Porque hasta el menos funcionalista, hasta el más fundamentalista, hasta el más rígido moralista, reconocerá que lo último que se consigue con esta pseudocrítica al detalle nimio es que las cosas de la sociedad funcionen mejor, que haya menos dolor, menos hambre, menos abuso y más libertad y más conocimiento. La realidad es que sólo consigue exactamente lo contrario, y esto es bien visible, y lo extraordinario es que aun así las políticas de moralejas y los discursos de regaño sean frecuentemente los que más adhesiones reciben, por lo menos en unos primeros momentos.
¿Ha sucedido siempre, a lo largo de la Historia, que los rescatadores de las morales antiguas se hayan constituido en partido de represión y condena, en lugar de adoptar un papel, que hay que suponer posible, de benigno recordador de elementos ideológicos que, aunque antiguos, pudieran ser útiles en el presente? Quizá en el pasado no ha habido estos benignos personajes. Aunque hay que recordar que algo así fue el Renacimiento. Pero hay indicios de que en un futuro inmediato puede que estos personajes vuelvan a aparecer y sean necesarios. La labor de los puristas puritanos de hoy en muchos campos de la vida colectiva, institucionalizada o no, ha deteriorado sin necesidad tal cantidad de materias, que la revitalización de estas, si se llega a hacer posible, exigirá que se vuelva atrás, por decirlo de un modo algo equívoco. Será un volver atrás sin componente alguno de retroceso, sino de reemprender un camino ahora por el lado constructivo de la bifurcación: el que hemos tomado en estos últimos años sólo ha llevado a las lesiones, al extravío y al desgaste. Un modelo casi como fabricado aposta de ello es el de las fechorías cometidas con la enseñanza, que trataremos en su momento: se ha reformado mal todo lo que ha sido posible reformar mal. Gran parte de la política compensatoria de la discriminación por razón de sexo también ha llevado muy lejos, por senderos a menudo indescifrables, a las instituciones, a la ley y, paso a paso, a las personas mismas en su vida y sus relaciones, que incorporan discursos de partidos y de grupos de presión como si estos llegaran de lo alto del monte Horeb, y nunca para mejora ni de sus relaciones, ni de su situación personal, ni del conjunto de la sociedad, sino muy al contrario. En el terreno de lo tradicionalmente progresista, como pudiera ser, en parte, el de la política laboral, los discursos de partido y los programas electorales no han dejado de proclamar, retomándolas de un pasado que ya se creía dejado atrás, frases pomposas de liberación obrera y de «unidad sindical» y sintagmas de esa familia, mientras ha cundido como nunca y se ha extendido y se ha profundizado la figura del pobre con trabajo, que era algo que se creía superado desde que lo sufrieron los numerosísimos boomers allá por los setenta (aunque hoy se diga que se ha inventado ahora), que luego fueron asentándose en el mundo del trabajo mientras la legislación progresaba. Y en la actualidad, casi súbitamente, y sólo por acudir a morales del pasado, alguien ha descubierto esa retórica muy años treinta y casi consigue que algunos de los personajes con mejores ingresos por causa del trabajo de nuestra sociedad, que son los obreros industriales y los de la construcción, vuelvan a decir de sí mismos que están oprimidos y económicamente marginados: porque esos discursos de partido se encargan de que desconozcan hasta qué punto los nuevos empleos, esos que son ocupados cada jornada laboral por esos miles y miles de jóvenes que cruzan las ciudades en sus motos rumbo a esos edificios con muros-cortina y viseras de hormigón blanco, apenas dan para pagar, por ejemplo, esas motos en las que se desplazan y con las que presumen en esas oficinas, y en las que vuelven a dormir a casa de sus padres porque, una vez agotado su sueldo mensual entre las letras de la moto y un par de cervezas, es el único refugio en el que pueden pasar las noches porque no les cobran. Pero gentes procedentes del sindicalismo más reaccionario e insolidario han ocupado, al tiempo que todos sus otros compañeros puristas en sus campos, el discurso y la gestión pública en esas materias laborales, y han puesto su colaboración a la radicalidad inoperante y a la polarización social trayendo del pasado esa jerigonza que es dinamitera a menudo y, cuando no lo es, es solamente llorona y victimista, muy narcisista y algo autista, que hace que muchos hayan vuelto a decir cosas como «esto sólo nos pasa a nosotros los obreros» cuando el vecino de arriba les ha provocado una gotera con un radiador en mal estado, o cuando uno de la familia ha sufrido un esguince en un tobillo, sucesos de opresión y de calamidad que los que son simplemente empleados de oficina de las grandes empresas con un sueldo de pobre no sufren, al parecer. Porque el purismo, cualquier purismo, y su casi equivalente el puritanismo, cualquier puritanismo, lo que en primer lugar hacen es mentir. Cualquier puritanismo no es más que un platonismo de economato cutre, porque se basa en que hay una especie de ideal no que hay que alcanzar o perseguir, sino del que procedemos y que ya hubo, y al que hay que volver. Y por más progresista que se ponga el exigente puritano, no dejará de ser simplemente lo que es: un agente antidemocrático rancio que nunca ha conseguido más que sufrimiento para los demás.
III- La política de las pseudociencias
(Índice recorrido, a modo de recapitulación. Los seis elementos que debilitan las democracias avanzadas: I- Los sustitutivos ideológicos inconsistentes; II-La resucitación de morales arcaicas.)
A los sustitutivos ideológicos inconsistentes y a la resucitación de morales arcaicas se une el cortejo a las pseudociencias para formar el primer trío debilitador de las democracias avanzadas.
Y no importa que con regularidad lunar oigamos conferencias de prensa contra los que los responsables de la Administración, o sus opositores, que tanto da, llaman «pseudociencias», porque eso no quiere decir que sean verdaderamente enemigos de estas, sino solamente de unas pocas de entre estas, las del otro lado del combate entre las pseudociencias. Podría decirse que la mayoría de las que se consideran pseudociencias en los ambientes menos informados suelen ser, en efecto, pseudociencias, salvo algunos casos; lo que a muchos les sorprendería es qué otras pseudociencias campan por sus respetos como si fueran conocimientos sistemáticos, consolidados, probados y, lo que es más importante y termina de liar la conversación, falsables. ¿Es este un momento adecuado para rescatar a Popper?
La clave es que muchas disciplinas ni son ciencias ni pretenden serlo, ni hace falta que lo sean; por ejemplo, tocar el piano, fabricar marcos y muebles, construir sonetos y miles y miles más. ¿Y qué? Pero las cosas se empiezan a estropear cuando surge alguien que se empeña en que lo suyo no será respetado si no es ciencia, y se pone zarpas a la obra para presentarse como ciencia y pretende conseguir lo que cree que las ciencias tienen y consiguen.
No se ve fácilmente cómo evitar a Popper.
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