan inexplicadas, dogmáticas y arbitrarias como las anteriores.
El nacionalismo o, quizá, cierta modalidad perfumada de xenofobia (que por cierto no era mayor en España que en el resto de los países, como luego se ha ido sabiendo) no fue eliminado o sustituido por equilibrio intelectual y ecuánime sino, a la postre, tal como vemos en la actualidad, por una acrítica autofobia y una glorificación de lo diferente, lo ajeno y lo minoritario no porque esto fuera o sea mejor, sino porque es diferente, ajeno y minoritario (y todos los problemas observables en la aplicación del principio de tolerancia y del principio de solidaridad se manifiestan en este fenómeno).
Así como los seis problemas debilitantes de las democracias que estamos examinando, estos cuatro primeros defectos de aquella enseñanza necesitada de reforma no se entendían ni se entienden separadamente, porque unos tenían y tienen elementos de los otros. Aquello de «eliminar el autoritarismo» muy pronto pareció una broma, y lo sigue pareciendo en la actualidad, a la vista de los nuevos modales y los nuevos reglamentos de obligado cumplimiento tanto por parte de los profesores como por parte de los alumnos. Porque ese que denominamos «autoritarismo arbitrario» no es menos una concepción de sí mismo por parte de quien ostenta, o quizá detenta, la autoridad, como, además, unos modales de imponer las normas que dice defender. Y si execrables eran los «modales autoritarios» de la antigua escuela (que, repetimos, no era toda la escuela del pasado) y erradicables los «porque yo lo digo» y los «aquí mando yo» y toda esa retahíla en el fondo paramilitar o paraeclesiástica, hoy son habituales las situaciones y las relaciones tan parecidas a aquellas que cuesta negar que sean las mismas. Y de nuevo nos encontraremos ante el azar del talante del inspector que le haya tocado al delincuente (en aquella excursión ultraprogramada con horas y minutos y acciones y explicaciones introdujo, improvisando, unas historias humorísticas de hurones parecidas a las de Teseo y el Minotauro, pero para gentes de doce años, historias que por supuesto no se le habían ocurrido a ese profesor al programar la excursión cinco meses atrás; ni los agujeros de las huroneras estaban previstos; ni menos mención alguna a Teseo). Hay inspectores majetes, del interrogatorio con los cuales puedes salir con tu profesión y tu expediente indemnes tras esa fechoría huronístico-antiprogramatoria, y los hay más frecuentemente (ellos viven también bajo un autoritarismo ahora político de sus jefes políticos) severos, literales, reglamentistas y, en efecto, autoritarios, que se consideran facultados para tratar al profesor reglamentariamente laxo con acritud, filo y lija: como ha hecho y hace cualquier autoritario desde siempre, por causa de su conveniencia personal (le va a ir mal al inspector entre sus colegas como no vuelva con una buena narración de humillación y castigo, y no digamos con sus superiores) pero apoyándose cobardemente en que «los reglamentos son así». Ni esto es una excepción, ni es minoritario, ni es razonable en ninguno de los casos, ni obedece en modo alguno, ni se puede retorcer en modo alguno para que parezca que obedece, a una reflexión y a unas intenciones políticas democráticas y profesionales resumidas en la búsqueda de una mejor enseñanza para bien de todos, de la sociedad, de cada alumno, y de la ciencia y el arte. Eso importa un pimiento a los responsables de la enseñanza, y esto, que es la verdad fundamental de la administración educativa, es perfectamente desconocido por la población, y todas las veces que se diga serán pocas. Sólo importa no quedar mal ante los sucesivos superiores de cada estrato y, en definitiva, ante los jefazos del partido político que lleva el volante de la administración esa temporada.
Ese miedo al jefazo se traduce en talante y modales autoritarios entre los profesionales y de estos ante los alumnos, por más que ante estos todo se camufle, como todo ante los menores se camufla hoy en día, de blandosidad azucarada de tolerancias muelles y falsos democratismos en las aulas, que hacen a los jóvenes salir de estas a los dieciocho años seguros de que un desinformado tiene tanto derecho a decidir sobre la energía nuclear o sobre los procedimientos quirúrgicos o sobre la construcción del viaducto para el tren como el que entiende de esas materias. Y eso sin haber contemplado todavía el régimen de castigos apenas encubiertos en el que viven los alumnos, todo bajo el paraguas de «ser solidario», por ejemplo, o cualquiera de las jaculatorias que esa temporada estén de moda entre los administradores educativos antidemócratas.
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