Puristas, puritanos y sexófobos
Quién puede afirmar que hay sexofobia en la época en la que se ha reglamentado la obligatoria tolerancia hacia conductas sexuales (o no sexuales, pero todo es «perversamente» sexualizante a ojos de algunos) hasta hace poco condenadas incluso con cárcel en muchos lugares. O en la época en la que se ha instituido el matrimonio entre personas del mismo sexo. O cuando en un concierto pop parece que falta algo si la cantante no muestra su pecho descubierto en un momento dado.
Lo que sucede es que todas esas manifestaciones no son exactamente sexo, aunque se venden como si su verdadero contenido fuera libertad sexual. Decepcionemos a los más abstractos y reconozcamos que puede ser necesario hacer cierto recorrido previo por la más embarrada, ordinaria y vulgar casuística. Los más abstractos, por serlo, en general no saben dónde se venden las manzanas, ni a quién acudir para arreglar un grifo que gotea, y a veces es necesario transmitir esa información.
Quizá es que es necesario haber vivido materialmente en aquellos tiempos del pasado en los que cualquier señora indignada de la parada del autobús podía conseguir que cualquiera acabara recibiendo una paliza en una comisaría, sólo a propósito del disgusto que le producía la forma en la que un joven abrazaba por la cintura a la que se suponía que sería su novia, mientras ellos y todos alrededor esperaban (al autobús, pero quizá no sólo). La señora empezaba gruñendo al vacío; luego buscaba complicidades dirigiendo frases cortas e interjectivas a los cercanos; fortalecida por una o dos miradas, pero no afectada por las miradas que la desaprobaban, acababa dirigiéndose a los jóvenes, ya está bien, por Dios, es que ya está bien, las marranadas en vuestra casa; normalmente los jóvenes no contestarían, lo que daba alas a la combativa, que continuaba modulando a Fa mayor, dirigiéndose a la joven, y tus padres qué dirían, y si ahora voy yo y se lo cuento, qué te parece, y luego al joven, y tú qué, como todos, ¿no?, encantado, metiendo mano a todas la que puedes, ¿verdad? La primera contestación se la daba por lo general la joven: ya está bien señora, cállese y déjenos en paz, que aquí tampoco hay nadie haciendo nada… Pero ese solía ser el error, porque entonces dos o tres señoras y un señor de esa parada saltaban, eso ya no se podía consentir, hablarle así a una señora mayor, marchaos de aquí, que una cosa es una cosa pero contestar así no, por Dios, y normalmente el señor se ponía muy con grado y se adelantaba y le preguntaba a ella, a ver, niña, nombre y dirección, que voy a hablar yo con tus padres, y entonces el joven se metía por en medio, y usted quién es para meterse, váyase por ahí, y el señor, ahora sí que la has cagado, porque mi cuñado tiene un amigo que es hermano de un inspector de… Pero daba igual, porque la policía de verdad sí que aparecía en ese momento (no era casualidad teatral: es que había mucha patrullando por todas partes y en todo momento), encantada de poder presentar algo a su comisario después de una mañana escasa en detenciones; y, con el acuerdo de los voluntariosos moralistas acerca de quiénes habían originado ese tumulto, se llevaba a los dos jóvenes al jeep (entonces eran muchos más que hoy los jeeps dedicados a esa tarea), sentaban a la chica en uno de los bancos sin muchos miramientos pero sin excesiva brutalidad, y tumbaban en el suelo pútrido entre los bancos del jeep al chico, entre empujones y luego punterazos de las botas en sus costados, y así los trasladaban, anunciando el trato que le iban a dar ya en edificio oficial.
Por las adhesiones que hoy despierta, parece ciertamente que si no se ha vivido esa época no es posible apreciar la similitud entre las conductas y los valores expresados por esa primera señora puritana pero fiera, y por los que luego la secundan, y las conductas de los vigilantes actuales de la microexpresión verbal o gestual o corporal, o además de las no micro- como el ceder el paso por una puerta del supermercado y, maldita sea, ha resultado que esa sombra ni era una persona mayor entorpecida ni era un lesionado de cualquier grado y modalidad, y ni siquiera era un varón, sino una mujer normal y corriente que en ese momento tenía una postura no erguida por cualquiera de las causas por las que puede tenerse una postura no erguida al entrar a un supermercado: por ejemplo, buscaba una cartera o un monedero en el esquivo bolsillo de su abrigo. ¡Y el hombre ha cedido el paso por la puerta por la que él iba a salir y esa persona entrar! Esa misma mujer, o probablemente una cercana que se disponía a salir detrás del hombre sin que este lo hubiera advertido, pondrán las haches, las comas y las tildes a la situación: hala, muy bien, ya está el machito poniéndose condescendiente. O: qué pasa, te crees que no nos bastamos solas. O: y lo siguiente qué será, arrojarnos al suelo y saltarnos encima. ¿A veces ha percibido alguien cierta frustración por la convicción compartida de que el incidente no va a acabar con el pre-culpable tumbado en un jeep ni con lesiones posteriores que, a pesar de tardar en sanar más de quince días, no va a haber juez que quiera saber algo de ellas? ¿Nadie va a reconocer en público que alguna vez alimentó el proyecto de campos de reeducación para varones que habían ayudado a recoger fruta caída en el súper, pero que ante la imposibilidad de llegar de momento tan lejos tuvo que consolarse con los «talleres de nueva masculinidad» en pequeños locales de edificios de viviendas con olor a col hervida?
Pero esto no es nada comparado con lo que puede decir esa señora de la parada del autobús de hoy mismo al que pilla en la biblioteca de la facultad leyendo un cierto libro prestigioso sobre la historia del último Egipto imperial, que, entre otras cosas de las recogidas en sus 1.200 páginas, dedica tres líneas a comentar la mayor o menor probabilidad de que sea cierta la leyenda dramatizada de que a Cleopatra la mordió el áspid en un pecho, claro, la historia cisnormativa, como a los hombres les da morbo pues dónde la va a morder si no en un pecho, ya os gustaría, no digáis que no (se puede encontrar grabación documental para televisión). Y toda esta hipertrofia, que no es más que una clásica continuación de la cadena del sufrimiento, está originada en la incapacidad de unos pocos para afrontar con la precisión necesaria el problema de la violencia sexual de unos pocos. Que a cierta escuela suspicaz y bifronte de interpretación de la realidad social le dio por relacionar causalmente con la libertad irreprimida del impulso sexual humano. El cual, en consecuencia, hay que volver a enjaular: del mismo modo, aunque nadie se atreve a decirlo, que para acabar con el robo con butrón en viviendas bastaría con prohibir o eliminar la libertad de circulación. O quizá para acabar con el insulto será suficiente abolir la libertad de expresión.
Pero la interseccionalidad obligada en esos ámbitos de discusión impone que no se discuta, salvo que se acepte la pena de la cancelación, que se empieza ayudando a una joven a recoger la fruta que se le ha caído en el súper y se acaba violando y probablemente en grupo a otra joven casi seguro previamente drogada.
Mientras tanto, como si tuviera que ver con ello y fuera a colaborar a la erradicación del delito, muchos grupos se empeñan en idear castigos para el que no emplee en su habla en español el desdoblamiento de género. Lo cierto es que esto no ha empezado en estos grupos ni en esta época, porque eso no hace más que continuar con una tradición muy consolidada (en algunos linajes, no en muchos) de interrumpir el discurso de una persona que está narrando entre lágrimas cómo la mitad de su familia falleció en aquel accidente de tráfico, porque el narrador acaba de decir, por ejemplo, algo como «ese es el aspecto a mejorar de las carreteras». «Bueno,» dice el sensible (a unas cosas, pero no a otras: eso es un purista): «querrás decir el aspecto que hay que mejorar. Porque eso de a mejorar es un galicismo in-a-cep-ta-ble». Es inmediato que ante interlocuciones así se le ocurre a cualquiera castigar al purista a no volver a pronunciar las palabras papá y mamá, por ejemplo, que son los galicismos más violentos que alberga el castellano, por supuesto; o lanzar a cualquier rodeo misántropo a que lo cabalguen al que se atreva a decir fútbol, cuando «con la palabra balompié ya nos bastamos».
El purismo empieza en las palabras; y aunque sólo con estas a veces nos ofrece vuelos espectacularmente ridículos y perniciosos, sólo empieza con las palabras. Lo demás viene después.
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