Quizá no es más que la versión perfumada del clásico conflicto de infantilización, o más bien de antimaduración, porque la impresión que da no es la de haber habido un retroceso, sino la de que nunca se dejó atrás lo que en freudiano pudiera llamarse la etapa oral o quizá la anal, porque consiste en ser a un tiempo insaciable, agresivo y tacaño. Será innecesario subrayar cómo estos adjetivos, venidos ahora mismo desde el siempre pringoso mundo del psicologismo, resulta que encajan con los personajes, los grupos y los discursos del nacionalismo, del radicalismo, del populismo y del woke igual que una factura falsa en la contabilidad de un partido político.
No es otra cosa este purismo que todo lo califica y en todas partes se mete que el ya comentado berrinche lactante de aquel «yo quería toda la leche del mundo -o toda la atención del mundo-, no sólo un biberón -o sólo un momento-, así que no me vale nada lo que me dan, porque no es todo».
De las palabras y de la mera crítica léxica del purismo se pasa, sí, al purismo de las cosas en menos de horas veinticuatro. Sexo, sexofobia, represión, conversión y proyección comienzan acallando cualquier manifestación verbal de que el humano es un mamífero sexuado (salvo las manifestaciones que mi dogmática considera apropiadas) y continúan castigando cualquier manifestación no verbal de que el humano es un mamífero sexuado (ídem). Incuso acaba metiendo en esta segunda categoría conductas de relación que difícilmente se podría decir que están basadas, por lo visto, en el libertinaje sexual, que entonces hay que contener, como la mera cortesía, que es cohesión social desde el paleolítico, o la colaboración en tareas en espacios compartidos, que hace posible la sociedad. Si alguien quiere evitar la condena de los que pueden condenarle, porque, contra toda razón, han llegado recientemente al poder, deberá evitar cualquier gesto cortés o cooperativo espontáneo con una mujer -porque es condescendencia machista, incluso si lo hacen algunas mujeres-, desde luego con cualquier persona encuadrable en cualquiera de las muchas categorías hoy publicitadas como de históricamente ofendidos -porque será LGTBIfobia compensada, o racismo compensado, o últimamente gordofobia, y próximamente tuertofobia o rubiofobia o cualquier cosa que alguien pueda esgrimir como permanente y por tanto inerradicable de su persona, y a menudo, por eso mismo, merecedora de pensión-; y desde luego la gentileza y la simpatía tienen que estar eliminadas de las posibilidades de su conducta.
Y además el conocimiento.
No suele señalarse, pero todos son víctimas de ello, que cuando una actitud purista se impone y dicta sus condiciones, sin excepción hay ignorancia en su base. Si se trata de una imposición purista impuesta por algún erudito, por ejemplo del idioma, que es un caso en el que a primera vista podría decirse que se basa en un superior conocimiento, lo que encontraremos será con toda seguridad un desconocimiento inexplicable de la realidad del habla: pero con esto no queremos decir que algo que es definitivamente incorrecto (habitualmente el criterio de ello parece que es apropiado que sea su ininteligibilidad, y no precisamente cualquier otra dogmática de sustitución) tenga que aceptarse sin corrección por algo así como el clásico argumento demagógico y populista de «el pueblo habla así», sino que, como mínimo, con su actitud y su comunicación de autoridad (otra definición parcial del purismo) va a estar dando a entender con toda claridad que no conoce por qué se usa o se pone en práctica esa impureza. Y ello se puede comprobar cuando se le intenta hacer comprender al purista, por lo menos, el origen de esa impureza, intento que no va a llegar a lugar alguno porque el purista no va a permitir que se le hable suficientemente acerca de ello. Que no, que me niego, usted me podrá decir misa en arameo, pero yo le seguiré diciendo que con la palabra balompié tenemos suficiente, que no hay por qué usar ese ridículo fútbol, que se empieza así y se acaba llamando house a la propia casa y degradando nuestro idioma al nivel del malayalam (los puristas suelen estar alineados en grupos de apariencia progresista pero suelen ser extremadamente elitistas, por supuesto). Que no me venga usted con cuentos, que se empieza con esa mirada embobada hacia la belleza de esa mujer y se acaba violando, no hay por qué mirar así, quedan prohibidas (o castigadas, o registradas, o calificadas) las miradas.
Sucede que todo purismo se basa en un esquematismo que, con más o menos deliberación, ha procedido a extirpar uno y otro y otro elementos de la materia sobre la que ahora dicta, dejando dicha materia reducida a un esqueleto sobre el cual toma ahora decisiones, y por supuesto con ello olvida que esa materia era más que sólo esa raspa, y que las decisiones que toma sin tener en cuenta músculos y vísceras con toda seguridad van a ser erróneas; del mismo modo que lo que ofrecen es esquemas, recetas y reducciones que no van a encajar en la realidad. Sólo así se puede permitir una persona o un grupo ignorar que su opinión sobre algo es una opinión entre varias, especialmente cuando las opiniones opuestas resulta que ofrecen por su lado observaciones comprobables y a menudo argumentos científicos. El caso de las broncas trans es un modelo de todo esto, y modelo mientras tanto de campo de minas dialéctico, en el que meter solamente un dedo de un pie ya expone a una persona a ser masacrada.
La aberración que está debilitando a las democracias occidentales es la que se pone de manifiesto en casos como el de JK Rowling. El asunto transgénero está muy lejos de estar claro ni biológica ni clínicamente, ni mucho menos todavía psiquiátricamente. A pesar de ello, siguiendo una tradición se diría que inevitable para su gremio, los políticos, y el enjambre de insectos que revolotean a su alrededor, han decidido lo que está bien y lo que está mal, del mismo modo que no hace tanto dijeron y decidieron que eso de las vacunas era más o menos un invento del diablo, mientras los que de verdad entendían del asunto seguían discutiendo: por ejemplo, Jenner y Balmis con extensa correspondencia prácticamente clandestina a través de terceros, porque las autoridades políticas inglesas y españolas habían decidido que lo que importaba de verdad era lo que les importaba a ellas, y no se les ocurrió mover un dedo para que esos dos genios para los que la humanidad todavía no ha inventado un premio suficiente se comunicaran con fluidez; a pesar de lo cual se comunicaron. Pero qué les importa a las autoridades la realidad de las personas y del sufrimiento: cuando ya hay víctimas que llevan seis y ocho años de dolor y de desconcierto insoportables desde que se acogieron irreflexivas y adolescentes a las primeras leyes trans, y luego han conocido de sí mismas que se habían equivocado y hoy querrían volver atrás y no pueden. ¿Cómo les ayudan las personas que, sin apenas conocimientos de biología ni de psiquiatría ni de medicina presencian hoy ese sufrimiento del que son causa por sus soflamas de ayer? Acusándolos hoy (hoy sí) de dejarse manipular, cuando no de traidores a la causa, y por supuesto de agentes del belicismo machista. ¿Cómo puede llegar alguien tan rápidamente, desde las incertidumbres de una materia que está apenas en pañales, a tener tanta seguridad como para pedir cárcel para quien simplemente expresa que esa es una materia sobre la que aún sobrevuelan esas incertidumbres? Por supuesto, la debilidad llega mucho más allá, como en el caso de ese presentador de televisión canario que a la vista de un varón en la pantalla del plató comenta que ahora conectarán con la entrevistada que se esperaba, cuando sucede que ese varón era la entrevistada quizá antes varón y hoy trans, o quizá antes mujer y hoy trans, pero en todo caso ahora con aspecto convencional de varón cuarentón standard con sombra de barba, calvicie avanzada y gafas con montura de imitación de oro: la bronca que le ha caído al presentador por ese ni siquiera error ha llegado a todos los extremos imaginables; ni siquiera el modo en que se ha expresado aquí hace tres o cuatro líneas se libra de condenas infernales emitidas por según qué facciones (siempre hay facciones), porque ese «antes mujer» es peligroso y delator de binariedad para los antibinarios o las antibinarias (suelen desconocer el neutro castellano y de ahí el desdoblamiento), y el autor de estas líneas merecería ser arrojado al mismo pozo negro al que están a punto de arrojar a la mencionada JK Rowling por pedir que lo que de momento llamaremos mujeres trans (o sea que han sido hombres hasta hace poco) con violaciones probadas no sean admitidas en los hogares de acogida de mujeres violadas o en prisiones femeninas.
¿Qué sinsentido ha hecho que personas y discursos como esos que exigen tanto que lo cierto es que ya nadie sino ellas saben qué exigen, de depurado, microtómico e inalcanzable, hayan llegado al poder ejecutivo, legislativo y judicial, amalgamándolos en uno solo, creando un dios amorfo de exigencias y condenas y una casta sacerdotal a su servicio que circula por las calles con largas varas de látigo y humillación? El miedo al sexo es una de las fuerzas más poderosas de la Historia, como es sabido, y una de las que más masacres y dolor ha causado y sigue causando. Siglos luchando contra la imposición de una pureza por parte de las aristocracias sacerdotales no han servido de nada. El desenfado, el disfrute de la vida, las pocas dosis de contento y placer disponibles parecían por fin liberadas en las cercanas democratizaciones de costumbres y tolerancias; pero esa imposición de sextos mandamientos ha seguido adelante presentándose ahora sus agentes como los antaño castigados por los célibes que querían que todos los demás fueran célibes, célibes de sexo y de habla doméstica y de desenvoltura social y de lecturas y de opiniones no ortodoxas. ¿Por qué el que padece ese miedo al sexo no puede soportar que otros no lo padezcan, como si los claustrófobos impusieran a todos su claustrofobia o los agorafóbicos su agorafobia? ¿Por qué se permiten insultar, ofender, humillar y condenar y apartar en cuanto pueden al que no comparte su fobia? ¿Qué más le da a ese antipático que otro use un anglicismo que a él no le gusta? ¿Cómo puede creer alguien que su gusto y su opinión merecen dictar las leyes e imponerse a tantas otras como hay, por ejemplo en una materia tan incomprendida todavía como las consecuencias de negar el sexo biológico?
La necesidad de tener una causa por la que luchar es probablemente una conversión de la percepción de no tener por qué vivir. Algún día, siguiendo por ese camino, los suicidas se asociarán e impondrán a todos el suicidio bajo pena de muerte. O quizá, bien pensado, está sucediendo ya.
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