Y aunque no es del todo necesario que se tenga un ministerio al servicio completo de la causa, tenerlo sí que ayuda a la implantación de una pseudociencia como criterio y programa de gobierno.
Naturalmente, las sarracinas se organizan acerca de qué debe ser considerado pseudociencia y qué no. Como es esperable, todos los que, mirados desde fuera, ofrecen un aspecto sospechoso, se apresuran a negar que sean pseudociencia o, siquiera, protociencia. ¿Es que no hay, entonces, un criterio más o menos objetivo al que nos podamos agarrar? Naturalmente que sí lo hay, pero pertenece a esa clase de cosas autobloqueadas que, por desgracia, siempre obligan a estar combatiendo con los administradores, con esos profesionales del pseudo y con los beneficiados de ambos. Se trata de aquello que hace tiempo se formuló, en plan más popular, así: es imposible que un ministro de educación que no ha estudiado física entienda la necesidad de no eliminar la física de los programas de Secundaria (se dice más y es más angustioso cuando se trata, por supuesto, de filosofía, de historia y de literatura: de qué servirán estas cosas, si sólo dicen patrañas). Será simple, pero es certero: todos los que viven de las pseudociencias, lo cual les ha costado muy poco conseguir, pelean como locos contra los que no viven de ellas aduciendo que estos no entienden lo importante de esas materias; y que, si quieren entenderlo, que vengan y se hagan el cursillo, y verán cómo lo entienden.
Y así sucesivamente; como siempre, el bucle autorreferencial.
Pero sí: al final, no hay más remedio, y tampoco es que sea lamentable precisamente, que recurrir a Popper. Y a este sí que hay que estudiarlo, pero no porque defienda lo suyo, sino porque dejó sentado el concepto de falsabilidad en las reflexiones sobre la ciencia, que sí que se trata de un criterio ecuánime, neutro, ajeno a todo interés y además no afectado por el momento histórico (y que lo entiendan los dialéctico-esquemáticos).
Y, a partir de ahí, el problema es que cada cual puede montar la secta que le dé la gana, pero a veces quiere, y consigue, que esta secta influya en la política, e incluso más que influir, y la dicte. Y no hay un solo caso en el que esto haya sucedido del que se pueda decir que ha sido para bien.
Hay muchas cosas que influyen en la política y hasta llegan a dictarla. Las que no reclaman para sí el título de ciencia son materia a tratar en otro momento: en España sabemos mucho de la religión dictando directamente decretos y leyes, por ejemplo. Pero la religión no ha presentado sus tesis como científicas. Muchas otras áreas de actividad se postulan como dictadoras: el deporte, por ejemplo. Cuando sólo lo hace, con su inevitable vanidad por delante, como escuela de valores o cosa parecida, se queda en el mero autoelogio. Pero son frecuentes los momentos en los que se desliza hacia la rimbombancia cientifista, y ahí es donde empieza a sumar adeptos y premios de la gente, de las convicciones de la gente, y por supuesto de los medios de comunicación, y a menudo hasta de los más altos administradores públicos. Claro que el modelo de esta rimbombancia es el de las muy diversas y variadas dietéticas y dietologías, empeñadas cada una de ellas, como el cardiólogo del chiste, en estropear al usuario todo aquello de lo que cada una no se ocupa «porque no es de su especialidad». De modo que la dieta que destroza un hígado se ve compensada por la que hace migas un páncreas, pero la que regenera un riñón lo hace a costa de cargarse las coronarias. Y todas luchan sin descanso por conseguir un puesto en los más grandes hospitales públicos, los cuales, tratándose de España, no son exactamente un premio menor, cuando se trata de unos hospitales que por muchos conceptos y en muchas categorías son número 1 mundiales: es verdad que participar de algo así cuando uno empezó simplemente vendiendo la avena sobrante del sembrado de sus abuelos debe de ser apetecible.
Pero el ministro del ramo, cuando sus cercanos le empujan por fin a hacer algo, se dedica a decir que no, y ello sin mucho fundamento ni mucha explicación, más que la de que esas materias a las que niega su adopción pública no son científicas, cuando todo el mundo sabe que él y su equipo son, ante todo, científicos; pero a continuación desarrolla nuevos párrafos sobre nuevas campañas de su ministerio dedicadas a la extensión científica del conocimiento de las sexualidades no binarias y fluidas en los primeros cursos de Primaria, en colaboración con el no menos científico ministerio de educación, sea cual sea la denominación que esa temporada tiene oficialmente ese ministerio.
Eso es, y lo es frecuentemente, llover sobre mojado.
Convertir las ciencias anejas a la medicina (que no es ciencia, y eso parece olvidarse casi siempre) en un mero mercado de farmacéuticas a la puja, y esconder cualquier motivo meramente económico tras el disfraz de la cientificidad o no cientificidad de la decisión es, desde luego, indecente, pero es algo todavía más grave: es un error que debilita la sanidad pública, sus prestaciones, su fundamento y su servicio (y lo mismo se tiene que decir de la educación, de las infraestructuras, de la seguridad, etcétera), y con ello el aprecio hacia la democracia.
Pero el mojado sobre el que ha caído esa lluvia de la ilustración anterior es el peor de los posibles: una administración educativa que, con tal de sobrevivir al absurdo (y siendo, como es, la educación pública un soporte esencial de las democracias), acepta el dictado de la última ocurrencia vengativa autopresentada como científica acerca de esa continua y obsesiva «innovación educativa» que, de tan patológica como el peor TDAH, parece dominar cualquier reflexión sobre la enseñanza. ¿Por qué hay en todo momento y en toda época nada menos que un negociado con carácter de dirección general, llamado «de innovación educativa»?
Es inevitable acabar, de momento, la reflexión sobre las pseudociencias como debilitadores de las democracias avanzadas hablando de esa Pedagogía y de su competidora, la Economía. Nadie se atreve a decir nada no ya contra, sino simplemente sobre ellas; como mucho, últimamente hay chistes sobre algunos economistas de los que se han hecho famosos en las televisiones, a propósito de su carácter de «pronosticadores del pasado».
Pero casi todo lo que hace un gobierno tiene por lo menos un pie apoyado en esa «Ciencia Económica» que cualquiera que la haya estudiado sabe que tiene de ciencia lo mismo que la venta de chucherías. Es decir, las fábricas de chucherías usan la Química, sus contables usan las Matemáticas, los camiones de distribución hasta las tiendas usan la Física (y todo lo demás, claro), y así sucesivamente; pero ¿eso permite afirmar que «la venta de chucherías es una ciencia»? Del mismo modo, por supuesto que en la economía hay usos a retales de los que otras ciencias fabrican; pero cuando no ofrece repetibilidad de sus resultados en entornos exentos, predictibilidad en ocasiones inconexas y posteriores y uniformidad independientemente de las variables no esenciales, y en definitiva, falsabilidad, ¿por qué es tan terrible afirmar que está en la misma posición que la ufología en el ranking ciencia-pseudociencia? Sin duda, las empresas necesitan contables, y la Hacienda pública necesita controladores, del mismo modo que el tráfico rodado necesita guardias de tráfico y la iluminación de las calles necesita algún encargado que le dé al interruptor al llegar la noche. ¿Son ciencias la guardia del tráfico o el encendido de las farolas callejeras?
Por ese dictado paradójico del prestigio-desprestigio de la adjudicación de carácter científico a una técnica o a un arte o a cualquier disciplina, y al haber atribuido el carácter de ciencia a algo tan poco científico como la economía, las democracias adoptan cotidianamente decisiones que las debilitan: sólo por ajustar un balance previsto en una acción legislativa, y no porque no haya dinero disponible, ¿cuántos hospitales comarcales han dejado de abrirse cuando el criterio puramente médico y demográfico aconsejaba que se abrieran? ¿Cuánta tecnología de vanguardia clínica o cuántos fármacos se han dejado de comprar sólo por no molestar a los guardianes de los libros contables? No hay un área de trabajo de lo público que no haya sido deseada, y luego conquistada, por la economía autoconsiderada científica; y hay progreso, sí, como es evidente, pero sólo con un esfuerzo sobrehumano y agotador de algunos locos metidos a administradores que luchan hasta la extenuación por abrir ese nuevo hospital o construir esas nuevas viviendas sociales o esas autovías o esa nueva línea de tren. Y si consiguen algo, se agotan en ello y a continuación se van: se agotan luchando contra el feng-shui o contra el fundamentalismo antinuclear que no distingue un isótopo de un ión, es decir, la economía; economía que ha adquirido ese estatuto de ciencia pero que sólo lo es cuando es contabilidad. ¿Qué es, por su lado, la Pedagogía a la que se ha entregado el control de la enseñanza en las democracias?
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