¿Las hamburguesas de garbanzos son de izquierdas? ¿Una niña que juega con una muñeca es de derechas, o sólo lo es un niño que juega con un cochecito?
Quizá es necesario girarse un momento y mirar lo recorrido, como los buenos paseantes, y ver con nitidez que la inundación de lo irrelevante no es de ayer por la tarde, y además es de tal dimensión que ha conseguido que hasta los que la perciben se hayan acomodado a ciertas afirmaciones, o simplemente se hayan cansado de combatirlas y, en consecuencia, esas cuestiones irrelevantes han conseguido un estatuto de importantes en el discurso general. Pero ese es probablemente el lugar por el que hay que ser más estrictos en el momento de cuestionar críticamente el discurso preponderante: ¿de verdad es fundamental para el sostenimiento y la vitalidad de la sociedad democrática que todos adoptemos rutinas de consumo gastronómico menos carnívoras y más vegetófilas?
Quizá algunos vean claro que esas preocupaciones son ridículas en la mayoría de las ocasiones. Resulta que estamos considerando qué hace débiles (o fuertes) a las democracias, y no qué hace fuertes (o débiles) a las industrias del envasado y congelado de vegetales, a las empresas publicitarias que estas contratan y a los diputados y políticos a los que pagan bajo cuerda para que apoyen sus tesis y que se enrollan como si supieran algo muy misterioso y elevado que los demás no sabemos.
La acomodación a la propaganda es un fenómeno no por estudiado menos impresionante, porque se produce en cualquier momento de la historia, en cualquier lugar y situación, y en cualquier persona, independientemente de sus defensas y de su armamento intelectual o cultural. En realidad, hay numerosos indicios de que a mayor sensibilidad cultural o exposición a los fenómenos culturales, hay más riesgo de ser manipulado por propagandas que incluyen nociones abstractas y referencias de complicidad cultural: un iletrado rústico no picará en el anzuelo publicitario de votar a un candidato a alcalde sobre la base de que este use citas de Sartre y de Foucault. Es así como se conducen esas empresas de la minucia; y acudiendo en su publicidad al enfoque más generalista y abstracto que pueda encontrarse, logran con ello inundar con su producto el espacio de la gestión política, utilizando el aparente prestigio de participar de un mundo que se supone que es a un tiempo político, culto, perspicaz y suspicaz. Y si se construye un número suficiente de proclamas de resultado bíblico por su tono, su entonación y su timbre, se podrá reunir un electorado suficiente y convencido de que las cucarachas están en peligro de extinción.
Y si no se ve tan claro como es, bastaría contemplar con calma el prestigio creado a martillazos culturales de algo tan visible y expuesto como el régimen autonómico del Estado español. Por este lado, la democracia española ha construido un ejemplo inmejorable de sometimiento a lo democráticamente irrelevante (aunque, se entiende, muy relevante para las economías particulares de los lobbies autonomistas, que no han dejado sin usar disfraz alguno de tendencia política alguna, repartiéndose de ese modo la contabilidad). Entre españoles, la propaganda regionalista y autonomista, e incluso federalista y confederal, ha sido tan potente, es tan continua y tiene tales poderes económicos a su favor, que casi es un automatismo acusar de antidemócrata al que es más partidario de una gestión centralizada que autonómica. ¿Antidemócrata como los franceses, como los ingleses, como los noruegos?
Sin embargo, los asuntos y las opiniones más centralistas o menos centralistas, y más autonomistas o menos autonomistas, son algo perfectamente irrelevante para la consideración de la salud democrática de una sociedad. En realidad, puede que no solamente en el caso español pero sí en este caso de un modo muy visible, el discurso español sobre el «problema territorial» da el modelo para todo el resto de las infiltraciones irrelevantes que están debilitando la calidad democrática de la sociedad. ¿Habrá que descender a los casos de detalle conocidos en años recientes para ilustrar cómo estas preocupaciones meramente identitarias regionales han absorbido las energías intelectuales de miles de personas que quizá hubieran ayudado a construir mejor la democracia, por no hablar de las ingentes cantidades de dinero desaparecidas con la excusa de dedicarlas a esas causas?
El ataque de distracción de los nacionalismos contra la democracia ha hecho a todos, en efecto, mirar para otro lado, y dejar en suspenso (en el mejor de los casos) o abandonar (en algunos casos muy señalados) la dedicación a los proyectos que definen una democracia como tal. Qué ha pasado con la sanidad en Cataluña; o con la enseñanza, también en Cataluña con sus paranoicas peculiaridades pero igualmente en todas partes, entregada a los burócratas oportunistas enemigos del conocimiento; o qué ha sucedido con las fuerzas de seguridad y protección de los ciudadanos y sus libertades, con retribuciones ridículas e ínfimas y medios propios, en muchas ocasiones, de hace cincuenta años (y jefes políticos, igual que en la enseñanza, que se comportan como enemigos de su materia); hacia dónde han conseguido que miren los votantes, que se desentienden de algo tan grave como el abandono de las infraestructuras de transporte en cierta región desafecta, o en otra electoralmente menor. Casi no hay una materia ni un ramo de la gobernación que no muestre deterioro a causa del desvío de las energías hacia asuntos que, como mucho, serían propios de una concejalía, pero que, trágicamente, en muchos casos no llegan ni a eso.
¿Qué fuerza misteriosa del mundo intelectual y político puede hacer que alguien tenga a las bases de su partido discutiendo en asambleas durante dos semanas acerca de si será mejor decretar la compra pública de patinetes de dos ruedas o patinetes de tres ruedas para uso (evidentemente) del minoritario corte de población que puede usarlos, en lugar de reflexionar acerca de cómo financiar la reparación definitiva y la incorporación a la vida normal del acceso por ferrocarril a cierta región que prácticamente no lo tiene, en tiempos que además son los de los ferrocarriles de alta velocidad y lujoso confort? ¿O a qué proveedor acudir para que solucione el problema de los medios materiales de las fuerzas de seguridad que luchan, y a menudo son derrotadas incluso con muertes, con los inmejorablemente bien pertrechados narcotraficantes en el estrecho de Gibraltar?
Hubo un año, hace ya quince o veinte, en que parecía que todas las personas habían comprendido que nuestras posibilidades de libertad y de futuro seguro, saludable y culto, requerían combatir y aniquilar ciertos muebles urbanos que inmediatamente recibieron en Madrid el nombre de «chirimbolos», y que consistían en una especie de cilindro como de tres metros de altura y más o menos un metro de diámetro, destinados a contener carteles publicitarios, y de un estilo algo así como art-déco semigótico en hierros oscuros. Aquello se planteaba como la batalla definitiva entre la civilización y el mal, más o menos (el alcalde de Madrid coincidió por entonces que era del PP). Los discursos en contra de esos chirimbolos alcanzaron niveles sagastinos; la indignación de algunos portavoces reventaba los aparatos de medición. Mientras tanto, unos cuantos yihadistas con becas estatales (españolas) de estudio planeaban y ejecutaban atentados en territorio español, atentados a los que seguía la llamada, por parte de algunos tertulianos de política televisiva, a la «tolerancia» y a «no caer en actitudes islamófobas»; porque de lo que había que hablar era de los chirimbolos. (Al poco volvían los turistas de París, informando de que en aquella ciudad se habían instalado exactamente los mismos modelos de chirimbolos; siguiendo la rutina española, allí esos chirimbolos no eran obra del mal. Pero eso tuvo como consecuencia que la Guerra de los Chirimbolos, aunque avergonzada y abochornadamente, se fuera apagando hasta desaparecer.)
¿Será necesario enumerar las categorías de lo irrelevante hacia las que se ha desviado la energía política? Quizá baste con seguir el índice que se desarrolla en sucesivos capítulos, porque estos y lo irrelevante comparten el campo.
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