Democracia fuerte 8

Reaccionarios

Es visible que la versión más groseramente explícita de este movimiento hacia atrás es la aparición de partidos y clubs de diversa cualidad que proponen con todas sus letras volver a legislaciones de hace cincuenta y sesenta años por lo que se refiere a la penalización del aborto, o, algunos de los que no, a la penalización de la mirada sexual masculina hacia las mujeres, y desde luego tienen siempre sobre la mesa la supresión de libertades, o como mínimo su examen y aprobado caso por caso, y otras medidas se diría que compañeras inevitables de estas. En España, quienes se muestran así pueden hacerlo según tres versiones:

-Primera versión: dicen sus cosas a la vez que pasean sobre una jaca por los sembrados andaluces, impostando rancia majeza con el brazo bien en jarra y, y luego se dejan grabar inexplicablemente vestidos de pana vieja y comiendo con navaja choricera ante una fogata, para dirigirse luego a su Porsche Cayenne bonitamente aparcado donde el sol ya horizontal lo ilumina con naranja intenso. Esos son los dirigentes y algunos de sus segundos; pero la mayoría de los seguidores de esa propuesta son, para sorpresa e infaltable insulto de sus iguales del otro lado aparente del espectro político, personas de pocas ganancias y vidas en general precarias, casi siempre rurales, esquemáticas y sencillas en sus pretensiones y, sin que nunca hayan explicado muy bien por qué, acérrimos partidarios de la tauromaquia, de una versión mohosamente idealizada de la Guardia Civil más que arcaica de bofetón en cuartelillo y pareja con mosquetones, y de la comida de cucharón directo desde olla de barro común atacada en círculo. No hay quien entienda, recurriendo a la racionalidad más elemental y al sentido común fundamental, la relación, que ellos venden como forzosa, entre unos y otros elementos de ese catálogo; el caso es que así lo presentan y así lo venden. Hay que volver, dicen, a recuperar la moral antigua, porque entre divorcios, abortos, amancebamientos, homosexualidad y travestismo estamos abandonando las bondades de esta patria única en el mundo, que al parecer tienen que ver con la caza con escopeta, comer sin los más elementales modales y sin descubrirse la cabeza, y tomar de postre una especie de sucedáneo de coñac, de pésima calidad, pero nuestro. Su volver al pasado es, por lo visto, tocino, banderillas y cuero, y comer con la boca abierta y entre gritos y risotadas. Nunca van a conseguir nada importante. Pero cuando pillan alguna pequeña concejalía amargan la vida a los demás todo lo que pueden.

-Segunda versión: son otras personas, que han definido el progresismo de un modo más allá de lo tautológico (como aquel libro que definía lo facha simplemente repasando un catálogo de personalidades que consideraba previamente fachas) como lo propio de ellos mismos; y así, todo lo que digan, por reaccionario y momificado que sea, será progresista, porque lo dicen ellos, y ellos no pueden decir algo que no sea progresista. De ese modo, cualquier transformación conceptual es posible, porque lo que ayer era propio de los enemigos fachas, si a mi política de hoy (o a mi empresa, o a mi trabajo de la facultad, o a mi ligue) le viene bien, hoy lo digo yo y automáticamente es facha lo contrario (esto se le suele achacar al actual presidente del gobierno español, pero hay cierta injusticia en ello, porque no ha hecho más que seguir lo que ya desde hace un par de décadas se ha convertido en hábito conductual del grupo ideológico al que pertenece). La cantidad de circunstancias progresistas que pueden aconsejar un recorte de las libertades de expresión, de circulación, de establecimiento y de cátedra es tal que en ocasiones llega a no entenderse que iniciativa alguna no lleve aparejado un recorte de estas libertades. Las condiciones puestas en ley para considerar legítima una relación sexual son tan afinadas y tan propias de cierta forma de decir las cosas que no tienen nada que envidiar a las puestas por los arzobispados más sobrealimentados de soberbia y triunfo de los años 40. La vulneración de los principios fundamentales de un Estado de Derecho, como la presunción de inocencia, la adjudicación de la carga de la prueba, la irretroactividad de las medidas penales y otros, el final de los cuales es el principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, han convertido a estos clubs progresistas en los campeones de la ilegalidad y en los más avezados prácticos contrarios al imperio de la ley. Si el fascismo es lo que ellos dicen, y no un sistema histórico de organización política con economía corporativa semiestatal con partido único, etcétera, no hay más remedio que admitir que estos grupos autohalagados de progresistas son mucho más perfectamente fascistas que los anteriores grupos de jaca, estoque y antiabortismo, porque estos grupos progresistas no dejan sin tocar materia alguna, mientras que los anteriores sólo se interesan por los tres asuntos de su TOC. Y, aparte, ante las llamadas a considerar el peligro de los amigos de la vida rústica, y a causa de estas llamadas, se ha dejado pasar y se ha dado oportunidad de ser real a un peligro que ha dejado de serlo porque ya se ha convertido en mal: estos progresistas sí que han conseguido el poder y lo ejercen y ya han lesionado a la sociedad, mientras que los alarmantes rusticistas se van a quedar en hipótesis.

-Tercera versión: los nacionalismos, que no son otra cosa que grupos que recuperan nociones políticas de hace dos siglos y buscan su privilegio vendiéndolas a los electorados como avances hacia el futuro. En nuestra época, ya consolidada desde hace cuarenta años o más, en que la soberanía está repartiéndose desde la nación decimonónica hacia abajo, a las entidades regionales y hasta locales, y hacia arriba, hacia las entidades supranacionales, algunos buscan ignorar todo este tiempo habido, y toda la Historia contenida en él y, por medio del halago localista y comarcal, readquirir los privilegios que sus antepasados no muy lejanos tuvieron, principalmente en lo que respecta a impunidad legal, poder judicial comarcal y perversión de la economía pública. Es un caso inmejorablemente claro de grito hacia el pasado para que se persone en el presente y lo domine, y no haya que volver a vivir la molestia de «rendir cuentas» de las exacciones perpetradas sobre los lugareños, y además rendirlas en lugares tan poco comprensivos como un Tribunal Supremo del Estado, ni mucho menos que alguien piense que tenemos obligación alguna de colaborar a la supervivencia o la mejora de otras comarcas lejanas a la nuestra. La alianza española entre estas fuerzas y las ya mencionadas progresistas sería suficiente para dar por entendido el carácter debilitante de ambos movimientos, pero resulta no serlo a causa de la interferencia publicitaria, que ha conseguido que varios millones de votantes alfabetizados hayan cambiado el sentido de su voto en apenas ocho años hasta invertirlo, aunque, eso sí, votando a los mismos partidos, como sin darse cuenta de que en realidad y por la mera inercia de las siglas, apoyan las ideas contrarias a las que han apoyado hasta ahora.

 Es interesante señalar que los agentes resucitadores de antiguas morales parecen necesitar, como si fueran las acciones de la respiración, el estar continuamente llamándose unos a otros «fascistas». Y pudiera ser que, aceptada esa terminología, se tratara de uno de los pocos casos en los que todos los agentes políticos y parapolíticos tienen razón a la vez. Los elementos que comparten y que, aunque son luminosamente visibles, niegan compartir, resulta que son principalmente los del sistema solar que tiene como sol su vocación de supresión de libertades (lo cual trae más estela de consecuencias que un cometa). Lo que hace fascistas a unos es lo que hace fascistas a los otros; aunque esta es una afirmación que, sin mucho problema, en el momento político actual, podría ser calificada de tabú.

La reanimación de morales arcaicas no se da exclusivamente, ni mucho menos, en esa especie de fascismo agrícola que es irreflexivo cuando es sincero (quizá en muchos de sus seguidores de base), pero que es muy calculador cuando es simplemente una operación de marketing para llevarse parte del pastel político electoral (que es la impresión que ofrecen de sus dirigentes). En esta operación resucitadora, esa reanimación afectará a las personas principalmente en materias de familia, maternidad, libertad sexual y costumbres regionales. En los clubs progresistas, la reanimación afecta principalmente a las personas, para sorpresa de los que han conocido épocas del pasado ya casi lejano, en asuntos de libertad sexual, en su libertad de expresión (nadie metaboliza tan pésimamente el sentido del humor como la izquierda visceral) y en su economía doméstica, cuando se trata de personas del sector central de la clase media o de los llamados autónomos, siguiendo la vieja herencia del aborrecimiento a lo que antaño se llamaba «profesiones liberales», para las cuales todo castigo es poco, en la idealización universitaria arrastrada precisamente del remoto pasado en el cual se hablaba de la rebeldía antisindical de estas «profesiones»  como delito contra el pueblo (ese obrerismo acrítico que degeneró en sindicalitis ya hace treinta años no se abandona a causa de su rentabilidad). Por su parte, en los círculos nacionalistas no parece interesar nada relacionado con las personas de hoy, y podría decirse, quizá, que ni para bien ni para mal; pero resulta que a la postre es más bien para mal porque, eso sí, esos círculos exigen adhesión perfecta y pulimentada a un discurso de pasado y a un poema de futuro, adhesión que experimenta como gravemente sospechosa la más mínima desviación. Aún no se sabe si es bueno o es malo que, a diferencia de las dos modalidades de rescatadores anteriores, los nacionalistas estén tan fuera de este mundo como lo puede estar alguien que cobra del dinero público y para el cual, dada la altura de su mirada, todo lo humano le es ajeno.

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