Democracia fuerte 5

Muchos pueden recordar un tiempo en el que el ayuntamiento de Madrid emitió un par de instrucciones, de rango legal confuso, que obligaban a los madrileños a esperar al autobús debajo y sólo debajo del techo de la marquesina de la parada; y si algún policía municipal pillaba a un ciudadano esperando al autobús «fuera» de la marquesina, tenía todo el poder para multarle severamente. La tradicional irreverencia del madrileño hacia el poder que reclama reverencia (que, aparte, es una de las bases más sólidas de la derrota continuada de las candidaturas de izquierdas en esa comunidad autónoma y en ese ayuntamiento, salvo una excepción algo folklórica) confeccionó inmediatamente mil y un chistes y burlas acerca de la posible conversación corchete-ciudadano, este último exigiendo pruebas al otro de que estaba «ahí fuera» esperando y no simplemente mirando el paisaje. Eso de la burla es lo normal, en la tradición española y muy acentuadamente en la madrileña, cuando se hace norma de algo tan ínfimo, que suele coincidir además con algo irrelevante para la convivencia. Muchos creyeron que no eran más que la respuesta del alcalde a exigencias que le habían hecho algunos familiares para salir más cómodamente del portal de su casa, que tenía una parada delante. Pero ha ido creciendo en las últimas dos décadas, sin embargo, el prestigio de cierta actitud precisamente reverencial en votantes ya veteranos de la izquierda, que a menudo muestran un enfado ante el chiste y la guasa que en otro tiempo se hubiera dicho casi exclusivo de los más pacatos feligreses de la parroquia más anticuada, que les obliga a poner los puntos sobre las íes en las tertulias privadas o públicas cuando alguien sugiere algo de humor, y rompen revistas ajenas sin pedir permisos pero ebrios de santa ira, como aquellos alumnos del Opus Dei en cierta Escuela Técnica de la universidad madrileña cuando un compañero suyo llevaba revistas de cine en las que salían «actrices protestantes indecorosas». Cuesta encontrar, en el catálogo del ridículo fatuo, comparación más cercana a la actual pérdida de perspectiva y de sentido del humor de esos ocupantes de la izquierda, que han entregado todo a las causas menores y, como por casualidad, causas que es posible expresar con forma de regañina moralista.

Aquel tema de las marquesinas de los autobuses fue y sigue siendo irrelevante desde el punto de vista político, pero en absoluto es irrelevante desde el punto de vista de la debilitación de la política: por dedicarse a eso, el verdadero horizonte de la democracia se pierde, y acaba todo el mundo discutiendo acerca de si hay derecho o no hay derecho a que en España se cene tarde o se desayune poco, y con eso deja de discutir y de crear soluciones para el verdadero problema de la sanidad para todos, de la destrucción de la enseñanza, de la debilitación de las fuerzas policiales democráticas y otros, que son los que constituyen de verdad el material con el que la sociedad puede no sólo sobrevivir, sino mejorar.

Pero la entrega a lo irrelevante se ha impuesto de modo general, como si dedicarse a desmenuzar las minucias fuera signo de mayor agudeza intelectual. Quizá a causa del hundimiento del prestigio de las narraciones ideológicas grandes, o quizá sólo a causa del hundimiento verdadero de estas, aquellas concesiones que hace mucho los grandes políticos hacían a las cosas de la «pequeña política», siempre con sonrisa condescendiente, han acabado adueñándose de todo el campo de juego, y parece a menudo que ya no hay más que aquella «pequeña política». Era de antiguo, y se consolidó con el paso del tiempo, y ha conseguido ser en la actualidad la figura aplaudida en las pandillas políticas, aquella que sabía bajar desde las nubes ideológicas más o menos abstractas a lo inmediato y electoral. Hombre, por favor, en nuestro partido todos sabemos que la distancia de las farolas callejeras en nuestro pueblo se decidió bajo la presión del IBEX; pero no vas a ir con esto al electorado a pedirle el voto: vamos a hablarle de que los haces de luz no llegan a superponerse y entonces hay charcos que no se ven bien y los pisas. Y así se crea una candidatura para las elecciones municipales que se denomina «Si no quieres charcos, vota a Marcos», y que se apoya a sí misma con sub-lemas como «Hartos de capitalismo, vota a Marcos», que fue elegido tras larga discusión en las sentinas del partido con los partidarios de «Hartos de socialismo, vota a Marcos», porque se trataba de meter uno de esos dos términos en los dípticos (la imprenta del pueblo era de Marcos), pero con mucho cuidado, a ver si luego habría que pactar cosas con uno de los otros partidos, y mejor girarse un poco hacia el más probable segundo. Hasta ahí, se podría decir que cada pueblo es muy soberano de mirar por sus charcos o por sus zapatos, pero el problema es que prácticamente todos los políticos que en la actualidad ocupan los primeros niveles nacionales salen de esa y sólo esa experiencia social, laboral y política.

En realidad se trata de un problema de ajuste de escalas, como es visible. Con las grandes narraciones históricas, que además son todas mitológicas, se arreglan pocas cosas de la vida de las sociedades; pero con ellas se ha pedido el voto en innumerables ocasiones haciendo alusión a episodios fabulosos y casi prehistóricos. En el otro extremo, analizando el ADN de las cacas de los perros se arreglan igualmente pocas cosas de las sociedades; pero hoy en día parece hasta inoportuno pedir el voto sin referirse a estas severas medidas que se van a adoptar acerca de estas grandes cuestiones coprocánidas. Y entre un extremo y otro, tenemos que suponer, debe de estar esa zona razonable que, sin ser una narración bíblica y tremebunda, contenga nociones relacionadas con el sentido de la existencia de las sociedades, y no deje todo reducido a un chato y microbiano pragmatismo. Y que sin ser un catálogo de llantinas elementales, preocupaciones elitistas y manías personales hinchadas, no deje de atender a la necesaria acción organizada para la buena reparación de lo que lo necesita.

Pero hay que tener cuidado. En esa zona intermedia entre las exageraciones de los extremos hay también lugar para exageraciones: como en ensaladilla sobrehumana hecha más de noes que de síes, hay quien consigue dar como programa no sólo la lista inacabable de minucias irrelevantes, y refiere su prosa, además de a esas minucias, a los grandes vectores históricos milenarios. Pero hay partidos y candidatos que empiezan por el otro lado, y empiezan por las grandes fábulas más o menos fantasiosas. Estas, si van solas, resultan rechazadas de puro incomprensibles, así que cuando ya parece que eso de la Gran Historia va a ser todo, añaden los autores precisamente esa lista inacabable de minucias irrelevantes que otros parecen reclamar hoy como material votable: se trata de los nacionalismos. Los nacionalismos regionales, en toda Europa, se han hecho expertos en navegar entre la big picture exitosa de otros tiempos y la minucia populista de bazar de la esquina. Ni desprecian, en función de su Gran Proyecto, con la contundencia de un antiguo comunista o un antiguo requeté, la casuística ínfima, ni dejan de tener siempre un ojo puesto, y un discurso preparado, para la Gran Herencia que nos alimenta. Si un forastero expresa su preferencia por un salchichón de otra región, el nacionalista sabe hacer de eso inmediatamente un discurso delator de la vitalidad de los ataques a su nación siempre oprimida, y puede acabar inmediatamente hablando de la influencia de la batalla de Rocroi en la elaboración del espetec, siempre incomprendida por los de fuera. Es imposible encontrar ejemplos de atención grave y sofocada a la minucia mayores que los que proporcionan los nacionalismos, todos ellos afectados de una modalidad del efecto túnel por lo que se refiere a la amplitud de la realidad ajena a ellos. Pero, al mismo tiempo, ya no queda nadie que iguale a un nacionalista en la prontitud y el inmediato acceso que este muestra a la gran corriente histórica de la que se sabe pequeña parte, ese movimiento humano y social de su nación que nació incluso antes de nacer la nación, porque hasta los homo ergaster de la zona ya daban muestras de rechazar a los de otras, y eso sería por algo.

El elemento irrelevante en los nacionalismos regionales de la Europa de hoy sólo es comparable, en su proporción, a la capacidad inventiva de sus retóricos acerca de su historia, que hacen sinónimo de identidad. Y con eso dan modelo a todos los demás, nacionalistas o no, que no saben en qué dirección pensar una democracia, hacia qué horizonte encaminarse, a qué aspirar. Y por eso está hoy todo el mundo hablando de agravios pasados (inventados o no, da lo mismo) y concentrado en encontrar argumentos vendibles para defender la sanción penal al hombre al que alguien haya denunciado por mirar durante más de doce segundos al culo de una mujer, pero no a la mujer a la que alguien haya visto mirar durante más de doce segundos al culo de un hombre, diferencia que casa difícilmente con eso de la igualdad ante la ley y, por tanto, con las preocupaciones que deberían serlo de una democracia. Pero es que esto de la igualdad ante la ley sí que viene de una big picture de las que hoy ya no se llevan. ¿Eso nos obliga a abandonarlo? Los diputados de izquierdas del Congreso español, en marzo de 2024, no han tenido escrúpulos para hacerlo, y en el futuro alguien tendrá que pedirles cuentas de la liquidación de la democracia de 1978. Obsérvese que ha sido al servicio del nacionalismo más clerical, reaccionario y salchichón.

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