Podría no serlo, y debería no serlo, y podría ser muchas otras cosas, la mayoría decentes, humanas, positivas y democráticas, pero sólo ha llegado a ser un foro donde argumentar en frenética competición a favor de la erradicación de los conocimientos científicos y humanísticos en los programas de enseñanza. La Pedagogía podría ser una muy necesaria reflexión sobre cómo transmitir los conocimientos y no solamente a los menores de la sociedad sino nuevos conocimientos entre los mismos veteranos. Siempre habrá algo que mejorar. Siempre habrá algo que los alumnos (sólo el uso de esta palabra ya lo considera la actual pedagogía como indicio casi de delito por parte del que la profiere) no terminan de entender, o el profesor no termina de comunicar eficazmente, y ahí tendría la Pedagogía un papel insustituible y fundamental, como análisis de la situación de enseñanza, diagnóstico y reparación. Hay otra parte de la Pedagogía que es más formal o externa a la enseñanza y se concentra en la organización del mundo educativo, tanto la interior de cada escuela como la exterior de la distribución geográfica y demográfica, y el análisis de lo que hoy con un eufemismo se diría que avergonzado todos llaman «recursos», que es, sencillamente, dinero, y la reparación de su distribución tropezada cuando se vea necesaria, y la distribución de los profesores, etcétera.
Podría ser, quizá, podría haber llegado a ser una ciencia, quizá de la familia de la bioneurología, que nos explicaría los mecanismos del aprendizaje.
Pero el despiste de los administradores más altos de la enseñanza en las democracias avanzadas, despiste que, aunque parezca increíble, ya comenzó en los años 60, y administradores que estaban ocupados en otros asuntos más cercanamente relacionados con su supervivencia política, dejó que los experimentalistas más a la izquierda (es una casualidad, pero así fue) del Partido Laborista inglés pudieran jugar a su antojo «anticlasista» y modificar la, probablemente, muy clasista enseñanza inglesa por aquel entonces. Aunque no se trata de hacer ahora y aquí una historia del naufragio de la educación occidental, son necesarias por lo menos unas notas que recuerden que el origen de que hoy apenas se enseñe en las escuelas es ese: la preocupación por las escuelas «clasistas» inglesas y por hacer que dejaran de serlo, aun a costa de que las tareas que se le suponían encomendadas a la enseñanza fueran abandonadas.
Todo esto resonaba en los años setenta como la campana de Huesca por los valles pirenaicos. Cada vez que se inventaba una nueva ocurrencia, el badajazo llevaba a los recién creados personajes universitarios al éxtasis: sin mucho que hacer en unas facultades de Filosofía serias y rigurosas y a menudo difíciles, y sin las tragaderas de la recién creada Psicología (universitaria) para un inacabable y se diría que único estudio de estadísticas y estadísticas y estadísticas, arrinconados entre lo que no conseguían entender y lo que no conseguían alcanzar, los de las facultades de Pedagogía fueron, entre arrogancias e ironías hacia todos (nadie que no fuera de ellos podría comprender lo que ellos sí: que la enseñanza y la transmisión de conocimientos y éticas había sido un fracaso durante cientos de años, reformas y avances incluidos), haciéndose un hueco en el sentir de las socialdemocracias hegemónicas en la época. Lo que luego han hecho los populismos gruesos y amplios en los años veinte del siglo XXI, conquistando el poder público para exclusivo beneficio de sus tesis elitistas e idealizadas de asambleas de bisoños universitarios postadolescentes, es exactamente lo que empezó a hacer, y consiguió llevar hasta el éxito muy pronto, la Pedagogía de aquellos años setenta, que es la que hoy sigue dictando, sancionando, aprobando o prohibiendo y condenando cualquier iniciativa relacionada con la enseñanza.
A todo esto, lo que la misma Pedagogía no debió haber olvidado nunca, y olvidó, y hasta el día de hoy se suele olvidar cuando se trata cualquier aspecto relacionado con la enseñanza, es que esta enseñanza, si no está dejada negligentemente en manos de las escuelitas parroquiales decimonónicas o de iniciativas privadas de la élite económica, es uno de los muy pocos pilares fundamentales de la sociedad democrática, que no por casualidad se ocupaba hasta hace poco de erradicar el analfabetismo y, después, la ignorancia, en sus ciudadanos jóvenes: porque la participación política exige, si bien no un dominio de los más sofisticados conceptos de la politología y afines, sí desde luego una capacidad para entender las leyes y participar en la medida en que se pueda en su confección por encima de unos mínimos. Y esos mínimos se llamaban hasta hace poco cosas diversas, como «cultura general», «preparación» y expresiones similares. Bastará observar el rechazo que estas expresiones producen en los más condecorados asesores de las políticas educativas para comprender que no son algo que en la actualidad los administradores de las democracias quieran, ni esperen, ni necesiten. Han conseguido, de hecho, mediante las más elementales técnicas publicitarias (pero extendidas en el tiempo y al final eficaces), que «casi todo el mundo» sienta que expresiones como «cultura general» sólo significan patrañas de un pasado indeseable, en el que unos empingorotados que se sabían las capitales del mundo expulsaban de los teatros a los, al parecer, descamisados que lo eran por no sabérselas. La caricatura, que se ha presentado con diversos disfraces, fue prácticamente lo primero que se forjó con esfuerzo de muchos y en acto muy consciente de «creatividad colectiva» en los bares de las facultades universitarias de pedagogía de aquel entonces. Ya estaba claro, pues, que si queríamos que la «enseñanza» se extendiera «hasta el último rincón de la sociedad», no podríamos detenernos en tonterías como la geografía o la química o la literatura. Y así se hizo, y, aunque los españoles creen, según costumbre, que esto fue un asunto sólo español, se equivocan por completo, porque sucedió en prácticamente todos los países occidentales a la vez (pero diez o doce años después que el semillero donde todo se crió, que fue Inglaterra): en todos había «últimos rincones» a los que todavía no había llegado más que un sustitutivo aminorado de escuela, o ninguno en algún caso, y por supuesto no podríamos permitir que eso siguiera siendo así ya superadas todas las postguerras europeas y entrando en el último cuarto del siglo XX. Y sucedió igual en todas partes, y la Pedagogía se ufanó de ser la autora: llegaron las escuelas estatales o públicas a todas partes, pero con el precio de que lo que llegó no fueron escuelas.
Y hoy, treinta años después, hay quien se extraña de la adhesión hipnótica de grandes grupos del electorado al primer candidato autopostulado para los más altos puestos de la política a pesar de no ofrecer ideas, proyectos y caminos, más que los elementales y tópicos ya ofrecidos desde antes de Romanones, para que luego los parroquianos tuvieran tres frases sonoras con las que defender su voto ante sus paisanos en el bar del pueblo.
Tres frases; experimentalismos meramente conjeturales y románticos de bisoños universitarios aún escocidos por su difícil trayectoria escolar; socialdemocracias europeas en su época de gloria rampante; eclesiásticos decepcionados por su incapacidad en las facultades de filosofía. Una coalición insuperable para salir al mundo e imponer sus intenciones (o su alegría, o su rabia, o sus hormonas, o su decepción) y, de paso, hacerse con un porcentaje del poder o de la ideología o del dinero circulante por el mundo de la enseñanza (y que las órdenes religiosas, en ese momento de laicización, veían con pavor; pero no sólo consiguieron sobrevivir, sino que lo hicieron creciendo y, además, invadiendo sin publicidad gran parte del contenido «nuevo» de la enseñanza general).
Será imposible más adelante no entrar en detalles de la pedagogía fallida: así como la curación de los cánceres ya empieza a ser una extendida realidad gracias a los protocolos científicos más extremos y rigurosos, y en absoluto gracias a oraciones, ensalmos, emplastos milagrosos o sonidos de diapasones, la recuperación de los contenidos y los conocimientos en la enseñanza y por tanto entre la ciudadanía será posible en el futuro por muy otros medios, ajenos y lejanos a cualquier cosa que cualquier pedagogía aprobada hoy proponga.
De momento, ya es visible que en la población hay un corte radical y que ese corte, desgraciadamente, está relacionado con la edad. Por debajo de cierta edad, muy pocos (sólo los hijos o los alumnos de héroes) comprenden que la herencia cultural de nuestra sociedad es la propia herencia personal, se quiera o no, guste o no; y que lo peor que se puede hacer con ello es ignorarla o despreciarla. Eso ha creado esa extraña gráfica de población actual, inmanejable desde el punto de vista sociodemocrático, en la cual queda de manifiesto que unos opinan y votan según programas y horizontes y otros opinan y votan según melodías y peinados.
Y eso es, para una democracia avanzada, algo más que debilidad.
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