Cuidado con los manifiestos furiosos,
que parecen muy amigos de las pseudociencias y, a un tiempo, de las denuncias contra las pseudociencias. La reflexión sobre la influencia de las pseudociencias en el debilitamiento de las actuales democracias avanzadas corre siempre el peligro de la radicalidad destructiva que es propia, por ejemplo, de las teorías conspiranoicas que con regularidad se discuten en la sociedad. Probablemente, hasta el lector más moderado tiene que luchar para no aplicar a un texto que quiere ser simplemente reflexivo las entonaciones y el ardor de los clásicos manifiestos de dementes del estilo de los Unabomber y similares que con cierta frecuencia aparecen en los medios de comunicación. Hay que evitar la impulsividad y las insidias, por otra parte ubicuas en el discurso público, cuando se quiere conversar sobre el carácter más o menos científico (y, lo tengan o no, sobre lo oportuno de su influencia sobre la política) de ciertas disciplinas o programas o técnicas que en muchos casos gozan ya de gran arraigo en algunos sectores de la sociedad o, incluso, en algún caso, de consenso general sobre su necesidad, su verdad y su beneficiencia, cuando se trata en realidad de emperadores desnudos de la fábula, como podría ser el caso de la Pedagogía (que, no por casualidad, dedica la mitad de sus energías a demostrar continuamente que «es ciencia»). Por seguir con este caso de ilustración, ya hace tiempo que muchos han advertido y siguen advirtiendo a todos acerca de esos errores pedagógicos que, además, han conseguido posición política como para ser impuestos a los profesionales del ramo; pero los beneficiados por esta imposición consiguieron previamente el estatuto de científicos, que para muchos viene a parecerse al de indiscutibles, y con eso se bloquea incluso el comienzo de discusión alguna que pudiera ayudar a mejorar la situación.
Lo que sucede con esos autocientíficos de la pedagogía, de los que volveremos a hablar más adelante, es el modelo de lo que sucede con todos los que ruedan cocos sobre las barrigas de los que sufren apendicitis, o sofocan con vapores y humos tóxicos supuestamente curativos a los que sufren de celos o, simplemente, los que someten a encierro e interrogatorios camuflados a los que se salen un poco de la norma (política) o no cumplen con los modales (que no molesten) bajo la denominación psiquiátrica de «disfuncionalidad» y similares.
Qué pseudociencias
Basar decisiones de gobierno sobre discursos tomados por científicos, pero que no lo son, es un elemento debilitante insuperable. Las pseudociencias, que, insistimos, puede que no sean exactamente o solamente las que en tiempos recientes se ha popularizado que son, absorben todo lo que pueden a su alrededor, consumen las energías de todo y desvían la atención de los problemas verdaderamente importantes y obligan a conductas verdaderamente lesivas o, como mínimo, irrelevantes, y consumen tiempo y esfuerzos. Además, hacen que los gobiernos democráticos les presten atención en sus conferencias de prensa con inexplicable regularidad, pero en esta ocasión más frecuentemente sólo a algunas de ellas, a las que ridiculizan o cuyo ejercicio prohíbe o castiga; y, mientras tanto, esos mismos gobiernos (o sus opositores, que tanto da) se dejan convencer por otras pseudociencias, que son menos mencionadas en público denuesto, o no mencionadas en absoluto como pseudociencias.
Se diría que casi todas las personas alfabetizadas están de acuerdo en que encender una vela de estiércol a Papa Legba no va a curar a nadie ni la diabetes ni la leucemia. Pero sucede que hay bastantes personas que se prestan a hacerlo, aunque no parece que en la misma medida en que hay gentes, que empiezan a recibir el nombre de preparacionistas, que acumulan flechas de autoproducción, fibras para hacer arcos y hasta decenas de bifaces de sílex en ciertos puntos del sembrado familiar o de la parcela de la urba del pueblo, convencidos de un probable y próximo fin más o menos zombi de nuestra civilización: pero hay que tener cuidado, porque si esto parece algo loco, resulta que lo llevan a cabo sólo unos cuantos, mientras que lo de acudir a santeros, homeópatas, aromaterapeutas y afines está más extendido de lo que cualquiera pueda imaginar. Hasta hay médicos de familia de la Seguridad Social que apoyan la prescripción de cierto producto ante algún paciente escéptico con las palabras «no puede fallar, es homeopatía».
Pero cuántos hay que no están de acuerdo en absoluto con que la homeopatía es una pseudociencia. Y, del mismo modo, los hay que creen (el verbo ya es indicio de irregularidad) en el carácter científico del veganismo e incluso del frutivorismo, o del ecologismo antinuclear, o de la belicosidad antitransgénico e, incluso, por imposible que pueda parecer, en el carácter científico ya mencionado de la pedagogía.
La paradoja del combate de las pseudociencias es que estas basan su existencia y su pegada, simultáneamente, en el prestigio de la ciencia y en el rechazo a las ciencias. Sólo esto ya nos tendría que poner sobre aviso: es un territorio en el que pocas cosas son lo que parecen, salvo que parezcan carroña, que entonces sí son lo que parecen. Pero a un lado y al otro del combate. Por ejemplo, el discurso antinuclear, aunque está muy ramificado en realidad, sostiene en todo caso que el recurso a la energía nuclear es fruto de la idolatría hacia la ciencia; y continúa desde ahí con el argumento de la deshumanización de nuestras sociedades, en general sobre la acusación primaria de «capitalistas» o cosa parecida, deshumanización que nos ha llevado a preferir nuestro inmediato bienestar energético a la supervivencia del planeta, etcétera. El discurso continúa con las afirmaciones, dadas como axiomas, de que a) no nos hace falta tanta energía, b) no debemos dejar que los científicos controlen las sociedades y c) la verdadera ciencia nos enseña que hay otras formas de producir (?) energía más limpias, más «humanas» y (de veinte años a esta parte) «sostenibles». Hay que comprender que el conjunto del discurso antinuclear, hoy nutrido por mil aportaciones procedentes de mil regiones distantes, es, en su origen, un exudado de los años finales de la Guerra Fría, y procede concretamente del bando digamos oriental, del sistema solar soviético y su organización política, que siempre ha presumido de estar basada en algo que según el contexto recibe nombres más o menos admisibles, pero que casi nunca prescinde, al final, de la coletilla «socialismo científico».
Así que lo científico es bueno y es malo a la vez: no me discutas pidiendo rigor científico, porque eso es un constructo (últimamente, además, constructo viril, blanco, europeo, cisgénero, heteronormativo, etcétera), y además porque mis afirmaciones están científicamente demostradas. ¿Demostradas cómo? ¿Qué demuestra un estudio numeroso de cuántas personas comen en el mundo cada día una manzana, como para que extraigamos de ello la fórmula «está científicamente demostrado» que sienta bien comer una manzana? ¿Qué significa cualquiera de esas miles y miles de tablas que se editan cada día, según el plan de esos papers publish or perish, con porcentajes de respuestas y de targets y de sectores de edad y de acciones llevadas a cabo como respuesta a no se sabe qué retorcida observación cuando los pedagogos interfieren en una situación de enseñanza profesor-alumnos? Nada. Todos esos estudios tienen nombres, en general apellidos ingleses, y en general de tres o cuatro personas, y de ellos casi siempre lo que hay que extraer es que del experimento perpetrado contra 1.200 alumnos de secundaria en varios centros educativos de Idaho, se saca que merece la pena mucho más prescindir de los péptidos que hoy iban a quedar bien explicados, o pasar de las Cortes de León de 1188, conocimiento que iba a dar paso a entender con facilidad el resto de la historia medieval de Castilla, olvidarlo todo, y poner la hora de clase, y quizá incluso las siguientes horas, a disposición de una especie de asamblea en la que se discuta el derecho de esos dos zopencos normalmente mimados por sus papás a sabotear la enseñanza de sus compañeros con sus continuas consultas a los móviles o a las tablets o simplemente charlando entre ellos como en su propia casa, e ignorando al profesor que les suplica silencio y a menudo hasta insultándole. Esos de Idaho concluyeron que la situación se reconduce mejor si se cede a la presión y se suspende todo tal como los saboteadores querían, que simplemente mandándolos a la cafetería. Algo parecido a los antivacunas, que creen demostrada la bondad de su tesis cuando uno de ellos no se coge la gripe de ese año. La consistencia científica de unos y otros es la misma; la diferencia, a efectos de debilidad democrática, es que estos no tienen un ministerio sólo para ellos.
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